El cristianismo y los pueblos bárbaros


Bautismo del Rey Clodoveo por el Obispo San Remigio

Bautismo del Rey Clodoveo por el Obispo San Remigio

Las invasiones germánicas abrieron al Cristianismo el acceso a nuevos pueblos, que se establecieron en tierras del Imperio. Luego, los misioneros llevaron el Evangelio más allá de las antiguas fronteras romanas. Germanos, eslavos, magiares, etc., recibieron la fe cristiana y se incorporaron a la Iglesia, aunque varios de esos pueblos lo hicieran tras haber profesado temporalmente la herejía arriana.

  1. Las «invasiones bárbaras» constituyen un hecho de trascendental importancia para la historia cristiana. Hasta entonces, la expansión del Evangelio se había limitado prácticamente a los pueblos de cultura mediterránea, con alguna rara excepción, como fue el caso de Armenia. Desde finales del siglo IV, las grandes migraciones populares tuvieron la virtud de poner en contacto con la Iglesia a todo un nuevo mundo étnico y cultural: germanos y eslavos, magiares y escandinavos se abrieron al Cristianismo en el curso de los siglos siguientes. Las invasiones crearon oportunidades insospechadas de expansión cristiana. Un contemporáneo -el hispano Paulo Orosio, discípulo de San Agustín- acertaba a expresar con fe y lucidez este sentido providencial de un acontecimiento que, a los ojos de tantos otros, aparecía como irremediable tragedia: «Aun cuando los bárbaros -escribía- hubieran sido enviados a suelo romano con el solo designio de que las iglesias cristianas de Oriente y Occidente se llenaran de hunos, suevos, vándalos y burgundios, y de otras muchedumbres innumerables de pueblos creyentes, habría que alabar y exaltar la misericordia de Dios porque hayan llegado al conocimiento de la verdad -aunque sea a costa de nuestra ruina-tantas naciones que, si no fuera por esta vía, seguramente nunca hubieran llegado a conocerla.»

2. La mayoría de los pueblos germánicos invasores de Occidente no se convirtieron directamente desde su paganismo ancestral al Cristianismo católico. Su conversión pasó por un estadio intermedio de Cristianismo arriano. Es preciso explicar la razón de esta peripecia para comprender tan importante página de la historia religiosa europea. El Arrianismo se introdujo en el mundo germánico a través del pueblo visigodo; en el año 376, este pueblo, asentado en la Dacia y presionado por los hunos, solicitó del emperador Valente licencia para cruzar el Danubio -entonces frontera romana- y establecerse en suelo imperial. Los visigodos -según el testimonio de su historiador Jordanes-ofrecieron a Valente reconocer su autoridad y vivir de acuerdo con las leyes romanas; a mayor abundamiento, se declararon dispuestos a hacerse cristianos si se les enviaban misioneros conocedores de su lengua.

3. El emperador Valente permitió a los visigodos instalarse en la Tracia y la Moesia; y como era arriano, envió para cristianizarles misioneros de su secta. La comunidad gótico-arriana dirigida por el obispo Ulfilas jugó entonces un papel determinante. Ulfilas compuso el alfabeto gótico y tradujo la Biblia a esta lengua, convertida gracias a él en lengua escrita. Provistos de este valioso instrumento de catequesis, los misioneros de la escuela de Ulfilas difundieron su doctrina entre el pueblo visigodo, que antes de finalizar el siglo IV estaba ya totalmente arrianizado. Eran, justamente, los mismos años en que el Arrianismo se desvanecía como problema teológico vivo en el ámbito de la Iglesia universal. Esta paradójica coincidencia tuvo la virtualidad de favorecer el arraigo del Arrianismo entre los germanos.

4. Pasó a ser su religión nacional, un factor más de diferenciación entre las minorías germánicas invasoras, políticamente dominantes, y las poblaciones mayoritarias, románicas y católicas. El Arrianismo se hizo así religión de casi todos los pueblos germánicos instalados en tierras del Imperio occidental. Algunos de ellos -vándalos y ostrogodos- siguieron arrianos hasta su extinción en el siglo VI. Otros tuvieron tiempo suficiente para completar su itinerario religioso con una segunda conversión al catolicismo: así los suevos de Galicia y los burgundios, en aquel mismo siglo VI, y los visigodos en tiempo de Recaredo (589). Las supervivencias arrianas en la Italia longobarda persistieron hasta muy avanzado el siglo VII.

5. En este contexto histórico es fácil advertir la importancia que revistió la conversión de los francos. A una hora en que todos los reinos germánicos de Occidente profesaban el Arrianismo, un pueblo joven y vigoroso rompió ese esquema religioso-político: el pueblo franco. Los francos eran paganos en la segunda mitad del siglo V, cuando se extendieron por el norte de las Galias, que tras sus victorias sobre burgundios y visigodos iban a ser definitivamente el Reino de los francos, Francia. Pero su opción religiosa no fue el Arrianismo germánico sino la Iglesia católica. En la Navidad de un año en torno al 500, el rey franco Clodoveo recibió el bautismo católico. El acontecimiento tuvo inmensa resonancia entre la población de las antiguas provincias romanas: fides vestra, nostra victoria est -vuestra fe es nuestra victoria-, escribía exultante, a Clodoveo, Avito de Vienne, obispo prestigioso y miembro de una de las principales familias de la aristocracia senatorial de las Galias. Y Avito formulaba una certera observación, preñada de consecuencias trascendentales para el futuro: en adelante, no habría como hasta entonces un solo monarca católico en el mundo, el emperador oriental; Occidente tendría también el suyo, y ese monarca era el rey de los francos.

6. Las invasiones bárbaras provocaron en ciertas regiones un claro retroceso del Cristianismo. Tal fue el caso de la antigua Britania romana, dominada en el siglo V por los anglosajones paganos, cuya conversión se emprendió mucho más tarde por iniciativa del papa Gregorio Magno. Entre tanto, en aquel mismo siglo V, se produjo la evangelización de Irlanda, que dio un impulso decisivo a la vida de las Cristiandades célticas. En el continente europeo, la acción misional de la Iglesia se dirigió hasta el siglo VI a los pueblos «invasores», ocupantes de tierras romanas. Fue a partir de entonces cuando esa acción evangelizadora desbordó las antiguas fronteras del Imperio occidental, para alcanzar a territorios que jamás habían sido romanos y a los pueblos que los habitaban. Los iniciadores de esta expansión en el siglo VII fueron misioneros celtas procedentes de Irlanda y Escocia, cuya figura más descollante fue San Columbano. En el siglo VIII, los misioneros anglosajones tomaron el relevo de los celtas y extendieron la evangelización por la Germanía todavía pagana. El monje inglés Winifrid -que mudó su nombre por el de Bonifacio- fue el gran apóstol de Alemania, que lo sigue teniendo como su Patrono.

7. La expansión cristiana prosiguió en los siglos siguientes y alcanzó a nuevos pueblos asentados en el centro y oriente de Europa. De ordinario -como fue el caso de Clodoveo y los francos- la conversión de un pueblo se hace coincidir con el bautismo del príncipe, que tuvo sin duda un alto valor ejemplar. Así, la conversión de los magiares se identifica con la de su rey San Esteban, la de los bohemios con la de San Wenceslao y la de los polacos con el bautismo de su duque nacional Mieszko. Sin embargo, la cristianización propiamente dicha de tales pueblos fue empresa larga, favorecida por la conversión del príncipe, pero que pudo prolongarse durante siglos. Tanto la Iglesia latina como la bizantina se esforzaron por evangelizar a los pueblos eslavos y a veces chocaron entre sí, como en el caso de los búlgaros; pero hubo también figuras admirables, como los santos hermanos Cirilo y Metodio, misioneros bizantinos, cuya acción apostólica fue confirmada de modo solemne por la autoridad papal. En conjunto puede afirmarse que los eslavos occidentales se adhirieron a la Iglesia latina, mientras los orientales, evangelizados por misioneros bizantinos, quedaron en el ámbito del Patriarcado de Constantinopla. La principal conquista cristiana de la Iglesia griega fue la de Rusia, y el bautismo del gran duque Wladimiro (972-1015) puede considerarse como el momento de la conversión de su pueblo.

8. La cristianización de Escandinavia y los Países bálticos constituye el último capítulo de la conversión de Europa. El movimiento wikingo frustró los primeros intentos misioneros, promovidos en el siglo IX por el emperador franco Ludovico Pío. Los navegantes wikingos o normandos asolaron las costas occidentales. Su paganismo, por otra parte, no era un fenómeno residual, como en otros pueblos, sino vigoroso, y reaccionaba con virulencia anticristiana, que hacía del martillo de Thor el «contrasigno» de la cruz. Los wikingos que se asentaron en las Islas Británicas o la Normandía francesa fueron los primeros en cristianizarse, y de entre ellos surgió un clero autóctono, que resultó el más adecuado para iniciar la evangelización de su país de origen. Con todo, importantes residuos paganos perduraron en Suecia hasta el siglo XII, y en la Prusia oriental y los Países bálticos quizá hasta el XIV.

9. El mundo mediterráneo sufrió en el siglo VII otro impacto de signo religioso muy distinto: la invasión islámica. El Islamismo, fundado por Mahoma (570-632), se extendió tras su muerte con portentosa rapidez. Los musulmanes se apoderaron de buena parte del Oriente cristiano, dominaron el norte de África desde Suez al Atlántico, y en el año 711 cruzaron el estrecho de Gibraltar y, tras una fulgurante campaña, conquistaron la España visigoda. Poitiers, donde los islamitas fueron vencidos por Carlos Martel, marca el momento de su más profunda penetración en el Occidente europeo. Mas, aun cuando la Europa transpirenaica lograra salvarse, la presencia musulmana en la Península Ibérica se prolongó cerca de ocho siglos y tanto el Oriente Próximo como el África del norte forman parte todavía del mundo islámico. La expansión del Islam se realizó en buena medida por tierras cristianas. Los musulmanes no obligaron a los cristianos a convertirse porque, al igual que a los judíos, los consideraban gentes «del Libro», es decir, la Biblia, libro sagrado común de las tres religiones; pero la tolerancia que se les otorgaba, a cambio de un tributo, era cautelosa y cicatera: tal fue el caso de los «mozárabes» españoles. Las Iglesias soportaron con suerte desigual la prueba de la dominación islámica, que se hacía más gravosa a medida que disminuían las esperanzas de restauración cristiana y crecía el conformismo. Las Iglesias de Oriente -y en especial la copia o monofisita de Egipto, muy arraigada entre la población indígena- han logrado sobrevivir hasta nuestros días. La suerte más triste fue la sufrida por la Cristiandad del África latina -la de San Cipriano y San Agustín-, que terminó por extinguirse tras siglos de dolorosa agonía.

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Published in: on agosto 24, 2008 at 3:52 pm  Dejar un comentario  
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