El Papa nos invita a pensar

El autor analiza la polémica surgida sobre el uso del preservativo tras las últimas opiniones de Benedicto XVI
Sostiene que los datos demuestran que el condón no ha servido para reducir la expansión del VIH en la última década 

Para el estilo de vida actual, posiciones como las que sostiene la Iglesia católica se han convertido en una tremenda provocación. Benedicto XVI lo sabe y así lo reconoce en Luz del mundo, el libro-entrevista que ha realizado con el periodista alemán Peter Seewald y que acaba de publicarse. «No hay que buscar expresamente el conflicto, claro está, -señala el Papa- sino, en el fondo, el consenso, la comprensión. Pero la Iglesia, el cristiano y, sobre todo, el Papa, deben contar con que el testimonio que tiene que dar se convierta en escándalo».

Pertenece a la esencia misma de la vida cristiana soportar hostilidad y ofrecer resistencia, aunque sea una resistencia pacífica y creativa que sirva para sacar a la luz lo positivo.

Veamos con detenimiento el ejemplo más reciente de una de esas provocaciones. «El problema del sida no puede solucionarse con la distribución de preservativos». Por esta afirmación, incompleta y sacada de contexto, crucificaron al Papa en 2009, cuando iniciaba un viaje a África. Los mismos que le azotaron ahora le bajan de la cruz y le indultan porque, supuestamente, ha cambiado la doctrina católica sobre el particular y ha rectificado, poniendo a la Iglesia al día, sabiendo leer los signos de los tiempos y bendiciendo el uso del condón. 

El Papa dijo entonces, y ha vuelto a decir en el mencionado libro, que el problema del sida no se soluciona repartiendo preservativos. Lo que en sí mismo admite escasa refutación, porque se cimienta sobre datos incontestables. Según el Informe de la ONU sobre el SIDA que acabamos de conocer, en este año 2010 ha habido 2,6 millones de nuevos casos para un total de 33,3 millones de personas infectadas con el VIH en todo el mundo. En una época marcada por la saturación informativa, donde, como afirma el Papa, «la realidad es que siempre que alguien lo requiere, se tienen preservativos a disposición», ¿cómo es posible que el número de enfermos siga aumentando?

Si los preservativos hubieran sido la solución al problema, la pandemia estaría prácticamente erradicada. Si, al menos, los preservativos hubieran sido, de entre todas, la solución más eficaz, cabría esperar que el número de contagios, lejos de aumentar, hubiera disminuido significativamente. Pero ni lo uno, ni lo otro. Luego el Papa tenía (y sigue teniendo) razón, por mucho que moleste a quien no está dispuesto a llegar al fondo de las cuestiones y a sentirse incómodo cuando le tocan el bolsillo o la ideología.

Pero es que, además, el Papa no dijo sólo eso. Entonces (y ahora) completó la frase y la colocó en su adecuado contexto para recordar que «deben darse muchas cosas más», que «es preciso estar cerca de los hombres, conducirlos, ayudarles, y eso tanto antes como después de contraer la enfermedad». Es decir, que el enfermo de sida es ante todo una persona, y como tal debe ser tratada. Así la acoge la Iglesia, con los brazos abiertos, sin preguntarle de dónde viene, a qué partido político pertenece, a Quién le reza, o si vive como si Dios no existiera. Conviene recordar que casi el 30% de los centros para el cuidado del VIH/sida en el mundo son católicos.

Con la verdad de los hechos como premisa, demos un paso más para profundizar en el centro de la polémica creada. Una vez que el Papa deja claro que la solución no está en la distribución de condones, aborda la llamada teoría ABC -Abstinencia, Fidelidad, Preservativos-. Benedicto XVI incide en que se trata de una propuesta del ámbito secular, es decir, que no se identifica con la doctrina católica y que admite el uso del preservativo en situaciones aisladas; siempre en tercer lugar, después de la abstinencia y la fidelidad; una propuesta que asume, por lo tanto, que los otros dos medios son mejores y más efectivos, y que recurre al condón cuando los dos primeros puntos han sido rechazados, en un ejemplo de lo que se conoce en Moral como teoría del mal menor, que, por cierto, ha dado estupendos resultados científicos en países como Uganda y Kenia donde, gracias a la aplicación de la estrategia, se han reducido los contagios.

Hay que insistir en que el Papa habla del ámbito secular. Desde el punto de vista de la doctrina católica la cuestión principal es previa. No se trata de si para alguien que se prostituye es pecado o no el uso del preservativo, sino de que un católico no debe prostituirse. Ahora bien, pensemos, desde ese punto de vista secular, en alguien infectado con el virus del sida que, por seguir con el ejemplo, ejerce la prostitución. Una vez que la situación ideal no se ha dado, y que nos encontramos con una conducta de riesgo, ¿es mejor intentar reducirlo mediante el uso del preservativo o no usarlo y exponer así a una mayor probabilidad de contagio a las personas con quien se tienen las relaciones sexuales? Jimmy Akin cita, en el Catholic National Reporter, una analogía muy clarificadora: «Si alguien iba a robar un banco y estaba decidido a usar un arma, sería mejor para esa persona utilizar un arma que no tenga balas. Se reduciría el riesgo de lesiones mortales. Pero no es la tarea de la Iglesia, de enseñar a posibles ladrones de banco de cómo robar a los bancos de forma más segura y menos aún es tarea de la Iglesia apoyar programas para ofrecer a posibles ladrones de banco armas de fuego que no puedan usar balas. No obstante, la intención de un ladrón de bancos para robar un banco de una manera que es más segura para los empleados y clientes del banco puede indicar un elemento de la responsabilidad moral que podría ser un paso hacia la comprensión final de la inmoralidad del robo del banco».

En este mismo sentido hay que interpretar las palabras del Papa cuando señala que la Iglesia no ve en los preservativos una solución real y moral al problema del sida, pero que «no obstante (en algunos casos) pueden ser, en la intención de reducir el peligro de contagio, un primer paso en el camino hacia una sexualidad vivida de forma diferente, hacia una sexualidad más humana».

Dicho esto, lo que el Papa nos recuerda, y he aquí el nudo gordiano que toca el corazón de la cultura hedonista, es que «la mera fijación en el preservativo significa una banalización de la sexualidad». Mientras que en las personas adictas al sexo, puede reducir el riesgo, en otras muchas induce a ese tipo de conductas, impidiéndose el logro de los comportamientos que eliminan la posibilidad de infección.

En esa misma LÍNEA provocadora de la que hablábamos al principio, no podemos concluir sin formular algunas preguntas que, una vez analizado el caso, parecen imprescindibles: ¿Por qué tiene tanto interés y relevancia en el año 2010 lo que sostiene un anciano de 83 años que, al decir de una cierta cultura dominante, está al frente de una institución decadente y retrógrada? ¿Por qué se alegran quienes no son católicos de que la Iglesia católica cambie, supuestamente, su doctrina? ¿Se trata de un ejercicio de filantropía porque están seguros de que variando su posición, y pasando a pensar como ellos, los católicos van a ser mejores y más felices? ¿Con qué fundamento, vistos los datos, se atreven a afirmar que la Iglesia católica es responsable moral de las muertes por sida en África al prohibir el uso del preservativo?

Suponemos que se utiliza aquí prohibir en uso figurado porque la Iglesia, aunque quisiera -que no lo desea-, no tiene ninguna capacidad de prohibir la distribución y el uso de los preservativos. En cualquier caso, ¿de qué muertes sería moralmente responsable?, ¿de las de los católicos africanos que no habrían sido capaces de abstenerse y/o ser fieles en sus relaciones y que, una vez en esa situación de clara desobediencia a la doctrina católica, paradójicamente habrían decidido obedecer en la cuestión del condón y por eso habrían mantenido relaciones sexuales sin preservativo?

¿Son los mismos católicos que, a decir una determinada opinión publicada, hacen caso omiso de la doctrina o eso sucede sólo en la Europa secularizada y, en otros lugares, como en África, resulta que sí siguen las indicaciones de la Iglesia y que por eso contraen la enfermedad? ¿Saben quienes lanzan esas difamaciones que la población católica en África no llega a un 13% y que su problema más acuciante consiste actualmente en sobrevivir ante la persecución religiosa que sufren?

Son preguntas necesarias para seguir pensando; porque, como le dijo el primer ministro británico, David Cameron, al Papa Benedicto XVI en la despedida de su reciente viaje al Reino Unido: Usted, Santidad, «nos ha retado al país entero a sentarnos a pensar, y eso sólo puede ser bueno».

Isidro Catela Marcos es director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española y profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Published in: on noviembre 26, 2010 at 3:36 pm  Dejar un comentario  

En Rumanía, para aprender de todos

Seis profesionales jóvenes llegaron a Rumanía para comenzar la labor apostólica del Opus Dei, procedentes de España, México, Francia, Austria y Chile.

25 de octubre de 2010

Sofía, Maripi y Nathalie frente a una típica iglesia rumana.Pero ¿por qué Rumania?, es la primera pregunta que nos hacen, cuenta la abogado chilena de Valdivia, Sofía Vio. Les impresiona muchísimo que no vengamos a hacer negocios sino a “hacernos una rumana más”, agrega. Creo que esto lleva a las rumanas a tenernos un gran cariño y a creer que ellas también pueden hacer algo por su patria y por los demás, porque son muchos los que sólo esperan una oportunidad para dejar el país.

A San Josemaría le hacía mucha ilusión el apostolado en los países de Europa del Este. ¿Qué sentiste cuando te propusieron ir a hacer el Opus Dei en Rumania?
Sobre todo sorpresa y una gran responsabilidad. En el Opus Dei he aprendido que hasta lo más pequeño en nuestra vida tiene una resonancia eterna, y que es precisamente allí donde nos espera el Señor. Utilizando palabras de San Josemaría, Dios nos espera “hasta en la mirada menos intensa”.

Yo soñaba con que el mensaje de Cristo llegara a más almas, y si, para que llegara a Rumania era necesario trasladarme allí, estaba dispuesta a hacerlo.

Al llegar a Bucarest, ¿con qué escenario se encontraron?
El pueblo rumano es muy acogedor. Es fácil entablar conversación con la gente en la calle, en el metro, o donde sea. Los rumanos hablan muchos idiomas, y si no encuentras una lengua en común, la buena voluntad lo suple todo.

En una ocasión tenía que llegar a un sitio que no conocía, me subí al metro y estando ya arriba me di cuenta de que no me servía; entonces le pregunté a una chica cómo llegar a tal lugar. Me explicó que tenía que hacer una combinación de metro, caminar… Intenté retenerlo todo. Para mi sorpresa, cuando bajé del vagón, me hablaron desde atrás: era la misma chica, que me dijo, “es que yo tengo una hermana que vive por allí, y pensé que te puedo acompañar y de paso ver a mi hermana”.

Disfrutando la naturaleza con las nuevas amigas.
Conseguir trabajo no ha sido tan difícil debido a la gran demanda de idiomas que existe, constata Sofía. Unas dan clases, otras trabajan en empresas. Su mayor anhelo es “hacerse rumanas”, como sugería San Josemaría a todos los que partían a otros países, pero están conscientes de que no es algo que se alcance de un día para otro.

Comenzando por el idioma, dice, que sin ser muy difícil tampoco es fácil; las costumbres, las maneras de actuar o hablar son diferentes, pero nuestras amigas nos han ido enseñando: por ejemplo, que nunca se compran o se regalan flores en número par. A menudo las invitamos a cocinar con nosotras, especialmente a Maia, que ha sido de gran ayuda para aprender a preparar la comida rumana.

Published in: on noviembre 2, 2010 at 5:38 pm  Dejar un comentario  

Fieles y renovados por dentro

El día 11 de junio, el Santo Padre clausurará el Año Sacerdotal, en un encuentro con sacerdotes de todo el mundo. En conversación con PALABRA, Mons. Javier Echevarría hace un balance de estos meses. Se refiere a los aspectos principales de la vida de los sacerdotes, centrando la atención en la acción de Cristo por medio de ellos. Sus respuestas abordan también otros temas, como el fomento de las vocaciones, la comunicación en la Iglesia, las Jornadas Mundiales de la Juventud, la santidad de Juan Pablo II y otros.
Está a punto de terminar el Año sacerdotal que el Santo Padre convocó en el aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars. Ya que la Iglesia lo propone a los sacerdotes como modelo, ¿qué aspectos destacaría en la vida de San Juan María Vianney?Su humildad, su piedad, su espíritu alegre en la penitencia, etc., etc. Y pienso que el aspecto más importante de la vida del Santo Cura de Ars es su completa dedicación al ministerio. Precisamente por esto, al final del Año sacerdotal, Benedicto XVI lo proclamará patrono de todos los sacerdotes (de los confesores lo era hace tiempo).

La figura de San Juan María Vianney es una fuerte llamada a que seamos sacerdotes, sólo sacerdotes: por el bien de las almas, hemos de estar dispuestos a dejar de lado todo lo que pudiera estorbar, aunque sea una pequeñez, el servicio pastoral. Con frase gráfica, un pastor santo de nuestra época –San Josemaría Escrivá de Balaguer– solía repetir que hemos de ser sacerdotes cien por cien.

El trabajo de los sacerdotes encuentra muchos puntos de apoyo: por ejemplo, la inclinación de muchos jóvenes a participar en actividades de voluntariado, o la disposición favorable de muchas personas. Pero, a veces, halla también motivos de desilusión, y resistencias: ignorancia religiosa, mentalidad secularista, incomprensiones, etc. A pesar de todo, ¿pueden los sacerdotes trabajar hoy con confianza?No sólo podemos, sino que debemos trabajar sacerdotalmente con optimismo y confianza. Basta tener presente que la eficacia del ministerio no proviene de nosotros –de nuestra preparación, de nuestras cualidades, etc., aunque todo esto hemos de cuidarlo para ser mejores instrumentos–, sino de la acción de Cristo en cada uno y por medio de cada uno. Al mismo tiempo, hemos de esforzarnos para hacer desaparecer esas resistencias, difundiendo la verdad con caridad.

La vida sacerdotal gira, en gran medida, en torno a la liturgia. Su momento cumbre es la celebración de la Eucaristía, sobre todo el domingo. ¿Podría hacer algunas recomendaciones concretas a los sacerdotes, para fomentar una celebración llena de fruto?
El sacrificio eucarístico constituye, en frase del Concilio Vaticano II, el “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (Presbyterorum Ordinis, 14). Para que esa aspiración se convierta en realidad, suele ser eficaz preparar la Misa ya desde la noche anterior a la celebración eucarística, con actos de amor a Jesús Sacramentado, con comuniones espirituales, con deseos de acompañarle en el tabernáculo; y prolongar luego la acción de gracias por el Santo Sacrificio durante la jornada. Así lo he visto en la vida del Fundador del Opus Dei, que era un sacerdote enamorado de Jesucristo. Es especialmente útil, para una celebración llena de fruto, meditar con frecuencia los textos y las rúbricas litúrgicas, para profundizar en su sentido. En cualquier caso, hemos de fomentar el hambre y la sed de prestar a Cristo nuestro ser en la actualización sacramental del Sacrificio del Calvario.

¿Qué hace eficaz la predicación? ¿Podría indicar alguna experiencia particular relativa al modo de prepararla?Hay muchos modos de preparar la predicación. Como explicó el Sínodo sobre la Eucaristía, la homilía tiene una finalidad catequética y exhortativa (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 46), y no debe confundirse con una conferencia, una clase, etc. Ha de ser fruto del trato personal del sacerdote con el Señor. Sin vida interior, sin piedad, poco valen las palabras persuasivas. San Agustín aconseja que el predicador, al hablar, haga cuanto esté de su parte para que se le escuche con gusto y docilidad. “Pero no dude” –añade– “de que si logra algo, y en la medida que lo logra, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que de peroración” (De doctrina christiana 4, 15, 32). Me parece un consejo plenamente actual.

En su intervención en el Sínodo de los obispos sobre la Eucaristía se refirió a las concelebraciones. ¿Cuál es su experiencia? ¿Se pueden preparar de modo que faciliten la participación piadosa de todos los concelebrantes, aunque sean muchos?En el Sínodo me hice portavoz de una experiencia común: en no pocos casos, las concelebraciones –sobre todo, si hay un gran número de concelebrantes– dificultan la piedad del sacerdote, tanto durante la celebración eucarística como en la necesaria preparación personal. En esas concelebraciones multitudinarias es fácil que se diluya el sentido de adoración propio del misterio eucarístico, también porque ofrecen muchas ocasiones de distracción.

Benedicto XVI hizo referencia a estas dificultades en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, y recordó que ese tipo de concelebraciones han de tener carácter excepcional, al tiempo que propiciaba el estudio de los modos adecuados para asegurar el decoro en la liturgia y salvaguardar la participación plena y real de los sacerdotes y de los fieles en la celebración (cfr. SC 61), con el necesario orden y distinción de funciones propias de cada uno.

Un tesoro del sacerdocio es la administración del perdón divino en el sacramento de la Penitencia. Usted ha dicho recientemente que no existe propiamente una crisis de la confesión, sino que, en todo caso, sería más acertado hablar de una crisis de confesores. ¿A qué se refería?

No es una frase mía, sino una afirmación que vienen haciendo los Romanos Pontífices desde Pablo VI a Benedicto XVI. También en este aspecto la experiencia lo confirma. Conozco innumerables casos en los que la administración del sacramento de la Reconciliación en su forma ordinaria ha recibido un gran impulso, por el simple hecho de disponer en las iglesias de confesores con horarios claros y en momentos favorables para los fieles. Recuerdo, por ejemplo, que durante el Año Santo del 2000, en Roma, pudimos contemplar un “redescubrimiento” de la Confesión entre todo tipo de personas, especialmente jóvenes, porque se cuidó con esmero este punto.

El ejemplo del Cura de Ars es elocuente. Un sacerdote con cura de almas no se queda tranquilo si no dedica todo el tiempo necesario a este ministerio, si no ama el confesonario y no espera en esa sede a las almas. Y los otros –pienso en los que trabajan en oficinas de curias, en la enseñanza, etc.– también pueden ayudar en esta labor pastoral tan importante, sacando algún tiempo para atender el sacramento de la Penitencia los días de fiesta, los fines de semana, etc.

La ignorancia en materia religiosa es patente en muchos lugares. ¿Qué importancia tiene la labor catequética y formativa? ¿Cómo conjugarla con las restantes ocupaciones del sacerdote?
Dar formación a los fieles es de importancia capital y, en los momentos actuales, absolutamente necesario. Anteriormente, en muchos lugares, la educación en el seno de la familia y en las escuelas garantizaba que los niños y muchachos conocieran las verdades básicas de nuestra fe, las oraciones fundamentales del cristiano, la diferencia entre lo bueno y lo malo. Ahora, en muchos países, ya no sucede así, y es preciso suplir ese vacío con un empeño mayor por parte de los sacerdotes, especialmente si tienen confiada la cura de almas en parroquias, capellanías, asociaciones, etc.

Si no nos empeñamos en formar a las jóvenes generaciones en la fe y en la moral de Cristo, todo lo demás que llevemos a cabo, siendo bueno, resultará insuficiente. La instrucción religiosa es una tarea que el sacerdote no puede delegar, aunque, naturalmente, puede y debe buscar colaboradores. ¡Qué gran labor han realizado y realizan las catequesis en tantos lugares!

El modo de conjugar esta mayor dedicación con las restantes actividades sacerdotales dependerá de cada caso concreto. Muchas veces bastará organizar bien las clases de preparación a la primera Comunión, a la Confirmación, al Matrimonio, yendo a lo que es verdaderamente esencial. También puede ser útil tener un programa para desarrollar en las homilías dominicales, con el objetivo de explicar los temas fundamentales de la fe, la moral y la liturgia, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica, como aconsejó la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía (cfr. SC 46).

La Escritura dice que el hermano ayudado por otro es como una “ciudad amurallada”. San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, solía utilizar esa expresión. ¿Podría hablar de fraternidad entre los sacerdotes, y de unión de cada uno con el obispo?
Debemos partir del hecho de que todos somos débiles. San Josemaría ilustraba el sentido de la fraternidad sacerdotal –y, más en general, de la fraternidad cristiana–con una imagen tomada de la vida corriente. Todos recordamos los castillos de naipes que quizá levantábamos en nuestra infancia. El Fundador del Opus Dei señalaba que los cristianos, apoyándonos unos a otros por la caridad, estamos en condiciones de levantar esos castillos. “Vuestra mutua flaqueza” –escribía– “es también apoyo que os sostiene derechos en el cumplimiento del deber si vivís vuestra fraternidad bendita: como mutuamente se sostienen, apoyándose, los naipes” (Camino, 462).

Así como el primer deber de los obispos se traduce en cuidar de sus sacerdotes, del mismo modo uno de los primeros deberes de los sacerdotes se concreta en ayudar a sus hermanos clérigos a ser fieles ministros del Señor. Para lograrlo, resulta necesario que recemos unos por otros, no dejar solo a ninguno en sus necesidades espirituales o materiales, visitar a los enfermos, ofrecerse con alegría para ayudar al que lleva una carga excesiva de trabajo, etc. En este sentido, la Iglesia recomienda las asociaciones sacerdotales aprobadas por la legítima Autoridad con la finalidad de ofrecer esa atención a los diáconos y presbíteros.

Por lo que se refiere a la unión de cada sacerdote con su Obispo, bastaría recordar que el presbiterado, por su misma naturaleza –como enseñó el Concilio Vaticano II– existe para colaborar con el episcopado en todo lo referente a la misión sacerdotal (LG 28, PO 4). Por otra parte, es muy importante la unión con el propio Obispo; una unión que no ha de ser sólo de subordinación jerárquica, no sólo efectiva, sino también afectiva, y que junto a la obediencia y disponibilidad ministerial, lleva a que cada sacerdote tenga a su Obispo muy presente en su oración y en su sacrificio.

¿Cómo hacer para despertar nuevas y abundantes vocaciones sacerdotales?
Lo primero, como siempre, es rezar al Dueño de la mies. Pero rezar de verdad, sin cansarse, todos los días, explicando a los demás fieles de la Iglesia que a todos compete el deber de promover vocaciones para el sacerdocio. Luego, al mismo tiempo, examinar qué acciones concretas se pueden emprender, para descubrir y fomentar la llamada de Dios entre los jóvenes. No sería bueno descargar esa responsabilidad exclusivamente sobre el encargado o los encargados de la pastoral vocacional en las Diócesis: todos hemos de sentirnos responsables de dejar al menos un sucesor, que ocupe nuestro puesto cuando seamos ancianos o el Señor nos llame a su presencia.

Bastantes sacerdotes saben por experiencia personal que es muy eficaz dedicar una atención especial a los monaguillos y a otros muchachos que colaboran en las parroquias, transmitiéndoles detalles de piedad eucarística, enseñándoles a rezar, a servir a los demás, etc. Lo mismo cabe decir de los profesores de religión, que pueden descubrir, entre los alumnos, aquellos que manifiestan las cualidades humanas convenientes para que el Señor siembre en ellos la vocación sacerdotal. Y un lugar privilegiado es el confesonario, para la dirección espiritual y para acompañar a quienes manifiesten que poseen condiciones para el sacerdocio.

Usted preside la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que está intrínsecamente unida a la Prelatura del Opus Dei. ¿Cómo trabaja esta asociación de sacerdotes?
Favoreciendo en todo momento la plena comunión de cada uno con el Obispo y con el presbiterio de la Diócesis. Los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz procuran vivir el espíritu del Opus Dei, y así buscar la propia santificación en el ejercicio de su ministerio y en el ámbito secular propio de su vocación. Para eso, se les ofrecen –como también a otros muchos sacerdotes que lo desean– los medios para que mejoren su formación doctrinal, ascética y espiritual, mediante reuniones periódicas, acompañamiento personal, cursos de formación permanente, etc.

Como Prelado del Opus Dei, le ha correspondido suceder –después de Mons. Álvaro del Portillo, cuya fama de santidad es notoria– a San Josemaría, al frente de la Obra. ¿Qué aspecto de su vida destacaría en este año?
Tanto San Josemaría como su primer sucesor, el Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, fueron sacerdotes cien por cien. Desde la situación personal en que Dios los había colocado, se entregaron al cumplimiento de la misión recibida y la llevaron a cabo con ejemplar fidelidad y con intensa caridad pastoral. En los dos destacaba un amor apasionado a la Eucaristía, manifestado en muchos detalles concretos, y un afán de almas que les empujaba a olvidarse constantemente de sí mismos para pensar sólo en el bien de los demás. No me detengo en referir detalles concretos, que superarían los límites de esta entrevista y pueden encontrarse en las biografías publicadas.

Parece que está próximo el momento de la beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. ¿Qué recuerdos conserva de la figura sacerdotal y de la personalidad del anterior Papa? ¿Podría referirnos algún suceso de sus encuentros con el Papa Wojtyla?
Fue un sacerdote santo y un servidor incansable de la Iglesia, preocupado exclusivamente por el bien de las almas. Todos esperamos con mucha ilusión el momento de su elevación a los altares, porque supondrá un gran bien para el mundo entero.

Conservo muy grabado en mi memoria un recuerdo en el que se pone de manifiesto la entrega la generosa de Juan Pablo II a su misión como sucesor de San Pedro. En una ocasión, acompañé a Mons. Álvaro del Portillo al Apartamento Pontificio. Era una hora avanzada de la tarde. Mientras esperábamos la llegada del Papa, oímos unos pasos que se acercaban por un pasillo, como arrastrando los pies. Era el Santo Padre; se le notaba muy fatigado. Don Álvaro, impulsado por su cariño filial, exclamó: “Santidad, ¡qué cansado está Usted!”. El Papa le miró y, con voz firme, le respondió: “Si a estas horas yo no estuviera cansado, sería señal de que no he cumplido con mi deber”.

Además, no puedo olvidar que Juan Pablo II fue el instrumento del que se sirvió el Señor para canonizar a San Josemaría, señalándolo como modelo a toda la Iglesia, y para otorgar al Opus Dei su configuración jurídica definitiva, en plena fidelidad al carisma fundacional, como prelatura personal, orgánicamente estructurada por el Prelado, el presbiterio y los fieles laicos. También por eso le estamos muy agradecidos.

Hace 25 años comenzaron las Jornadas Mundiales de la Juventud. Ya se acerca la de 2011, que será en Madrid. ¿Cómo valora estos encuentros, y qué innovaciones podrían incorporarse, para que sus frutos sean más abundantes?
Los frutos espirituales de estas jornadas están patentes ante los ojos de todos. No me corresponde a mí sugerir innovaciones. Lo que sí hago es rezar –ahora, por la Jornada Mundial que se celebrará en Madrid– y animar a los fieles y cooperadores de la Prelatura a rezar y a colaborar personalmente a la realización de este evento, en la medida en que cada uno pueda, para que sea un momento de gracia en la Iglesia, que –como afirmó Benedicto XVI al inicio de su Pontificado– es siempre joven y bella, y en los jóvenes se hace misionera del futuro.

Algunas tristes noticias recientes, hay quienes inciden de nuevo en cuestionar el celibato. Con todo, esta puede ser una buena ocasión para volver a exponer los motivos en que se basa el celibato sacerdotal, y los frutos que se esperan de él.
Existen estudios científicos serios –también algunos realizados por especialistas no católicos–, que demuestran que la disciplina sobre el celibato sacerdotal nada tiene que ver con esos lamentables casos que se han aireado recientemente. Más Aaún, cuando se vive como lo que es –un don divino–, por amor a Dios y a todos los hombres (aunque en ocasiones haya que luchar para conservarlo fielmente), el celibato sitúa al sacerdote en las antípodas de esos comportamientos aberrantes.

Sí, en el momento actual puede ser particularmente oportuno retornar y profundizar en los motivos –que no son de simple conveniencia práctica– que relacionan estrechamente el sacerdocio y el celibato, un doble y grandioso don de Dios.

Son numerosas las muestras de afecto que ha recibido el Santo Padre, en desagravio por los ataques que le han dirigido. Más allá del momento actual, ¿cómo pueden los sacerdotes vivir la unidad con el Papa, y fomentarla entre los fieles?
El mejor modo de apoyar al Santo Padre, en ésta como en otras circunstancias, se resume en rezar y hacer rezar por su Persona y sus intenciones; leer, meditar, difundir y poner en práctica sus enseñanzas; y encomendar al Señor también a sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, para que sea muy eficaz su servicio a la misión universal del Romano Pontífice.

Parece indudable que la ingente labor de la Iglesia no siempre es suficientemente conocida y comprendida. ¿Qué cabe hacer en ese terreno?
Además de rezar –perdone mi insistencia en este punto, pero la oración hecha con fe es fundamental–, sería oportuno que a nivel de Conferencia episcopal, e incluso de cada Diócesis, se cuidara la preparación de profesionales competentes en los medios de comunicación. No basta la “buena voluntad” para informar adecuadamente sobre la Iglesia; es preciso incorporar los modos y los tiempos de la comunicación institucional, de la gestión de crisis, etc., que resultan especialmente necesarios en el contexto de globalización característico de la sociedad actual. A este propósito, me da alegría comprobar que están teniendo gran aceptación los cursos de la Facultad de Comunicación Institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, dirigidos específicamente a las personas que se ocupan de la comunicación institucional en las oficinas de prensa de Diócesis, Conferencias episcopales y otras instituciones de la Iglesia.

Una vez que concluya el Año sacerdotal, ¿qué debe permanecer de esta celebración?
En los sacerdotes, una profunda renovación personal, caracterizada por concretas y diarias conversiones interiores, encaminadas a vivir con una fidelidad más acendrada el ministerio, un amor más grande y diario a la celebración de la Eucaristía y a la administración del Sacramento de la penitencia. Y en los demás fieles, la toma de conciencia –no con solas palabras, sino con hechos– de que todos somos Iglesia. El futuro depende también de ellos: de cómo cumplen sus deberes cristianos; de cómo rezan por el Papa, por los Obispos y por los sacerdotes; de cómo educan a sus hijos; de cómo ejercitan su alma sacerdotal también en el trabajo, en el descanso; de cómo piden al Señor que envíe a su Viña muchos y santos trabajadores.

Published in: on agosto 11, 2010 at 3:16 pm  Dejar un comentario  

Jutta Burggraf: “Quien quiera influir en el mundo actual tiene que amarlo”

Jutta Burggraf

¿Cómo transmitir el mensaje cristiano en una sociedad postmoderna, caracterizada por una pluralidad de visiones del mundo y una creciente ignorancia religiosa? Para Jutta Burggraf, profesora de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra, es preciso hacerse cargo de las necesidades y las esperanzas de los hombres y mujeres contemporáneos.

Como tantos otros pensadores actuales, Burggraf considera que estamos en una época de cambio. La expresión “sociedad postmoderna” indica el final de una etapa –la modernidad– y el comienzo de otra que todavía no conocemos.

En esta situación de cambio, de poco sirve moverse con la mentalidad propia de tiempos pasados. “Hoy en día, una persona percibe los diversos acontecimientos del mundo de otra forma que las generaciones anteriores, y también reacciona afectivamente de otra manera”, dice Burggraf.

Esto exige, a su juicio, descubrir un nuevo modo de hablar y de actuar que haga más hincapié en la autenticidad. Un cristiano se convierte en un testigo creíble cuando vive su fe con alegría y, al mismo tiempo, comparte con los demás las dificultades que encuentra en su camino.

Por otra parte, añade Burggraf, el cambio cultural al que asistimos no puede llevar a los cristianos a lamentarse o a encerrarse en un gueto. “Quien quiere influir en el presente, tiene que amar el mundo en que vive. No debe mirar al pasado con nostalgia y resignación, sino que ha de adoptar una actitud positiva ante el momento histórico concreto”.

Identidad y diálogo

– En un congreso celebrado hace poco en Roma se defendía la idea de que afirmar la propia identidad cristiana enriquece el diálogo, en la medida en que contribuye a esclarecer las diversas posiciones. Pero también cabe otra lectura menos optimista: si yo reafirmo demasiado mis convicciones, ¿no existe el riesgo de que me cierre a los demás o, por lo menos, de que les escuche con menos interés?

– Sí, este riesgo existe. Pero entonces no sería una auténtica identidad cristiana. Cuanto más cristianos somos, más nos abrimos a los demás. Esta es la dinámica del cristianismo: salir de uno mismo para entregarse al otro. La identidad cristiana nos lleva a dialogar con todos, estén o no de acuerdo con nuestra manera de pensar o nuestro estilo de vida. En ese diálogo, el cristiano puede enriquecerse con la parte de verdad que viene del otro, y aprender a integrarla armónicamente en su visión del mundo.

Ahora bien: esta actitud de apertura a los demás exige tener muy clara la propia identidad cristiana. Porque si no, puedo quedar expuesta a las modas y terminar buscando no lo verdadero sino lo apetecible; lo que me gusta y me va bien. Por otra parte, sin esa sólida identidad cristiana haríamos un flaco favor a los demás: nos quedaríamos sin respuestas para sus interrogantes, y no podríamos darles algo de la luz del cristianismo.

El lenguaje no verbal importa

– ¿Qué características debería tener el diálogo entre dos personas con distintas visiones del mundo, para no caer en la indiferencia olímpica?

– Me parece fundamental escuchar al otro con una actitud abierta y, al mismo tiempo, con mucha actividad interior. Escuchar a los demás no es tan sencillo: requiere ponerse en el lugar del otro e intentar ver el mundo con sus ojos. Si ambos actúan así, nunca habrá un vencedor y un vencido, sino dos (con)vencidos por la verdad.
Lógicamente, esto sólo es posible en un clima de amistad y de benevolencia. Cada uno ha de ver lo bueno que hay en el otro, como aconseja el refrán popular: “Si quieres que los otros sean buenos, trátales como si ya lo fueran”. Donde reina el amor, no hace falta cerrarse por miedo a ser herido. Por eso es tan importante mostrar simpatía y cariño al hablar con los demás.

Existe un lenguaje no verbal, que sustituye o acompaña nuestras palabras. Es el clima que creamos a nuestro alrededor, ordinariamente a través de cosas muy pequeñas como, por ejemplo, una sonrisa cordial o una mirada de aprecio.

Pero el cariño ha de ser real. No basta con sonreír y tener una apariencia agradable. Si queremos tocar el corazón de los otros, tenemos que cambiar primero nuestro propio corazón. Uno percibe cuando no es querido, por mucho que le sonrían.

El ambiente actual

– Los sociólogos Alain Touraine y Zygmunt Bauman, recientemente galardonados con el premio Príncipe de Asturias, llevan tiempo hablando sobre el fin de la modernidad. ¿Qué es lo que ha cambiado en el modo de pensar y de sentir del hombre de hoy?

– La modernidad daba por hecho que la vida es un progreso continuo. Hoy, tras el eclipse de los grandes relatos políticos y sociales del siglo XX, somos más escépticos. Caminamos sin rumbo fijo. A esta falta de orientación se añade muchas veces la soledad. Por eso no es extraño que se quiera alcanzar la felicidad en el placer inmediato, o quizá en el aplauso. Si alguien no es amado, por lo menos quiere ser alabado.

A la vez, podemos descubrir una verdadera “sed de interioridad”, tanto en la literatura como en el arte, la música o el cine. Cada vez más personas buscan una experiencia de silencio y de contemplación.

Otro aspecto característico de la modernidad era la confianza excesiva en la razón. Hoy, en cambio, sabemos que el racionalismo cerrado nos lleva a planteamientos erróneos. El problema es que ahora nos hemos pasado al extremo contrario: la sobrestima de la afectividad, el sentimentalismo. El reto actual es llegar a una visión más armónica del hombre, que integre la razón, la voluntad y los sentimientos.

Ir a lo esencial

– ¿Cómo hablar de Dios a la gente en este contexto menos racionalista y más emotivo que usted ha descrito?

– Creo que la transmisión de la fe en la sociedad actual es posible si los cristianos vivimos como testigos antes que como maestros, o bien como maestros-testigos. Esto requiere utilizar un lenguaje personal, más persuasivo. Se trata de interiorizar esa gran verdad que nos está repitiendo constantemente Benedicto XVI: “Dios es amor”.

Quizá en otras épocas, esta idea pudo sonarnos demasiado romántica. Pero hoy hemos de redescubrirla y entender qué significa, porque todo el mensaje cristiano tiene que ver con el amor. El Papa nos está enseñando a centrarnos en lo esencial: descubrir la belleza y la profundidad de la fe.

No podemos quedarnos atrapados en las controversias que continuamente plantea la opinión pública. Claro que las cuestiones morales son importantes, pero si no se entiende bien el fundamento –Dios es amor– tampoco se comprenderá la respuesta de la Iglesia a ciertos problemas morales.

Antes de enredarnos en cuestiones controvertidas, debemos mostrar a la gente el atractivo de las verdades cristianas (la revelación de Dios, la salvación, la libertad de la fe…) y, sólo después, podremos plantearles un cambio de comportamiento.

Una fe más acogedora

– En sociedades pluralistas como la nuestra, ya no se acepta que alguien pueda estar en posesión de la verdad. ¿Significa esto que la firmeza de convicciones conduce necesariamente a la arrogancia extrema?

– La firmeza de convicciones no está reñida con la humildad ni con la apertura de mente, necesarias para un auténtico diálogo con los demás. Aunque podemos afirmar que la Iglesia católica tiene la plenitud de la verdad, yo –como creyente– personalmente no la tengo. O, mejor dicho, la tengo de forma implícita cuando hago un acto de fe y participo de la plenitud de la Iglesia.
Pero, como en mi vida cotidiana no he llegado a esa plenitud, los demás siempre pueden enseñarme algo. Puedo aprender de todos –creyentes o no–, sin perder mi propia identidad. Además, conocer los puntos de vista ajenos puede servirme para revisar algunas ideas propias que quizá se han vuelto demasiado rígidas.

Hay personas que tienen una fuerte identidad cristiana y, sin embargo, no convencen a nadie. Cuando alguien se muestra demasiado seguro, en general suele despertar rechazo. Ya no se acepta que alguien hable “desde arriba” al común de los mortales, como si él fuera el único portador de la verdad.

Lo que atrae más en nuestros días no es la seguridad, sino la sinceridad: explicar a los demás las razones que nos llevan a creer y, al mismo tiempo, hablarles también de nuestras dudas e incertidumbres. Se trata de ponerse al lado del otro y buscar la verdad junto con él. Ciertamente, yo puedo darle mucho si tengo fe; pero los otros también pueden enseñarme mucho.

¿Cómo puede alguien comprender y consolar a los demás si nunca ha sido destrozado por la tristeza? Hay personas que, después de sufrir mucho, se han vuelto comprensivas, cordiales y sensibles al dolor ajeno. En una palabra, han aprendido a amar. De esta forma, la fe se hace más acogedora.

(tomado de http://www.primeroscristianos.com/)

Published in: on junio 19, 2010 at 11:14 am  Dejar un comentario  

Retratos ante la cámara

Cristo habla con mujeres de hoy

Published in: on febrero 14, 2010 at 6:11 pm  Dejar un comentario  

Las historias y sus interrogantes

Hablé el otro día con Francisco Santamaría, un amigo filósofo que trata con tino –por lo menos a mi me gusta- la cosa social y política y como le había leído y oído algunos de sus pareceres pensé que podía brindarle mi blog para hacerle una entrevista sobre una cuestión de la que habíamos comentado un buen rato y así exponer su punto de vista.
Así se lo manifesté y me preguntó que cual era el tenor del blog. Le dije que de historia e historias, familia y familias, etc. Y Francisco con una sorna que le hace muy sugestivo me dijo “pues una entrevista no se cómo casa con unas historias”  

Llegamos a la conclusión que casar ya casan pues no hay cosa más elástica que las historias y en ellas caben perfectamente las entrevistas, ya que todo en la historia se ha hecho a base de entrevistas. Eso sí, dentro del plantel de Historias pondríamos, inaugurándolo en su honor, un subportal de “entrevistas”

Bueno, pues quedamos en ello. Francisco Santamaría Egurrola es Doctor en Filosofía y Profesor de Secundaria. Con un campo de intérés específico en Filosofía Política y Social. Es colaborador de Opinión del Diario “El Comercio” de Gijón y de algunos medios digitales. Asi como Directivo del Ateneo Jovellanos de Gijón.

·        Hoy, como en toda época histórica, la vida tiene unos interrogantes y también como en todo lugar hemos de dar respuestas a los problemas que tiene la humanidad. Para ello ¿tenemos que llegar a la cabeza o al corazón?

Efectivamente, una característica fundamental de la realidad es que las preguntas que nos plantea no tienen fácil solución. Sin embargo, es característico del hombre su empeño por buscar respuestas. Nunca los seres humanos nos damos por satisfechos con lo que ya sabemos; somos conscientes de que es más lo qué no sabemos que lo qué sabemos. Aunque vivimos en un mundo que a veces se autoproclama escéptico y agnóstico -incapaz de dar respuestas- el hecho es que seguimos buscando esas respuestas. Y evidentemente nos interpelan más las cuestiones que se refieren a nuestra felicidad que aquellas que sólo nos describen los mecanismos de la realidad física. El hecho es que no podemos dejar de buscar soluciones a cuestiones prácticas y, especialmente, a cuestiones que tienen que ver con el hecho de que vivimos en sociedad y tenemos que organizarnos para que nuestra vida en común sea más feliz. y para que lo sea de acuerdo con criterios de justicia. Por eso, a la mayoría de las personas nos gustaría saber cómo resolver el problema de la pobreza en el mundo, cómo compaginar desarrollo y respeto al medio ambiente, riqueza y justicia; cómo organizar la sociedad para que no discrimine a la mujer, para que las exigencias laborales no priven a los niños del cariño de sus padres; también nos interpela la pregunta de hasta dónde llega mi libertad y cómo es compatible con la de los demás, y un larguísimo etcétera. Evidentemte, estas cuestiones tienen que ser resueltas mediante un razonamiento profundo, pero sus respuestas han de llegar al corazón de las personas, pues nos movemos no sólo por las ideas, sino también por los sentimientos. Los argumentos, al menos en algunas de sus versiones, han de ser suceptibles de convencer intelectual y emotivamente.

·        ¿Según tu parecer las respuestas  a esas cuestiones están cerradas, o tienen mas bien muchas posibilidades?

Los principios fundamentales, al menos para un cristiano que conoce un poco los argumentos de su fe, son bastante claros. Pero son eso: “principios” (que no es poco), pero no respuestas acabadas. Por eso, el pensador cristiano y cualquier cristiano cuando se pone a pensar, debe ser humilde, huir de los prejuicios, ser muy abierto de mente, no dogmático (los dogmas de la fe son muy pocos). Esta actitud no sólo nos dispone a dar más fácilmente con la solución de los problemas, porque nos permite escuchar puntos de vista diferentes a los personales o a los que estamos acostumbrados, sino que nos facilita la relación con personas que no comparten nuestra fe, que, llevadas por su buena voluntad, seguramente hayan dado respuestas muy interesantes a cuestiones que nos inquietan. Cualquier persona debe estar prevenida contra los prejuicios, y un cristiano, lógicamente,  también; aunque parezca una perogrullada, no está de más decir que los cristianos debemos evitar el peligro de confundir nuestra fe con los propios prejuicios (de la porpia cultura, historia, origen, formación académica, etc).

·        ¿Que importancia das a la hora de estudiar posibles soluciones, a moverse dentro de las leyes que tutelan los planteamientos en las diversas profesiones o, en el caso concreto, de aquellas que rigen los fenómenos de comunicación social.    ¿Piensas que se ha de hacer un mayor esfuerzo en comunicar bien? ¿Qué importancia le dás?

Entiendo que estas preguntas parten de un doble presupuesto. El primero es que el mensaje cristiano tiene algo que decir acerca de las cuestiones que preocupan a lo hombres y a las mujeres de hoy; el otro presupuesto es que los cristianos tenemos que buscar las estrategias para comunicar las riquezas de la Fe. Si es así, lo primero que tengo que decir es que lo que respondía en la anterior pregunta (actitud humilde y abierta, procurar salirse de los propios prejuicios) es compatible con el convencimiento de que nuestra Fe proyecta una luz especial para responder a las cuestiones que nos inquietan. El cristiano debe buscar en su fe la referencia última para dar respuesta a las cuestiones que hoy se plantean (a las ya mencionadas, cabe añadir otras como por ejemplo la clonación, la ética científica, la cuestión de la eutanasia, la naturaleza de la familia, etc). Por así decir, la fe nos ayuda a saber “por dónde van los tiros” o, a veces, simplemente por dónde no van. El cristianismo aporta una luz especial para hacerse cargo de las exigencias de la dignidad humana. Ahora bien, en la medida en que la fe se tiene que abrir paso en una sociedad marcada por la altísima incidencia de los medios de comunicación, las propuestas de la fe habrán de mostrarse amoldándose a las exigencias, a las “leyes” de los medios. En alguna medida, la fe tendrá qie insertarse en una cultura de masas (mass media). Ahora bien, habrá de hacerlo sin traicionar su esencia y sabiendo que la fe apela a la profundidad del corazón humano, y no tanto a su condición de individuo mero elemento de la masa. Pero para eso están los profesionales de los mass media. La Iglesia, pienso yo, necesita profesionales de los media con gran sentido cristiano. Por otra parte, los media cada vez son más interactivos y participativos; pueden ser un cauce en el que aportar las propias respuestas. En cualquier caso, creo que en la comunicación tan importante como el fondo es la forma. Cómo digas algo, te da o  te quita la razón ante los demás. En general, pienso que hay que huir de mensajes catastrofistas, apocalípticos o de confrontación. Si alguien tiene que mostrarse optimista, esperanzado, educado y conciliador es un cristiano. Esto no está reñido con la firmeza ni con la defensa tenaz de las propias convicciones. Pero, insisto, la transmisión de la fe no es una cuestión de marketing y lo que más ayuda a trasmitir la fe es la coherencia y ejemplaridad propia. Hablando coloquialmente, “ahí nos duele” 

Hasta aquí la entrevista que pienso tiene suficiente peso específico para ayudarnos a pensar un mucho en la comunicación de nuestras convicciones y sentires de la vida de relación con nuestros semejantes.

Published in: on marzo 8, 2007 at 7:42 pm  Dejar un comentario