En tiempo de prodigios


Marta Rivera de la Cruz

“En tiempo de prodigios” es la novela finalista del Premio Planeta.
Me parece que es una novela relatada como por envíos, primero suceden los viajes a Oxford y Londres dónde conoce a su íntima amiga, luego el año del cáncer de su madre, después el desastre amoroso con el novio de siempre y muy al final la historia de Silvio
Cecilia tiene 35 años. Su mejor amiga, le pide que cuide de vez en cuando a su abuelo Silvio mientras su familia está ausente. Cecilia comienza a visitar al anciano con regularidad y pronto (de hecho, con una rapidez inverosímil) se convierte en confidente de un secreto que Silvio nunca había revelado.
A partir de este momento se alterna el relato del presente de Cecilia con la historia de Silvio, desde su infancia en Ribanova (pueblo en el que la autora desarrolla otra de sus novelas, “Hotel Almirante”) hasta los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Intercalado entre estos párrafos introspectivos, el relato de Silvio sigue el ritmo de una historia de aventuras.
La verdad es que todo está contado con cariño, atención y mucha bondad: sobre todo lo referente a la enfermedad de su madre por la que demuestra un amor inmenso y unos detalles muy cercanos.
Pero la historia del espía Silvio es floja y se va haciendo poco a poco según aparecen las fotos que Silvio le presenta a Cecilia y los personajes son bastantes previsibles. El estilo, académico y correcto antes que brillante, despoja de vida al relato de Silvio, donde la intriga avanza lentamente y por caminos ya transitados. Además, la autora hace un esfuerzo por sacar de la crisis a la protagonista y trazar un círculo en el que se vislumbre cierta esperanza para su futuro. Pero el intento, precipitado al plantearse ya en el último tercio, resulta forzado e inverosímil.
Lo mejor que se puede decir de la novela es que está llena de buenas intenciones. Un ejemplo es el duelo de la protagonista por la muerte de su madre, su descripción del amor filial y su reconciliación final con el dolor y la pérdida. Se acepta de muy buen grado la educación esmerada que ha recibido en su casa de Ribanova. Pero la historia deja un regusto de tristeza notable y su mayor problema es que todas estas intenciones no cristalizan en un texto con vida propia

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Published in: on agosto 22, 2010 at 5:28 pm  Dejar un comentario  

La mujer y el hombre: el amor es cosa de dos

El sueño de los héroes
Adolfo Bioy Casares

Como toda buena novela, El sueño de los héroes es, a su manera, muchas novelas. A simple vista, trata del carácter misterioso del destino que llega a cumplirse aunque los seres humanos hagan lo imposible para que no se llegue al terrible término acordado. También se puede leer de muchas otras formas, pero a mí me gusta pensar que es, sobre todo, una bella y sencilla historia de amor entre un hombre y una mujer, Emilio y Clara. Desde el Werther de Goethe han circulado infinitos relatos torrenciales sobre esta pasión que nos une y nos divide. Sin embargo, la mayoría de las veces, tengo la impresión de que los lectores, más que comprender a los dos amantes, nos hemos quedado conociendo a uno solo (normalmente, un varón, por cierto). Pero, de entrada, el amor es cosa de dos. Gracias a él, tendemos a mejorar y de pronto empezamos a ver al otro y al mundo que nos rodea con ojos distintos. Es lo que le sucede al propio Emilio Gauna, quien se vuelve observador gracias a su amor por Clara.

El sueño de los héroes muestra el camino de un enamoramiento y su plenitud, a la vez que nos permite entender por qué un hombre es tan distinto de una mujer. Es una lección simple, pero para nada superficial. Aparentemente él lleva las riendas de la relación, mientras que ella adopta un papel sumiso. En realidad, Emilio es mucho más ingenuo y tarda mucho más en percibir los matices de la vida. Sus intereses se vuelcan hacia el exterior, mientras que Clara trata de construir un hogar en común, un proyecto acaso menos excitante que las inquietudes que Emilio tiene en la cabeza, pero que les permitiría a los dos llevar en adelante una existencia dichosa y sosegada.

Hoy día muchos se plantean las diferencias biológicas entre hombre y mujer como un problema exclusivamente cultural. Para el feminismo radical los sexos son intercambiables y se definen como géneros. Adolfo Bioy Casares, que sabía bastante de los hombres y mucho más de las mujeres, escribió esta novela, acaso su mejor obra, donde se limitó a contar una historia de seres humanos corrientes, sin las pasiones sobrehumanas propias del folletín o del amor en tiempos coléricos, pero iluminada por la escritura elegante, el sentido común y la magia de un final que, al decir de Enrique Vila-Matas, es uno de los mejores de la historia de la literatura.

Texto Javier de Navascués [Filg 87, PhD91]. Ilustración Luis Grañena

Published in: on agosto 22, 2010 at 4:58 pm  Dejar un comentario  

La Providencia: tirando del hilo

Retorno a Brideshead
Evelyn Waugh

Era costumbre que en las noches de “gran tensión familiar” lady Marchmain leyera algún pasaje en voz alta después de la cena. Aquel día, su hijo Sebastian ni siquiera había bajado al comedor. Se revolvía en su habitación, solo y borracho, presto a librar un incierto combate contra mundum. La tensión era opresiva y lady Marchmain eligió un fragmento de La sabiduría del padre Brown. El protagonista es un cura católico metido a detective que logra atrapar al ladrón “con un anzuelo y una caña invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo”. Escuchaban el relato los otros tres hijos de lady Marchmain, y Charles Ryder, amigo de Sebastian, compañero de sus francachelas universitarias y cómplice más o menos reciente de sus inquietudes. Es decir, compartían las pesquisas del padre Brown los principales personajes de Retorno a Brideshead, la novela que escribió Evelyn Waugh con el propósito declarado de mostrar “la influencia de la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados”. La sobremesa literaria cierra la primera parte del libro y abre la puerta a la decadencia sólo aparente de sus protagonistas: lady Marchmain muere poco después, Sebastian acaba alcoholizado en Marruecos, su hermana Julia se casa y se divorcia antes de prometerse a Charles Ryder —que ha adquirido cierta fama como pintor, y que también se separa de su esposa—, y Cordelia, la hermana menor, desiste de hacerse monja y se enrola de enfermera en la guerra civil española. Mientras todos ellos avanzan a trompicones por la vida, se va apagando el esplendor de la mansión familiar y Europa se asoma al abismo de la II Guerra Mundial. Se podría decir que la novela es el retrato sutil y minucioso de una época, y que dibuja con maestría todos los matices de la psicología humana, y que esconde algunos pasajes de la tortuosa biografía del autor, y que describe “la desilusión sin causa” o “una especie de fatal insatisfacción y hartazgo previo de vivir” —en palabras de Manuel Hidalgo, uno de sus prologuistas—, y todos esos resúmenes serían ciertos, pero Retorno a Brideshead es mucho más: hay que llegar hasta las páginas finales, y asistir a la agonía de lord Marchmain, y compartir el propósito insospechado de Julia —“no puedo estar fuera del alcance de su misericordia”—, y oírle explicar a Cordelia cómo serán los últimos años de Sebastian, y acompañar al oficial Charles Ryder en su inesperado regreso a Brideshead, para intuir que detrás del escaparate de los acontecimientos, más allá de las fiestas refinadas, los viajes a Venecia, la estética, los cigarros turcos, los vinos añejos, los amores y los desamores, hay un pescador que ha ido soltando hilo con paciencia, y que se prepara ya para dar el tirón definitivo.

Texto Javier Marrodán [Com 89, PhD 00]. Ilustración Pedro Marrodán

Published in: on agosto 22, 2010 at 4:26 pm  Dejar un comentario  

La maternidad: secretos y misterios de una madre


El nacimiento
Alexéi Varlámov

Nace un niño. Un niño cualquiera, sin nombre. Uno de tantos en la nueva Rusia que no sabe lo que tiene que hacer ni cómo alegrarse por los recién llegados. Nace un niño y los grandes momentos de la Humanidad empequeñecen, porque nada es más necesario ni determinante. La vida empieza, y de golpe llega todo lo demás.

Alexéi Varlámov (Moscú, 1963) muestra en esta novela corta la complejidad de sentimientos que una mujer y un hombre descubren ante el nacimiento de un hijo al que ya no esperaban. Ese niño, prematuro y enfermo, ilumina miedos, rencores, ilusiones y necesidades ensombrecidas por un matrimonio sin amor, que deberá reencontrase a los pies de una cama de hospital mientras trata de asumir todo lo que esa criatura ha sacado a la luz. Varlámov, autor de varias novelas cortas y biografías aún no traducidas en España, se ha atrevido a desvelar algo que, por tan pequeño y tan grande, es difícil de ver en la literatura.

En esta novela destaca sobre todo la profundidad del punto de vista de la mujer, que no se queda en la alegría y ternura superficiales y simplificadoras, sino que muestra esos secretos o misterios que, como decía María Zambrano, no pueden decirse con la voz “por ser demasiado verdad”: la aprensión ante un cuerpecillo arrugado, el terror de no saber cómo quererlo o la fe instintiva de quien se sabe acompañado en el mayor sufrimiento. También muy pocas veces se ha ahondado tanto en los sentimientos contradictorios de un hombre ante su primer hijo recién nacido (sólo Levin compartiría con él el desconcierto de un estornudo), ni se ha explicado de manera tan sutil la necesidad del padre de compartir sus silencios en el bosque o el asombro ante el amor absoluto. Varlámov encuadra esta historia imprescindible en un hogar desnudo y en los hospitales moscovitas de hace apenas una década, y ese ambiente desolador y victimista subraya aún más el milagro que el hombre ha disfrutado siempre sin caer en la cuenta de que era un milagro: vivir.

Texto Beatriz Gómez Baceiredo [Com 99, PhD 06]. Ilustración Carlos Cebrián [Com 91]

Published in: on agosto 22, 2010 at 4:20 pm  Dejar un comentario  

El fuego de la bondad sigue encendido

La carretera
Cormack Mc Carthy

En 1922 T. S. Eliot publicaba “La tierra baldía”, un poema que reflejaba con imágenes inolvidables el horror de lo vivido en la I Guerra Mundial. En su magnífica novela La carretera, con la que ganó el premio Pulitzer de 2007, Cormack McCarthy (Rhode Island, 1933) presenta también una tierra baldía, un futuro mundo gris y desahuciado que agoniza tras una catástrofe nuclear. Apenas se dan detalles de la explosión que redujo el mundo a un campo inmenso de frío y cenizas. El paisaje que recorren los dos protagonistas de La carretera, un padre y un hijo sin nombre propio, es monótonamente gris; nada queda ya que recuerde la originaria belleza del mundo, no hay colores en el campo, el mar o el cielo; ni sonidos fuera de incendios esporádicos que llenan con su crepitar el frío de la noche.

Los protagonistas viajan por una carretera rumbo al sur con la esperanza de sobrevivir al frío. El viaje es penoso, van siempre al límite de las fuerzas, tirando de un carrito de supermercado donde llevan unas cuantas latas de comida y algunas herramientas elementales que les ayudan a subsistir. No son los únicos supervivientes. Durante el viaje padre e hijo encuentran a su paso un paisaje humano aún más desolador que el que ofrece la naturaleza. En contraste con el padre que procura proteger a su hijo y transmitirle como legado la dignidad de la humanidad perdida, aparecen a lo largo del camino grupos de hombres convertidos en caníbales, en los que se condensa toda la crueldad y la degradación humana.

McCarthy se inspiró en su propia experiencia de la paternidad para escribir La carretera; una noche, en un hotel de El Paso, mientras su hijo dormía, asomado a la ventana imaginó lo que sería de aquel lugar dentro de unos siglos, imaginó las montañas con los restos de un incendio, imaginó la responsabilidad que tendría frente a su hijo de ocho años y lo que querría para él. Ese fuego que McCarthy veía en las montañas lo observaba con más fuerza y claridad en la inocencia del chico que protagoniza su novela.

El fuego interior de la humanidad que lucha por no rendirse a la maldad, aun cuando todo a su alrededor parece excusarle de la responsabilidad de ser un hombre cabal, un hombre bueno. Es precisamente la esperanza de mantener encendida esa llama interior de la bondad humana lo que tira del argumento entero de la novela, del padre y del hijo. A la vez que el padre vela constantemente por proteger a su hijo, el chico es un relicario sagrado para el padre. Una presencia que le recuerda, sobre todo cuando la necesidad de sobrevivir le empuja a claudicar de sus convicciones morales, que, en medio de la devastación, siempre queda el resplandor de la dignidad, el calor que irradia el respeto por el hombre. Mientras las cenizas no lleguen al corazón humano, el mundo tiene futuro. Es más: esa lucha por mantener vivo el fuego de la bondad a la que está llamado el hombre es lo único que puede hacer que en esa tierra baldía germine un brote nuevo, como una promesa de salvación. Como una nueva alianza entre Dios y el hombre tras el diluvio.

Texto Corina Dávalos [Com+Fia 05]. Ilustración Diego Fermín

Published in: on agosto 22, 2010 at 4:14 pm  Dejar un comentario  

El viaje interior: el penútimo apocalipsis

El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad

El marinero Marlow es el tipo de narrador al que Joseph Conrad (1857-1924) recurre en varias de sus obras. Su presencia como contador de historias produce un maravilloso efecto. Hace que El corazón de las tinieblas –convertida en la novela más famosa de Conrad– sea un verdadero relato, una ensoñación con tiempo propio. Crea en el lector una sensación de ser capturado por lo increíble: esa mezcla de absurdo, sorpresa y aturdimiento que constituye la atmósfera de los sueños.

El transcurrir de la narración sigue el curso del río Congo. Navegar aguas arriba nos lleva hasta el foco de las sombras, donde se encuentra una inesperada luz. El viaje fluvial hacia el corazón de la oscuridad es una purificación poética por el roce con la crueldad inhumana –cuyo responsable último es Leopoldo II, rey de los belgas– y con la hostilidad de una naturaleza impenetrable.

En el más remoto lugar navegable se halla el punto en el que la experiencia interior se hace reveladora. Es lo que persigue todo escritor y todo lector: encontrar la realidad detrás de una farsa. En esa habitada devastación está Kurtz, cuyo rescate es el objetivo del viaje. Pero con lo que allí se tropieza Marlow es con un hombre que se ha convertido en nada a fuerza de exaltarse locamente a sí mismo. El centro de las tinieblas, el horror mismo del vacío, es el propio Kurtz, agente de una compañía de marfil que se ha transmutado en un semidiós para los nativos. Se ha convertido en un fantasma surgido de detrás de la nada.

Marlow, que es un hombre leal, lucha por el alma de Kurtz. Sólo se encuentra con el vacío. Pero esa oquedad le revela a él su humanidad esencial. La soledad conduce a Kurtz hasta el espanto. A Marlow le libera de sí mismo y de su propia vaciedad. Antes de morir, Kurtz sólo consigue exclamar lo único que lleva dentro: “¡El horror! ¡El horror!”. Marlow puede darse cuenta, al regresar, de que se ha encontrado a sí mismo. Y el lector experimenta el prodigio de repetir, él también, ese viaje interior.

Texto Alejandro Llano. Ilustración Carlos Iraburu [Arq 91]

Published in: on agosto 22, 2010 at 4:08 pm  Dejar un comentario  

El periodismo: Las fronteras de la ficción


A sangre fría
Truman Capote

El 16 de noviembre de 1959, Truman Streckfurs Persons –Truman Capote para la Historia– leyó en la página 39 de The New York Times las 335 palabras de una breve noticia coronada por el siguiente titular: “Asesinados un granjero adinerado y tres miembros de su familia”. Siete años más tarde, el escritor publicaba A sangre fría: un relato real de un asesinato múltiple y sus consecuencias, del que en menos de un año se habían vendido más de trescientos mil ejemplares.

Capote, colaborador de la revista The New Yorker, llega a Holcomb, un pequeño pueblo de Kansas, para investigar los hechos reseñados: el asesinato de Herbert y Bonnie Clutter y sus dos hijos, Nancy y Kenyon, a manos de una pareja de ex convictos, Richard “Dick” Hickock y Perry Smith. Acompañado por la también escritora Harper Lee, Capote entrevista a amigos, vecinos, familiares y policías para después reconstruir dos relatos paralelos –el lienzo costumbrista protagonizado por los Clutter y la procelosa trayectoria de los criminales− que convergerían cuando “cuatro disparos sonaron en la noche”. A partir de ahí, el autor sigue los hilos de la investigación policial, que culmina en el ahorcamiento de Dick y Perry en 1965.

El periodista había manifestado su intención de estrenar un género con su libro: la “novela de no-ficción” o “novela-reportaje”, que incluía situaciones y personajes reales en el esquema narrativo clásico de una ficción. Muchos críticos vocearon que A sangre fría era la Biblia del nuevo periodismo: una corriente literaria en la que el autor asumía un protagonismo inusitado en unos reportajes ricos en descripciones minuciosas y lenguajes callejeros para acercarse lo más posible a la realidad. Pero otros clamaban que Capote no era el primero en dinamitar la frontera entre los géneros periodísticos tradicionales: Norman Mailer, Tom Wolfe y Hunter S. Thompson ya habían gastado mucha tinta en relatos de no-ficción.

Según sus detractores, el mayor fraude de Capote es el falseamiento de acontecimientos reales para redondear la armonía literaria del libro. En concreto, la escena final, protagonizada por una amiga de Nancy Clutter y el policía Al Dewey, que el autor incluyó para conseguir un desenlace cerrado. El periodista y escritor Arcadi Espada es uno de los más furibundos enemigos de lo que él llama la “factoría Capote”: la mezcla de elementos ficticios y reales para satisfacer las aspiraciones estéticas del escritor y las ansias de comprensión del lector. Espada y otros teóricos de la comunicación sostienen que los códigos de la narración ficticia y periodística jamás han de entrelazarse, pues hacerlo sería una traición tanto a la realidad, siempre compleja y ajena a los arquetipos manejados en la literatura, como a los lectores, que pueden ser víctimas de engaño en su acercamiento a los hechos.

En cualquier caso, el tesón investigador que exhibe Capote en A sangre fría es lección obligatoria para cualquier aspirante a reportero, y es el modelo que cientos de periodistas han seguido para escribir su gran novela. Los pasajes más brillantes del libro se refieren a Perry Smith, cuya agitada biografía descubre a un ser humano torturado y complejo. Sólo espiando la intimidad de los delincuentes es posible atisbar un mínimo de raciocinio entre tantos brutales crímenes que, otra vez en palabras de Espada, “se deslizan cada día en los periódicos en el sumidero de un breve”. Breves como el que leyó Truman Capote el 16 de noviembre de 1959.

Texto Yago González [Com 08]. Ilustración Alberto Aragón

Published in: on agosto 22, 2010 at 3:59 pm  Dejar un comentario  

La vieja Europa: simpatía por el abismo

La montaña mágica
Thomas Mann

Cuando estaba a punto de concluir La muerte en Venecia, Thomas Mann quiso escribir una historia corta, de corte satírico y burlesco, que le sirviera de contrapunto; pensamiento que se llevó a un viaje a la ciudad suiza de Davos, cuando hubo de acompañar a su mujer, Katia, a una cura de reposo por espacio de unos meses en un sanatorio próximo. Sin embargo, tal y como le ocurrirá al protagonista de la novela, Hans Castorp, la llegada al mundo de “allá arriba” traerá consigo percepciones y sensaciones nuevas. De vuelta de Suiza, Mann notó que el material recopilado para la novelita empezaba a abrirse paso a voluntad, sin seguir un orden clásico. El estallido de la Gran Guerra interrumpió aquella tarea, que no sería retomada hasta mucho después del armisticio. Como gran parte de Alemania, Mann acogió con entusiasmo nacionalista el inicio de la contienda. Seis años más tarde, un Thomas Mann cambiado por lo vivido aquellos años retomó aquel trabajo, y de su pluma fue saliendo una soberbia metáfora del ambiente y el pensamiento de aquella generación burguesa del “mundo de la seguridad”, como lo bautizó Stefan Zweig en El mundo de ayer: “¡Cómo vivían al margen de todas las crisis y los problemas que oprimen el corazón, pero a la vez lo ensanchan! Ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades (…) ¡cuán poco se imaginaban, desde su liberalismo y optimismo conmovedores, que cada nuevo día que amanece ante la ventana puede hacer trizas nuestra vida”.

El paso de ese tiempo que parece recomenzar cada día, de su percepción y su existencia, anida en el espíritu de La montaña mágica. De la mano de Hans Castorp nos asomamos al abismo de un tiempo distinto e irreal; donde la sociedad “medio pulmón”, un grupo de enfermos tuberculosos que sobreviven con su neumotórax, encuentran su alegría en que para ellos el tiempo ha dejado de tener importancia. Asistimos a largas e intensas discusiones sobre política, religión, estética, con argumentos entremezclados y contradictorios, en un fresco donde aprendemos a conocer, sin sentir la necesidad de tomar partido, de “posicionarnos”, como horriblemente se dice hoy día. Descubrimos un renovado sentido de lo sensual, tan cosificado y marchito para el lector de hoy, que trasciende lo puramente físico y se pone en relación directa con lo divino. Sentimos de forma vicaria; es a través de nosotros como “Dios se desposa con la vida, despierta y embriagada”, y que termina manifestándose en el arte. Claudio Magris dirá que “el arte no existe sin esta sensual, curiosa y escrupulosa pasión por sentir el relieve de lo físico, los detalles, las formas, los olores”. Al final, entre sus páginas, sentimos cómo la dimensión temporal se diluye entre la narración y lo narrado, hasta irrumpir en el propio tiempo del lector, en sus ritmos de lectura, en los sueños que se entremezclan con lo leído, hasta preguntarse con azorada inquietud si quien cierra el libro en ese instante es el mismo que, un buen día, decidió empezarlo.

Texto Felipe Santos [Com 93]. Ilustración Deborah Whithey

Published in: on agosto 22, 2010 at 3:50 pm  Dejar un comentario  

El esfuerzo: la vida como es

Gran Sol

Ignacio Aldecoa

El mar, entendido la mayoría de las veces como un microcosmos donde el hombre se encuentra radicalmente solo ante la adversidad pero también ante la belleza, es un tema recurrente en la literatura de Ignacio Aldecoa (1925-1969), quien no sólo pasó algunas etapas de su vida en Ibiza y en las Islas Canarias, sino que también recorrió las costas atlántica, cantábrica y mediterránea con verdadera asiduidad. La aparición en su obra del elemento marítimo como argumento narrativo y estético no se entiende, por tanto, sin hacer referencia a su biografía. “Desde su infancia Ignacio Aldecoa soñaba con las islas”, explicó su viuda Josefina Rodríguez en 1995, quien además vinculó el mar a todas las “búsquedas, hallazgos y vacilaciones de hombre” de su marido.

En 1957, antes de escribir la novela Gran Sol, Aldecoa hizo lo mismo que esos actores que pasan un tiempo en un psiquiátrico o en una cárcel cuando les toca interpretar a un loco o a un delincuente. Durante un mes, vivió en un barco con unos marineros cántabros que se dedicaban a la pesca de altura. De esta experiencia surgió, por un lado, el título del libro, que es un homenaje a los pescadores que trabajan en el Mar del Gran Sol, un caladero situado entre los paralelos 48 y 60, al oeste de las islas británicas, conocido entonces tanto por sus fondos ricos en pesca como por sus aguas salvajes. Y, por otro, el argumento de la novela: el día a día en un navío, el Aril, cuyos trece tripulantes se dedican a faenar en el Atlántico. El mar, escenario pero también protagonista de Gran Sol, se convierte así en el único testigo de las fatigas, de la lucha y de las pequeñas ilusiones de un grupo de marineros que, a pesar del cansancio y la desesperanza, poseen la rara virtud de aceptar la vida tal como es.

Pocos escritores como Aldecoa han comprendido el carácter de la gente que se esfuerza sin esperar nada a cambio. De aquí que sus historias, herederas del realismo anglosajón de mediados del xx, posean además ese toque legendario de las grandes narraciones épicas. El propio Aldecoa dijo en una ocasión que con su literatura pretendía desarrollar “la épica de los grandes oficios”, lo que hace de los pescadores de Gran Sol una suerte de héroes de dimensiones humanas. El patrón Simón Orozco, el contramaestre José Afá o Macario Martín son hombres cansados, llenos de ojeras y de arrugas, que se mueven despacio cuando están en tierra, como si quisieran dilatar el tiempo en que el suelo está bajo sus pies. Una vez en el Aril, sin embargo, parecen olvidarse de sí mismos para seguir los dictados del mar. Se transforman entonces en seres enérgicos, vitales, cuya fuerza de raíces casi mitológicas contrasta con lo humilde de sus deseos, con la pequeñez de sus aspiraciones, pues a cambio de su enorme trabajo solo piden “unos duros para poder vivir”.

Texto María Noguera [Com 01, PhD 07]. Ilustración Álvaro Pérez d’Ors

Published in: on agosto 22, 2010 at 3:39 pm  Dejar un comentario  

La adolescencia: retrato de un “teenager”

{p41} –>“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada”. 

El inicio de El guardián entre el centeno pertenece –como aquellos de El Quijote, Ana Karenina o La metamorfosis, de Kafka– al exclusivo club de comienzos de obras de la literatura universal que son, en todos los sentidos de la palabra, memorables. Desde sus primeras líneas, la novela de J. D. Salinger retrata con vigor el carisma del joven protagonista. Es él, Holden Caulfield, quien, convaleciente en un hospital psiquiátrico, narra al lector su huida de un colegio privado y su deambular por Nueva York durante tres días, antes de regresar a casa desalentado y enfermo. Como un Huckleberry Finn moderno, vive las aventuras propias de una fuga juvenil, donde la maduración interior del personaje es tanto o más importante que su recorrido geográfico.  

En la sucesión de episodios que vive Holden se manifiesta su carácter típicamente adolescente. Está en constante pugna con el mundo que le rodea, incómodo por moverse en un terreno inestable y difuso que no pertenece ni a la infancia ni a la edad adulta. Admira la sencillez y la inocencia de su hermana pequeña, Phoebe, y detesta la hipocresía que impera en el comportamiento de muchos “mayores”. Con la misma velocidad con que despliega su verborrea –resultado de la maestría estilística de Salinger en reflejar con naturalidad el lenguaje coloquial–, el ánimo de Holden oscila entre la euforia y el abatimiento, alternando el narcisismo con la timidez. Su idealismo contrasta con el egoísmo que aflora en los escarceos amorosos con Sally y Jane, pues tan intenso como su miedo al compromiso es su deseo de sentirse querido. 

Este cóctel emocional es el que provoca el ingreso en el sanatorio de un Holden que ignora, como decía George Bernard Shaw, que “la juventud es una enfermedad que se cura con los años”.

Texto Javier Serrano [Com 03, PhD 09]. Ilustración Andoni Egúzquiza [Com 98]

Published in: on agosto 22, 2010 at 3:18 pm  Dejar un comentario