La Santa Madre de Dios (Agiostheotocos)

Sancta Maria, Mater Dei: es el título principal de la Virgen Santísima, y la razón de todos los demás (CCE, n. 495). Salve, sancta Parens, enixa puerpera Regem, qui coelum terramque regit in saecula saeculorum (Ant. De entrada)

Madre del cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y Madre nuestra (CCE, n. 963-970). Todas las gracias nos vienen a través de su mediación materna. Mater divinae gratiae. Que ames con locura a la Madre de Dios, que es Madre nuestra. (cfr. San Josemaría, Forja, n. 77). Es el inicio de ese camino que nos lleva a Jesús.:

Ahora sí que te digo con el corazón encendido: monstra te esse matrem! Y no me contestes tú: monstra te esse filium!; pues, aunque tengo conciencia de mi poquedad, yo no sé qué más puedo hacer. Si puedo algo más, ¡dilo, dilo y lo cumpliré con tu ayuda, porque solo no soy capaz (San Josemaría, Oración en la Villa de Guadalupe: 20-V-1970)

El fin de año, ocasión para hacer examen. Contrición por las faltas de correspondencia y agradecimiento por todo lo bueno que hemos recibido: Te Deum laudamus

Es muy grato a Dios el reconocimiento a su bondad que supone recitar un «Te Deum» de acción de gracias, siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea -como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección. (San Josemaría, Forja, n. 609)

Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi en el n 49, nos hace considerar como motivo de esperanza firme la estrella del mar, que es María:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

María sabía todas estas cosas y las ponderaba en su corazón con confianza y agradecimiento pues conocía perfectamente los designios salvadores y misericordiosos del Dios Altísimo, como nos recuerda el Evangelio de la Misa de la Solemnidad de la Madre de Dios y de la Iglesia: Maria autem conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo (Lc 2, 19).

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu « sí », la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38).

«4.Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, 5 para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. 6 Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá, Padre!» (2ª Lectura: Gal 4)

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia.

Recibimos el nuevo año con propósitos de mejora, de cambio personal. ¿Año nuevo, vida nueva? Se preguntaba en ocasiones como ésta, San Josemaría y se respondía que pensaba que un cambio de página de calendario no iba a dar tal casi mágico resultado. Más esperaba en la oración y la presencia maternal ante la cruz de Cristo de nuestra Señora

María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor -tú y yo con el Hijo primogénito del Padre.

Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 149)

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: « No temas, María » (Lc1,30). ¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: no temáis! En la noche del Gólgota, oíste una vez más estas palabras en tu corazón.

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Published in: on diciembre 31, 2007 at 6:47 pm  Dejar un comentario  
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Figuritas rotas

Estos días se ha vuelto a hablar del aborto. Precisamente en Navidad han salido a la luz los crímenes que se han cometido impunemente en esos mataderos que algunos se atreven a llamar “clínicas”.

En estos dias en los que se nos ha dado la mayor prueba del amor de Dios a los hombres, como dice Benediscto XVI en su reciente encíclica Spe salvi  en su número 27: “La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando « hasta el extremo », « hasta el total cumplimiento » (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente « vida »…La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos ».

¿Puede haber una figura rota en la proximidad del amor? Puede, porque también ante el Amor con mayúscula se puede escoger la muerte. Le tomo prestado esta historia a D. Enrique, sobre una figurita rota en un belén; espero que no se me enfade.

Se me ha roto la indita de barro que modeló Aya Misawa.

La tenía junto a mis libros. Era una figurita tosca, ingenua —la artista que la creó tenía entonces trece años—, pero llena de delicadeza. Representaba a una chiquilla de tez oscura y largas trenzas negras rematadas con lazos rojos.

La vi en el concurso de belenes del Colegio hace cinco o seis navidades. Cada una de las niñas de 8º había modelado tres o cuatro figuras para el Nacimiento. El resultado fue catastrófico y previsible: frente al Portal se agolpaban seis reyes magos, cuarenta pastores y pastoras, y una multitud de personajes de todos los colores y estilos. Aquello parecía una boca del Metro en hora punta. Localizar al Niño Jesús no era empresa fácil.

La indita estaba en un rincón, y se me antojó preciosa.

—¿Quién la ha hecho?, pregunté.

—¡Quién va a ser!: Aya.

Lo más probable es que nadie la echara en falta cuando pasó el jurado para emitir su veredicto. La “robé”. Sirvan las comillas para atenuar mi culpa. Ahora que Aya ha vuelto a su tierra de Japón, tal vez lea este artículo y me perdone.

Al llegar a mi despacho, a la figura se le cayó una trenza. ¡Vaya por Dios! Disimulé el estropicio con superglú, y la puse en lo más alto de todo.

Hace un par de Navidades intenté incorporarla al belén de mi casa, pero fue repudiada por el artista de turno. Hay belenistas adultos que pretenden hacerlo todo proporcionado y razonable.

Este año he cambiado de domicilio, y, como no hay mudanza sin víctimas, al llegar a mi nueva habitación, la indita ha aparecido sin trenzas y decapitada en el fondo de la maleta.

Mientras la depositaba piadosamente en la papelera, pensé traer a colación esta íntima tragedia, porque se acerca la Navidad y todos estamos a punto de montar el belén. No dejéis de hacerlo. Ya os conté hace algunos años cómo Dios mismo quiso preparar el suyo, y lo llenó de galaxias y de estrellas, como quien pinta un decorado, para arropar a Jesús en la cuna. Desde entonces, cada vez que ponemos el Nacimiento, es como si Dios mismo nos invitara a que le imitemos jugando a ser creadores de un universo de corcho, barro y papel de plata, donde pueda reinar el Señor.

Es verdad que cada año, al desembalar la caja en la que guardamos las figuras, encontramos siempre alguna rota: al burro le duran poco sus orejas y hasta San José pierde el báculo con tanto ajetreo. No importa: las ovejas descalabradas y los camellos descabezados caben en este juego.

Al fin y al cabo en el primer belén, en el que puso Dios, también hubo figuras rotas.

A Dios se le rompieron un montón de niños que deberían haber estado junto al Portal: los Inocentes. ¿Os acordáis? Había poderosas razones de Estado, y Herodes se encargó de la faena.

Muchas veces he pensado que aquellos mártires diminutos bien podrían ser nombrados Patronos y protectores de las demás figuras rotas que siguen tiñendo de sangre nuestros belenes. Hablo de esos millones de niños que Dios quiere poner en el mundo cada día, y no lo consigue: los que son utilizados para guerras que no son suyas; los que mueren de hambre; los que tuvieron que aprender a corromperse para poder vivir; los que, todavía hoy, subsisten como esclavos; y, especialmente, los más indefensos: los que se quedan en carne de quirófano, muertos en el seno de su madre con música de Mozart, bisturí y aleteo de batas verdes.

Hace años, los diputados lograron frenar, por un solo voto, un proyecto de ley que habría hecho aún más sencillo y trivial el aborto. Todos nos alegramos de aquel éxito. Pero ahora que ya ha pasado el tiempo y he olvidado los nombres, debo decir que sentí lástima al oír los miserables argumentos que utilizaban en el Congreso, no los abortistas, sino determinados “defensores de la vida”.

Uno aseguraba que “ya es suficiente” con la ley actual. Suficiente, ¿para qué? Quien acepta sin remilgos una ley homicida, se queda sin razones para poner límites a la muerte.

Otro se oponía al aborto por disciplina de partido. Aquél argüía que no había suficiente demanda social… Y hubo incluso quien apeló a motivos reglamentarios.

Me vinieron a la memoria unos versos satíricos de Miguel d´Ors:

Andrés se hizo fascista por profundos motivos de peinado./ Yvonne marxista porque las milongas de los Quilapayún(…)/Doña Pura Testigo de Jehová por una minipimer, /Juan y Pedro mormones por razones de estricta sastrería…

Es cierto: en la prensa aparecieron espléndidas colaboraciones de médicos, de juristas, de filósofos; pero no oí a un sólo diputado recordar que la vida humana es sagrada. Los obispos se quedaron solos, como si defendiesen una mera cuestión religiosa.

Por eso, si encontrara los restos de la indita, descabezada y todo, trataría de ponerla en el belén, para no olvidarme este año de las figuras rotas.


 

Published in: on diciembre 30, 2007 at 7:24 pm  Dejar un comentario  
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Familias numerosas: heroínas invisibles

POR M. J. PÉREZ-BARCO
MADRID. Las familias numerosas se sienten invisibles, discriminadas, minusvaloradas, al menos en su dimensión social, aunque cada uno individualmente reconozca su mérito y esfuerzo. La desprotección a la que se ven sometidas por parte del Estado y las diferentes administraciones también les duele. Pero siguen adelante. Y hoy buena parte de ellas saldrán a la calle, al macroencuentro que tendrá lugar en Colón, para celebrar que existen y disfrutan de su propia identidad.
En segunda fila
Por tanto, las familias numerosas han pasado a ocupar un segundo plano. Hoy día suman 572.932, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). No obstante, existen otros 700.000 hogares donde viven tres o más hijos, aunque no ostente el título de familia numerosa por diversos motivos.
Pero no fue siempre así. En 1970, más de dos millones de matrimonios optaron por una densa prole. En el censo de aquel año incluso se catalogaban las familias de diez hijos, por entonces 53.178. Hoy el INE ni siquiera aporta ese dato, sino que habla de los hogares a partir de cinco hijos o más, y en total no llegan a 40.000.
La incorporación de la mujer al mundo laboral ha tenido mucho que ver. Se trata de un arma de doble filo, como explica la presidenta de la Federación Nacional de Familias Numerosas, Eva Holgado, porque eso ha supuesto que «a la mujer no se le deje elegir entre cuidar o no de sus hijos. Socialmente se la apoya para trabajar fuera de casa, pero no se la respalda económicamente cuando necesita tiempo para cuidar de sus hijos». Además, aporta otra reflexión: «Una madre de familia que atiende en casa a sus hijos ahorra muchos costes al Estado».
Por eso, desde esta organización se defiende la conciliación de la vida laboral y familiar como la gran apuesta de futuro. Las mujeres quieren tener más hijos. «Y se precisa de una conciliación real -insiste Holgado-. Medidas como la reducción de jornada suponen un quebranto económico para muchas familias».
Y es que llegar a final de mes para estos hogares no resulta tarea fácil. Las ayudas que ha puesto en marcha el Gobierno de poco sirven. «Todas las prestaciones económicas están sujetas a límites de renta bajísimos y se conceden a familias que rayan la pobreza. Otras muchas no pueden acceder a ellas, porque gozan de mayores ingresos, pero es que también tienen cuatro o cinco hijos y, por tanto, la renta se distribuye entre mayor número de personas. Es imprescindible que las ayudas se gestionen teniendo en cuenta el número de miembros que integran cada familia», aduce la presidenta de la Federación.
No le falta razón. El ejemplo más inmediato es el famoso «cheque bebé». Las familias reciben 2.500 euros por el nacimiento de un hijo, cantidad que aumenta a 3.500 euros en el caso de familia numerosa. «Sin embargo, esos mil euros adicionales sólo los perciben hogares cuyos ingresos anuales no superan los 16.000 euros. Con ese sueldo no puede vivir una familia numerosa. Es decir, el Gobierno lo que ha hecho es conceder una ayuda asistencial para las que lo están pasando muy mal».
Las familias numerosas no piden ayudas, sino justicia y equidad. Holgado explica esta filosofía: «El país precisa un relevo generacional y el único colectivo que lo garantiza son las familias numerosas. Los hijos significan un activo para la sociedad. Aportamos mano de obra, más impuestos indirectos, mayor PIB al Estado… Por tanto, reivindicamos que se nos trate equitativamente a lo que damos. Y no recurrir a actuaciones heroicas de parejas que deciden tener hijos sin ningún apoyo».
Promesas «incumplidas»
Sienten que desde el actual Gobierno reciben una de cal y otra de arena. Si bien el «cheque bebé» es un primer paso, faltan otros compromisos «incumplidos» por el PSOE y que además figuraban en su anterior programa electoral. «El actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se comprometió, en el Congreso de Familias de 2004, cuando todavía era líder de la oposición, a extender la paga de cien euros al mes a todas las madres, trabajadoras o no, e incluso a aumentar esa cuantía», protesta Holgado. A fecha de hoy, ni lo uno ni lo otro se ha visto plasmado en la realidad.
Y es que, si se suma, son muchos los frentes en los que las familias numerosas sienten la desprotección. Las deducciones por hijo a cargo en la declaración de renta se han incrementado, pero «realmente sólo se ha actualizado el IPC de los últimos seis años», matiza.
La vivienda es otro gran paradigma. Casas más grandes para dar cobijo a una densa progenie resultan carísimas. «Familias con uno o dos hijos viven en pisos de 80 metros cuadrados -explica Holgado-. Las numerosas lo hacen en esos mismos pisos o en otros de 120. Cuentan con más miembros, pero los metros no aumentan en la misma proporción».
Las familias numerosas siguen comprometidas en su lucha, haciendo oír sus reivindicaciones. Hoy muchas saldrán a la calle para hacerse valer. Como los dos siguientes casos que han abierto las puertas de sus casas a ABC.
«Abiertos a la vida»
Hoy acuden a una cita ineludible: al encuentro de Colón, «un momento de celebración para mostrar a los ciudadanos, y a nosotros mismos, el gran valor que tiene la familia cristiana para toda la sociedad». Así lo entienden Marta y Ernesto, un matrimonio madrileño que junto a sus cuatro hijos -el mayor de ocho años y el más pequeño de cinco meses- no quieren perder la oportunidad de asistir a una fiesta.
Se trata de un vivo ejemplo de esas parejas «heroicas» que en el día a día se han visto solas para sacar adelante a una amplia descendencia. La primera en sentir las «injusticias» y que las cosas tienen que cambiar fue Marta. Su carrera profesional como periodista en un medio de comunicación nacional se vio diezmada a la hora de iniciar un proyecto de vida familiar. «Los horarios eran interminables. Por eso, opté por una consultora de comunicación con una jornada que me permitiese compatibilizar el trabajo con el cuidado de los niños. Teníamos claro que uno de los dos se debía encargar más de los hijos».
Tiempo para los hijos
Ella dedica las tardes exclusivamente a los pequeños. «Hago los deberes y juego con ellos, vamos a las revisiones médicas…». Lo que se puede permitir gracias a que también se acogió a una reducción de jornada. No obstante, Marta defiende «a ultranza que no es necesario trabajar diez horas para ser un buen profesional, porque va en función de la capacidad y talento de cada uno. Y esto es un cambio cultural que tienen que acometer las empresas: un trabajador satisfecho, valorado y motivado es rentable». Ernesto, delegado en Madrid de una compañía bilbaína, se siente un privilegiado «porque puedo acudir a casa ante cualquier urgencia, ya que trabajo muy cerca, apenas a diez minutos». Y así, día a día superan con sus alegrías y penas los baches de la vida. Reconocen haber perdido poder adquisitivo. «El sueldo se va en comer, en pagar la hipoteca y a la persona que hemos contratado para que nos ayude con los niños. Llegamos al límite a final de mes».
Eso sin contar con que, para ofrecer a sus hijos una educación acorde con sus expectativas, se han visto obligados a buscar fuera de Alcobendas, su lugar de residencia, y dirigirse a Madrid. «Es un colegio concertado y ni siquiera este año hemos podido acceder a las ayudas de comedor porque el nivel de renta es bajísimo».
Ya no se permiten sus viajes, ni sus escapadas de fin de semana. Pero los niños compensan, «suman puntos. Ellos forman parte de la manera en la que nos sentimos realizados como personas y como padres. Gracias a ellos, estamos abiertos a la vida».
Ejemplo de generosidad
«Estamos aquí, existimos, y nos sentimos orgullos de ser como somos». Ese es el mensaje que llevarán Ana y Carlos a Colón. Este matrimonio también irá acompañado de sus cinco hijos, el mayor de 12 años y el más pequeño de 21 meses.
Mantienen la esperanza porque se han percatado de que día a día «existe mayor sensibilidad hacia las familias numerosas», aunque todavía «debe producirse un gran cambio de mentalidad», pues insisten en que las ayudas que recibe este colectivo «son mínimas».
«Por ejemplo, la beca de libros y material escolar sólo ha cubierto el 30% de los gastos para cuadernos, libros, bolígrafos… que hemos pagado este año». Y eso que se sienten privilegiados. Ana es profesora de matemáticas en un instituto y no ha tenido que pedir reducción de jornada laboral ni renunciar a su profesión. Él, administrador de infraestructuras ferroviarias. Los horarios laborales de este matrimonio les permiten atender a los niños. Pero todo tiene un precio: «Aunque ganemos más, somos siete personas, pagamos cuatro colegios y una guardería. Y vivimos en una casa de 83 metros cuadrados con tres habitaciones y una terraza. No nos podemos plantear comprarnos otra vivienda, ni siquiera de protección oficial. Y en ese sentido sí nos sentimos desprotegidos».
Esa generosidad por sus hijos es la que a ellos les da la vida cada día, aunque muchos se sorprendan o les parezca una locura tener tal progenie.
Published in: on diciembre 30, 2007 at 6:29 pm  Dejar un comentario  
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Una multitud en defensa de la familia cristiana

Las alusiones al divorcio exprés, al aborto y a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, así como la defensa cerrada de la familia, han protagonizado hoy el acto “Por la familia cristiana” celebrado en la madrileña plaza de Colón.
A este acto, organizado por el Arzobispado de Madrid e impulsado por distintos movimientos cristianos, han asistido más de dos millones de personas, según la propia organización.
Ni el Ayuntamiento de Madrid ni la Delegación del Gobierno en Madrid han ofrecido cifras sobre el número de asistentes, en su mayoría familias acompañadas por sus hijos pequeños y jóvenes.
Unos cuarenta obispos, encabezados por el presidente de la Conferencia Episcopal y obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, han asistido a este acto en el que también ha intervenido desde Roma el papa Benedicto XVI, mediante videoconferencia
El arzobispo de Valencia, cardenal Agustín García-Gasco, ha sido quien ha lanzado las críticas más duras, ya que ha alertado de que los ataques a la familia cristiana no respetan la Constitución y conducen “a la disolución de la democracia”.
“La cultura del laicismo radical es un fraude y un engaño, no construye nada, sólo desesperanza por el camino del aborto y del divorcio exprés”, ha añadido.
En la misma línea el arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, ha dicho que las familias están siendo sacudidas en sus cimientos por “graves amenazas” mediante legislaciones “injustas e inicuas”.
Por su lado, el presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, ha negado que la familia tradicional sea una institución “antigua o trasnochada”, y ha defendido su vigencia “ayer, hoy y mañana”.
En un escueto mensaje a los reunidos en la madrileña Plaza de Colón, y tras el rezo del ángelus en la Plaza de San Pedro de Roma, Benedicto XVI ha subrayado que “vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio”, que ha definido como “la unión indisoluble entre un hombre y una mujer”.
Esta última ha sido una de las frases que más se ha escuchado entre los intervinientes del encuentro “Por la Familia Cristiana”, que ha durado cuatro horas
Published in: on diciembre 30, 2007 at 5:50 pm  Dejar un comentario  
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Resumen-Sumario Historia Breve del Cristianismo

Resumen-Sumario del libro de Orlandis, J. Historia breve del Cristianismo,  Rialp 1983  

 

  I.   Los orígenes del Cristianismo. El Cristianismo es la re­ligión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hom­bre. Los cristianos —discípulos de Cristo— se incorporan por el bautismo a la comunidad visible de la salvación, que recibe el nombre de Iglesia.

II.   La Sinagoga y la Iglesia universal. Los cristianos, per­seguidos por el Sanedrín, se desvincularon muy pronto de la Sinagoga. El Cristianismo, desde sus orígenes, fue uni­versal, abierto a los gentiles, y éstos fueron declarados li­bres de las prescripciones de la Ley mosaica.

III.       El Imperio pagano y el Cristianismo. El Cristianismo nació y se desarrolló dentro del marco político-cultural del Imperio romano. Durante tres siglos, el Imperio pagano persiguió a los cristianos, porque su religión representaba otro universalismo y prohibía a los fíeles rendir culto reli­gioso al soberano.

IV. La vida de la primitiva Cristiandad. Los cristianos for­maron comunidades locales —iglesias— bajo la autoridad pastoral de un obispo. El obispo de Roma —sucesor del Apóstol Pedro— ejercía el Primado sobre todas las iglesias. La eucaristía era centro de la vida cristiana. El rechazo del Gnosticismo fue la gran victoria doctrinal de la Iglesia pri­mitiva.

V.    La primera literatura cristiana. Las letras cristianas tu­vieron su origen en los «Padres Apostólicos», cuyos escri­tos reflejan la vida de la Cristiandad más antigua. La Apo­logética fue una literatura de defensa de la fe, mientras que el siglo III presenció ya el nacimiento de una ciencia teoló­gica.

VI.   La Iglesia en el Imperio romano-cristiano. En el transcurso del siglo IV, el Cristianismo comenzó a ser tole­rado por el Imperio, para alcanzar luego un estatuto de li­bertad y convertirse finalmente —en tiempo de Teodosio—en religión oficial. El emperador romano-cristiano convocó las grandes asambleas de obispos —los conci­lios—, y la Iglesia pudo organizar sus estructuras territoria­les de gobierno pastoral.

VIL La cristianización de la sociedad. Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció también una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del período anterior. El Cristianis­mo dejó de ser, en el mundo mediterráneo, una religión de minorías, para convertirse en religión de muchedumbres. La evangelización desbordó su anterior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias ru­rales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.

VIII.La formulación dogmática de la fe cristiana. En los siglos que siguieron a la conversión del mundo antiguo, fue definida con precisión la doctrina acerca de verdades muy fundamentales de la fe cristiana. Se formuló la doctrina dogmática sobre la Santísima Trinidad, el Misterio de Cris­to y la cuestión de la Gracia.

IX.     Los Padres de la Iglesia. Los siglos IV y v constituyen la edad de oro de la Patrística. En Oriente y Occidente apareció una pléyade de personalidades excepcionales, que aunaban la santidad de vida y una destacada labor en el campo de las ciencias sagradas, e incluso de la cultura en general
 

X.        El Cristianismo y los pueblos bárbaros. Las invasiones germánicas abrieron al Cristianismo el acceso a nuevos pueblos, que se establecieron en tierras del Imperio. Luego, los misioneros llevaron el Evangelio más allá de las anti­guas fronteras romanas. Germanos, eslavos, magiares, etc., recibieron la fe cristiana y se incorporaron a la Iglesia, aunque varios de esos pueblos lo hicieran tras haber profe­sado temporalmente la herejía arriana.

XI.    La vida ascética y el monacato. Desde los orígenes de la Iglesia, hubo cristianos que abrazaron una vida de plena imitación de Jesucristo. Más tarde, el ascetismo cristiano revistió formas características de huida del mundo y vida en común: así nació el monacato, que floreció desde el si­glo IV, tanto en el Oriente cristiano como en el mundo lati­no occidental.

XII El Cristianismo en la Europa feudal. El Cristianismo sufrió la impronta feudal en los tiempos oscuros de la gé­nesis de la Edad Media. Las iglesias y sus titulares se vie­ron implicados en la tupida red de relaciones vasallático-beneficiales que articularon aquella sociedad. Las injeren­cias de los señores laicos en la vida eclesiástica produjeron una penosa decadencia moral, que en Roma dio lugar al llamado «Siglo de Hierro» del Pontificado. 

XIII. La lenta gestación del Cisma de Oriente. La divi­sión del Imperio romano puso al descubierto el dualismo siempre latente entre Occidente y Oriente, el mundo latino y el griego, Roma y Constantinopla. Este dualismo se refle­jó también en el terreno religioso y eclesiástico, donde las tensiones provocaron un creciente alejamiento y termina­ron por provocar el enfrentamiento y el Cisma.

XIV.     Pontificado e Imperio en la Edad Media. Pontifica­do e Imperio fueron las dos columnas sobre las que se asentó la Cristiandad medieval. El papa representaba la po­testad espiritual, y el emperador, el poder temporal. El ideal—pocas veces plenamente logrado— fue el entendimiento y la armónica colaboración entre las dos potestades.

XV.    El apogeo de la Cristiandad. La reforma gregoriana preparó los tiempos de esplendor de la Cristiandad: los si­glos XII y XIII, cuyo centro ocupa el pontificado de Inocen­cio III. La vitalidad de la Europa cristiana fue desbordante: se reunieron concilios ecuménicos, nacieron las universida­des, se fundaron grandes órdenes religiosas y las Cruzadas fueron empresa común de reyes y príncipes cristianos.

XVI.    Estructuras de una sociedad cristiana. La impregna­ción cristiana llegó a penetrar todos los estratos de la socie­dad medieval. El guerrero se transforma en caballero, y de caballeros estuvieron compuestas las órdenes militares. Los artesanos se agrupan en corporaciones de oficios y fraterni­dades, que después llegarían a ser gremios. El pueblo cris­tiano levanta catedrales y peregrina a Jerusalén, Roma o Compostela.
 

XVII.    La herejía medieval. En el corazón de la sociedad cristiana occidental no faltó la presencia de la herejía. Mo­vimientos y corrientes religiosas de lejana procedencia oriental prendieron en el mediodía de Francia; la Inquisi­ción fue creada para combatirlas y defender la unidad de la fe. Otras doctrinas heterodoxas difundidas en la Baja Edad Media pueden considerarse como precursoras del Protes­tantismo. 

 

XVIII.   La crisis de la Cristiandad. Los duros enfrentamientos del siglo XIII entre papas y emperadores alemanes fueron factor principal de la quiebra del sistema de la Cristiandad. Un nuevo «espíritu laico» y la tendencia al nacio­nalismo eclesiástico animaron a los gobernantes de las grandes monarquías occidentales. En el dorado destierro de Aviñón, el Pontificado del siglo XIV vivió bajo la sombra de Francia.

XIX.    El Cisma de Occidente y el conciliarismo. La crisis de la Cristiandad desembocó en el Cisma de Occidente. Los reinos cristianos dividieron su «obediencia» entre dos y hasta tres papas, cada uno de los cuales pretendía ser le­gítima cabeza de la Iglesia. En este clima de confusión, las doctrinas conciliaristas trataron de alterar la propia estruc­tura eclesiástica, haciendo del concilio ecuménico una ins­tancia suprema, por encima del papa.

XX. Entre el Medievo y la Modernidad. Un cúmulo de factores de signo contradictorio parece darse cita a la hora de la transición entre Medievo y Modernidad. Una visión antropocéntrica del mundo y un entusiasmo por la Antigüedad pagana conforman el espíritu de las «élites», mientras los pueblos siguen fieles a sus tradiciones religio­sas y la devotio moderna enriquece la piedad cristiana. La reforma eclesiástica no se realiza de modo general y los pa­pas renacentistas son los mecenas de las Bellas Artes. .Constantinopla —la segunda Roma— cae en manos de los turcos; pero el descubrimiento de América abre al Evange­lio un nuevo continente.

XXI.     La Reforma en Alemania: Lutero y el Luteranismo .Martín Lutero fue el alma de la gran revolución religiosa que escindió la unidad cristiana occidental. La compleja personalidad de Lutero, agitada por sus crisis interiores acertó a galvanizar el viejo resentimiento germánico contra Roma y a complacer las apetencias de los príncipes alema­nes.

XXII.        La Reforma protestante en Europa. La revuelta protestante separó de la Iglesia católica a la mitad de los pueblos europeos y asumió diversas formas. La revolución religiosa iniciada por Lutero tuvo a Alemania como primer escenario, pero no quedó encerrada en las fronteras territoriales del Imperio. Un viento de fronda barrió la mayor parte del Occidente europeo, lle­vando por doquier los gérmenes de la Reforma. Resulta sorprendente la rápida expansión que tuvo el Protestantis­mo, tanto en su forma luterana como en otras formas, di­versas entre sí pero coincidentes todas en su ruptura con la ortodoxia católica. Tras haber dominado más de media Alemania, la revuelta protestante desgajó del tronco de la Iglesia a la mitad de los pueblos que habían integrado la Cristiandad medieval. Recordemos ahora los aspectos más salientes de ese contagio desintegrador que mudó la faz del continente europeo. En la Suiza alemana, Zwinglio, cura de Glaris (1484-1531), movió desde 1518 su propia revuelta religiosa, cuyo radicalismo disgustó al mismo Lutero. Pero el segundo personaje en importancia de la Reforma, tanto por su contribución doctrinal como por su influencia en el progreso del Protestantismo, apare­ció más tarde y fue un francés: Juan Calvino. La historia de la Reforma en Inglaterra siguió una trayectoria peculiar y obedeció, más quizá que en ningún otro país, a las directrices de la realeza. El «Anglicanismo» —tal como ya se dijo— no fue invención de Enrique VIII. Bajo la monarquía Tudor del siglo XV, la Iglesia de Inglate­rra era ya en cierto sentido «anglicana» y Enrique VIII halló en la legislación eclesiástica de sus predecesores un instrumento válido para su política de sojuzgamiento reli­gioso. Este príncipe —como es sabido— fue paladín del Catolicismo en los albores de la Reforma y escribió contra Lutero una «Defensa de los siete sacramentos», que le valió del papa León X el título de Defensor fidei. Fue la negati­va papal a conceder a Enrique el divorcio de Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, la razón que le llevó al repudio del Primado romano y al cisma. Porque cisma fue —y no Protestantismo— la Reforma en Inglaterra mientras vivió Enrique VIII.

XXIII.      La reforma católica. Los anhelos de renovación cristiana produjeron un ad­mirable florecimiento en el seno de la Iglesia, que en algún país como España se inició con anterioridad al Luteranismo. Se reformaron antiguas órdenes religiosas, se crearon otras nuevas, aparecieron grandes santos y grandes papas. El concilio de Trento no logró el objetivo acariciado por Carlos V de restaurar la unidad cristiana; pero realizó una obra inmensa, tanto en el orden de la doctrina católica como de la disciplina eclesiástica.

XXIV.     De las guerras de religión a la definitiva escisión cristiana. El mapa religioso de Europa no se consolidó hasta bien mediado el siglo XVII. Las luchas entre católicos y protes­tantes fueron «guerras de religión» en Francia. El dina­mismo tridentino impulsó acciones de reconquista católica en el centro de Europa. En literatura y arte, el Barroco es un fiel reflejo del espíritu del Catolicismo postridentino. Pero la prueba decisiva fue la Guerra de los Treinta Años, que enfrentó a las monarquías católicas de los Habsburgos con las potencias protestantes y Francia, su aliada. Los Tratados de Westfalia consagran la escisión religiosa euro­pea. Y en Inglaterra, la revolución orangista puso término a las proclividades filocatólicas de los últimos Estuardos.

XXV.        El gran siglo francés. El siglo XVII fue un gran siglo francés, también en el orden religioso. Francia, aliada de los protestantes de cara al exterior, pasó en su política interna desde la tolerancia acordada por el Edicto de Nantes a la estricta unidad cató­lica. El Cristianismo francés, pese a las sombras jansenis­tas, dio pruebas de una admirable vitalidad. La prolifera­ción de las disputas teológicas era a la vez un signo de in­quietud religiosa y de inestabilidad espiritual.

XXVI.     El regalismo monárquico frente al Pontificado.  Los gobiernos de las monarquías católicas del siglo XVIII fueron propensos al Regalismo: hostiles y recelosos fren­te al Pontificado Romano, pretendieron controlar minucio­samente la vida eclesiástica y hacer de la Iglesia poco menos que un servicio público. Galicanismo, Josefismo, Febronianismo son expresiones de un mismo fenómeno de intromi­sión regalista en la actividad de la Iglesia, característico del Despotismo Ilustrado. Por otra parte, las monarquías protestantes y la ortodoxa Rusia también hacían gala de un perfecto Absolutismo

XXVII.   La ilustración anticristiana.  Desde la segunda mitad del siglo XVIII se deja sentir en muchos espíritus un profundo cambio que ha sido definido como «crisis de la conciencia europea». El Deísmo inglés y el racionalismo francés prepararon el camino a la abierta irreligión de los «filósofos» ilustrados. La «Enciclopedia» difundió las nuevas ideas, que hallaron amplia acogida en­tre las clases elevadas de la sociedad.

XXVIII.De la revolución a la Restauración. La era revolucionaria, abierta en 1789, conmovió los fundamentos políticos y religiosos de Europa. La Revolu­ción francesa, en sus momentos álgidos, trató de eliminar toda huella cristiana de la vida social. Dos papas fueron prisioneros de los gobiernos revolucionarios. Napoleón, res­taurador de la Iglesia en Francia, asumió también la he­rencia del Galicanismo. La Restauración pretendió un re­torno al Antiguo Régimen. Muchos católicos, impresiona­dos por la experiencia sufrida, propugnaron una nueva «alianza entre el Trono y el Altar».

XXIX.      Catolicismo y Liberalismo. La Restauración se frustró y el siglo XIX fue el siglo del Liberalismo, ideología de la Revolución burguesa. ¿Sería posible llegar a un entendimiento entre Catolicismo y Liberalismo? ¿Convenía a la Iglesia un régimen de simple libertad, sin la protección del Estado ni el reconocimiento de sus privilegios tradicio­nales? ¿Debían tener la verdad y el error los mismos derechos en la vida pública? Estos y otros interrogantes recibieron distintas respuestas por parte de los católicos, en una época marcada además por el auge de los nacionalismos, que amenazaban directamente a los Estados de la Iglesia.

XXX.     La época de Pío IX. El largo pontificado de Pío IX cubre toda una época. Pío IX fue un papa singularmente amado y venerado por los católicos; sus propios infortunios reforzaron esta cordial adhesión. El concilio Vaticano I y la pérdida del poder temporal marcaron un período de la historia cristiana, de indudable renovación espiritual en lo tocante a la vida interna de la Iglesia.

XXXI.     Los cristianos ante las nuevas realidades sociales. El siglo XIX presenció también una notable transformación de las realidades sociales. El auge del Capitalismo, la revo­lución industrial y la creación de los proletariados urbanos provocaron la aparición de un «problema social», descono­cido hasta entonces. Ideologías de signo anticristiano, como el Marxismo y el Anarquismo, propugnaron nuevos mode­los de sociedad e influyeron poderosamente en los movi­mientos obreros. El papa León XIII propuso un programa cristiano para el nuevo mundo del trabajo.

XXXII.      San Pío X y la crisis modernista. Bajo el influjo de causas muy diversas —como las filosofías irreligiosas, el cientifismo decimonónico y el Protestantismo liberal— tomó cuerpo en la Iglesia el fenómeno modernista. El Mo­dernismo, que en el ánimo de algunos habría de reconciliar Catolicismo y mentalidad moderna y superar la pretendida quiebra entre la fe y la ciencia, venía en la práctica a va­ ciar de contenido sobrenatural la fe católica. San Pío X cortó el paso resueltamente al Modernismo. Fue un papa valiente, que atendió por encima de todo a los «intereses de Dios» y promovió con ardor la piedad cristiana. 

XXX.            La era de los totalitarismos. El Tratado de Versalles no trajo al mundo la paz, sino dos décadas de «entre-guerras». Los totalitarismos de diverso signo coincidían en someter la persona a la voluntad omnímoda del Estado. En países cristianos —como Rusia, México y España—, la per­secución religiosa revistió extraordinaria violencia. Pío XI promovió vigorosamente la Acción Católica, con el fin de asociar a los laicos al apostolado jerárquico de la Iglesia. La gran expansión misional y la solución de la «cuestión romana» fueron dos felices acontecimientos de primordial importancia.

XXXI.         Las consecuencias político-religiosas de la Se­gunda Guerra Mundial. La Segunda Guerra Mundial pro­dujo inmensos sufrimientos, prolongados en la posguerra. Los campos de concentración y las emigraciones forzosas de millones de familias no tienen precedentes en la historia moderna. Derrotados los totalitarismos fascistas, gran parte de Europa quedó en poder de otro totalitarismo, portador de una ideología atea, que impuso graves restricciones a la libertad de los cristianos. La implantación de regímenes co­munistas en China y otros países impidió en ellos la activi­dad misional, mientras la Iglesia cobraba nuevo auge en los pueblos nuevos del Tercer Mundo, libres del dominio marxista.

XXXII.       El Cristianismo en las postrimerías del siglo XX. El concilio Vaticano II formuló en sus documentos un im­portante programa de renovación cristiana, que nada tiene que ver con los abusos cometidos en nombre de un preten­dido «espíritu» conciliar. Hoy el mundo sufre una profun­da crisis de valores espirituales, a la que han contribuido el afán de bienestar de la sociedad de consumo, la pérdida del sentido sobrenatural de la vida y un reduccionismo religio­so que contempla al Cristianismo y a la Iglesia bajo una óp­tica primordialmente terrena. La Iglesia ha de ser ahora la defensora de valores tan esenciales como el derecho a la vida, la dignidad del hombre y la unidad de la fa­milia. En la nueva humanidad de finales del siglo xx, el Cristianismo aparece —al igual que en sus comienzos— como la religión de los discípulos de Jesucristo que, con ayuda de la Gracia, tratan de corresponder a su vocación de cristianos.

Published in: on diciembre 27, 2007 at 5:16 pm  Dejar un comentario  
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Jesucristo, vivo en la Historia

¿Qué pruebas históricas fiables hay de la existencia de Jesucristo? Los Evangelios, ¿Son libros de historia? ¿Cómo se demuestra la divinidad de Jesús? ¿Qué cuentan y qué ocultan los Evangelios? ¿Qué papel juega la mujer en la historia y en la vida de la Iglesia? Estas son algunas de las preguntas formuladas en esta entrevista de la periodista Elica Brajnovic al Prof. Francisco Varo. Temas de gran interés y actualidad que el Prof. Varo responde responde de una manera precisa, clara y a la vez coloquial.
El Prof. Francisco Varo es catedrático de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Estudió en la Universidad Hebrea de Jerusalén y es Doctor en Filología Bíblica Tilingüe pot la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha sido miembro del equipo de traductores de la Sagrada Biblia editada por la Universidad de Navarra y autor de numerosos libros y artículos de su especialidad.

Published in: on diciembre 18, 2007 at 1:05 pm  Dejar un comentario  
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Fechas clave en la vida de Jesús

Año Mes Dia
Era Cristiana Era Romana Cristiano Judaico Mes Semana
Nacimiento 6 aC 748 Diciembre Tébeth 25 .
Bautismo y comienzo de vida pública 27 dC
(28)
780
(781)
Enero Tébeth . .
Última Cena 30 783 Abril Nisán 13 Nisán
6 Abril
Jueves
. . . . 14 Nisan
7 Abril
Jueves
(33) (786) Abril Nisán (13 Nisán)
(2 Abril)
Jueves
Muerte 30 783 Abril Nisán 14 Nisán
7 Abril
Viernes
(33) (786) Abril Nisán 14 Nisán
Abril
Viernes

FECHA DE NACIMIENTO
Ha sido un logro de la investigación moderna establecer con bastante exactitud la cronología de la vida del Señor en el marco de los acontecimientos de la Historia Universal.

El monje Dionisio el Exiguo ( t 556) tuvo el acierto de poner el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo como centro de la Historia de la Humanidad.

Con los datos históricos de que disponía, lo situó en el año 753 de la fundación de Roma y señaló el 754 como el primero de la era cristiana. Este cómputo, aunque retrasa en algunos años el magno acontecimiento, es el que sigue estando en vigor, a efectos civiles..

Sabemos por los Evangelios que Jesús nació «en tiempos del rey Herodes» (1). Ahora bien, hoy día conocemos por los datos que da el historiador judío Flavio Josefo que Herodes murió el 750 de la fundación de Roma (2). Por tanto, hay que adelantar el nacimiento de Cristo al menos cuatro años respecto de la fecha que determinó Dionisio el Exiguo.

Además, la muerte de Herodes no ocurrió inmediatamente después del nacimiento de Nuestro Señor: a estos cuatro años de adelanto hay que sumar, pues, el tiempo que transcurriera entre el nacimiento de Cristo y la muerte de Herodes. Para determinar ese tiempo hay que tener en cuenta que Herodes se ausentó de Jerusalén a causa de la enfermedad que le llevaría a la muerte, ausencia que debió durar cerca de seis meses (3), y que durante la visita de los Magos a Herodes éste estaba aún en la Ciudad Santa. Por tanto, el nacimiento de Jesús ocurriría al menos seis meses antes de la muerte de Herodes.
Pero además, hay que tener en cuenta la edad que tendría el Señor cuando Herodes, todavía en Jerusalén (4), ordenó la matanza de los Inocentes. Suponiendo que la orden de matar a los niños menores de dos años aseguraba a Herodes que Jesús quedaba incluido en ella, el Niño no podía tener más de dos años, sino menos: aproximadamente un año.
Por tanto, hay que adelantar la fecha del nacimiento ‘de Cristo sobre la que le asignó Dionisio, teniendo en cuenta los periodos de tiempo siguientes: cuatro años por error en el comienzo de la era cristiana respecto a la fundación de Roma; más un año que pudiera tener Jesús cuando la muerte de los Inocentes, ya que Herodes calcularía con amplitud la edad del Niño; más unos seis meses de enfermedad de Herodes. Así llegamos, como límite mínimo para el nacimiento de Cristo, al año 748 de la fundación de Roma, equivalente al 6 antes de la era cristiana.

Tampoco se puede adelantar mucho más del 748 de la fundación de Roma, porque San Lucas nos dice que Jesús tenía unos treinta años cuando fue bautizado por Juan en el año decimoquinto del imperio de Tiberio César (5) que, como veremos a continuación, debió corresponder al 780 ó 781 de Roma, 27-28 de la era cristiana,

Según esto, Jesús tendría 32-33 años cuando acudió al bautismo de Juan y comenzó su ministerio público, edad que es coherente con el dato de Lc 3,23.

En resumen, Jesús nació probablemente el año 748 de Roma (6° antes de la era cristiana), o a lo sumo el 746 de Roma (8° antes de la era cristiana).

(I) Mt 2,1; cfr Lc 1,5.
(2) Flavio Josefo habla de la muerte de Herodes en dos de sus obras: La Guerra judaica, escrita entre los años 75 y 79 d.C., y Antigüedades judaicas, escrita entre el 93 y 94 (Cfr Guerra judaica, I, 33,1 y 5,6 y 8; 11, 1,3; Antiquitates iud., XVII, 6,1 y 4; XVII, 8; XVII, 6,1.4-5; XVII, 8,1; XVII, 9).
(3) Al sentirse enfermo, Herodes marchó a Jericó. De allí se trasladó a Calirrohe, sitio de aguas termales, donde tampoco encontró alivio, por lo que volvió a Jericó y allí murió en la primavera del 750. De los datos de Flavio Josefo puede desprenderse que en el 749, al comenzar los fríos de noviembre en Jerusalén, fue cuando se trasladó a Jericó, de clima mucho más cálido.
(4) Cfr Mt 2,3.
(5) Cfr Lc 3,1-2.21-23

Comienzo de la vida pública
Jesús comenzó su ministerio público muy poco después de ser bautizado por Juan Bautista (6).
A su vez, debió de transcurrir poco tiempo entre el comienzo de la predicación del Precursor y el bautismo de Jesús (7). Por eso los datos que da San Lucas para indicar el comienzo de la predicación del Bautista sirven para situar el comienzo del ministerio público de Jesús; es más, para muchos autores, la intención de Lucas al dar esos datos era más bien fijar el bautismo y comienzo del ministerio del Señor .
San Lucas dice que Juan comenzó a predicar «el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el Sumo Sacerdote Anás y Caifás (…»> (8). Con estos datos se puede precisar bien la cronología. En efecto, Tiberio fue asociado al Imperio por Augusto para el gobierno de las provincias orientales el año 765 de la fundación de Roma, correspondiente al 12 de la era cristiana. Según esto, el año decimoquinto de Tiberio corresponde al 780 de Roma y 27 de la era cristiana. Este sería el año del bautismo de Cristo y del comienzo de su ministerio: Jesús tendría entonces 32 años, que concuerda con la edad aproximada que le asigna San Lucas (9).
También es posible que el año decimoquinto de Tiberio se contase a partir de la muerte de Augusto, que ocurrió en agosto del 767 de Roma (14 d.C.), esto es, un año y ocho meses después de que Tiberio fuera asociado al Imperio. Pero si se tiene en cuenta que era costumbre valorar como un año entero el tiempo que transcurría entre la subida al trono del emperador y el final de año civil, tendremos que contar como primer año del Imperio de Tiberio los meses de agosto a diciembre del 767 de Roma (14 d.C); con ello, el bautismo de Cristo se retrasaría un año, esto es, el 781 de Roma (28 d.C.). En esta hipótesis, Jesús tendría al ser bautizado por Juan 33 años, posible también, pero menos probable según la indicación de Lc 3,23.
El dato de que Poncio Pilato era procurador de Judea concuerda tanto con la primera como con la segunda de las hipótesis que hemos reseñado. En efecto, Pilato comenzó su magistratura en Judea el año 26 d.C. (779 de Roma); esta fecha, por otro lado, nos da un limite: Jesús no habría podido comenzar su ministerio público antes del 26 d.C.
La cronología que se deduce de los otros personajes que menciona San Lucas no aporta mayor precisión que la ya señalada, pero la confirma: Herodes Antipas fue tetrarca de Galilea entre los años 4 a.C y 40 d.C.; Filipo se mantuvo en la tetrarquia de Iturea desde el 4 a.C. hasta el 34 d.C.; de Lisanias se sabe únicamente que dejó de gobernar el año 37 d.C. En cuanto a Anás, Flavio Josefo afirma que fue elegido el año 6 d.C.; por otro lado fue depuesto por el procurador romano Valerio Grato el año 15 d.C., pero, a pesar de esta destitución hecha por la autoridad romana y no por la judía, Anás siguió teniendo una gran autoridad, al menos moral, según atestiguan las fuentes judaicas de la época y como se comprueba por su intervención en el proceso del Señor (10). Caifás, yerno de Anás, fue elegido sumo sacerdote el año 18 d.C., y cesó en su cargo el 36 d.C.
Otro dato para fijar el comienzo del ministerio público del Señor se suele tomar del pasaje de Ioh 2,20: «Los judíos contestaron: ¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?» Según Ioh 2,13-23, esta conversación de Jesús con los judíos ocurre en la Pascua del primer año del ministerio público. Sabemos por Flavio Josefo (11) que la reconstrucción del Templo se inició el año 20-19 a.C. (el año decimoctavo del reinado de Herodes). Si a esta fecha sumamos los 46 años de los que hablan los judíos nos encontramos en el año 26-27 d.C. La conversación con los judíos supone el Templo acabado, y como Jesús llevaba ya un año de ministerio público, se deduce que éste no pudo empezar antes del 25-26 d.C., lo cual es también coherente con Lc 3,1-2.

DURACIÓN DEL MINISTERIO PÚBLICO
Ninguno de los Evangelistas dice expresamente cuánto duró el ministerio público del Señor; pero San Juan nos ofrece datos abundantes para poder establecer su duración: habla claramente de tres Pascuas, correspondientes a tres años distintos: en la primera -Ioh 2,13-23- Jesús se encuentra en Jerusalén; la segunda -Ioh 6,4- ocurre poco después de la primera multiplicación de los panes; la tercera es la de la Pasión y Muerte: Ioh 11,55; 12,1; 13,1 etc. Con ello tenemos, por tanto, un límite mínimo para establecer la duración del ministerio público: dos años completos más los meses que transcurrieron desde el bautismo hasta la primera Pascua.
Pero en Ioh 5,1 se habla de «la fiesta de los judíos», o bien de «una fiesta de los judíos». Esta frase presenta varias dificultades de interpretación: la primera es si se trata de la fiesta o de una fiesta, pues los manuscritos más antiguos fluctúan entre ambas expresiones. En el primer caso, parecería referirse a la Pascua; en el segundo, sin excluirla, indicaría más bien alguna de las otras fiestas judaicas (Tabernáculos, Pentecostés, Encenias o Dedicación del Templo, etc.). Si aquí se trata de la fiesta de Pascua, ésta sería una Pascua distinta de las tres mencionadas antes, y entre las pascuas citadas en 5,1 y 6,4 transcurriría un año. Con ello habría que añadir un año más ala duración del ministerio público, que, por tanto, comprendería tres años y algunos meses.
No pocos autores piensan que lo narrado en el capítulo 5 de San Juan es cronológicamente posterior a lo descrito en el capítulo 6. Si esto es así, la fiesta nombrada en 5,1 podría referirse ala de los Tabernáculos nombrada en 7,2, o bien a la misma Pascua que aparece en 6,4. En cualquier caso no se trataría de una nueva Pascua. En resumen, según las pascuas que menciona el Evangelio de San Juan no puede decirse con certeza si el ministerio público del Señor duró dos años y algunos meses, o bien tres años y algunos meses.
Para dilucidar la cuestión se ha de considerar la fecha del bautismo y la de la Muerte. Sobre el bautismo que, según la tradición, ocurrió en enero, ya hemos dicho que la datación más probable es el año 27 d.C. (780 de Roma), y la otra opción, menos probable, el 28 d.C. Respecto a la fecha de la Muerte, como veremos a continuación, se puede dar por casi seguro que fue en la primavera del año 30 d.C. Por tanto, lo más probable es que el ministerio público de Jesús durase tres años y algunos meses, sin que pueda descartarse absolutamente el otro cálculo de dos años y algunos meses: estos meses son los que van desde el bautismo en enero hasta el 7 de abril, ya que su Muerte acaeció, muy probablemente, un 7 de abril.

(6) Cfr Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22.
(7) Cfr Mt 3,1-13; Mc 1,4-9; Lc 3,1-21; Act 1,22; 10,37-38.
(8) Lc 3,1-2.
(9) Cfr Lc 3,23.
(10) Cfr Ioh 18,13-14. Téngase en cuenta que las fechas señaladas corresponden a la cronología oficial que, como dijimos, tiene una diferencia de 6 ó de 8 años con la realidad de los hechos.
(11) Antiquitates iud., XV, 11,1.

FECHA DE LA MUERTE
Se sabe con certeza que el Señor murió un viernes (12) del mes hebreo de Nisán, dentro del mes de abril de nuestro calendario.
En cuanto al año, casi todas las probabilidades están a favor del 30 de la era cristiana; pero no puede excluirse del todo el año 33. Con respecto al día del mes, Nuestro Señor murió el 14 ó 15 de Nísán.

Hemos dicho que el ministerio público del Señor comenzó, casi con seguridad, a principios del año 27 d.C. Si duró -como hemos visto- tres años y tres meses, el año 30 d.C. sería el año de su Muerte. Que fuera este año es, además, totalmente verosímil, ya que el 14 de Nísán cayó en viernes (7 de abril).

En cambio, sí se asignan dos años y tres meses a la duración del ministerio público, la Muerte de Jesús hubiera ocurrido el año 29 d.C. Pero suponer que fuera en este año tiene el grave inconveniente de que ni el 14 ni el 15 de Nisán cayeron en viernes (sino en martes y miércoles). Por esta razón, parece que el año 29 d.C. debe excluirse como fecha de la Muerte de Cristo.

El año 33 se ha propuesto también por dos razones: la primera se basa en la hipótesis de que el ministerio del Señor empezase el año 29 d.C. y que hubiera durado cuatro años y tres meses; pero esto es muy poco probable como ya vimos. La segunda razón de la hipótesis del año 33 d.C. se basa en que también en aquel año el 14 de Nísán era viernes (3 de abril); aunque esto es cierto, toda la hipótesis resulta poco probable a causa de la debilidad de la primera de las razones apuntadas.

Excluyendo los años 31 y 32, porque en ellos ni el 14 ni el 15 de Nísán cayeron en viernes, queda el año 30 d.C. como casi seguro para datar la Muerte de Nuestro Señor .

Es muy difícil determinar sí la Muerte de Cristo ocurrió el 14 ó el 15 de Nisán, pues los datos que, de una parte, ofrecen los Sinópticos, y de otra el Evangelio de San Juan, no han permitido hasta ahora -a pesar de ímprobos esfuerzos- determinar con certeza cuál de esos dos días era el viernes en que murió el Señor .

En efecto, los Sinópticos dicen que el Señor celebró la Última Cena en «el primer día de los Azimos, cuando sacrificaban el cordero pascual» (13). Esto correspondía a la tarde del 14 de Nísán (jueves, 7 de abril). Su Muerte ocurriría el 15 de Nisán, día de la Pascua (viernes, 8 de abril), a primeras horas de la tarde. Sin embargo, varios detalles de los mismos Evangelios Sinópticos parecen indicar que el día de la Muerte del Señor no podía ser el día de Pascua, 15 de Nisán (14).

Por su parte, el Evangelio de San Juan sitúa la Muerte del Señor en el día anterior a la Pascua, el día de la Parasceve (15), que corresponde al 14 de Nisán (viernes, 7 de abril).

La única dificultad que presenta es que Jesús celebraría la Ultima Cena un día antes de la fecha señalada por el calendario oficial judío, esto es, en la noche del 13 al 14 de Nisán, considerando el 14 como el día de Pascua.

A pesar de esta dificultad, el Evangelio de San Juan parece ofrecer datos más claros que los Sinópticos para fijar la fecha de la Muerte del Señor, y aclarar los indicios de los Sinópticos (las acciones de Simón Cireneo, José de Arimatea, etc.), difíciles de compaginar con la fijación de la Muerte del Señor en el día de la Pascua hebrea.

Que Jesús celebrara la Ultima Cena un día antes del cómputo oficial judaico puede tener varias explicaciones: la más fundada reside en los usos judaicos de aquel tiempo, y que explica mejor los datos al parecer divergentes de los cuatro Evangelios, es la siguiente: la fijación del calendario en aquellos tiempos no podía hacerse con la precisión astronómica que después se ha conseguido. Esta circunstancia originaba una elasticidad en la correspondencia entre el día del mes y el de la semana que en los tiempos modernos es impensable. Así, los saduceos evitaban que el día 15 de Nisán cayera en viernes, para no tener que hacer en sábado la ofrenda de las espigas (16); para ello hacían caer el 15 de Nisán en sábado y, por consiguiente, la ofrenda de espigas en domingo. Los fariseos, en cambio, se atenían meticulosamente a celebrar la Pascua en el día de la semana en que cayese.

Aquel año la Pascua caía en un viernes 15 de Nisán. Los fariseos, con la mayoría del pueblo, comieron la cena pascual en la noche del jueves al viernes, y lo mismo Jesús. Pero los príncipes de los sacerdotes, casi todos saduceos, celebraron la Pascua el sábado. Esto explica los datos al parecer divergentes de los Sinópticos (que mencionarían el calendario fariseo) y de San Juan (que se habría atenido al de los saduceos).
En resumen, Jesús celebró la Ultima Cena la noche del jueves al viernes y murió el viernes. Para los fariseos ese viernes era día 15 de Nisán y Pascua (8 de abril): los Sin ópticos siguen este cómputo. Para los saduceos ese viernes era 14 de Nisán (7 de abril) y el día siguiente, sábado, la Pascua: el Evangelio de San Juan se atiene al cómputo de los saduceos al señalar que los príncipes de los sacerdotes todavía no habían celebrado la Pascua el viernes (17) ; Pero al situar la Última Cena un día antes de la cena pascual de los príncipes de los sacerdotes, implícitamente está señalando que Jesús siguió el cómputo de los fariseos, en lo cual coincide con los Sinópticos.

(12) Cfr Mt 27,62; Mc 15,42; Lc 23,54; Ioh 19,31.
(13) Mc 14,12; cfr Mt 22,26; Lc 22,7. Hay que recordar que los judíos comenzaban el día a la puesta del sol. Así se explica que la cena pascua! hebrea se celebrara en la tarde del día que nosotros llamamos víspera. Según los Sin ópticos Jesús celebró la Ultima Cena en las primeras horas del 14 de Nisán (en nuestro calendario: atardecer del jueves 7 de abril), y murió en las últimas horas del 15 de Nisán (primeras horas de la tarde del 8 de abril).
(14) Por ejemplo, es poco probable que se infringiera el descanso prescrito para el día de Pascua, como implican las acciones de Simón Cireneo, que venía del campo (Mc 15,21), o de José de Arimatea que compra una sábana (Mc 15,46), o de las piadosas mujeres que preparan los aromas y ungüentos (Lc 23,56), etc.
(15) Cfr Ioh 18,28; 19,31.
(16) Según los saduceos, la fiesta de Pentecostés debía caer en domingo y celebrarse cincuenta días después de la ofrenda de las espigas, que se hacía el domingo siguiente a Pascua. Por el contrario, los fariseos establecían que la ofrenda de las espigas se hiciese al día siguiente de Pascua, aunque fuese sábado, y que Pentecostés se celebrase el día en que cayese.
(17) Cfr. Ioh 18, 28

Jesus de Nazaret

Mosaico de Santa Sofa ConstantinoplaLa persona y las enseñanzas de Jesús de Nazaret son las bases sobre las que se asienta la religión cristiana. Los cristianos consideran a Jesucristo su Redentor y su Maestro: le reconocen como su Dios y Señor y se adhieren a su doctrina. Y entendemos por Cristianismo la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

En una hora precisa del tiempo y en un lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios se hizo hombre e irrumpió en la historia humana. El lugar de nacimiento de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del emperador de Roma, César Augusto (cfr. Mt II, 1; Le II, 1-2). La vida de Cristo entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia, bien preciso también: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo tuvieron lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del año 30 de la Era cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de Sumo Sacerdote, gobernaba Judea el «procurador» Poncio Pilato y reinaba en Roma el emperador Tiberio.
Jesucristo se presentó a sí mismo como el Cristo, el Mesías anunciado por los Profetas y esperado ansiosamente por el Pueblo de Israel. En Cesárea de Filipo, ante la diversidad de opiniones que corrían sobre su persona, el Señor preguntó a los Apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» La respuesta de Pedro fue rotunda: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Jesús no sólo no enmendó en un ápice estas palabras, sino que las confirmó de modo inequívoco: «No te han revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» (cfr. Mt XVI, 13-17). En la noche de la Pasión, ante los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín, Jesús declararía abiertamente que era el Hijo de Dios, el Mesías. A la solemne pregunta del Sumo Sacerdote, la suprema autoridad religiosa de Israel: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?», Jesús respondió: «Yo soy» (Me XIV, 61-62).
«Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (lo I, 10). Estas palabras del capítulo primero del Evangelio de San Juan anuncian el drama del rechazo del Salvador por parte del Pueblo elegido. Dominaba en éste por aquel tiempo una concepción político-nacional acerca del esperado Mesías, al que se consideraba como un caudillo terrenal que habría de libertar la nación del yugo de los opresores romanos y restaurar en todo su esplendor el Reino de Israel. Jesús no respondía a esta imagen, porque su Reino no era de este mundo (cfr. lo XVIII, 36). Por eso no fue reconocido, sino rechazado por los jefes del pueblo y condenado a morir en la Cruz.

Los milagros obrados por Jesús durante los años de su vida pública constituyen el refrendo de su Mesianidad y confirmaron la doctrina que anunciaba. Esas razones, unidas a la personalidad incomparable del Señor, motivaron decisivamente la adhesión de sus discípulos, y en primer término de los doce Apóstoles. Una adhesión todavía defectuosa al principio, por parte de hombres que compartían muchos de los prejuicios de sus contemporáneos; unos hombres cuya mentalidad les hacía difícil comprender la verdadera naturaleza de la misión redentora de Jesús, lo que explica el tremendo desconcierto que les causó la Pasión y Muerte de su Maestro.
La Resurrección de Jesucristo es el dogma central del Cristianismo y constituye la prueba decisiva de la verdad de su doctrina. «Si Cristo no resucitó —escribió San Pablo—, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe» (I Cor XV, 14). La realidad de la Resurrección —tan lejos de las expectativas de los Apóstoles y los discípulos— se les impuso a éstos con el argumento irrebatible de la evidencia: «pero Cristo ha resucitado y ha venido a ser como las primicias de los difuntos» (I Cor XV, 20; cfr. Le XXIV, 27-44; lo XX, 24-28). Desde entonces los Apóstoles se presentarían a sí mismos como «testigos» de Jesucristo resucitado (cfr. Act II, 22; III, 15), lo anunciarían por el mundo entero y resellarían su testimonio con la propia sangre. Los discípulos de Jesucristo reconocieron su divinidad, creyeron en la eficacia redentora de su Muerte y recibieron la plenitud de la Revelación, transmitida por el Maestro y recogida por la Escritura y la Tradición.

Pero Jesucristo no sólo fundó una religión —el Cristianismo—, sino también una Iglesia. La Iglesia —el nuevo Pueblo de Dios— fue constituida bajo la forma de una comunidad visible de salvación, a la que se incorporan los hombres por el bautismo. La Iglesia está cimentada sobre el Apóstol Pedro, a quien Cristo prometió el Primado —«y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt XVI, 18)— y se lo confirmó y confirió después de la Resurrección: «apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» (cfr. lo XXI, 15-17). La Iglesia de Jesucristo existirá hasta el fin de los tiempos, mientras perdure el mundo y haya hombres sobre la tierra: “y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt XVI, 18) La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia

Y esta historia continua con una fidelidad a lo recibido del Maestro a trasvés de los Apóstoles por la acción del Espíritu de Pentecostés. Es lo que se aprecia mirando con detenimiento el libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVII-Josep Ratzinger, de donde podemos extraer la afirmación de que el Hijo de Dios es el Jesús histórico. Confieso, escribe el Papa, que precisamente Jesús –el del Evangelio– es una figura históricamente sensata y convincente. Aludiendo a la carta de Pablo a los Filipenses, el Santo Padre manifiesta que veinte años después de la muerte de Jesús, encontramos en el gran himno a Cristo, en la carta mencionada del Apóstol, una cristología, en la que se dice que Jesús era igual a Dios, pero que se despojó a sí mismo, que se hizo hombre, se humilló hasta al muerte en la Cruz y que a Él corresponde ser honrado por el cosmos, la adoración que en el profeta Isaías, Dios había proclamado como debida solamente a Él.

Mirando esta realidad Benedicto XVI cree conveniente preguntarse, qué ocurrió en estos veinte años tras la crucifixión. ¿Cómo se ha llegado a esta cristología? ¿Cómo colectividades desconocidas pudieron ser tan creativas, convincentes y, así, imponerse? El intento de buscar estas colectividades y sus dirigentes, no explica nada. Naturalmente, creer que precisamente como hombre Él era Dios y que dío a conocer esto veladamente en las parábolas, pero cada vez de manera más inequívoca, es algo que supera las posibilidades del método histórico. Por el contrario, si a la luz de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y con su apertura a lo que lo sobrepasa, estos se entreabren, y nos muestran un camino y una figura que son dignas de fe.

Testimonios históricos
Las fuentes históricas de la vida de Jesús se dividen en:
fuentes cristianas (Evangelios, Cartas de San Pablo y otros Apóstoles, Hechos, Apocalipsis de Juan y los libros Apócrifos y Padres Apostólicos),
y fuentes no cristianas.
Fuentes judías: Flavio Josefo; la tradición talmúdica.
Fuentes paganas: Tácito; Suetonio; Plinio el Joven.

Published in: on diciembre 17, 2007 at 4:41 pm  Dejar un comentario  
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El Señor está a la puerta

Tercer domingo de Adviento

 


Sagrada Escritura:Primera: Is 35, 1-6.8.10
Salmo 146
Segunda: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11

La liturgia del tercer domingo de Adviento es el domingo de la alegría por la llegada del Señor. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que es fiel a sus compromisos. El salmo 145 canta la fidelidad del Señor a sus promesas y su cuidado por todos aquellos que sufren. Santiago, constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener paciencia: así como el labrador espera la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará. El Evangelio, finalmente, pone de relieve la paciencia de Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión es invitado por Jesús a permanecer fiel a su misión hasta el fin.En nuestra vida hay momentos de desierto, momentos de pena, de prueba de Dios; en ellos, más que nunca, el Señor nos repite por boca del profeta Isaías: fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis. Mirad que vuestro Dios viene en persona. El Señor viene en persona. Éste es el motivo de la alegría, éste es el motivo de la fortaleza. Es Dios mismo quien viene a rescatar a su pueblo. Es Dios mismo quien se hace presente en el desierto y lo hace florecer. Es Dios mismo quien nace en una pequeña gruta de Belén para salvar a los hombres. Es Dios mismo quien desciende y cumple todas las esperanzas mesiánicas. Admirable intercambio: Dios toma nuestra humana naturaleza y nos da la participación en la naturaleza divina.  El Prelado del Opus Dei, en la Carta de diciembre de 2007nos dice: El Adviento trae consigo una llamada a tener muy presente que Dominus prope (Liturgia de las Horas, segundas Vísperas del Domingo I de Adviento, Lectura Breve: Flp 4, 5), que el Señor está cerca. A mí me impresiona cada año este grito de la liturgia, que podemos interpretar en muchos sentidos, adaptando esas palabras a las necesidades espirituales de cada uno.

Dominus prope, entre otras cosas, porque se halla en el centro de nuestra alma en gracia; tan cerca, tan cerca, que no puede estarlo más. Quiere morar con nosotros, dentro de nosotros

La alegría debe ser un distintivo del cristiano. Por eso, al ver que El Salvador está ya muy cerca y que el nacimiento de Jesús es ya inminente, el pueblo cristiano se regocija y no oculta su alegría. Nos encaminamos a la Navidad y lo hacemos con un corazón lleno de gozo. Sería excelente que nosotros recuperáramos la verdadera alegría de la Navidad. La alegría de saber que el niño Jesús, Dios mismo, está allí por nuestra salvación y que no hay, por muy grave que sea, causa para la tristeza. De esta alegría del corazón nace todo lo demás. De aquí nace la alegría de nuestros hogares. De aquí nacen la ilusión y el entusiasmo que ponemos en la preparación del nacimiento, el gozo de los villancicos tan llenos de poesía y de encanto. Es justo que estemos alegres cuando Dios está tan cerca. Pero es necesario que nuestra alegría sea verdadera, sea profunda, sea sincera. No son los regalos externos, no es el ruido ni el ajetreo, no son las vacaciónes lo que nos da la verdadera alegría, sino la amistad con Dios. ¡Que esta semana sea de una preparación espiritual, de un gozo del corazón, de una alegría interior al saber que Dios, que es amor, ha venido para redimirnos! Esta preparación espiritual consistirá, sobre todo, en purificar nuestro corazón de todo pecado, en acercarnos al sacramento de la Penitencia para pedir la misericordia de Dios, para reconocer humildemente nuestros fallos y resurgir a una vida llena del amor de Dios

Salimos al encuentro de Jesús que ya llega llevándole nuestras buenas obras Hay que salir al encuentro con las buenas obras, sobre todo con caridad alegre y del servicio atento a los demás. En algunos lugares existe la tradición de hacer un calendario de adviento. Cada día se ofrece un pequeño sacrificio al niño Jesús: ser especialmente obediente a los propios padres, dar limosna a un pobre, hacer un acto de servicio a los parientes o a los vecinos, renunciar a sí mismo al no tomar un caramelo, etc. En otros lugares en el nacimiento que se prepara en casa, a los Reyes Magos se les coloca a una cierta distancia, más bien lejana, de la cueva de Belén. Cada buena obra o buen comportamiento de los niños hace adelantar un poco al Rey en su camino hacia Jesús. Métodos sencillos, pero de un profundo valor de ejemplo y vida para los niños en el hogar. Pero no conviene olvidar que la mejor manera de salir al encuentro de Jesús es el amor y la caridad: el amor en casa entre los esposos y con los hijos; el amor y la caridad con los pobres y los necesitados, con los ancianos y los olvidados. Hay que formar un corazón sensible a las necesidades y sufrimientos de nuestro prójimo. Es esto lo que hará florecer el desierto. Es esto lo que hará que nuestras rodillas no vacilen en medio de las dificultades de la vida. Nada mejor para superar los propios sufrimientos que salir al encuentro del sufrimiento ajeno.

Jesús ha venido por María. Por esto Ella es la causa de nuestra alegría. San Josemaría nos recordaba entonces que también el Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones. Ha sido Ella —porque así lo ha dispuesto el Señor— quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno Carta del Prelado., 1-XII-2007)

Published in: on diciembre 16, 2007 at 4:44 pm  Dejar un comentario  
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La Iglesia en la Historia

¿Y qué es la historia?

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La historia es el relato del acontecer humano.

Es decir, lo que ha pasado; y lo que ha pasado tiene dos sentidos obvios: ha acontecido, sucedido y al ser pretérito, del ayer, nos han llegado referencias, nos han contado cosas.

Dos palabras se necesitarían para estos dos conceptos de la Historia. En nuestro idioma, sin embargo, hay una sola palabra: Historia, con la que se expresan esos dos conceptos distintos:
-la plenitud de suceder (todo lo que ha sucedido de verdad a todos los hombres a lo largo del tiempo). Estos hechos sucedidos realmente en lo que los alemanes llaman GESCHICHTE (Historia verdadera).y …
-el conocimiento que poseemos de ese suceder, (lo que llamaríamos historia-ciencia) Los alemanes lo llaman ERZÄHLUNG. Esta ambigüedad del castellano obliga, cuando sea preciso, a puntualizar a cuál de estos dos conceptos se está refiriendo el que habla.
Quizás se podría hablar de los hechos, acontecimientos, sucesos, etc en un primer sentido y a memorias, mitos, leyendas, narraciones, documentos, archivos por los cuales sabemos algo; unos serían los hechos, gestas y los otros serían las palabras, lo narrado, lo que se cuenta, lo que se conoce…

Aconteceres que les han pasado a hombres y mujeres, seres humanos, y que sabemos algo de ello
¿Y no hay mas? ¿Lo que le pasa al hombre no es mas que lo que le pasa a un ciruelo? ¿Quién escribe el relato del acontecer humano? ¿Un árbol, un hombre, el hombre fuera de la historia, un dios, Dios mismo, un hombre movido por Dios?

Y si el suceder humano es algo que se puede relatar –de hecho nos han llegado relatos- ¿hasta qué punto ese relato refleja no sólo lo que el hombre ha hecho, sino lo que el hombre es.

¿Puede la historia conocer la Iglesia?
Esta pregunta tiene una respuesta afirmativa y esto es lo que llamamos Historia de la Iglesia. La historia de la Iglesia se podría definir, en una primera aproximación, como un estudio de los acontecimientos sucedidos “entre nosotros” [Lc 1, 1] desde la venida de Cristo hasta nuestros días, referidos al peregrinaje terreno de la realidad, querida por el mismo Cristo, que llamamos Iglesia.
Acontecimientos sucedidos “entre nosotros”; esta expresión tiene la doble connotación de que ha pasado ante testigos y de que su comprensión de lo pasado cae dentro de lo que nosotros sabemos que ha sido revelado, que tenia que suceder. Pues la realidad estudiada en esta historia, la Iglesia, forma parte de un querer benevolente y salvador desde antes de la misma existencia del mundo. Y tal querer divino nos ha sido revelado “con hechos y palabras íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente” (C. Vat II, Dei Verbum, 2 ) Entre estos hechos y palabras está como un hito singular de salvación, la preparación, fundación y sostenimiento por Dios Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo, de la Iglesia.
Está claro que el objeto de la historia de la Iglesia es la Iglesia y que se quiere hacer una historia, un relato de aconteceres humanos; hechos y dichos contados según el método que al parecer de la mayoría de los historiadores de la Iglesia es el más adecuado para cumplir su misión: “estos han de valerse del método histórico”. “La tarea de hacer historia, comprendida la de la Iglesia, exige seguir un determinado método y observar cuidadosamente aquellas reglas de objetividad y rigor científico, que son comunes a todas las disciplinas históricas”(ORLANDIS, J., Prólogo, a la Historia de la Iglesia, T. 1, pg 11. Palabra, Madrid 1998.)
La ciencia histórica se hace cada vez mas consciente de la validez informativa propia de los documentos de archivo. Pero, asimismo, el pensamiento de lo pasado se desenvuelve por otros muchos cauces expresivos –como por ejemplo la novela o la película de cine-.
El Gran Papa Juan Pablo II ha redactado unas interesantes respuestas en su libro Cruzando el umbral de la esperanza (Véanse por ejemplo los capítulos “La “historia se concreta” o “Impotencia divina”) Cualquier lector valorará por sí mismo hasta qué punto las cuestiones más vivas del día de hoy, las objeciones mas candentes que enervan aún , tienen que ver con la historia de la Iglesia y cómo se la enfoque y estudie.

Naturaleza teándrica de la Iglesia.
Historia de salvación

“En un principio creó Dios el cielo y la tierra”. “En el principio era el Verbo”. Así comienzan respectivamente los libros del Génesis y el Evangelio de San Juan. Dios es el que Es, y por Él vendrá a ser todo lo que existe.

Dios es el Señor de la Historia. Él la comenzó y Él la terminará sobre “este mundo que pasa (I Cor. 7, 31. Cfr. C. Vaticano II, Gaudium et spes, 39)Crea el sol, la luna, los seres inanimados y los desprovistos de inteligencia en una sinfonía espléndida que es como una preparación de la historia: Dio s estaba “haciendo la casa” para el hombre.

Para que comience la historia Dios tendrá que poner al hombre en “esa casa”.

Aquí tenemos una visión que contiene una historia. La Historia según la Mano de Dios, el poder de Dios Creador, que nos define lo que sea Dios, el mundo y el hombre.

Pero esa Historia nos cuenta el primer suceso “imprevisible” del acontecer humano; que el hombre ofendió a su Dios: el primer pecado. Un dato fundamental que revela la situación de limitación y debilidad de la inteligencia y voluntad del hombre.

Sin embargo la Mano de Dios, no abandonan al hombre. Decide actuar y salvar así a este hombre “imprevisible”. Fuera de la historia lo decide, pero su realización será histórica: es la Historia de la Salvación que comienza con que “Dios llama al hombre y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (Cfr. Gen. 3, 9 – 15)

Aparece así una promesa que desvela un plan de salvación y la presentación de dos personajes históricos: la Mujer que vencerá en su Descendiente (Cfr. CEC, 410-412)

Estos personajes ¿de dónde vendrán? También dentro de ese plan Dios incluye la elección de un pueblo, el judío, con el que sella un pacto y al que da una Ley. La Ley del Dios de Israel, que se les ha hecho presente en el Monte Sinaí. Ley y Alianza que tendrá en los Profetas, suscitados por el mismo Dios, sus principales recordadores y tutores. Sigue presente la Mano de Dios.

Esta Historia de la Mano de Dios está contada. Es la Historia de los hechos de Dios con su pueblo, la Alianza mutua manifestada en la Ley, y las palabras proféticas de aviso compendian el Libro en que se cuenta, el libro del Antiguo Testamento. Pero aquel Libro no estaba completamente terminado: era y es camino, no término. En tal Libro estaba latente la Palabra. “Y la Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros”. Jesús el Salvador es el que realiza y da cumplimiento al plan de Salvación. Es Camino, Verdad y Vida. Con su vida y doctrina se completará el Libro: Nuevo Testamento.

Salvación por Encarnación

Estamos en el centro de la Historia de la Mano de Dios. El rasgo concreto de la promesa divina hecha por el profeta Isaías, “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo” se podrá comprobar en su realización histórica: “Y sírvaos de señal que hallareis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre, (…) Vinieron, pues, a toda prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. AL VERLO, CONTARON lo que les habían dicho de aquel niño”(Lc 2, 8-18)
Ver y contar un suceso es la esencia de la historia. La historia de los hombres-criaturas de Dios y la historia de un pueblo se concentran en la historia del Hijo del Hombre y en la historia del Pueblo que de Él nacerá, la Iglesia.


“Y verán al que traspasaron”( Io 19, 37) . La Historia que se cuenta, pasa de nuevo por los brazos de María, la Mujer. Juan, el que le vio morir, también “entró, vio y creyó” que el sepulcro vacío y las “vendas en el suelo”(Io. 10, 8) suponían la comprobación de un hecho que se vería confirmado, no sólo por él, sino también por la visión de Jesús vivo, pero con las “huellas” de la muerte” (Io. 20, 20) , por muchos otros conocidos y concretos, y en primer lugar por Pedro llamado a confirmar en la fe a los demás Io. 21, 18) Ellos serán los “testigos de la Resurrección de Cristo” (Act. 1, 22)
Ya se puede anunciar su muerte y resurrección a todos los hombres. Para esto Jesús funda su Iglesia en el tiempo de su venida y es manifestada como tal “públicamente” con la llegada del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Ya se puede escribir su historia.

La Iglesia es realidad compleja

En el breve desarrollo que nos ha llevado a un primer esbozo de definición de Historia de la Iglesia, se refieren algunos “datos” que notamos tienen unos niveles que “nos han sido revelados”.

Podemos decir con toda franqueza y verdad que son datos recibidos sobre lo que sea la Iglesia. El objeto de la Historia de la Iglesia, obviamente la Iglesia, no es “sólo y nada más que un objeto histórico”, puesto que la Iglesia “no es sólo y nada más” que acontecer humano.
Esto lo ha captado y promulgado el Concilio Vaticano II en el Decreto Optatam totius al proponer que, “en la enseñanza de la Historia de la Iglesia téngase en cuenta el misterio de la Iglesia de acuerdo con la Constitución Dogmática De Ecclesia promulgada por este santo Concilio”
En la Historia de la Iglesia nos encontramos continuamente con el misterio, pues Ella es y se entiende como misterio de comunión y sacramento de salvación, que está en la historia, pero al mismo tiempo la transciende, sociedad jerárquica y cuerpo místico, visible y espiritual a un tiempo(CEC 770)

Es una realidad compleja, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar (CEC 779 y C. Vat II Lumen gentium, 8 ) Esta condición del doble elemento humano-divino se denomina, por analogía a la realidad del Verbo divino hecho carne, una realidad teándrica, de Theos, Dios y andros, hombre.

Pero solamente con “los ojos de la fe” se puede captar este misterio, es decir, que en esa realidad visible, se pueda ver al mismo tiempo una realidad espiritual, portadora de vida divina

Hechos y signos de salvación

No se le puede pedir, al historiador que ,con el método histórico, describa el hilo misterioso directivo y el sentido salvífico de determinados acontecimientos.
Los hechos del “tiempo de la Iglesia” no tienen sobre si la legitimación de la Revelación, pues esta acabó con el último apóstol, pero cae sobre ellos la interioridad y divinidad del misterio propio de la Iglesia. Verificar esto último no es competencia de una ciencia histórica, ya que no puede constatar ningún dato o proceso sobrenatural que refleje, como tal y por sí mismo, la índole divina del misterio de la Iglesia.

Puede decir que la Iglesia se expandió en tal o cual dirección y cuantía; que hubo hechos no explicables en su seno; que han existido miembros suyos considerados como santos; pero no puede presentar la “mano divina”, “el hecho prodigioso de Dios”, o “la gracia” de tal santo, por la razón sencilla de que no puede aferrar lo que no le es visible y descriptible.

Han sucedido hechos, se han pronunciado dichos y se han escrito relatos. Esto es comprobable y es labor histórica comprobarlo, si se puede, críticamente. Pero cuando nos metemos en la Historia de la Iglesia, la pre-comprensión que se tiene de Ésta como Misterio hace ver que esos hechos tienen un significado, son signo de que algo más está pasando. Aunque se rechace la identificación de la Historia de la Iglesia con la Historia de la Salvación, los hechos que suceden en la Iglesia y que pueden ser historiados son continuación de la historia salvífica en su “tiempo de la Iglesia” y a su vez germen, grano, levadura del creciente y aún no consumado Reino de Dios.

Lo cual nos lleva a mantener, como certeza de fe en la esencia misteriosa de la Iglesia, que en su historia “externa” hay acontecimientos salvíficos que deben ser consignados por el historiador. Pero, igualmente esta claro que, esa pre-comprensión es una creencia, un dato de fe, que también es un DATO y un HECHO, una SABIDURÍA. Este DATO de fe aplicado, por el historiador creyente, a los datos del suceder histórico y que le lleva a captar en ellos la trascendencia salvífica, como por medio de signos, es lo que “dota a su disciplina de una calificación teológica, sin menoscabar la legitimación científica”

Si esto que se dice de la historia salvífica se pudiera decir de la Historia de la Iglesia, esta historia así orientada tendría, en sí misma, una finalidad y sentido: presentar con toda humildad y precaución determinados acontecimientos de la Historia universal y de la Iglesia como signos de la salvación querida por Dios, aunque no pueda demostrarlos definitivamente como hechos salvadores

La historia de la Iglesia ante una sociedad plural

Ocurre de hecho que tanto historiadores como parte del público carece de los supuestos cristianos de la fe sin cuyos conocimientos hay aspectos esenciales de la vida de la Iglesia que se hacen especialmente opacos ¿Cómo hay que enfocar y presentar entonces la Historia de la Iglesia?

Claro es que el historiador sin el instrumento que supone la fe no traspasará y penetrará el misterio de los signos de salvación. Y que el historiador cristiano solamente tratara aspectos a los que se puede llegar y son de interés común para el cristiano y para el que no lo es. Existen temas realmente interesantes que se prestan a diversidad de interpretaciones y a debates serios; que pueden ser trabajados conjuntamente como, por ejemplo, el impacto del cristianismo en la abolición de la esclavitud, la responsabilidad de lo cristiano en la beneficencia, la tolerancia, la idea y práctica del poder y tantos otros.

Pero se podría pensar también que esto es ofensivo para aquellos que, careciendo de unos instrumentos, sean incapaces de entender que otros los tengan. No es convincente este modo de razonar ya que según esto podrían redactarse unas Historias de la Iglesia para no cristianos, como si fueran para menores de edad. Los datos y los signos son riqueza para todos, pues ahí están; pero se debe referir también su diversa índole.

La Historia de la Iglesia también y sobre todo en una sociedad pluralista, pensamos, hay que presentarla honradamente con sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus errores, sus certezas y sus dudas y siempre con la actitud de amor a la verdad con que se ha investigado. Parafraseando a Tertuliano podemos decir que la verdad de nada tiene que avergonzarse si no de ser mal conocida (cfr Enric Moliné, La Historia de la Iglesia presentada a una sociedad pluralista, Comunicación al XVI Simposio Internacional de Teología. Universidad de Navarra 1996)

La verdad de la Iglesia siempre esta ocurriendo

Lo que esté ocurriendo en cualquier época, puede y debe arrojar un dato que formará parte de la verdad de la Iglesia. Y ese dato es referencia de un signo salvífico, que se aceptará o no, pero que está ahí

Por ello la Ordinatio studiorum hace ver que el “Objetivo de la Historia de la Iglesia es ayudar a los alumnos a comprender cómo la salvación que Dios ofrece a los hombres a través de Cristo y de la Iglesia tiene una permanente dimensión histórica, ya que la Iglesia vive en el seno de la historia humana y entrelazándose con ella”.

En este contexto de la finalidad y sentido de la Historia de la Iglesia, es esperanzadora la perspectiva que el Santo Padre Juan Pablo II presenta en la Novo Millennio Ineunte, n. 3 “Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el nuevo milenio que se abre, viviendo el jubileo no sólo como memoria del pasado, sino como profecía del futuro” y la razón profunda que ofrece, una vez mas, es el “encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio” como reflejo del “movimiento mismo de la Encarnación”

Esto lo hace la historia considerando el trance del pasado al presente. Y sirve para el futuro. Los aconteceres arrojan verdad y enseñanza para que sean, en el futuro, más propiamente hechos de los hijos de la Iglesia. De ahí la adquisición, en la práctica eclesial con Juan Pablo II, de la “purificación de la memoria” que refleja una verdad capital del misterio de la Iglesia, pues -como dice- “para este examen de conciencia nos habíamos preparado mucho antes, conscientes de que la Iglesia, acogiendo en su seno a los pecadores ‘es santa y a la vez tiene necesidad de purificación’(Lumen gentium, 8)”.

Es muy interesante y sabia la recomendación que nos hace la Ordinatio studiorum: “a lo larga de las explicaciones, deberá aparecer cómo, atravesando muy variadas situaciones y épocas, la Iglesia se manifiesta dotada de una vida y de una misión, recibidas de Cristo, que explican su vitalidad, su desarrollo y su perennidad”.

Periodización histórica
Este es un asunto sencillo en apariencia, pero muy complicado en la realidad, pues supone cada separación en periodos, una concepción diversa de la Historia
Nosotros vamos a adoptar el siguiente esquema:

Antigüedad cristiana.

Edad Antigua

Durante este periodo el Cristianismo se extiende por todo el mundo grecorromano. Comprende hasta el año 732, fecha de la Batalla de Poitiers, en la que se detiene el avance del Islam hacia el occidente de Europa. Lo dividiremos a su vez en dos subperiodos:
§ Fundación y expansión: hasta el año 313 en el cual por el Edicto de Milán se llega a la libertad religiosa para el Cristianismo en el Imperio Romano
§ Asimilación de lo bárbaro, que entra en contacto con el Cristianismo: hasta el año 730

Medievo:

 

el Cristianismo, después de llegar e incorporar a los más remotos pueblos del norte y del este (germanos, normandos y eslavos) empapa todas las manifestaciones de la vida de la sociedad. Lógicamente, esto supone un culmen y equilibrio que durará poco tiempo y al que se llega por un tiempo de transición y del que se sale por un tiempo de decadencia:
§ Alta Edad Media, es el tiempo de transición que termina en el año 1073, cuando se inicia el pontificado de S. Gregorio VII, el papa de la reforma gregoriana basada en el reforzamiento de la autoridad temporal e independencia pontificia;
§ Plena Edad Media o Cristiandad, es el tiempo de plenitud y equilibrio difícil entre la Tiara papal y la espada del Emperador: alcanza hasta el año 1303, muerte del papa Bonifacio VIII
§ Baja Edad Media, tiempo de decadencia y de crisis: hasta el año 1417 en que es elegido en el Concilio de Constanza Martín V, con lo que termina el terrible cisma de Occidente.

Edad Nueva

Edad Moderna y Contemporanea
 

o edad de las reformas, que podemos estructurar según las siguientes etapas:
§ Renacimiento o espíritu de renovación y vuelta a lo antiguo renovado: hasta 1517 año de la rebelión de Lutero
§ Reformas protestantes y católica, hasta 1572 año de la muerte de S. Pio V, el papa del Catecismo de Trento, signo de la aplicación de este Concilio
§ Absolutismos, supone el auge de los Estados como protectores (cuius regio, eius religio) de la religión y las consiguientes guerras de religión, pues cada estado es lo absoluto; hasta la paz de Wesfalia, 1648, en que termina la Guerra de los Treinta años.

Edad Moderna

o edad de la sospecha hacia la Verdad. Después de todo lo que ha pasado hay que buscar otras bases o certezas. Aunque esto es arbitrario, por lo cercano, podemos poner un tope a esta Edad en el Concilio Vaticano II: 1965. Y de ella podemos sacar tres etapas:
§ La Ilustración, o periodo de las luces, hasta el año 1789 en que comienza la revolución francesa e inicia así
§ Las revoluciones o periodo convulso que durará todo el siglo XIX, pero podemos poner la fecha de 1870 como tope de este periodo, pues en el dia 20 de septiembre de tal año las trapas italianas forzaron la Porta Pía, lo cual es muy gráfico para señalar el tiempo que acaba de comenzar y que llamamos periodo de
§ Las ideologías o la Iglesia sitiada.

Edad Posmoderna (¿)
es nuestra época y no es necesario explicarla, sino vivirla y darse cuenta de que estamos ante dos signos aparentemente contrarios: una masiva paganización y una esperanzada semilla recristianizadora. Quizá, como en toda época, haya que comenzar de nuevo…. De Cristo.

Published in: on diciembre 14, 2007 at 7:01 pm  Comments (1)  
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