Esperamos perdón

escena en el Evangelio especialmente significativa: cuando los judíos le presentan al Señor a una mujer sorprendida en adulterio:

“Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: – «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Los Padres de la Iglesia sugieren que el Señor escribía en el suelo: “no retires la paja en el ojo ajeno sin haber retirado la viga del tuyo”. De eso nos habla la Cuaresma y la Semana Santa: de la necesidad de mirar en el propio corazón para descubrir lo que no va y decidirnos a una conversión verdadera.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: – «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: – «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: – «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: – «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.».

Todos somos pecadores. Por eso, aquellos hombres quizás recordaron el salmo 18 donde se le pide al Señor: ¿Quién conoce sus propios errores? Purifícame tú de las faltas ocultas. Protégeme también del orgullo, que jamás me domine. El Cardenal Ratzinger solía citar al respecto un pasaje del Cantar de los Cantares: “nigra sum, sed formosa”, tengo manchas pero soy hermosa, y aplica esa frase a la realidad de la Iglesia, que es santa –porque su Autor es el Dios tres veces santo- pero está compuesta por pecadores. Es lo que se repite cada día en la Eucaristía, cuando la liturgia invita a pedir: “no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”.

El mismo Cardenal Ratzinger , en el Viacrucis del Coliseo Romano unos meses antes de ser elegido Papa, hacía ver el daño tan grande que nuestros pecados le hacen a la Iglesia:

“¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. (…) ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (Cf. Mt 8,25)”.

Así que ya sabes, a hacer examen.

Por cierto, acerca de lo que escribía Jesús con el dedo en la tierra, ya os lo decía antes no lo sabemos con seguridad. Pero sabemos algunas cosas. Por ejemplo, sabemos que mientras Jesús se agachaba, callaba y arrastraba su dedo por el polvo de tierra, los otros, en pie, gritaban, juzgaban, acusaban, y condenaban. Y sabemos que, mientras los hombres nos acusamos y murmuramos unos de otros sin piedad, y pensamos, escribimos y criticamos de los otros, Dios mismo calla, se agacha, y con su Dedo divino, Jesús de Nazareth, escribe en la Tierra con su Sangre el perdón para los hombres… Sabemos también que la Mujer más maravillosa e inocente, la Virgen Madre, es llamada “Refugio de los pecadores”. Sabemos muchas cosas en realidad, y todo lo que sabemos es muy consolador. Pero, lo que Jesús escribía con el dedo en la tierra, eso no lo sabemos… Es bueno también darnos cuenta de que no sabemos.

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Published in: on marzo 21, 2010 at 1:20 pm  Dejar un comentario  

Que bien se está contigo, Señor¡

Segundo Domingo de cuaresma, vemos al Señor en el Monte Tabor donde los apóstoles contemplaron Su Gloria. ¡Que bien se está aquí! Dijo Pedro. Por unos instantes, se les anticipó toda la belleza, y la paz, y la dicha que estaba reservada para ellos… Y se enamoraron… Dios se esconderá después en el dolor de su pasión y muerte, pero Dios antes nos ha ofrecido un punto de apoyo, ver su gloria, un punto de apoyo mucho mejor y más sólido que cualquiera de los que él pueda buscar, y entonces el hombre no se cae, salta.

La Eucaristía es también Dios escondido, y esta oración eucarística nos habla también del Tabor de su presencia eucarística: ¡Qué bien se está contigo Señor!

¡Que bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario!
¡Que bien se está contigo! ¿Por qué no vendré más?
Desde hace muchos años vengo a verte a diario
Y aquí te encuentro siempre, amante solitario
Solo, pobre, escondido, pensando en mí quizás
Tú no me dices nada, ni yo te digo nada,
Si ya lo sabes todo ¿qué te voy a decir?
Sabes todas mis penas, todas mis alegrías
Sabes que vengo a verte con las manos vacías
Y que no tengo nada que te pueda servir.
Siempre que vengo a verte, siempre te encuentro solo,
¿será que nadie sabe, Señor, que estás aquí?
¡No sé!, pero sé en cambio que aunque nadie te amara,
ni te lo agradeciera, aquí estarías siempre esperándome a mí.
¿Por qué no vendré más? ¡Qué ciego estoy, qué ciego!
Si sé por experiencia que cuando a Ti me llego
Siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor
¿A dónde voy, Dios mío, cuando a mi Dios no vengo?
Si Tú me esperas siempre, Si a Ti siempre te tengo,
Si jamás me has cerrado las puertas de tu amor.
Por otros se recorren a pie largos caminos,
Acuden de muy lejos cansados peregrinos,
Pagan grandes sumas que no han de recobrar.
Por Ti nadie pregunta, de Ti nadie hace caso,
Aquí, si alguno entra sólo es de paso.
Aquí eres Tú quien paga si alguno quiere entrar.
¿Por qué no vendré más? Si sé que aquí a tu lado
Puedo encontrar Dios mío, lo que tanto he buscado:
Mi luz, mi fortaleza, mi paz, mi único bien.
Si jamás he venido que no haya encontrado.
Si jamás he sufrido, si jamás he llorado, Señor,
Sin que Tu También llorases conmigo.
¿Por qué no vendré más, Jesucristo, bendito?
Si Tú lo estás deseando, si yo lo necesito.
Si sé que no se nada, cuando no vengo a Ti
Si aquí me enseñarías la ciencia de los santos,
Esa ciencia bendita que aprendieron tantos
Que fueron tus amigos y gozán ya de Ti.
¿Por qué no vendré más? Si sé, yo con certeza
que tu eres el modelo que mi alma necesita,
que nada se hace duro mirandote a Ti a quí.
El sagrario es la celda donde estás encerrado.
¡Qué pobre, que obediente! ¡Qué manso, que callado!
¡Que solo, que escondido! ¡Nadie se fija en Ti!
¿Por qué no vendré más? ¡Oh bondad infinita!
¡Riqueza inestimable que nada necesita
y que te has humillado a mendigar mi amor!
¡Ábreme ya esa puerta, sea ya esa mi vida,
Olvidada de todos, de todos escondida!
¡Que bien se está contigo!
¡Que bien se está, Señor!

Unidos a María, “Madre del Amor Hermoso”, fijaremos estos días nuestra mirada en Jesús de Nazareth. Hora es ya de levantar los ojos de nuestro propio pecado, y, fijándolos en la hermosura del Hijo de Dios, dejar que se iluminen hasta caer rendidos, enamorados… Hasta saltar. ¡Bendita Cuaresma!

Published in: on marzo 13, 2010 at 5:23 pm  Dejar un comentario  

Comunión de los santos

Oh¡ Dios, que manifiestas tu poder con el perdón y la misericordia: derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, por Jesucristo nuestro Señor, Amen. (Domingo 26. Oración colecta)

CEC 1082: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la Creación y de la Salvación; y en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el Don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.

Vamos a decirle de modo ordenado y sencillo

Desde toda la eternidad hemos sido elegidos en Cristo.

Somos llamados a identificarnos con ÉL

Desde antes del tiempo nos eligió, pero la historia es de salvación en el tiempo: es la historia de salvación y Cristo muere en esa historia

Y envía a su Espíritu Santo que hace la Iglesia, la expande, la multiplica y a nosotros nos santifica

Inspirada en la Escritura, la Tradición llama “gracia” a todos los dones de la salvación, que nos sacan del pecado y nos conducen al fin querido por Dios.

La tradición oriental, siguiendo la patrística griega, llama divinización a la renovación del hombre por el Espíritu Santo, y llama “gracia” a la misma acción divina (energeia) que diviniza al hombre.

La tradición protestante se refiere solo a una gracia, la del perdón, a la que ellos llaman gracia de justificación.

947. “Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros … Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza … Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia” (Santo Tomás, symb.10). “Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común” (Catech. R. 1, 10, 24)

948. La expresión “comunión de los santos” tiene entonces dos significados estrechamente relacionados: “comunión en las cosas santas [‘sancta’]” y “comunión entre las personas santas [‘sancti’]”.

“Sancta sanctis” [lo que es santo para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante en la mayoría de las liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos Dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles [“sancti”] se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo [“sancta”] para crecer en la comunión con el Espíritu Santo [“Koinônia”] y comunicarla al mundo.

949. En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2, 42):

La comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles,

950. La comunión de los sacramentos. “El fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan a Jesucristo.

La comunión de los santos es la comunión de los sacramentos …

951. La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo “reparte gracias especiales entre los fieles” para la edificación de la Iglesia (LG 12).

953.La comunión de la caridad: En la “comunión de los santos” “ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo” (Rm 14, 7). “Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte” (1 Co 12, 26-27).

954. Los tres estados de la Iglesia. “Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando `claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es’“ (LG 49):

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en él (LG 49).

955. “La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales” (LG 49).

956. La intercesión de los santos.

“Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad…no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (LG 49):

PREPARANDO UNA BUENA CONFESIÓN
La Virgen María había prometido en Fátima a Francisco y a Jacinta que pronto se los llevaría al Cielo. En efecto, en 1919 hubo una epidemia de gripe en aquella zona de Portugal, y Francisco fue uno de los primeros en contraer la enfermedad. La gripe se convirtió en violenta neumonía.
Antes de fallecer quiso prepararse una buena Confesión. Una mañana llamó muy temprano a Lucía, y le rogó:
-Quiero que me digas si me has visto cometer algún pecado, y que también se lo preguntes a Jacinta.
Lucía hizo memoria:
-Alguna vez has desobedecido a tu madre cuando ella te pedía que te quedases en casa; te escapabas para venir a buscarme o para esconderte.
Luego le tocó el turno a Jacinta, que recordaba alguna menudencia por el estilo: una vez había cogido unos cuartos a su padre para comprarse una armónica, alguna pedrea con los muchachos de Aljustrel contra los de Boleiros…
Francisco declaró que de todo aquello ya se había confesado, pero que lo haría de nuevo:
-Aunque no fuera a morir, no los volvería a cometer. Ahora estoy muy arrepentido.
Rogó a Lucía que pidiera perdón al Señor por él.
Cfr. C. Barthas, “La Virgen de Fátima”.
 

No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).

Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).

957. La comunión con los santos. “No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios” (LG 50):

Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17).

958. La comunión con los difuntos. “La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones `pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados’ (2 M 12, 45)” (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

959. … en la única familia de Dios. “Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia” (LG 51).

962. “Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones” (SPF 30).

Published in: on marzo 13, 2010 at 1:28 pm  Dejar un comentario  

Amar con misericordia…

Según el Diccionario la misericordia es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos. Y la verdad, me ha gustado la definición. Se trataría de amar a alguien pero incluyendo sus miserias.

Cuantas veces hemos oído comentar a alguien conocido: “es increíble, ¡tantos años de trato durante el noviazgo, y sólo ahora, tras apenas un año de matrimonio, descubro que esta persona tiene tal o cual defecto! ¡Si lo hubiera sabido antes a lo mejor ni me caso!”… Y aunque es injusto el comentario, no deja de tener razón. Cuantas veces fuera de casa hemos aparentado ante los demás lo que no somos. Cuántas veces maquillamos nuestras miserias para parecer mejores de lo que somos en realidad… No digo que me parezca mal, pero luego pasa lo que pasa. Queremos ser amados, admirados, queridos y por eso aparentamos ser simpáticos, alegres, agradables… Luego llegamos a casa, nos quitamos la careta, y allí aparecemos tal como somos, es decir que no hay quien nos aguante.

Por eso, para amarnos en casa, necesitamos de la misericordia, esa bendita virtud que inclina el ánimo a compadecerse de las miserias ajenas.

De esta virtud nos habla el Evangelio del próximo Domingo IV de Cuaresma. El Padre de hijo pródigo es imagen de la misericordia de Dios. Fíjate que cuando le ve llegar de lejos “su padre lo vio y se emocionó”. Pero ¿qué pudo ver el Padre en este hijo que le llevara a emocionarse? Aquel hijo había actuado como un ladrón y le había deshonrado al gastar su hacienda lujuriosamente; ¿Qué podía ver a parte de individualismo, impureza, obstinación, desafección, ingratitud… Pero aquel Padre sabía amar tiernamente a su hijo, es decir misericordiosamente, tenía esa bendita virtud que inclinaba su ánimo a compadecerse de las miserias de su hijo.

Y luego, actúo con las mismas entrañas de misericordia cuando llegó el otro hijo, el mayor, con una actitud injusta, llena de ira, desamorada, resentida y envidiosa. Aquel padre lo trato con cariño y le dijo: pero hijo, si todo lo mío es tuyo

En la parábola, la alegría se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: “Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado”.

En la novela de El Idiota, Dostoiewski describe una escena que tiene todo el ambiente de una imagen real. Una mujer del pueblo tiene en brazos a su niño de pocas semanas, cuando éste por primera vez le sonríe. Emocionada, se hace el signo de la cruz y a quien le pregunta por qué se persigna le responde: “De igual manera que una madre es feliz cuando nota la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador se arrodilla y le dirige una oración con todo el corazón”. Tal vez alguno se anime a dar a Dios un poco de esta alegría, y brindarle una sonrisa…

Dios nos conoce muy bien, conoce todas y cada una de nuestras oscuras intenciones, todas y cada una de nuestras miserias más ocultas. Por eso aun cuando toda mi miseria está “a su vista”, sé que Dios me ama, y sé que mi Madre en el Cielo es capaz de abrazarme a pesar de mi lepra.

Published in: on marzo 13, 2010 at 12:43 pm  Dejar un comentario  

Y le echare estiercol, a ver si da fruto

Este III Domingo de Cuaresma el Evangelio nos presenta el extraordinario relato de la higuera estéril. Esta higuera es una calamidad, pues lleva tres años incomodando a su dueño sin dar fruto. Sin embargo la imagen de la higuera en toda la Escritura aparece como uno de los árboles más elogiados cuyo fruto es agradable al paladar -y no solo entusiasma a los hombres-, si no que sirve fielmente a los designios de Dios. Por ejemplo, una higuera cubrió la desnudez de nuestros primeros padres (Gen 3,7), a una higuera deseaban los árboles como rey (Juec 9, 10-11), el profeta Joel recuerda “Animales del campo, no temáis, porque los pastos del desierto reverdecerán y los árboles llevarán su fruto; la higuera y la vid darán sus frutos” (Joel 2,22).
Pero esta vez será la intervención del viñador la que salvará a aquella higuera estéril.
“Uno tenía una higuera plantada en su viña”… Estamos ante un diálogo divino, entre el Padre y el Hijo. Podríamos seleccionar las veces en que este diálogo se repite en el Evangelio para aprender a enfrentarnos a los problemas, para tener un diálogo de vida: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala”. Es lo que propone el Padre. Pero entonces el Hijo, que parece encariñado con aquel árbol, propone una alternativa:“Señor, déjala todavía este año”…
El amor apela a la paciencia, a la espera… Aún habrá esperanza, seguirá brillando la Luz para aquella higuera… Y es que la vida del hombre surge como de su fuente del diálogo amoroso entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Así ocurrió en la creación del hombre (hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza) y así sucedió también con la Redención. Y esta parábola muestra este diálogo en esas dos facetas que tiene nuestra salvación: la justicia: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro ¡Córtala! y la misericordia: Señor, ¡déjala todavía este año!… Y nos dice que ha sido la misericordia de Dios, manifestada en el Hijo, la que nos ha alcanzado una nueva oportunidad.
Lo que viene ahora es impresionante: “yo cavaré alrededor“… Es decir, Jesús es como el viñador que mete la azada en lo profundo del alma del mundo para sacar las piedras del pecado y las raíces de muerte que están haciendo que no de los frutos de amor que se esperan de cada uno de nosotros. Así vemos a este Señor Nuestro arrancando nuestros egoísmos y miserias, con el sudor de su esfuerzo…
Pero ahora viene el colmo de su humildad, cuando leemos: “y le echaré estiércol, a ver si da fruto“. Es como si Jesús identificara su Sangre salvífica y Redentora con el estiércol que abona a la higuera, como si es Calvario fuera una especie de estercolero para abonar a esta humanidad estéril y egoísta… Y Cristo humilde desde su Cruz Bendita, como flor del estercolero, derrama su sangre para el perdón de los pecados, y así permitir que aquella higuera pueda dar frutos de amor agradecido. La comparación de su Sangre como estiércol es estremecedora.
Y conforme aquella Sangre iba empapando la tierra de aquella viña, la Vida iba regresando. Y mientras se partían las piedras del pecado, la estéril higuera iba comenzando a dar frutos como nadie podía haberlo imaginado.
Y, “Si no, la cortas”… Ya sabes, ¡No desaproveches esta nueva oportunidad! Es posible que no haya otra, no desprecies la Sangre de Cristo. Madre ¡que me acerque a la Penitencia y a la Eucaristía! ¡Corre!

Published in: on marzo 13, 2010 at 10:40 am  Dejar un comentario  

Mucha Gracia

Ya sabéis que D. Pedro Gutiérrez, universalmente conocido como D. Quirru, va mejorando poco a poco de su ictus cerebral. Con ocasión de la visita a Asturias del Prelado del Opus Dei, dio una muestra de la tal mejoría cuando nos dijo, como quien no quiere la cosa “El Padre trae mucha Gracia”

 

Ayer fue el domingo XV del tiempo Ordinario. En su liturgia del año A en el evangelio nos cuenta Jesús la parábola del sembrador. Fijaos con cuánta majestuosidad nos introduce Mateo en la escena: “Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó en la barca, y la gente  se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas: Salió el sembrador a sembrar”.

 

Después el Señor al llegar a casa les dice “Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador” y después de fijarse en los distintos supuestos les aclara “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”

 

Con el paso de la semana uno ha tenido tiempo de repensar lo que hemos visto y oído en el sábado y domingo anterior y ciertamente es verdad lo que decía D. Quirru y escuchando la parábola del sembrador uno no puede menos que reconocer que el Padre ha derrochado la buena semilla entre nosotros y además con el símbolo de la gracia y la correspondencia humana del libro de Isaías de la primera lectura: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, (…)así será mi palabra, que sale de mi boca”

 

Me fijo en el fuerte y buen deseo de tanta gente de escuchar el mensaje del Prelado y no puedo menos de agradecer a D. Carlos Osoro, Arzobispo de Oviedo, el regalo que nos  ha hecho precisamente para que nos recuerde la doctrina perenne de san Pablo, que hoy se recogía en la segunda lectura “pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.(…) también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”

 

La redención es fruto de la Cruz, nos recordaba el Padre: “En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanzó la victoria definitiva. El Señor borró el pliego de cargos que nos era adverso (…) clavándolo en la cruz, leemos en la epístola a los Colosenses. (…).Nosotros hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una esperanza segura, con una caridad ardiente”.

Published in: on julio 14, 2008 at 12:16 pm  Dejar un comentario  
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Dos antorchas: Pedro y Pablo

San Pedro y San Pablo tenían una estrecha amistad con Jesucristo y eso fue lo que unió a estos dos hombres elegidos para misiones muy importantes. En la primera lectura, tomada de los hechos de los apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de un ángel enviado por Dios que lo invita a ponerse en pie y seguirlo. Pedro deberá reemprender su misión al frente de la Iglesia naciente. Pablo, en la carta a Timoteo que leemos en la segunda lectura hace un recuerdo emocionado de su entrega a Cristo: “he combatido el buen combate”. Sabe que Dios lo escogió desde el seno de su madre para revelarle a Cristo y para llamarlo a anunciarlo a todos los pueblos. Ahora al final de su carrera, reconoce con gratitud que Cristo lo ayudó y le dio fuerzas. En Pedro y en Pablo aquello que más resalta es su íntima amistad con el maestro. Ambos tuvieron experiencia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esa experiencia los acompañó durante toda su vida y les dio una viva conciencia de su misión. Tiene, pues, razón Pedro al concluir con emoción: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

De la carta del Padre de Junio hago mención del siguiente párrafo: “deseo recordaros que el próximo día 29, solemnidad de San Pedro y San Pablo, comienza el año paulino que Benedicto XVI ha convocado para conmemorar los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las gentes. Para secundar las indicaciones del Santo Padre en la celebración de este bimilenario, os sugiero conocer mejor la vida y la obra de este gran Apóstol, Patrono de la Obra, leyendo y meditando a fondo los Hechos de los Apóstoles y los escritos paulinos. San Pablo es, para todos los cristianos, un modelo estupendo de amor a Cristo, de fidelidad a la vocación, de celo ardiente por las almas. Vamos a encomendarle de modo especial los frutos espirituales y apostólicos de este año especial a él dedicado”.

Tal día como hoy, hace un año, Vísperas de San Pedro y San Pablo, es decir el 28-VI-2007, el Papa Benedicto XVI proclamaba en  San Pablo Extramuros

Precisamente por eso, me alegra anunciar oficialmente que al apóstol san Pablo dedicaremos un año jubilar especial, del 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009, con ocasión del bimilenario de su nacimiento, que los historiadores sitúan entre los años 7 y 10 d.C. Este “Año paulino” podrá celebrarse de modo privilegiado en Roma, donde desde hace veinte siglos se conserva bajo el altar papal de esta basílica el sarcófago que, según el parecer concorde de los expertos y según una incontrovertible tradición, conserva los restos del apóstol san Pablo.

Una antiquísima tradición, que se remonta a los tiempos apostólicos, narra que precisamente a poca distancia de este lugar tuvo lugar su último encuentro antes del martirio:  los dos se habrían abrazado, bendiciéndose recíprocamente. Y en el portal mayor de esta basílica están representados juntos, con las escenas del martirio de ambos. Por tanto, desde el inicio, la tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir:  san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa:  la construcción de la Iglesia de Cristo.

A este propósito, dirigiéndose a la ciudad, san León Magno dice:  “Estos son tus santos padres, tus verdaderos pastores, que para hacerte digna del reino de los cielos, edificaron mucho mejor y más felizmente que los que pusieron los primeros cimientos de tus murallas” (Homilías 82, 7).

Un modelo estupendo de amor a Cristo:

Al inicio de la carta a los Romanos, como acabamos de escuchar, saluda a la comunidad de Roma presentándose como “siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación” (Rm 1, 1). Utiliza el término siervo, en griego doulos, que indica una relación de pertenencia total e incondicional a Jesús, el Señor, y que traduce el hebreo ‘ebed, aludiendo así a los grandes siervos que Dios eligió y llamó para una misión importante y específica.

de fidelidad a la vocación,

San Pablo tiene conciencia de que es “apóstol por vocación”, es decir, no por auto-candidatura ni por encargo humano, sino solamente por llamada y elección divina. En su epistolario, el Apóstol de los gentiles repite muchas veces que todo en su vida es fruto de la iniciativa gratuita y misericordiosa de Dios (cf. 1 Co 15, 9-10; 2 Co 4, 1; Ga 1, 15). Fue escogido “para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1, 1), para propagar el anuncio de la gracia divina que reconcilia en Cristo al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

de celo ardiente por las almas:

Por sus cartas sabemos que san Pablo no sabía hablar muy bien; más aún, compartía con Moisés y Jeremías la falta de talento oratorio. “Su presencia física es pobre y su palabra despreciable” (2 Co 10, 10), decían de él sus adversarios. Por tanto, los extraordinarios resultados apostólicos que pudo conseguir no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones:  “Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos— ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).

De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende.

Por tanto, aunque humanamente eran diversos, y aunque la relación entre ellos no estuviera exenta de tensiones, san Pedro y san Pablo aparecen como los iniciadores de una nueva ciudad, como concreción de un modo nuevo y auténtico de ser hermanos, hecho posible por el Evangelio de Jesucristo. Por eso, se podría decir que hoy la Iglesia de Roma celebra el día de su nacimiento, ya que los dos Apóstoles pusieron sus cimientos. Y, además, Roma comprende hoy con mayor claridad cuál es su misión y su grandeza. San Juan Crisóstomo  escribe:  “El  cielo no es tan espléndido  cuando  el sol difunde sus rayos como  la  ciudad de Roma, que irradia el esplendor de aquellas antorchas ardientes  (san Pedro y san Pablo) por todo el mundo… Este es el motivo por el que amamos a esta ciudad… por estas dos columnas de la Iglesia” (Comm. a Rm 32).

 

 

 

Published in: on junio 28, 2008 at 4:58 pm  Dejar un comentario  
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Vinieron de lejos

 

Hoy, en el horizonte de la Navidad, aparecen tres nuevas figuras: los Magos de Oriente.

Vienen de lejos siguiendo la luz de la estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a Jerusalén, llegan a la corte de Herodes. Preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).

En la liturgia de la Iglesia la solemnidad de hoy se llama Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación.

Esta expresión nos invita a pensar no sólo en la estrella que apareció a los ojos de los Magos, no sólo en el camino que estos hombres de oriente hacen, siguiendo el signo de la estrella. La Epifanía nos invita a pensar en el camino interior, del que nace el misterioso encuentro del entendimiento y del corazón humano con la luz de Dios mismo.

“La luz… que alumbraba a todo hombre, cuando viene al mundo” (cfr. Jn 1,9).

Los tres personajes de Oriente seguían con certeza esta luz antes aún de que apareciera esta estrella.

Dios les hablaba con la elocuencia de toda la creación: decía que es, que existe; que es Creador y Señor del mundo.

En cierto momento, por encima del velo de las criaturas, los acercó todavía más a Sí mismo. Y a la vez, ha comenzado a confiarles la verdad de su Venida al mundo. De algún modo, los introdujo en el conocimiento del designio divino de la salvación.

—Manifestación del Redentor

Los Magos respondieron con la fe a esa Epifanía interior de Dios.

Esta fe les permitió reconocer el significado de la estrella. Esta fe les mandó también ponerse en camino. Iban a Jerusalén, capital de Israel, donde se transmitía de generación en generación la verdad sobre la venida del Mesías. La habían predicado los profetas y habían escrito de ella los libros santos.

Dios, que habló al corazón de los Magos con la Epifanía interior, había hablado a lo largo de los siglos al Pueblo elegido y les había predicado la misma verdad sobre su venida.

Esta verdad se cumplió la noche del nacimiento de Dios en Belén. Ya esta noche es la Epifanía de Dios, que ha venido: Dios que nació de la Virgen y fue colocado en el pobre pesebre, Dios que ocultó su venida en la pobreza del nacimiento en Belén: he ahí la Epifanía del divino ocultamiento.

Sólo un grupo de pastores se apresuró para ir a su encuentro…

Pero mirad que ahora vienen los Magos. Dios, que se oculta a los ojos de los hombres que viven cerca de Él, se revela a los hombres que vienen de lejos.

—Reconocer al Mesías

Dice el profeta a Jerusalén:

“Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is 60,3-4).

Los guía la fe. Los guía la fuerza interior de la Epifanía.

De esta fuerza habla así el Concilio:

“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cfr. Col 1,15; 1Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).

Los Magos de Oriente llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía. Les permite reconocer al Mesías en el Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2,11).

Vidimus stellam in Orientem et venimus adorare Eum! 

Vidimus et venimus!

Este es el resumen y el deseo que expresamos en la oración del día de hoy: los Reyes vieron la estrella y vinieron a adorar al    

Niño-Dios-Incienso

                Niño-Mesías-Hombre-Mirra

                Niño-Rey-Oro

Nosotros también queremos seguir viendo nuestra estrella, nuestra vocación de cristianos corrientes y venir después -y siempre- a adorar Al que nos la ha dado: Dios, Mesías, Rey.

Adorar, que es querer su Voluntad, querer que El reine, querer que sea para El toda la gloria.

Los Magos son, al mismo tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía se difundirá ampliamente entre los pueblos de la tierra.

Tiempos de expansión los que está viviendo la Iglesia, como siempre y en Ella su “partecita” que es el Opus Dei

Vidimus stellam! 

La historia de la estrella, del lucero de San Josemaría:

La historia del lucero que estaba tan dentro del alma de nuestro Padre, arranca desde muy antiguo. Se consideraba muy poca cosa para realizar la inmensa tarea que el Señor le había encomendado, pero, a la vez, tenía una profunda conciencia de ser hijo de Dios e hijo de Santa María. Su oración se caracterizaba –así fue siempre- por una fe inmensa que se atreve a tareas grandes porque confía, no en sus fuerzas ni en sus méritos, sino exclusivamente en el poder infinito de su Padre Dios.

Estas consideraciones quedaron plasmadas en sus Apuntes íntimos, el 28 de diciembre de 1931, con ocasión de una anécdota que le comentaron las monjas del Patronato de Santa Isabel. Era la fiesta de los Santos Inocentes, día en el que es frecuente en España gastar bromas. Las religiosas también se divertían de este modo y habían establecido que, durante ese día, la más joven hiciera de superiora y mandase sobre todas las demás. Nuestro Fundador llevó la anécdota a su vida espiritual de hijo pequeño de Dios, y escribió: Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en medio de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé –de broma, ¿eh?, aunque también un poco de verás- y les mando que obedezcan, así, al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey-Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con El… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…(San Josemaría, 28-XII-1931, Apuntes íntimos, n. 517 en Vázquez de Prada, A, El Fundador del Opus Dei, T. I, pg. 413)

Y tiempos de expansión a través de la aceptación de las dificultades, enfermedades, “caricias” , pues así quiere el reinar y extender su reinado a todo el mundo

    Año mariano

Es muy grato a Dios el reconocimiento a su bondad que supone recitar un «Te Deum» de acción de gracias, siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea -como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección. (San Josemaría, Forja, n. 609)

Ordenación episcopal del Padre Tanto motivo de acción de gracias Acerca del lema, el Padre nos explicó que había elegido aquella jaculatoria que tantas veces repitió nuestro Fundador. ¡Deo omnis gloria!, ¡para Dios toda la gloria!, porque junto al que eligió don Álvaro ‑regnare Christum volumus‑, y aquel otro: Omnes cum Petro ad lesum per Mariam, compendian ‑como escribió nuestro Padre en sus Apuntes íntimos todos nuestros afanes. Ruego al Señor, a través de nuestro santo Fundador, de don Álvaro, que sepamos hacerlos carne de nuestra carne, vida de nuestra vida

Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi en el n 49, nos hace considerar como motivo de esperanza firme la estrella del mar, que es María:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

  

Published in: on enero 4, 2008 at 5:11 pm  Dejar un comentario  
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La Santa Madre de Dios (Agiostheotocos)

Sancta Maria, Mater Dei: es el título principal de la Virgen Santísima, y la razón de todos los demás (CCE, n. 495). Salve, sancta Parens, enixa puerpera Regem, qui coelum terramque regit in saecula saeculorum (Ant. De entrada)

Madre del cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y Madre nuestra (CCE, n. 963-970). Todas las gracias nos vienen a través de su mediación materna. Mater divinae gratiae. Que ames con locura a la Madre de Dios, que es Madre nuestra. (cfr. San Josemaría, Forja, n. 77). Es el inicio de ese camino que nos lleva a Jesús.:

Ahora sí que te digo con el corazón encendido: monstra te esse matrem! Y no me contestes tú: monstra te esse filium!; pues, aunque tengo conciencia de mi poquedad, yo no sé qué más puedo hacer. Si puedo algo más, ¡dilo, dilo y lo cumpliré con tu ayuda, porque solo no soy capaz (San Josemaría, Oración en la Villa de Guadalupe: 20-V-1970)

El fin de año, ocasión para hacer examen. Contrición por las faltas de correspondencia y agradecimiento por todo lo bueno que hemos recibido: Te Deum laudamus

Es muy grato a Dios el reconocimiento a su bondad que supone recitar un «Te Deum» de acción de gracias, siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea -como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección. (San Josemaría, Forja, n. 609)

Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi en el n 49, nos hace considerar como motivo de esperanza firme la estrella del mar, que es María:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

María sabía todas estas cosas y las ponderaba en su corazón con confianza y agradecimiento pues conocía perfectamente los designios salvadores y misericordiosos del Dios Altísimo, como nos recuerda el Evangelio de la Misa de la Solemnidad de la Madre de Dios y de la Iglesia: Maria autem conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo (Lc 2, 19).

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu « sí », la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38).

«4.Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, 5 para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. 6 Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá, Padre!» (2ª Lectura: Gal 4)

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia.

Recibimos el nuevo año con propósitos de mejora, de cambio personal. ¿Año nuevo, vida nueva? Se preguntaba en ocasiones como ésta, San Josemaría y se respondía que pensaba que un cambio de página de calendario no iba a dar tal casi mágico resultado. Más esperaba en la oración y la presencia maternal ante la cruz de Cristo de nuestra Señora

María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor -tú y yo con el Hijo primogénito del Padre.

Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 149)

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: « No temas, María » (Lc1,30). ¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: no temáis! En la noche del Gólgota, oíste una vez más estas palabras en tu corazón.

Published in: on diciembre 31, 2007 at 6:47 pm  Dejar un comentario  
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El Señor está a la puerta

Tercer domingo de Adviento

 


Sagrada Escritura:Primera: Is 35, 1-6.8.10
Salmo 146
Segunda: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11

La liturgia del tercer domingo de Adviento es el domingo de la alegría por la llegada del Señor. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que es fiel a sus compromisos. El salmo 145 canta la fidelidad del Señor a sus promesas y su cuidado por todos aquellos que sufren. Santiago, constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener paciencia: así como el labrador espera la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará. El Evangelio, finalmente, pone de relieve la paciencia de Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión es invitado por Jesús a permanecer fiel a su misión hasta el fin.En nuestra vida hay momentos de desierto, momentos de pena, de prueba de Dios; en ellos, más que nunca, el Señor nos repite por boca del profeta Isaías: fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis. Mirad que vuestro Dios viene en persona. El Señor viene en persona. Éste es el motivo de la alegría, éste es el motivo de la fortaleza. Es Dios mismo quien viene a rescatar a su pueblo. Es Dios mismo quien se hace presente en el desierto y lo hace florecer. Es Dios mismo quien nace en una pequeña gruta de Belén para salvar a los hombres. Es Dios mismo quien desciende y cumple todas las esperanzas mesiánicas. Admirable intercambio: Dios toma nuestra humana naturaleza y nos da la participación en la naturaleza divina.  El Prelado del Opus Dei, en la Carta de diciembre de 2007nos dice: El Adviento trae consigo una llamada a tener muy presente que Dominus prope (Liturgia de las Horas, segundas Vísperas del Domingo I de Adviento, Lectura Breve: Flp 4, 5), que el Señor está cerca. A mí me impresiona cada año este grito de la liturgia, que podemos interpretar en muchos sentidos, adaptando esas palabras a las necesidades espirituales de cada uno.

Dominus prope, entre otras cosas, porque se halla en el centro de nuestra alma en gracia; tan cerca, tan cerca, que no puede estarlo más. Quiere morar con nosotros, dentro de nosotros

La alegría debe ser un distintivo del cristiano. Por eso, al ver que El Salvador está ya muy cerca y que el nacimiento de Jesús es ya inminente, el pueblo cristiano se regocija y no oculta su alegría. Nos encaminamos a la Navidad y lo hacemos con un corazón lleno de gozo. Sería excelente que nosotros recuperáramos la verdadera alegría de la Navidad. La alegría de saber que el niño Jesús, Dios mismo, está allí por nuestra salvación y que no hay, por muy grave que sea, causa para la tristeza. De esta alegría del corazón nace todo lo demás. De aquí nace la alegría de nuestros hogares. De aquí nacen la ilusión y el entusiasmo que ponemos en la preparación del nacimiento, el gozo de los villancicos tan llenos de poesía y de encanto. Es justo que estemos alegres cuando Dios está tan cerca. Pero es necesario que nuestra alegría sea verdadera, sea profunda, sea sincera. No son los regalos externos, no es el ruido ni el ajetreo, no son las vacaciónes lo que nos da la verdadera alegría, sino la amistad con Dios. ¡Que esta semana sea de una preparación espiritual, de un gozo del corazón, de una alegría interior al saber que Dios, que es amor, ha venido para redimirnos! Esta preparación espiritual consistirá, sobre todo, en purificar nuestro corazón de todo pecado, en acercarnos al sacramento de la Penitencia para pedir la misericordia de Dios, para reconocer humildemente nuestros fallos y resurgir a una vida llena del amor de Dios

Salimos al encuentro de Jesús que ya llega llevándole nuestras buenas obras Hay que salir al encuentro con las buenas obras, sobre todo con caridad alegre y del servicio atento a los demás. En algunos lugares existe la tradición de hacer un calendario de adviento. Cada día se ofrece un pequeño sacrificio al niño Jesús: ser especialmente obediente a los propios padres, dar limosna a un pobre, hacer un acto de servicio a los parientes o a los vecinos, renunciar a sí mismo al no tomar un caramelo, etc. En otros lugares en el nacimiento que se prepara en casa, a los Reyes Magos se les coloca a una cierta distancia, más bien lejana, de la cueva de Belén. Cada buena obra o buen comportamiento de los niños hace adelantar un poco al Rey en su camino hacia Jesús. Métodos sencillos, pero de un profundo valor de ejemplo y vida para los niños en el hogar. Pero no conviene olvidar que la mejor manera de salir al encuentro de Jesús es el amor y la caridad: el amor en casa entre los esposos y con los hijos; el amor y la caridad con los pobres y los necesitados, con los ancianos y los olvidados. Hay que formar un corazón sensible a las necesidades y sufrimientos de nuestro prójimo. Es esto lo que hará florecer el desierto. Es esto lo que hará que nuestras rodillas no vacilen en medio de las dificultades de la vida. Nada mejor para superar los propios sufrimientos que salir al encuentro del sufrimiento ajeno.

Jesús ha venido por María. Por esto Ella es la causa de nuestra alegría. San Josemaría nos recordaba entonces que también el Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones. Ha sido Ella —porque así lo ha dispuesto el Señor— quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno Carta del Prelado., 1-XII-2007)

Published in: on diciembre 16, 2007 at 4:44 pm  Dejar un comentario  
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