San Pablo y los cristianos corrientes

Con cierta frecuencia reaparece una pregunta sugestiva: la religión cristiana, ¿nace con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, o es resultado de la interpretación que san Pablo hizo de Jesucristo?

Esta es la pregunta que tal día como el de ayer, día en que comienza el Año Paulino inaugurado por el Papa Benedicto XVI, se hace el Profesor Fernando Pascual y a la que da una certera respuesta sobre todo con el argumento que me ha parecido de más peso:

Para superar el falso problema, primero se ha de comprender qué es el cristianismo. Lo cual significa entender quién fue Jesús, el Cristo.
Si leemos a fondo los Evangelios, descubrimos que Cristo se reconoce a sí mismo como Hijo del Padre, como enviado, y como la realización de las promesas al pueblo de Israel. Jesús es el Mesías esperado, es el cumplimiento de las Escrituras. Por eso mismo, y según el dinamismo propio del mensaje del Antiguo Testamento, Cristo es también el Salvador del mundo, la luz que ilumina a todos los seres humanos (judíos y paganos), el Esperado por los pueblos, el Maestro y el Señor.

Encontramos en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 423, un resumen de nuestra fe en Jesucristo, según las enseñanzas del Nuevo Testamento, en las que encontramos que la Buena Noticia, el Evangelio, coincide precisamente con la persona de Jesús.
«Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha “salido de Dios” (Jn 13,3), “bajó del cielo” (Jn 3,13; 6,33), “ha venido en carne” (1 Jn 4,2), porque “la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1,14.16)».

Miremos ahora la enseñanza de Pablo. ¿Qué predicaba con una pasión incontenible y una convicción profunda aquel antiguo fariseo llamado Saulo y nacido en Tarso?
Predicaba simplemente a Cristo crucificado (cf. 1 Co 1,23) y resucitado. “Su” Evangelio era Jesucristo.«Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes (…). Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (1 Co 15,1-11).

Entre los primeros cristianos de Roma había discípulos de San Pablo, como atestigua la larga lista de saludos escrita al final de la Carta a los Romanos. En el Aventino vivían Aquila y Prisca –o Priscila–, un matrimonio de comerciantes que habían conocido al Apóstol en Corinto; otras personas que aparecen citadas eran de origen judío, griego o del Asia Menor: se habían desplazado a vivir en la capital del Imperio después de haber oído predicar el Evangelio a Pablo en sus lugares de procedencia.

El tono afectuoso de esos saludos refleja la fraternidad que existía entre los primeros fieles. Pese a la variedad de proveniencias y condiciones sociales –desde esclavos hasta miembros de la nobleza–, estaban muy unidos. San Josemaría los describía como familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

En este clima de estrecha unidad, es lógico que la llegada de San Pablo a la Urbe causara entre los cristianos de Roma una gran alegría. Algunos le debían la fe, como hemos mencionado, y todos habían oído hablar del Apóstol y tendrían grandes deseos de conocerlo. Además, la Carta que les había enviado en el año 57 o 58 constituía un notable motivo de gratitud. Era natural, por tanto, que quisieran abreviar la espera saliendo a su encuentro por la Vía Apia. Unos lo alcanzaron en el Foro de Apio y otros en Tres Tabernas, a 69 y 53 kilómetros de Roma respectivamente. En los Hechos de los Apóstoles, se comenta que al verlos Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos

Published in: on junio 30, 2008 at 2:31 pm  Dejar un comentario  
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Dos antorchas: Pedro y Pablo

San Pedro y San Pablo tenían una estrecha amistad con Jesucristo y eso fue lo que unió a estos dos hombres elegidos para misiones muy importantes. En la primera lectura, tomada de los hechos de los apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de un ángel enviado por Dios que lo invita a ponerse en pie y seguirlo. Pedro deberá reemprender su misión al frente de la Iglesia naciente. Pablo, en la carta a Timoteo que leemos en la segunda lectura hace un recuerdo emocionado de su entrega a Cristo: “he combatido el buen combate”. Sabe que Dios lo escogió desde el seno de su madre para revelarle a Cristo y para llamarlo a anunciarlo a todos los pueblos. Ahora al final de su carrera, reconoce con gratitud que Cristo lo ayudó y le dio fuerzas. En Pedro y en Pablo aquello que más resalta es su íntima amistad con el maestro. Ambos tuvieron experiencia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esa experiencia los acompañó durante toda su vida y les dio una viva conciencia de su misión. Tiene, pues, razón Pedro al concluir con emoción: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

De la carta del Padre de Junio hago mención del siguiente párrafo: “deseo recordaros que el próximo día 29, solemnidad de San Pedro y San Pablo, comienza el año paulino que Benedicto XVI ha convocado para conmemorar los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las gentes. Para secundar las indicaciones del Santo Padre en la celebración de este bimilenario, os sugiero conocer mejor la vida y la obra de este gran Apóstol, Patrono de la Obra, leyendo y meditando a fondo los Hechos de los Apóstoles y los escritos paulinos. San Pablo es, para todos los cristianos, un modelo estupendo de amor a Cristo, de fidelidad a la vocación, de celo ardiente por las almas. Vamos a encomendarle de modo especial los frutos espirituales y apostólicos de este año especial a él dedicado”.

Tal día como hoy, hace un año, Vísperas de San Pedro y San Pablo, es decir el 28-VI-2007, el Papa Benedicto XVI proclamaba en  San Pablo Extramuros

Precisamente por eso, me alegra anunciar oficialmente que al apóstol san Pablo dedicaremos un año jubilar especial, del 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009, con ocasión del bimilenario de su nacimiento, que los historiadores sitúan entre los años 7 y 10 d.C. Este “Año paulino” podrá celebrarse de modo privilegiado en Roma, donde desde hace veinte siglos se conserva bajo el altar papal de esta basílica el sarcófago que, según el parecer concorde de los expertos y según una incontrovertible tradición, conserva los restos del apóstol san Pablo.

Una antiquísima tradición, que se remonta a los tiempos apostólicos, narra que precisamente a poca distancia de este lugar tuvo lugar su último encuentro antes del martirio:  los dos se habrían abrazado, bendiciéndose recíprocamente. Y en el portal mayor de esta basílica están representados juntos, con las escenas del martirio de ambos. Por tanto, desde el inicio, la tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir:  san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa:  la construcción de la Iglesia de Cristo.

A este propósito, dirigiéndose a la ciudad, san León Magno dice:  “Estos son tus santos padres, tus verdaderos pastores, que para hacerte digna del reino de los cielos, edificaron mucho mejor y más felizmente que los que pusieron los primeros cimientos de tus murallas” (Homilías 82, 7).

Un modelo estupendo de amor a Cristo:

Al inicio de la carta a los Romanos, como acabamos de escuchar, saluda a la comunidad de Roma presentándose como “siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación” (Rm 1, 1). Utiliza el término siervo, en griego doulos, que indica una relación de pertenencia total e incondicional a Jesús, el Señor, y que traduce el hebreo ‘ebed, aludiendo así a los grandes siervos que Dios eligió y llamó para una misión importante y específica.

de fidelidad a la vocación,

San Pablo tiene conciencia de que es “apóstol por vocación”, es decir, no por auto-candidatura ni por encargo humano, sino solamente por llamada y elección divina. En su epistolario, el Apóstol de los gentiles repite muchas veces que todo en su vida es fruto de la iniciativa gratuita y misericordiosa de Dios (cf. 1 Co 15, 9-10; 2 Co 4, 1; Ga 1, 15). Fue escogido “para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1, 1), para propagar el anuncio de la gracia divina que reconcilia en Cristo al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

de celo ardiente por las almas:

Por sus cartas sabemos que san Pablo no sabía hablar muy bien; más aún, compartía con Moisés y Jeremías la falta de talento oratorio. “Su presencia física es pobre y su palabra despreciable” (2 Co 10, 10), decían de él sus adversarios. Por tanto, los extraordinarios resultados apostólicos que pudo conseguir no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones:  “Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos— ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).

De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende.

Por tanto, aunque humanamente eran diversos, y aunque la relación entre ellos no estuviera exenta de tensiones, san Pedro y san Pablo aparecen como los iniciadores de una nueva ciudad, como concreción de un modo nuevo y auténtico de ser hermanos, hecho posible por el Evangelio de Jesucristo. Por eso, se podría decir que hoy la Iglesia de Roma celebra el día de su nacimiento, ya que los dos Apóstoles pusieron sus cimientos. Y, además, Roma comprende hoy con mayor claridad cuál es su misión y su grandeza. San Juan Crisóstomo  escribe:  “El  cielo no es tan espléndido  cuando  el sol difunde sus rayos como  la  ciudad de Roma, que irradia el esplendor de aquellas antorchas ardientes  (san Pedro y san Pablo) por todo el mundo… Este es el motivo por el que amamos a esta ciudad… por estas dos columnas de la Iglesia” (Comm. a Rm 32).

 

 

 

Published in: on junio 28, 2008 at 4:58 pm  Dejar un comentario  
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LA SOCIEDAD CRISTIANA

Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció tam­bién una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del período anterior. El Cristianismo dejó de ser, en el mundo medite­rráneo, una religión de minorías para convertirse en reli­gión de muchedumbres. La evangelización desbordó su an­terior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias rurales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.

1.    La libertad religiosa y tras ella la conversión cristiana del Imperio romano tuvieron hondas repercusiones, desde el punto de vista histórico-social: las puertas de la Iglesia se abrieron a las muchedumbres. A principios del siglo IV, los cristianos constituían todavía una reducida mi­noría dentro del Orbe romano, que, aun cuando hubiera ciertas regiones más densamente cristianizadas, en conjunto no alcanzaría, seguramente, el diez por ciento de la pobla­ción. Bajo el Imperio pagano perseguidor, tan sólo hom­bres de gran temple espiritual tenían la altura moral nece­saria para arrostrar los riesgos y desventajas humanas que llevaba consigo la conversión cristiana. Fue solamente a partir de Constantino cuando las multitudes de personas vulgares, que son siempre mayoría en las sociedades terre­nas, encontraron expedito el acceso a la Iglesia.

2.        El tránsito de un régimen de comunidades cristia­nas a la sociedad cristiana constituye otro de los aspectos de la gran transformación religiosa experimentada a lo largo del siglo IV. Antes, los discípulos de Cristo formaban pequeñas comunidades, en medio de una sociedad pagana. Ahora, en el transcurso de un par de generaciones, en el mundo mediterráneo, solar principal del Imperio romano, se operó la cristianización de la sociedad. Usando el símil de las parábolas evangélicas del grano de mostaza o la le­vadura y la masa, el paso de una Iglesia de comunidades cristianas a la sociedad cristianizada podría entenderse como el resultado de la silenciosa y eficaz acción de lo que fue en sus comienzos el fermento o la más pequeña de las simientes. El fenómeno de la cristianización de la sociedad fue pródigo en consecuencias.

3.        Primer resultado de la nueva realidad cristiana fue un distinto planteamiento de la forma de incorporación a la Iglesia. Durante los siglos precedentes, la conversión en edad de discernimiento fue el cauce ordinario de acceso a las comunidades cristianas. Fiunt, non nascuntur christiani —los cristianos no nacen, se hacen— es una sentencia de Tertuliano, cuyo sentido más obvio parece ser que, en su tiempo —a caballo entre los siglos II y m—, la gran mayo­ría de los fieles nacían paganos y «se hacían cristianos» después. La Iglesia, con la mira puesta en la admisión de personas adultas, instituyó el catecumenado, largo período de preparación ascética y doctrinal, que disponía al neófito para la recepción del bautismo, conferido de ordinario en las grandes solemnidades litúrgicas de Pascua y Pentecos­tés. El catecumenado tuvo su momento álgido en el siglo IV, cuando, desde el reinado de Constantino, las muchedum­bres paganas llamaban en masa a las puertas de la Iglesia y pedían ser bautizadas.

4.        Nacer cristianos —de padres bautizados— se hizo en cambio frecuente durante el siglo IV, y en el siglo v lle­gó a ser habitual a todo lo ancho de la cuenca del Medite­rráneo. La incorporación a la Iglesia desde la primera in­fancia fue desde ahora lo normal, con la consecuencia de que la disciplina bautismal se alterara sensiblemente. Se generalizó el bautismo de infantes, administrado a hijos de padres cristianos inmediatamente después del nacimiento, a lo largo, por tanto, de todo el año, sin esperar a las gran­des solemnidades litúrgicas. El catecumenado entró en rá­pida decadencia al faltar, cada vez más, los conversos adul­tos y terminó por desaparecer.

5.        La difusión del Cristianismo había comenzado por las ciudades, verdaderos puntales de la vida romana en su época clásica. De ahí el carácter urbano que tuvieron de ordinario en sus orígenes las comunidades cristianas. Cuan­do llegó la libertad de la Iglesia, las ciudades se cristianiza­ron con rapidez y hubo un tiempo en que existía un con­traste entre la población de la ciudad —cristiana— y la de los campos, todavía gentil. En este período fue cuando el término paganus —aldeano del pagus— adquirió un senti­do religioso y designó —en oposición a cristiano— a los rústicos que permanecían aún fuera de la Iglesia, aferrados a sus ancestrales tradiciones idolátricas.

6.        La libertad de la Iglesia hizo más fácil la propaga­ción del Cristianismo por campos y aldeas. Una intensa ac­ción pastoral se desarrolló en los medios rurales, de la que fueron protagonistas grandes obispos misioneros, como San Martín de Tours (371-397). En la catequesis destinada a es­tas poblaciones de pobre nivel cultural se siguieron unas directrices que, en siglos posteriores, fueron también váli­das para la conversión de las naciones bárbaras. La Iglesia tuvo buen cuidado en no limitarse a destruir los ídolos y procuró que no se crearan vacíos religiosos en aquellas gentes de ruda mentalidad. Por ello se esforzó en cristiani­zar sus hábitos sociales más arraigados y sus tradicionales fiestas religiosas, integrando a unos y otras en la disciplina sacramental o en el ciclo litúrgico anual del Misterio de Cristo y las solemnidades en honor de la Virgen y de los santos. Muchos templos cristianos se erigieron también so­bre el solar de antiguos santuarios paganos, es decir, en el lugar donde las poblaciones de la comarca tenían, desde tiempo inmemorial, la costumbre de venir a adorar. El cul­to de los mártires, de los santos y de las reliquias —prueba tangible de su humanidad—, que impresionaba vivamente a los «rústicos» de los campos, constituyó un gran instru­mento de catequesis. Pese a todo, la obra evangelizadora de los campesinos, subsiguiente a su bautismo, fue larga; hizo falta mucho tiempo y un esfuerzo perseverante para ir de­sarraigando las supersticiones y residuos idolátricos que, entremezclados con auténtica religiosidad, proliferaron entre las masas rurales.

7.        Durante los primeros siglos de nuestra Era, el obis­po había sido el jefe de la iglesia local, pastor de la comu­nidad cristiana radicada en una determinada urbe. A partir del siglo IV, el quehacer del obispo se extendió a los espa­cios rurales y sus poblaciones campesinas. Entonces se abrió camino la noción de diócesis —distrito territorial so­bre el que se extendía la autoridad de un determinado obis­po— y nació una geografía eclesiástica. La división dioce­sana cubrió toda la superficie de los territorios cristianiza­dos y se hizo preciso establecer con exactitud el perímetro de cada diócesis y fijar sus respectivos límites. La idea de competencia territorial fue abriéndose camino y la discipli­na eclesiástica urgió a los obispos a que ejercieran sus po­deres jurisdiccionales dentro de los confines diocesanos y tan sólo sobre las personas que residían en ellos, sin inva­dir esferas propias de otros obispos. La cristianización de los campos exigió la construcción de numerosas iglesias y oratorios para la atención espiritual de los campesinos: tal fue el punto de partida de la organización parroquial y el origen de un clero destinado a la cura pastoral de las po­blaciones rurales.

8.        Un último rasgo que hace falta destacar es el ex­traordinario realce que alcanzó la figura del obispo con la eclosión de la sociedad cristiana. Los pueblos veían en el obispo a su pastor religioso, pero también, cada vez más, a su jefe natural y protector en todos los órdenes de la vida En el siglo v, la crisis del Imperio provocó un gran vacío de autoridad. En los dramáticos tiempos finales de la Anti­güedad, a medida que la administración civil se desintegra­ba, los obispos, asumiendo una forzosa función de suplen­cia, se vieron obligados a intervenir cada vez más en la vida de los pueblos. De modo particular correspondió a los obispos la protección de las personas socialmente débiles, incapaces de defenderse por sí mismas. En lo que se refiere al acceso al episcopado, el nuevo estado de cosas hizo cada vez más difícil la elección del obispo «por el clero y el pueblo», como había sido habitual mientras fuera el pastor de una pequeña comunidad urbana. Ahora, aunque las vie­jas fórmulas seguían repitiéndose en los textos canónicos, los nombramientos episcopales fueron incumbencia, en la práctica, del clero diocesano y los obispos comprovinciales, con frecuentes intromisiones de emperadores y príncipes. Personajes ilustres por sus cargos civiles o su origen fami­liar ocuparon a menudo las sedes episcopales en el período romano-cristiano y contribuyeron a realzar el prestigio so­cial del obispo. Baste citar a título de ejemplo a San Am­brosio, que pasó de gobernador de la Alta Italia a obispo de Milán; a San Paulino de Ñola, cónsul en su juventud; o a Sidonio Apolinar, gran señor del sur de las Galias y yerno del emperador Avito, que fue obispo de Clermont-Ferrand.

 

LA IGLESIA EN EL IMPERIO ROMANO-CRISTIANO

En el transcurso del siglo IV, el Cristianismo comenzó a ser tolerado por el Imperio, para alcanzar luego un estatu­to de libertad y convertirse finalmente en tiempo de Teodosioen religión oficial. El emperador romano-cristiano convocó las grandes asambleas de obispos los conciliosy la Iglesia pudo organizar sus estructuras territoriales de gobierno pastoral.

1.                             La libertad le llegó al Cristianismo y a la Iglesia cuando apenas se habían extinguido los ecos de la última gran persecución. Fue justamente Galerio, principal insti­gador de aquella postrera embestida persecutoria, el prime­ro en sacar consecuencias prácticas de su rotundo fracaso. Llegado como sucesor de Diocleciano a la suprema digni­dad imperial, el augusto Galerio, próximo a la muerte, promulgó en Sárdica un edicto que marcaba nuevas pautas a la política romana frente al Cristianismo. El edicto otor­gaba a los cristianos un estatuto de tolerancia: «existan de nuevo los cristianos —decía— y celebren sus asambleas y cultos, con tal de que no hagan nada contra el orden pú­blico».

2.                 El edicto de Galerio, dado en el año 311, no conce­día a los cristianos plena libertad religiosa, sino tan sólo una cautelosa tolerancia. Más, a pesar de ello, su impor­tancia era grande. Por vez primera, el Cristianismo dejaba de ser una «superstición ilícita» y adquiría carta de ciudadanía. Esto representaba una conquista trascendental, no conseguida hasta entonces. La Iglesia había conocido du­rante el siglo III épocas de tranquilidad, y hubo incluso em­peradores romanos, como Filipo el Árabe (244-249), de evidentes simpatías filocristianas. Mas estos intervalos de bonanza no aportaban seguridad jurídica a la Iglesia, siem­pre expuesta a nuevas oleadas persecutorias. El estatuto de tolerancia de Galerio encerraba por tanto singular valor.

3.                  El tránsito de la tolerancia a la libertad religiosa se produjo con suma rapidez y su autor principal fue el em­perador Constantino. A principios del año 313, los empe­radores Constantino y Licinio otorgaron el llamado «Edic­to de Milán», que, más que una norma legal concreta, pa­rece haber sido una nueva directriz política fundada en el pleno respeto a las opciones religiosas de todos los súbditos del Imperio, incluidos los cristianos. La legislación discri­minatoria en contra de éstos quedaba abolida, y la Iglesia, reconocida por el poder civil, recuperaba los lugares de culto y propiedades de que hubiera sido despojada. El em­perador Constantino se convertía así en el instaurador de la libertad religiosa en el mundo antiguo.

4.                  Dentro de ese estatuto legal de libertad religiosa, la actitud de Constantino fue decantándose gradualmente en favor del Cristianismo. Resulta significativo que, antes in­cluso del llamado Edicto de Milán, cuando la suerte de la Urbe romana y del Imperio se dilucidaban por las armas entre aquel príncipe y su rival Majencio, el ejército constantiniano llevara en la batalla del Puente Milvio, como emblema propio, el lábaro con el monograma de Cristo. Constantino consideró siempre su victoria como una señal celestial, aunque su «conversión» definitiva —es decir, la recepción del bautismo— la demorase muchos años, hasta vísperas de su muerte (337). A lo largo de ese tiempo, la orientación pro-cristiana de Constantino se hizo cada vez más patente. Fueron desautorizadas las prácticas paganas cruentas o inmorales y se prohibió a los magistrados participar en los tradicionales sacrificios de culto. El empera­dor, por otra parte, favorecía a la Iglesia de muy diversos modos: construcción de templos, concesión de privilegios al clero, ayuda para el restablecimiento de la unidad de la fe, perturbada en África por el cisma donatista y en Orien­te por las doctrinas de Arrio. Los principios morales del Evangelio inspiraron de modo progresivo la legislación ci­vil, dando así origen al llamado Derecho romano-cristiano.

5.                 El avance del Cristianismo no se interrumpió tras la muerte de Constantino, si se exceptúa el frustrado inten­to de restauración pagana por Juliano el Apóstata. Los de­más emperadores —incluso aquellos que simpatizaron con la herejía arriana— fueron resueltamente contrarios al pa­ganismo. Graciano, al asumir en 375 el poder imperial, re­chazó el tradicional título de «Pontífice Máximo», que sus predecesores cristianos habían consentido conservar. Un enfrentamiento particularmente significativo entre Cristia­nismo ascendente y paganismo en decadencia se produjo en el escenario más venerable de la Roma antigua: el Sena­do. El altar de la Victoria que presidía el aula, como sím­bolo de la tradición gentil, fue removido por voluntad de los senadores cristianos, que eran ya mayoría, frente al gru­po de los «viejos romanos», encabezados por el senador Símaco. La evolución religiosa se cerró antes de que termina­ra el siglo IV, por obra del emperador Teodosio. La consti­tución Cunctos Populos, promulgada en Tesalónica el 28 de febrero del año 380, ordenó a todos los pueblos la adhe­sión al Cristianismo católico, a partir de ahora única reli­gión del Imperio.

6.                 Obtenida la libertad, la Iglesia tuvo necesidad de organizar sus estructuras territoriales, con vista a la acción pastoral en un mundo que se cristianizaba con rapidez. En virtud de lo que se ha llamado «principio de acomoda­ción», la Iglesia tomó las estructuras administrativas del Imperio como norma de su propia organización. La cir­cunscripción civil más clásica —la provincia— sirvió de modelo a la provincia eclesiástica. El Imperio llegó a con­tar en el siglo v con más de 120 provincias. Sobre este cua­dro territorial fue implantándose gradualmente la división provincial de la Iglesia. El obispo de la capital de la pro­vincia civil fue adquiriendo cierta preponderancia sobre sus colegas comprovinciales: fue el «metropolitano», obis­po de la «metrópoli», y los demás, sus sufragáneos. En el orden judicial, el metropolitano era la instancia superior de los demás tribunales diocesanos y le correspondía la consa­gración de los nuevos obispos de su provincia. El debía, además, presidir el concilio provincial —asamblea de los obispos de esa demarcación— que, según la disciplina nun­ca bien observada del concilio I de Nicea, debía reunirse dos veces al año.

7.            La división del Imperio en dos «partes» —Oriente y Occidente—, consumada a finales del siglo IV y que termi­naría por provocar la cristalización de dos Imperios, tuvo honda repercusión en la vida de la Iglesia. La «parte» occi­dental —que coincidía aproximadamente con las regiones de lengua y cultura latinas— tenía como única sede apos­tólica la de Roma, y por ello el Pontífice romano fue tam­bién Patriarca de Occidente. En la «parte» oriental, de cul­tura griega, Siria y copta, sobresalieron varias grandes sedes de fundación apostólica —Alejandría, Antioquía y Jerusalén—, que fueron cabezas de los Patriarcados, amplísimas circunscripciones eclesiásticas. El concilio I de Constantinopla elevó la sede de esta ciudad al rango patriarcal y atribuyó a sus obispos la primacía de honor dentro de la Iglesia después del obispo de Roma, «en razón —dijo— de que la ciudad es la nueva Roma». Sobre este fundamento de índole no eclesiástica, sino política —la capitalidad im­perial—, se instituyó un nuevo Patriarcado —el de Constantinopla—, destinado a alcanzar una indiscutible preemi­nencia entre todos los Patriarcados orientales, a partir, so­bre todo, del concilio de Calcedonia.

8.            La libertad de la Iglesia permitió una más clara estructuración y un ejercicio más efectivo del Primado de los papas sobre la Iglesia universal. Los grandes pontífices de los siglos IV y V —Dámaso, León Magno, Gelasio— se es­forzaron por definir con precisión el fundamento dogmáti­co del Primado romano: la primacía concedida por Cristo a Pedro, de quien los papas eran los legítimos y exclusivos sucesores. A partir del siglo IV, el ejercicio del Primado ro­mano sobre las iglesias de Occidente fue muy intenso: los papas intervinieron en multitud de ocasiones mediante epístolas decrétales o por intermedio de legados y vicarios. En Oriente, un gran concilio —el de Sárdica (343-344)— sancionó el derecho de cualquier obispo del orbe a recu­rrir, como instancia suprema, al Pontífice romano. Pero prevaleció, en definitiva, una tendencia favorable a la auto­nomía jurisdiccional, favorecida por el desarrollo de los Patriarcados, especialmente el de Constantinopla. La pos­tura del Oriente cristiano ante Roma, después del concilio de Calcedonia, puede resumirse así: atribución al obispo de Roma de la primacía de honor en toda la Iglesia; reconoci­miento de su autoridad en el terreno doctrinal; pero desco­nocimiento de cualquier potestad disciplinar y jurisdiccio­nal de los papas sobre las iglesias orientales.

9.   Bajo el Imperio romano-cristiano pudieron reunirse grandes asambleas eclesiásticas, manifestación genuina de la catolicidad de la Iglesia, que reciben el nombre de concilios «ecuménicos» o universales. Ocho sínodos ecu­ménicos tuvieron lugar entre los siglos IV y IX. Particular importancia se reconoció siempre a los cuatro primeros: los de Nicea I (325), Constantinopla I (381), Efeso (431) y Calcedonia (451). Todos estos concilios se celebraron en el Oriente cristiano, y orientales fueron en su gran mayoría los obispos asistentes. Su convocatoria procedió de ordina­rio del emperador, única autoridad capaz de arbitrar los medios indispensables para la celebración de tan grandes asambleas; en varios de ellos, la convocatoria imperial fue promovida por una iniciativa pontificia y los legados papá les ocupaban un lugar de honor en el aula conciliar. El re­conocimiento del carácter ecuménico de un gran concilio se fundó en su recepción por la Iglesia universal, expresa­da sobre todo a través de la confirmación papal de sus cá­nones y decretos.

10. La libertad de la Iglesia y la conversión del mundo antiguo trajo consigo, finalmente, la entrada en escena de un nuevo factor de notable importancia para los tiempos futuros: el emperador cristiano. Este personaje —un simple laico en el orden de la jerarquía— tenía conciencia, sin embargo, de que le correspondía una misión de defensor de la Iglesia y promotor del orden cristiano en la sociedad: era la función que se atribuía ya Constantino cuando tomaba para sí el significativo título de «obispo del exterior». Los emperadores cristianos prestaron indudables servicios a la Iglesia, pero sus injerencias en la vida eclesiástica produje­ron también numerosos abusos, cuya máxima expresión fue el llamado «cesaropapismo». Estos abusos fueron parti­cularmente graves en las iglesias de Oriente. En Occidente, la autoridad del Papado, la debilidad de los emperadores occidentales o la lejanía geográfica de los orientales contri­buyeron a la salvaguardia de la independencia eclesiástica. Las relaciones entre poder espiritual y temporal, su armó­nica conjunción y la misión del emperador cristiano fueron tratados por diversos Padres de la Iglesia y en especial por el papa Gelasio, en una carta al emperador Anastasio. Pero el papel del emperador cristiano como protector de la Igle­sia se juzgaba tan indispensable en los siglos de tránsito de la Antigüedad al Medievo que, cuando los emperadores bi­zantinos dejaron de cumplir esa misión cerca del Pontifica­do romano, los papas buscaron en el rey de los francos el auxilio del poder secular que ya no podían esperar del em­perador oriental.