Benedicto XVI protege a la familia

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Published in: on enero 15, 2011 at 4:19 pm  Dejar un comentario  

Las palabras de Victoria Gillick han sido decisivas

Las siguientes palabras de Victoria Gillick en Relato de una madre, pgs. 30-33 hechas con buen humor y enérgico optimismo, bien pueden ser un aviso de navegantes para todo lo que vino después por no hacer caso a la advertencia de Pablo VI.

Las relacio­nes conyugales, decían los grupos contraceptivos, iban a ser más estables, más armoniosas y mucho menos cargadas de ansiedad que en cualquier tiempo ante­rior, gracias a la nueva actitud desinhibida hacia la sexualidad y a la procreación controlada. La contracepción eficaz traería, por fin, la igualdad de hombres y mujeres, tanto sexual como económica, y libraría al mundo de las plagas de la violación dentro del matrimonio y del abuso marital. Por último, merced a la revolución tecnológica del control de la fertilidad de la mujer, desaparecerían de la historia los niños no deseados o maltratados.

Y, sin embargo, aparece de pronto el Papa en medio de toda esa euforia y predice que lo que va a suceder es exactamente lo contra­rio de todo eso. Decía que el control fácil de la natalidad

«…conduciría a la infidelidad matrimonial y a un rebajamiento del nivel moral…» y que no hacía falta tener una gran experiencia de las flaquezas humanas para comprender que «… los seres humanos —especialmente los jóvenes, tan vulnerables en esta materia— necesitan más bien que se les anime a ser fieles a la ley moral, no que se les ofrezcan medios fáciles para evadirse de su cumplimiento…»

No se equivocaba el Papa. Pero, ¿a quién le preocupaban en aquellos años iconoclastas cosas del estilo del «nivel moral» o de la «ley moral»? «¡Qué estupideces!»: es lo que la gente decía al oír esas recomendaciones.

Hoy se puede establecer una relación, que mucha gente rechaza­rá como no comprobable, pero que a mí me parece muy significati­va: y es que, a lo largo de los últimos veinte años, en el tiempo en que más y más parejas han estado usando continuamente la contracepción, el número de divorcios ha crecido como la espuma. Algu­nos dirán que ello se debe simplemente a que la ley ha ido haciendo cada vez más fácil el divorcio. Otros añadirán que el divorcio fácil ha socavado el carácter indisoluble de la institución matrimonial. Incluso he oído que todo eso es resultado de la mentalidad, engen­drada por la sociedad de consumo, de desechar lo usado.

Me vienen a la memoria las palabras de Pablo VI cuando adver­tía que el fácil control de los nacimientos fomentaría la infidelidad matrimonial, el indiferentismo de los hombres y su agresividad sexual; y, nos guste o no, ahí está el hecho de que la «infidelidad matrimonial» y la «conducta irracional» son los dos motivos citados con más frecuencia en las causas de divorcio en estos años. En 1986, por ejemplo, casi la mitad de los divorcios fueron concedidos por el primer motivo, con 27.000 maridos adúlteros y 19.000 mujeres adúl­teras; mientras que la otra mitad de los divorcios fueron concedidos a 57.000 esposas a causa del comportamiento irracional de los ma­ridos.

¿No es muy posible que haya alguna relación directa o indirecta entre la contracepción continua y el derrumbamiento del matrimo­nio? Después de todo, se ha observado un aumento rápido de los conflictos matrimoniales en todos aquellos sitios donde se ha intro­ducido la contracepción a gran escala; aun en los países en los que el divorcio no está legalizado.

Estoy personalmente convencida de que la contracepción por sí misma daña todas las relaciones sexuales, ya sean dentro o fuera del matrimonio, no porque impida que se desarrollen niños, sino por­que impide que se desarrolle el amor.

Y, en esto, tocamos el fondo del asunto. Porque el mismo acto de la unión sexual no implica sólo a dos personas vivas, sino también a ciertos elementos vivos que están dentro de ellos dos. De modo parecido a como el sembrador arroja la semilla viva sobre la tierra fértil, el hombre entrega su propia semilla viva al cuerpo vivo de la mujer; y, si en ese momento el tiempo es el adecuado, ella conce­birá; si no, la semilla muere su muerte natural dentro de los proce­sos naturales del cuerpo de ella. En uno y otro caso, hay en su unión una apertura a la vida; y tanto en el hombre como en la mujer abunda una vida natural, no inhibida.

Sólo después de leer un artículo, escrito por un médico, en el que se explicaban los diferentes mecanismos de acción de los contracep­tivos, empecé a darme cuenta de cómo los métodos que impiden la concepción pueden de hecho causar un conflicto psicológico profun­do en quienes los usan. Y eso sucede en un nivel que, al principio, pasa totalmente inadvertido.

Con todos y cada uno de los métodos descritos —ya sea la píldora, el diafragma, el DIU, la esponja, los espermicidas o el preservativo— se procura, de modo deliberado, o matar directa­mente la semilla masculina o provocar en el cuerpo de la mujer un mal funcionamiento de su ambiente fértil. El artículo usaba de modo explícito las palabras «mata los espermios». Éstos no mueren una muerte natural, como lo hacen todas las cosas vivas, sino que son destruidos adrede mediante un dispositivo crudamente técnico o mediante un veneno químico.

En el cuerpo de la mujer que usa continuamente de la contracep­ción, sus ovarios, el útero y el cuello uterino no pasan a través de una fase naturalmente infértil; son hechos estériles de modo artifi­cial o mediante la destrucción de una vida nueva ya concebida. Y esa situación de muerte es aceptada por la pareja no durante unas pocas horas o días imprevistos, sino por largos períodos de tiempo.

Aquel artículo médico abría los ojos a quienes, como yo, no éramos expertos. Porque con mucha claridad iba revelando que, independientemente del método contraceptivo que se usara, todos ellos tienen este rasgo común: que su intención es destruir o incapa­citar directamente los elementos, vivos y potencialmente transmiso­res de la vida, de la pareja; ofreciendo de ese modo una contradic­ción absoluta con el acto sexual mismo. Y lo que es más: esa contradicción es conscientemente calculada de antemano, se aplica a todos y cada uno de los actos sexuales, esté o no la mujer en su fase fértil.

Mientras la pareja trata de expresar su total e incondicional amor mutuo, los contraceptivos que ellos están usando intencionadamen­te les están diciendo al mismo tiempo —a veces a un nivel casi subliminal— que el don físico, sexual, de cada uno está siendo rechazado por el otro. La contracepción es por ello una negación fundamental del amor sin condiciones. El amor contraceptivo es, por ello, una contradicción, una paradoja. Porque si el amor total exige la entrega total de sí mismo, la donación total, la contracep­ción convierte al don en incompleto, a la entrega en condicionada.

Quizá en tiempos pasados, cuando la finalidad de la relación sexual era considerada casi exclusivamente procreativa, podría no haberse considerado que era muy dañino que una pareja intentara limitar ese potencial por algún procedimiento externo. Pero noso­tros vivimos ahora en una época post freudiana, en la que se com­prenden mucho mejor las dimensiones psicológicas y espirituales del amor sexual. Y, sin embargo e irónicamente, vemos que se nos anima a ignorar esas ideas y a convertir en mutuamente hostiles el cuerpo del hombre y el de la mujer; y se pretende que ese proceso continuo de antipatía fisiológica artificial no provoque daños dura­deros. ¿Podrá una relación amorosa sobrevivir mucho tiempo —o, por lo menos, sobrevivir alegre— cuando la mutua atracción corpo­ral se expresa de modo continuo y deliberado como destrucción corporal programada?

¿Es razonable, por ello, esperar que los matrimonios puedan vivir con esa mentira y conservar, sin embargo, toda la finura de sus emociones, en momentos en que cada uno de ellos es tan vulnerable a los humores, las necesidades, los deseos, los temores y las espe­ranzas del otro?

Published in: on diciembre 16, 2010 at 5:26 pm  Dejar un comentario  

Homilia de Benedicto XVI ante la consagración de la Iglesia de la Sagrada Familia


Este día es un punto significativo en una larga historia de ilusión, de trabajo y de generosidad, que dura más de un siglo. En estos momentos, quisiera recordar a todos y a cada uno de los que han hecho posible el gozo que a todos nos embarga hoy, desde los promotores hasta los ejecutores de la obra; desde los arquitectos y albañiles de la misma, a todos aquellos que han ofrecido, de una u otra forma, su inestimable aportación para hacer posible la progresión de este edificio. Y recordamos, sobre todo, al que fue alma y artífice de este proyecto: a Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano consecuente, con la antorcha de su fe ardiendo hasta el término de su vida, vivida en dignidad y austeridad absoluta. Este acto es también, de algún modo, el punto cumbre y la desembocadura de una historia de esta tierra catalana que, sobre todo desde finales del siglo XIX, dio una pléyade de santos y de fundadores, de mártires y de poetas cristianos. Historia de santidad, de creación artística y poética, nacidas de la fe, que hoy recogemos y presentamos como ofrenda a Dios en esta Eucaristía.
La alegría que siento de poder presidir esta ceremonia se ha visto incrementada cuando he sabido que este templo, desde sus orígenes, ha estado muy vinculado a la figura de san José. Me ha conmovido especialmente la seguridad con la que Gaudí, ante las innumerables dificultades que tuvo que afrontar, exclamaba lleno de confianza en la divina Providencia: «San José acabará el templo». Por eso ahora, no deja de ser significativo que sea dedicado por un Papa cuyo nombre de pila es José.
¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma.
En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.
Hemos dedicado este espacio sagrado a Dios, que se nos ha revelado y entregado en Cristo para ser definitivamente Dios con los hombres. La Palabra revelada, la humanidad de Cristo y su Iglesia son las tres expresiones máximas de su manifestación y entrega a los hombres. «Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11), dice San Pablo en la segunda lectura. El Señor Jesús es la piedra que soporta el peso del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad final todas las conquistas de la humanidad. En Él tenemos la Palabra y la presencia de Dios, y de Él recibe la Iglesia su vida, su doctrina y su misión. La Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que se cimienta nuestra fe. Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: «Un templo [es] la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre».
Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: «¿No sabéis que sois templo de Dios?… El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros» (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito.
La iniciativa de este templo se debe a la Asociación de amigos de San José, quienes quisieron dedicarlo a la Sagrada Familia de Nazaret. Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret. Las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos contentarnos con estos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar.
Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado (cf. Jn 6,29).
Queridos hermanos, al dedicar este espléndido templo, suplico igualmente al Señor de nuestras vidas que de este altar, que ahora va a ser ungido con óleo santo y sobre el que se consumará el sacrificio de amor de Cristo, brote un río constante de gracia y caridad sobre esta ciudad de Barcelona y sus gentes, y sobre el mundo entero. Que estas aguas fecundas llenen de fe y vitalidad apostólica a esta Iglesia archidiocesana, a sus pastores y fieles.
En catalán:
Desitjo, finalment, confiar a l’amorosa protecció de la Mare de Déu, Maria Santissima, Rosa d’abril, Mare de la Mercè, tots els aquí presents, i tots aquells que amb paraules i obres, silenci o pregària, han fet possible aquest miracle arquitectònic. Que Ella presenti al seu diví Fill les joies i les penes de tots els qui vinguin en aquest lloc sagrat en el futur, perquè, com prega l’Església en la dedicació dels temples, els pobres trobin misericòrdia, els oprimits assoleixin la llibertat veritable i tots els homes es revesteixin de la dignitat dels fills de Déu. Amén.

Published in: on noviembre 8, 2010 at 3:32 pm  Dejar un comentario  

Homilia de Benedicto XVI en la Praza d’Obradoiro


Agradezco las gentiles palabras de bienvenida de Monseñor Julián Barrio Barrio, Arzobispo de esta Iglesia particular, y la amable presencia de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los Señores Cardenales, así como de los numerosos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio. Vaya también mi saludo cordial a los Parlamentarios Europeos, miembros del grupo “Camino de Santiago”, así como a las distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales que han querido estar presentes en esta celebración. Todo ello es signo de deferencia para con el Sucesor de Pedro y también del sentimiento entrañable que Santiago de Compostela despierta en Galicia y en los demás pueblos de España, que reconoce al Apóstol como su Patrón y protector. Un caluroso saludo igualmente a las personas consagradas, seminaristas y fieles que participan en esta Eucaristía y, con una emoción particular, a los peregrinos, forjadores del genuino espíritu jacobeo, sin el cual poco o nada se entendería de lo que aquí tiene lugar.
Una frase de la primera lectura afirma con admirable sencillez: «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33). En efecto, en el punto de partida de todo lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo no se halla una gesta o un proyecto humano, sino Dios, que declara a Jesús justo y santo frente a la sentencia del tribunal humano que lo condenó por blasfemo y subversivo; Dios, que ha arrancado a Jesucristo de la muerte; Dios, que hará justicia a todos los injustamente humillados de la historia.
«Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen» (Hch 5,32), dicen los apóstoles. Así pues, ellos dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, a quien conocieron mientras predicaba y hacía milagros. A nosotros, queridos hermanos, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos. Así imitaremos también a San Pablo que, en medio de tantas tribulaciones, naufragios y soledades, proclamaba exultante: «Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Co 4,7).
Junto a estas palabras del Apóstol de los gentiles, están las propias palabras del Evangelio que acabamos de escuchar, y que invitan a vivir desde la humildad de Cristo que, siguiendo en todo la voluntad del Padre, ha venido para servir, «para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos. Al proponer este nuevo modo de relacionarse en la comunidad, basado en la lógica del amor y del servicio, Jesús se dirige también a los «jefes de los pueblos», porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza.
Esto es lo que nos recuerda también la celebración de este Año Santo Compostelano. Y esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria.
Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.
Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16).
El autor sagrado afirma tajante ante un paganismo para el cual Dios es envidioso o despectivo del hombre: ¿Cómo hubiera creado Dios todas las cosas si no las hubiera amado, Él que en su plenitud infinita no necesita nada? (cf. Sab 11,24-26). ¿Cómo se hubiera revelado a los hombres si no quisiera velar por ellos? Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. ¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo? ¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra? Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo.
Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa.
Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas. Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!
Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.
Queridos amigos, levantemos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Que Él nos dé su fortaleza, que aliente a esta Archidiócesis compostelana, que vivifique la fe de sus hijos y los ayude a seguir fieles a su vocación de sembrar y dar vigor al Evangelio, también en otras tierras.
En gallego:
Que Santiago, o Amigo do Señor, acade abundantes bendicións para Galicia, para os demais pobos de España, de Europa e de tantos outros lugares alén mar onde o Apóstolo e sinal de identidade cristiá e promotor do anuncio de Cristo. Amen!

Published in: on noviembre 8, 2010 at 3:19 pm  Dejar un comentario  

Una ayuda en el Camino

“Una alegría en el Camino, encontrarnos con la Obra y San Josemaría… gracias por
reencontrarme con Dios mediante el Opus Dei”. Esto escribió una andaluza en el libro de firmas de la exposición sobre San Josemaría en Palas de Rei, una localidad del Camino de Santiago.

Durante los meses de verano la Exposición sobre San Josemaría ‘Vida, mensaje y herencia’, en Palas de Rei, una localidad del Camino de Santiago, ha sido visitada por unos 2.000 peregrinos de más de 30 países y casi todas las provincias españolas.

Los peregrinos llegaban solos o acompañados de familiares, amigos o grupos. Iban a pie, a caballo, en bici…Querían dar gracias al Apóstol por favores recibidos, pensar o buscar soluciones a su vida, hacer el Camino por ser año Jubilar o por otros motivos deportivos, culturales, etc. También algunos vecinos de Palas de Rei se acercaron para conocer la muestra, entre ellos el Alcalde de la localidad, que quiso asistir a la inauguración.

La exposición se planteó como una ayuda al peregrino, para profundizar en el sentido espiritual del Camino de Santiago, de la mano del mensaje de la llamada universal a la santidad que se desprende de la vida y enseñanzas de san Josemaría. A la vez se proporcionó información sobre el modo de ganar las gracias del jubileo.

Muchos visitantes vieron el audiovisual ‘Vivir el Opus Dei’.
Un ruso de Siberia, que hacía un reportaje sobre el Camino de Santiago comentó al final de la proyección que había ido pensando sobre esas ideas de San Josemaría mientras caminaba.
Mensajes en el libro de firmas

Cientos de peregrinos iban escribiendo en el libro de firmas sus impresiones. Un chico de Madrid dejó este mensaje: “Vengo al Camino de Santiago a sufrir, a pasar calor, a compartir con mis compañeros del Camino y sobre todo a encontrar a Dios. Sufriré en el Camino pero superaré la adversidad. Pago mi penitencia. Ánimo a todos”.

Una andaluza escribió: “Una alegría en el Camino, encontrarnos con la Obra y San Josemaría…gracias por reencontrarme con Dios mediante el Opus Dei”. Otra persona, del País Vasco, veía la exposición “como un soplo de aire fresco en el cansancio del camino, que te levanta el ánimo para terminar de una manera más sobrenatural”.

En el año jubilar de 2004 se inauguró, a la entrada de Santiago por el Camino Francés, un altorrelieve de San Josemaría en el monumento Porta Itineris, conmemorativo de peregrinos ilustres.

Published in: on noviembre 3, 2010 at 5:06 pm  Dejar un comentario  

Viaje Apostólico de Su Santidad Benedicto XVI a Santiago de Compostela y Barcelona


Programa de la visita del Papa a España los días 6 y 7 de noviembre de 2010

Sábado, 6 de noviembre de 2010 Roma

08.30 Salida en avión desde el Aeropuerto de Roma-Fiumicino rumbo a Santiago de Compostela

Santiago de Compostela

11.30 Llegada al Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela.

CEREMONIA DE BIENVENIDA en el Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela. Discurso del Santo Padre.

ENCUENTRO PRIVADO CON SUS ALTEZAS REALES LOS PRÍNCIPES DE ASTURIAS en la Sala de Autoridades del Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela.

13.00 VISITA A LA CATEDRAL de Santiago de Compostela. Saludo del Santo Padre.

13.45 Almuerzo con los Cardenales españoles, con los Miembros del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española y con el Séquito Papal en el Arzobispado de Santiago de Compostela.

16.30 SANTA MISA en ocasión del Año Jubilar Compostelano en la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela. Homilía del Santo Padre.

19.15 Salida en avión desde el Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela rumbo a Barcelona.

Domingo, 7 de noviembre de 2010

Barcelona

09.30 ENCUENTRO PRIVADO CON SS.MM. LOS REYES DE ESPAÑA en la Sala Museo de la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona.

10.00 SANTA MISA dedicada al Altar y a la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona. Homilía del Santo Padre.

RECITACIÓN DEL ANGELUS DOMINI en la Plaza de la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona. Palabra del Santo Padre.

13.00 Almuerzo con los Cardenales y Obispos presentes y con el Séquito Papal en el Arzobispado de Barcelona.

16.30 Despedida del Arzobispado de Barcelona.

17.15 VISITA A LA’”OBRA BENEFICO-SOCIAL NEN DÉU” de Barcelona. Saludo del Santo Padre.

18.30 CEREMONIA DE DESPEDIDA en el Aeropuerto Internacional de Barcelona. Discurso del Santo Padre.

19.15 Salida en avión del Aeropuerto Internacional de Barcelona rumbo a Roma.

Roma

20.55 Llegada al Aeropuerto de Roma-Ciampino.

Uso horario: Roma y España: + 1 UTC

Published in: on noviembre 3, 2010 at 4:41 pm  Dejar un comentario  

El secreto de la alegría


Conchita Tomé procede de Ciudad Rodrigo (Salamanca). Nos cuenta su experiencia en el Opus Dei en estos “casi ya” treinta años.

06 de octubre de 2010
¿Cuál es el secreto de tu alegría?
Una amiga japonesa y budista me bombardeaba siempre con las mismas preguntas. Me decía: “¿Por qué estás siempre tan alegre, tan feliz, tan contenta? ¿Es que la vida te sonríe continuamente, es que no tienes problemas, o dolores, o dificultades?

Un día le contesté que me sentía una persona muy afortunada, ya que mi vida no dependía de esas circunstancias externas (aunque puedan influirme, por supuesto). Pero mi vida es plena porque sé que se puede encontrar alegría en medio del dolor, al verlo con una dimensión distinta a lo puramente humano, gracias al sentido que Dios le da.

Mi abuela, al verme tan entusiasmada, me decía: “Esto tiene que ser muy de Dios para que tú hayas cambiado tanto”.

¿Y esa alegría viene desde antiguo?
Provengo de un pueblo de Ciudad Rodrigo, en la frontera ya con Portugal. Tuve una infancia feliz, y recibí mucho cariño por parte de mis padres, que eran generosos y buenos cristianos. Para poder casarse ellos mismos tuvieron que superar muchas dificultades y situaciones duras, por eso mi padre me dijo: “Hija mía, yo lo único que quiero es que seas feliz, yo siempre te apoyaré y no pondré objeciones a lo que tú decidas. Sólo quiero que seas feliz”.

¿Qué camino seguiste después?
Cuando tenía quince años me fui a Madrid para estudiar, con la ilusión de ir a la Universidad. Sin embargo, mi vida dio un giro de 180º al conocer a una amiga de mi familia, que era Numeraria Auxiliar del Opus Dei. Me deslumbró su categoría humana y profesional, y me impresionó su alegría, y su servicio desinteresado hacia los demás.

Con el tiempo fui frecuentando la Administración de un Colegio Mayor universitario, hasta que decidí quedarme a vivir allí y aprender las tareas propias del hogar. Estudié durante cinco años Hostelería y Turismo, y gracias al ejemplo y a lo mucho que me habían impactado aquellas mujeres, pedí la admisión en la Obra.

“Me encuentro aquí por circunstancias familiares: mi padre falleció de repente con sesenta años, y mi madre, que es hija única, lleva seis operaciones difíciles y dolorosas, y tiene mala salud”.

¿Ahora te encuentras a gusto en el trabajo en el hogar?
Creo que sería “importante” añadir a todo esto que nunca en mi vida había fregado un plato, ni sabía coser, ni había entrado en la cocina con la ilusión de aprender. Todo eso me parecían tareas propias de personas que no tenían inquietudes intelectuales, yo siempre estaba leyendo y creía que no tenía tiempo para esas tareas del hogar. ¡Qué equivocada estaba!

¿Cómo reaccionó tu familia?
Mi abuela, por ejemplo, al principio no entendía mi vocación en el Opus Dei como Numeraria Auxiliar; pero al verme tan entusiasmada y apasionada por preparar un menú, o sorprender con un postre, o decorar el comedor, me decía: “Esto tiene que ser muy de Dios para que tú hayas cambiado tanto”.

¿Te sientes satisfecha con tu nueva dedicación?
Hoy en día puedo decir que ha sido muy gratificante haber trabajado en diversos colegios mayores, haber formado durante varios años a alumnas en Hostelería, para que luego ellas enseñaran a otras. Eran chicas que venían de toda España y pude aprender mucho de ellas, al tiempo que disfrutamos con numerosos eventos deportivos, culturales, excursiones, concursos, montajes…

¿Y ahora has recalado en tu tierra?
Yo siempre había soñado con hacer grandes viajes al extranjero, comenzar la labor en otros países, ayudar donde más falta hiciese y resulta que “aterricé” en Salamanca.

En realidad me encuentro aquí por circunstancias familiares: mi padre falleció de repente con sesenta años (sin haber estado nunca enfermo), y mi madre, que es hija única, lleva seis operaciones difíciles y dolorosas, y tiene mala salud. Además tengo dos hermanos enfermos, y mi abuela, que siempre nos cuidó y ayudó, está casi inválida.

¿Nunca has soñado con viajar?
Ya lo creo. Sin embargo, pienso que es aquí donde Dios quiere que haga el Opus Dei, y por eso, cuando llega el frío invierno, tengo muy presentes a los de la Obra que están en Rusia, en los Países Nórdicos, en Kazajstán… donde el frío es mucho mayor. Lo mismo me sucede cuando cruzo la Plaza Mayor de esta ciudad, y veo a tantos estudiantes de todas las razas y nacionalidades, y rezo por ellos, por sus familias y por sus países.

¿No puede parecer una vida algo anodina?
Esta situación, que para muchos sería un drama, para mí es una oportunidad para ser feliz: no me cambiaría por nadie. Los fines de semana cuido de mi familia, procuro llevarles un rayo de luz, de esperanza con mi sonrisa, y ellos están muy agradecidos y orgullosos de mí y de mi vida.

“Esta situación, que para muchos sería un drama, para mí es una oportunidad para ser feliz: no me cambiaría por nadie”.He aprendido de San Josemaría a ver la mano amorosa de Dios detrás de cada situación, y a mí la convivencia con el dolor y la enfermedad me ha hecho ser más paciente, comprensiva, tener mayor sensibilidad con los demás, espíritu deportivo y buen humor para transmitirlo y ayudar.

Mis amigas universitarias, las amas de casa, el conductor del autobús, mis amigas inmigrantes… todos dicen que da gusto verme siempre contenta, y la mayoría no saben el por qué; pero yo sé que es Dios y toda la gente que reza por mí quienes me dan esa fuerza.

Published in: on octubre 7, 2010 at 5:22 pm  Dejar un comentario  

“Catholic Voices”: jóvenes, católicos y buenos comunicadores

Firmado por Aceprensa
Fecha: 10 Septiembre 2010

Catholic Voices es una iniciativa creada en el Reino Unido por un equipo de comunicadores para enseñar a católicos corrientes a explicar en la radio y en la televisión la postura de la Iglesia sobre ciertas cuestiones controvertidas. Aunque de momento sólo intervienen en los debates planteados con ocasión de la visita de Benedicto XVI (16-19 septiembre), se trata de un proyecto más amplio que puede servir para inspirar iniciativas similares en otros países.

A Peter Williams, un ex ateo de 26 años converso al catolicismo, no le tembló el pulso cuando le llamaron de un programa televisivo para hablar sobre algunos aspectos de la moral sexual católica. “Me gusta discutir mis creencias con mis amigos no creyentes de la universidad. Es un reto apasionante demostrar la armonía entre fe y razón”.

Claro que presentarse en un plató para explicar estas cosas no se improvisa. Williams fue uno de los 20 candidatos elegidos en el casting organizado por Catholic Voices (se presentaron 80 personas), para asistir a un entrenamiento especial dirigido por expertos en comunicación. Las sesiones –unas tres al mes– tuvieron lugar en Londres entre febrero y julio.

Entre los seleccionados hay farmacéuticos, maestros, estudiantes, abogadas, madres de familia… En la selección se tuvieron en cuenta tres criterios: “La personalidad, la actitud y la catolicidad”, según explica Austen Ivereigh, uno de los promotores. Debían sentirse a gusto con las enseñanzas de la Iglesia.

Los promotores de esta iniciativa –Jack Valero, portavoz de la beatificación del cardenal Newman; Kathleen Griffin, ex productora de la BBC, y Austen Ivereigh, periodista y colaborador de varios medios británicos– persiguen dos objetivos.

El primero es proporcionar al equipo de portavoces argumentos concisos y convincentes sobre las polémicas que están planteando los medios con motivo del viaje del Papa: abusos sexuales, el papel de la mujer en la Iglesia, el sida y los preservativos, la Iglesia y la ciencia, la homosexualidad, etc.

El segundo consiste en enseñarles habilidades y técnicas retóricas para salir al paso con garbo –y, a ser posible, con buen humor– de las preguntas más impertinentes.

Porque si algo caracteriza a la mayoría de estos debates mediáticos es su hostilidad hacia el Papa y la Iglesia católica. Cadenas como la BBC o Channel 4 están dando un espacio desproporcionado a muchos alérgicos a la religión que, de la noche a la mañana, se han convertido en solventes “teólogos”.

Pero lo cierto es que la acidez de algunos de estos invitados resulta un poco cansina. Da la impresión de que los tópicos que abanderan responden más a problemas personales no resueltos que a objeciones razonables contra la fe.

Quizá por eso resulta tan atractiva la presencia de esta veintena de portavoces en la pantalla. De entrada, porque se les ve más frescos y con menos prejuicios. Son jóvenes que se sienten orgullosos de la fe católica. Y también porque, en lugar de ir al choque, tratan de explicar de forma sugerente por qué creen lo que creen.

Catholic Voices es una iniciativa surgida de la sociedad civil, con el apoyo de una asociación llamada The Catholic Union of Great Britain. El proyecto, que ha sido financiado por una fundación y por donaciones privadas, ha gustado mucho a la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, pero sigue siendo independiente.

Published in: on septiembre 20, 2010 at 3:34 pm  Dejar un comentario  

Atrévete a saber

Soy Santiago Mata. Nací en Valladolid en 1965, soy doctor en historia y licenciado en periodismo; para cualquier consulta ésta es mi dirección electrónica.

Dedico esta página a mi amigo Ján y a cuantos justamente se escandalizan al ver que hay quien, llamándose cristiano, ataca a otros cristianos —en concreto del Opus Dei— afirmando “no ir contra la Iglesia”.

En estas páginas he tratado de comprender el por qué de esos ataques, usando el “sentido común”. Hay sin embargo otra respuesta, que podría llamarse de “primeros auxilios” y que sirve para el lector que, además de sentido común, tenga sentido sobrenatural: Cristo dijo que a sus discípulos se les conocería por su amor mutuo; también dijo: no juzguéis y no seréis juzgados, y aconsejó rezar por quienes persiguen y maldicen a sus discípulos. Cuando no está clara la motivación —y difícilmente puede estarlo cuando alguien lanza mensajes en la red, más si se esconde en el anonimato—, de un cristiano que juzga y condena a otros, cabe sospechar (al menos provisionalmente) que no tiene razón para hacerlo. Viceversa, de uno que calla ante esos ataques, puede decirse (como digo, al menos como la respuesta más probable) que sigue el consejo de Cristo.

Como todos los primeros auxilios, estas soluciones no son completas si en el caso de que se trata “hay tomate”: para esos casos he escrito las demás páginas de esta web. Pero, como también sucede con la mayoría de las heridas, frecuentemente bastan primeros auxilios para curarlas. Muchas de las críticas —contra el Opus Dei u otras instituciones católicas— no son más que rencillas que ponen de manifiesto la necesidad de que todos pongamos más empeño en seguir los consejos de Jesucristo a los que me he referido arriba. Al menos eso pienso yo.

A última hora (más bien a primera), de todo esto escribió ya San Pablo (a Timoteo, 6, 3-12):
Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, está cegado por el orgullo y no sabe nada; sino que padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin propias de gentes que tienen la inteligencia corrompida, que están privados de la verdad y que piensan que la piedad es un negocio. Y ciertamente es un gran negocio la piedad, con tal de que se contente con lo que tiene. Porque nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insentatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores. Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos.

Published in: on agosto 8, 2010 at 5:29 pm  Dejar un comentario  

12 razones para la vida


Texto Rocío García de Leániz [Com 11] y Javier Marrodán [Com 89] Fotografías Manuel Castells [Com 87] y Dpto. de Ginecología de la Clínica Universidad de Navarra.

Hay pocos debates con posiciones tan previsibles y rocosas como el del aborto. Los argumentos antropológicos, morales o médicos se pierden con frecuencia en el fondo de una sociedad adormecida por sus propios hábitos. Por eso, las mejores razones en favor de la vida hay que buscarlas muchas veces en los quirófanos, en las farmacias, en la puerta de una clínica abortista o en el cuarto de estar de una familia que afronta un embarazo inesperado.

Fotografía: Manuel Castells.

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1. “Han pasado 19 años desde que aborté y todavía lloro por aquel hijo”

Esperanza Puente. Madre que abortó.

Cuando aquel test de embarazo dio positivo, yo me encontraba muy sola. Era la época de la movida madrileña, tenía 25 años, había aterrizado en la capital dispuesta a comerme el mundo, y el padre de la criatura desapareció de mi vida en cuanto le comuniqué la noticia. Me sentía abandonada, tenía miedo al desprecio de la gente, y tomé una decisión que hoy me parece inimaginable: abortar. Fue algo casi instintivo, ni siquiera sospechaba que pudiese haber alternativas. Fui a una clínica donde sabía que no iba a tener problemas. Pagué por adelantado lo que me pidieron —una cantidad generosa— y me senté en la sala de espera. Nadie hablaba en aquella estancia. Algunas mujeres murmuraban algo y sus acompañantes les tranquilizaban con expresiones del tipo “No va a pasar nada”. Me hicieron una ecografía, pero apenas pude verla. Creo que es parte de su protocolo. Hablé con el psicólogo, firmé los papeles que me pusieron delante y me dejé llevar. Era como si me diese igual lo que hicieran conmigo, como si hubiera perdido el rumbo.

En el quirófano cometieron un error. Ya me habían operado y yo respiraba lentamente con los ojos cerrados. “No ha pasado nada”, me repetía a mí misma, tratando de convencerme. Cuando abrí los ojos vi que se habían dejado en la sala los restos de mi hijo. Fue una negligencia médica del centro, pero a mí me sirvió para caer en la cuenta de lo que había hecho. Es una imagen que se me quedó grabada para siempre.

Una vez me preguntaron qué diferencia había entre el dolor de abortar y el de dar a luz un hijo. Es algo muy fácil de explicar para quien ha pasado por ambas experiencias. En el parto, los dolores que sufres son intensos, pero momentáneos. Sabes que hay que sufrirlos, pero también sabes que después te espera una recompensa muy feliz: la de ver la cara de tu hijo. Cuando abortas, el dolor te deja una sensación de vacío. También parece entonces que te están arrancando los intestinos, pero esta vez no hay recompensa: al quirófano entran dos personas y sólo sale una. Ese vacío es un dolor que se queda para siempre. Han pasado 19 años desde que yo aborté y todavía lloro por aquel hijo.

2. “El embrión y la madre mantienen una comunicación desde el primer día de vida”

Natalia López Moratalla. Catedrática de Bioquímica Biología Molecular.

Desde el primer día de vida, el embrión y la madre mantienen una comunicación. Un diálogo molecular que inicia el embrión al enviar moléculas que reciben los receptores específicos de la madre. En respuesta, ella produce sustancias que permiten el desarrollo del embrión, le inyectan vitalidad, le indican el recorrido que debe seguir y el lugar donde debe detenerse para anidar.

Con esta comunicación, el embrión, mitad materno y mitad paterno, anida en una atmósfera de tolerancia inmunológica que hace que la madre le perciba como algo no propio y, sin embargo, sin señales de peligro que activarían las defensas y lo rechazaría. Algunas células madre de la sangre del feto pasan a la circulación materna, se almacenan en la médula ósea y se dispersan en los órganos de la madre, los rejuvenecen y colaboran en la regeneración de su corazón, hígado, etcétera.

La neuroimagen ha permitido observar cómo con el embarazo el cerebro de la mujer cambia, estructural y funcionalmente, al responder a las consignas básicas que recibe del feto. Se crea en el cerebro materno, de forma totalmente natural, el vínculo de apego, que la inclina a comprender, cuidar y proteger a los hijos.

3. “Lo único que necesitaba aquella mujer era alguien que le ayudase, y bastó conmigo: un cualquiera de 21 años”

Javier López. Voluntario provida.

Se bajó de un coche negro que se había detenido junto a la puerta. Tendría unos 35 años. Yo sólo disponía de cinco segundos para acercarme a ella y para tratar de convencerle de que no entrase. Era muy poco tiempo. Menos aún si se tiene en cuenta que en aquel momento yo era un cualquiera de 21 años que había terminado 3º de Publicidad y Relaciones Públicas en Pamplona y que llevaba sólo unos días en Nueva York. Pero había que intentarlo. Por eso, Ignacio y yo fuimos rápidamente a su encuentro.

La mujer estaba ya en la primera puerta cuando llegamos a su altura y empezamos a decirle todo lo que se nos pasaba por la cabeza: “Tenemos ayuda gratis”, “Tú no quieres esto para tu bebé”, “No es tu última opción”, “El niño te querrá”… Eran más o menos los argumentos que nos habían repetido en Expectant Mother Care (EMC), la organización provida con la que acabábamos de empezar a colaborar. Ella continuó hacia la segunda puerta como si no nos escuchara. Nosotros insistíamos, aunque pensábamos que no había mucho que hacer.

Cuando ya tenía agarrado el pomo de la puerta, se detuvo mirando al suelo, dubitativa. Después levantó la vista y nos miró a nosotros. Luego a la puerta. Y se puso a llorar. “¡No entres!”, le pedimos. Se quedó inmóvil, llorando. Estuvo así durante casi diez minutos, hasta que soltó el pomo y vino hacia nosotros.

Sus ojos eran un poema, suplicaban ayuda. Ella sabía que en su interior había un niño, pero estaba sola, desesperada, sin dinero. Nos abrazó mientras reía y lloraba a la vez. Lo único que necesitaba era alguien que le ayudase, y bastó conmigo: un cualquiera de 21 años. Nuestra jefa en EMC la llevó a una casa de maternidad, y después supimos que esperaba gemelos y que estaba muy feliz, que sólo la desesperación le había llevado hasta la puerta de aquella clínica.

Cuando me confirmaron que no iba a abortar, en vez de sonreír de oreja a oreja me quedé aturdido: un tío de 21 años, que sale tres veces por semana, que aún estudia en la universidad, que lo único que quiere es irse con los colegas, que es más vago que nadie, había conseguido que una mujer no abortara.

Uno piensa que una historia así es algo que sucede en las películas; que hay unos pocos “elegidos” por ahí que se encargan de ayudar a los demás. Y de elegido nada: un chico de 21 años se puso delante de una chica y le dijo unas pocas palabras. Eso era todo lo que ella necesitaba en aquel momento.

4. “Estaba operando a una embarazada de veinte semanas y la niña tuvo fuerza suficiente como para darme una patada en la mano”

Carlos Larrañaga. Ginecólogo.

Durante el embarazo, las mujeres gestantes pueden padecer una complicación que se denomina “incompetencia cervical”. Consiste en que el cuello del útero se dilata sin contracciones. Es un fenómeno que se suele producir cuando aún faltan muchas semanas para el parto. Antes, cuando ocurría esto, el embarazo se abandonaba a su suerte. Se administraba a la mujer alguna medicación, pero la eficacia del tratamiento era muy relativa. Hace unos años, algunos ginecólogos pensaron que el problema se podría afrontar mediante un cerclaje de urgencia: se trataba de reintroducir la bolsa amniótica en el útero y cerrar a continuación el cuello del útero con una especie de cinta. Es una técnica que en su momento fue calificada de “heroica” por algunos profesionales de la ginecología. Nuestro grupo aprendió el procedimiento y hemos realizado ya bastantes cerclajes de urgencia. La operación le supone a la madre un ingreso prolongado y mucha medicación. Algunas mujeres tienen que hacer después rehabilitación. En una ocasión, yo estaba practicando una de estas intervenciones. Era un embarazo de unas veinte semanas. Cuando separaba las membranas para llevar a cabo el cerclaje, la niña tuvo la fuerza suficiente como para proporcionarme una patadita en la mano. Fue como un escalofrío que viajó desde mis dedos hasta la columna. Nunca olvidaré la chispa de vida que tiene un feto de veinte semanas.

Published in: on julio 16, 2010 at 2:39 pm  Dejar un comentario