Padres Apostólicos

S. Ignacio de Antioqu�aNociones generales sobre los Padres Apostólicos
Los Padres Apostólicos son los escritores de las dos primeras generaciones de cristianos, o sea, de los que vivieron en el siglo I y la primera mitad del siglo II. Por lo general, estos hombres conocieron a los Apóstoles o, al menos, estuvieron en íntimo contacto con ellos a través de los primeros discípulos. A veces no se conoce el autor de un determinado texto que, no obstante, se incluye entre los escritos de los Padres Apostólicos, pues su antigüedad garantiza suficientemente su inmediata conexión con los Apóstoles. En definitiva, estos escritos representan el primer eslabón de la cadena en la transmisión del depósito revelado; sus autores son, pues, los primeros testigos de la Tradición.Los temas que tocan están muy relacionados con el Nuevo Testamento: la existencia de un Dios único que al mismo tiempo es Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio de la Encarnación del Hijo; la Iglesia como una sociedad jerárquicamente organizada que ha recibido plenos poderes de Dios; las normal morales de conducta; etc. Abundan las referencias a Cristo, a quien sienten especialmente próximo, y ponen de manifiesto un gran deseo de su segunda venida. El modo de tratar estos temas es de gran sencillez, sin pretensiones teológicas o polémicas; su intención es pastoral: exhortan a la obediencia, a la caridad, humildad, limosna…
Sus destinatarios son cristianos, generalmente gentes de modesta condición social. Por eso, el tono es familiar, sin afanes especulativos, pero con gran fuerza y autoridad: sus autores hablan con la clara conciencia de que están explicando la palabra de Dios, aun sabiendo que no lo hacen bajo inspiración sobrenatural. Utilizan textos del Evangelio, pero a veces no se sabe si son citas de alguno de los manuscritos existentes o citas recibidas por tradición oral. Estas obras fueron escritas en koiné.

La Didaché
El título latino de esta obra es Doctrina apostolorum. A veces, se le da un título más completo: Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles, que parece ser el primitivo. Fue descubierta en el siglo XIX, y publicada por primera vez en 1883. Es un medio insustituible para conocer la primitiva Iglesia.
Esta obra es un breve resumen de la doctrina católica, con indicaciones litúrgicas y disciplinares. Contiene, entre otras cosas, lo que debían saber los catecúmenos antes de bautizarse. Siempre gozó de gran autoridad, pero no es un escrito canónico. No se inspira en ninguna obra anterior.
Autor: no es toda del mismo autor, aunque sí la mayor parte. Se nota la presencia de algunas añadiduras. El nombre del autor es totalmente desconocido.
Fecha: Se ha discutido mucho sobre la fecha de su composición. Se puede tener como seguro que fue escrita entre los años 80 y 100. Es, pues, anterior a los últimos escritos del Nuevo Testamento.
Contenido: tiene 16 capítulos, divididos en tres partes y una conclusión.

i) Capítulos 1 a 6: esta primera parte es una catequesis moral, que contiene el modo de instruir a los catecúmenos. Expone la doctrina siguiendo una imagen tradicional entre los judíos y los griegos: las dos vías, una del bien y otra del mal.

ii) Capítulos 7 a 10: esta parte es una exposición de los sacramentos. Habla del bautismo, que se solía administrar por inmersión, aunque excepcionalmente se hacía por infusión. Exige el ayuno antes de bautizarse y, en general, los ayunos de los miércoles y viernes, en oposición a los judíos, que ayunaban los lunes y jueves. Trae las preces eucarísticas más antiguas que se conservan; habla de la Eucaristía como manjar y como bebida y dice textualmente que es sacrificio (cap. XIX, 2,3). Sobre la penitencia explica que hay que confesarse antes de recibir la Eucaristía (cfr. caps. IV,14; IX,5; XIV,1).

iii) Capítulos 11 a 15: esta tercera parte es un conjunto de normas disciplinares. Trata de las obligaciones respecto a la jerarquía, a los apóstoles y a los predicadores. Por ejemplo, indica que hay que darles el diezmo de todo. Pone en guardia contra los pseudoprofetas, que quieren aprovecharse de la buena voluntad de los fieles. Enseña los deberes de la verdadera caridad: socorrer al necesitado, atender al peregrino, etc. Insiste especialmente en que todos deben trabajar.
Respecto a la Iglesia, muestra claramente que no sólo es el conjunto de personas que se reúnen los domingos para rezar y celebrar la Eucaristía, sino que es un pueblo único y santo, que llega “hasta los confines de la tierra” (caps. IX,4 y X,5). Señala también cómo se han de elegir los obispos y explica el contenido y necesidad de la corrección fraterna que los fieles han de vivir entre sí.
iv) Capítulo 16: a modo de conclusión figura un último capítulo, en el que se habla de la venida del Señor y de las señales del fin del mundo, y exhorta a la vigilancia.

San Clemente de Roma
a) Vida
San Clemente fue el cuarto obispo de Roma, después de Lino y Cleto. Su pontificado duró desde el 92 al 101, según narra San Ireneo en su Adversus hæreses. No se sabe apenas nada seguro de su vida. A partir de sus escritos y de algunos pocos datos externos, se conjetura que era un judío helenista, con un buen conocimiento de las Escrituras y cierta formación filosófica. Tradicionalmente se le ha puesto en relación con los Flavios, la familia de los emperadores Tito y Vespasiano. Algunos suponen que estuvo al servicio de esa familia, pues eso explicaría el detallado conocimiento que San Clemente tenía de la vida militar, y su respeto y preocupación por las instituciones y autoridades romanas. Conoció y trató a San Pedro y, según parece, figuró como uno de sus posibles sucesores. La Iglesia lo venera como mártir: narra una antigua tradición que primero fue desterrado al Quersoneso, y luego condenado a morir ahogado, atándole al cuello un ancla de hierro y arrojándolo al mar.

b) Epístola a los corintios
Es la única obra que conservamos de San Clemente. Se trata de una carta bastante larga, que consta de 65 capítulos. Fue compuesta poco tiempo después de la persecución de Domiciano (95-96), es decir, hacia los años 96-97 o, como muy tarde, en el 98. Al igual que la Didaché, es anterior a los últimos escritos del Apóstol Juan y gozó de alta estima. Efectivamente es un texto de notable importancia para la historia del papado y, además, es de gran calidad literaria. Hay otras cartas atribuidas a San Clemente, pero no son auténticas.

El motivo que provocó esta carta fueron las disputas que en tiempo de Domiciano surgieron entre los cristianos de Corinto. Algunos insolentes habían llegado incluso a deponer a los presbíteros, a pesar de la oposición de los que permanecían fieles. San Clemente quiso poner remedio a esa situación y paliar el escándalo.
Contenido: La carta se divide en cuatro partes.

i) Presentación (caps. 1 a 3): describe el estado floreciente de la Iglesia en Corinto y las virtudes de esos cristianos; pero señala también la existencia de recientes rencillas internas, nacidas de la envidia, que trastornaron su floreciente paz.
ii) Los males de la envidia y el bien de la humildad (caps. 4 a 36): sirviéndose de ejemplos del Antiguo Testamento (Caín, los hermanos de José…) y de la reciente ejecución de San Pedro y de San Pablo, señala San Clemente el carácter destructor de la envidia y mueve a sus lectores a la penitencia, a la obediencia, a la hospitalidad, a la humildad y a la mansedumbre, como medios para superar los males que engendra la envidia. No sólo se sirve de ejemplos tomados de las Escrituras, sino del mismo universo inanimado, que guarda el orden impuesto por Dios y sigue sus mociones. La parte final de esta sección se detiene en consideraciones sobre la santidad de vida del cristiano y la esperanza de la resurrección.
iii) Necesidad de conservar la unidad (caps. 37 a 61): aludiendo al caso concreto de Corinto, San Clemente hace ver la necesidad de la unidad, basada en la caridad fraterna. Mezcla en su disertación, nuevamente, ejemplos bíblicos con ejemplos de la vida ordinaria (unidad del ejército romano, del cuerpo vivo…) y exhorta a cada uno a cumplir su misión en el lugar que se le ha designado. Para reconquistar la unidad, insiste San Clemente en la penitencia por los pecados y en la abnegación por el bien del prójimo.

iv) Recapitulación (caps. 62 a 65): resume en pocas líneas el contenido de la carta y manifiesta el deseo de que pronto alcance el efecto para el que fue escrita.
Enseñanzas: la Epístola de San Clemente –además de la riqueza de sus enseñanzas morales– aporta datos decisivos para la historia de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un testigo ocular. Dice que Pedro vivió en Roma, que allí predicó y murió mártir. De San Pablo, dice que estuvo en España predicando. Narra la persecución de Nerón, detallando que murieron muchos cristianos, entre ellos bastantes mujeres, y que además fueron sometidos a tortura.

Uno de los puntos más interesantes de la carta es el relativo a la jerarquía y al primado. Expone explícitamente la doctrina de la sucesión apostólica: la comunidad no puede deponer a los presbíteros, ya que el poder de la jerarquía no viene del pueblo, sino de Dios a través de Cristo y de los Apóstoles, no de los demás fieles.
La existencia misma de la carta es una prueba fehaciente del primado de Roma, aunque no está afirmado en ella explícitamente. El tono de la carta es el de un superior a sus súbditos. San Clemente escribe como quien tiene autoridad. Al principio de la carta no presenta excusas por entrometerse en cuestiones internas de otra comunidad cristiana, sino –al contrario– pide perdón y se justifica por lo haber intervenido antes (téngase en cuenta que Roma estaba bajo la persecución de Domiciano), o sea, por haber descuidado un deber. En varios lugares muestra claramente su autoridad: dice expresamente que escribe impulsado por el Espíritu Santo y que quien no le obedezca peca gravemente.

Por si fuera poco, hay que tener en cuenta que el Apóstol San Juan aún vivía, y en cierta manera sería la cabeza de la Iglesia en Grecia y Asia Menor. Sin embargo, no fue él quien intervino, sino el obispo de Roma. Además, la acogida de la carta fue excepcional: nadie se atrevió a discutir en lo más mínimo su autoridad, se siguieron fielmente todas las disposiciones que indicaba, y se difundió entre las otras comunidades cristianas. Se leía en público periódicamente e, incluso, hay testimonios de que un siglo después aún se seguía leyendo.
En la tercera parte señalada, se tratan cuestiones relativas a la administración de los sacramentos, distinguiendo claramente entre jerarquía y laicado. Dentro de la jerarquía sólo se mencionan los episcopoi (supervisores, jefes) y los diaconoi (ministros, ayudantes). Dentro de los primeros estarían incluidos tanto los obispos como los presbíteros, pues es claro que la terminología que utiliza aún no está acuñada definitivamente. Pide también oraciones por todas las autoridades y contiene extensas plegarias eucarísticas.

San Ignacio de Antioquía
a) Vida
Fue el segundo obispo de Antioquía, después de San Pedro. Conoció y trató a San Pedro y a San Pablo. Fue el mismo Pedro quien lo consagró obispo. Murió mártir en Roma, en el año 107, bajo el reinado de Trajano. No murió en una persecución en regla: sólo fue un regalo que la autoridad romana de Antioquía quiso hacer a Trajano con motivo de su victoria en Dacia. Yendo camino de Roma para sufrir martirio, fue muy bien acogido por diversas comunidades cristianas, que lo trataron con gran veneración, como si fuese el mismo Cristo. Como muestra de agradecimiento, San Ignacio les escribió diversas cartas, ricas en consejos y enseñanzas.
Fue un hombre de carácter ardiente, con fuerte personalidad, y extraordinariamente ejemplar. Se daba a sí mismo el nombre de Teóforo (portador de Dios).

b) Obras
Durante el mencionado viaje a Roma, escribió 7 cartas: a Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia, Esmirna, Roma y a Policarpo (obispo de Esmirna).
Redactó las tres primeras en Esmirna. Agradece en ellas las muestras de simpatía y los cuidados que tuvieron con él. Exhorta a la obediencia y les previene contra las herejías.

Escribió a Roma también desde Esmirna, para que no se esforzaran por salvarle la vida. Esta carta, como ahora veremos, es la más importante.
Redactó las tres últimas en Tróade. Allí conoció el cese de la persecución en Antioquía y pide que envíen legados a esa ciudad para que feliciten a los cristianos por la paz reconquistada. Les insiste en la unidad en la fe y en la obediencia al obispo. A Policarpo le da consejos especiales, pues era obispo de Esmirna: le habla particularmente de fortaleza, aconsejándole que se mantenga firme.
El estilo de las cartas es sencillo y profundo, ardoroso y sin retórica. Suministran ricos datos sobre las primitivas comunidades, y son muy importantes para la historia de los dogmas.

La cuestión ignaciana es una polémica que levantaron los protestantes con la intención de negar la autenticidad de estas cartas en las que se refleja netamente –contra lo que quisieran ellos– la antigüedad apostólica del episcopado monárquico. El motivo concreto fue que, en muchos manuscritos medievales, aparecían mezcladas las cartas de San Ignacio con otras seis cartas claramente espurias. La cuestión quedó zanjada con el descubrimiento de códices antiguos que traían sólo las auténticas, confirmando así el testimonio de Policarpo –contemporá¬neo de San Ignacio–, que cita las cartas.

c) Doctrina teológica
Constitución jerárquica de la Iglesia. En las cartas de San Ignacio ya aparece claramente estructurada la jerarquía de la Iglesia. Distingue –dentro de la jerarquía– entre obispos, presbíteros y diáconos. Al frente de cada comunidad de fieles hay un solo obispo; el conjunto de los presbíteros es como su senado. La existencia de una neta jerarquía en el año 107 implica que es de institución divina: ya del Señor por sí mismo, ya del Señor por medio de los apóstoles.
San Ignacio explica ampliamente las funciones de los tres grados de la jerarquía. Del obispo dice que tiene el lugar de Dios, y todos han de someterse a él como al Señor. El obispo puede actuar a se, sin los sacerdotes; y –por el contrario– todo lo que se haga en su territorio ha de hacerse con su beneplácito: bautizar, casar, celebrar la Eucaristía, etc. El obispo tiene especialmente la misión de rechazar a los herejes, de poner paz, de cuidar de todos (viudas, esclavos, esposos, etc.) tanto espiritual como materialmente. Los presbíteros son el senado del obispo: han de estar unidos a él, ayudarle en sus funciones, animarle, etc. Los diáconos, inferiores a los sacerdotes, son como ministros o ayudantes. Los restantes fieles han de estar unidos por la fe y unidos a la jerarquía, especialmente al obispo.
El primado de Roma. La carta a los romanos es una muestra patente de la superioridad de Roma sobre las restantes comunidades. A éstas escribe en el tono de un igual o de un relativo superior (era como el primado de Oriente, sucesor de San Pedro); por esto, se permite darles consejos. A Roma, por el contrario, escribe con sumisión, no da consejos, y dice ser un esclavo, un condenado. Recuerda que Roma está fundada sobre Pedro y Pablo.

Explica que la Iglesia de Roma está «puesta a la cabeza de la caridad» . Esto no quiere decir que sea la más generosa, sino que está al frente de toda la Iglesia y preside toda la vida cristiana (ágape). También dice que esta Iglesia preside en la capital del territorio de los romanos; evidentemente, no se preside a sí misma, sino a las restantes comunidades cristianas. Además, les ruega que mientras que la Iglesia antioquena está sin obispo, Cristo y ellos hagan de obispo.
En esta carta habla de que la Iglesia es católica, universal: es la primera vez que se aplica este adjetivo a la Iglesia. Además, la llama «el lugar del sacrificio», haciendo alusión a la Eucaristía.

Cristología. Ya en su época corrían algunas herejías sobre Cristo. Los judaizantes pretendían que había que seguir practicando el judaísmo para salvarse, haciendo así vana la Encarnación. Los docetas, por considerar mala la materia, sostenían que Cristo no había tomado verdadera carne, sino sólo una apariencia. San Ignacio los atacó duramente: enseña claramente que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, hijo de Dios e hijo de María, impasible y pasible. Al hablar de la Eucaristía emplea la expresión «carne de nuestro Salvador Jesucristo».

La vida espiritual. Resume la doctrina paulina de la unión con Cristo y la de San Juan de vivir en Cristo, diciendo que hay que imitarle como Él imitó al Padre eterno. A los romanos escribe: «permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios». La disposición para el martirio es la perfecta imitación de Cristo; por tanto, es la perfección cristiana y un verdadero ser discípulo de Cristo.
Explica la inhabitación de Cristo en el alma. El vivir y ser en Cristo, el identificarse con Cristo, no lo entiende como algo abstracto, sino que se realiza cuando estamos unidos a la jerarquía y participando de los sacramentos; de modo muy especial mediante la recepción de la Eucaristía.

San Policarpo de Esmirna
a) Vida
Fue discípulo de San Juan, y nombrado obispo por los Apóstoles, quizá por el mismo San Juan. Viajó a Roma en el 155 para fijar con el Papa Aniceto la fecha de la Pascua. Recibió una epístola de San Ignacio. Murió mártir en el 156, en Esmirna, a la edad de 86 años, cuando volvió de su viaje a Roma. Fue un gran santo; gozó de gran prestigio, y por eso le llamó Aniceto a Roma. En su estancia en esa ciudad hubo muchas conversiones, pues impresionó escuchar en el 155 un testigo directo de las enseñanzas de los Apóstoles.

b) Acta del martirio de Policarpo
Es un documento del 156. Como es natural, no es de San Policarpo: fue escrito por un testigo ocular del martirio que sufrió. Da muchos datos y detalles del martirio, y por ella se supone que tuvo lugar en febrero del 156. El acta muestra la gran personalidad de San Policarpo, su fe, su fortaleza, y pone de manifiesto que se tributa culto a los mártires por ser imitadores y amigos de Cristo, a diferencia del que damos a Cristo por ser Dios.

c) Epístola a los filipenses
Sabemos que San Policarpo escribió muchas cartas, pero sólo conservamos ésta. La dirigió a los filipenses para acompañar el envío de las de San Ignacio, que le habían pedido desde Filipos. Una hipótesis convincente supone que, en realidad, el texto actual es de dos cartas fundidas. Una sería del año 110 –muy breve, apenas dos capítulos (caps. 13 y 14)– y acompañaba a las siete cartas de San Ignacio; el resto de la carta estaría escrito en el año 130.
En esta carta explica claramente la doctrina de la Encarnación y Muerte del Señor, contra los docetas. Se refiere a la organización de las comunidades cristianas tal como San Ignacio la había expuesto. Recomienda especialmente ayudar al necesitado y, en general, practicar las obras de caridad. Insiste en que hay que rezar por las autoridades, incluso por las que nos persiguen y aborrecen.

Papías de Hierápolis
Fue obispo de Hierápolis, en Asia Menor. Era –como su amigo San Policarpo– discípulo de San Juan. En torno al año 130 escribió Explicaciones a las sentencias del Señor, obra importante para conocer la Tradición oral, pues se fundamente en la enseñanza oral de los Apóstoles. Nos da argumentos en pro de la canonicidad de los cuatro evangelios y explica quiénes fueron sus autores, circunstancias, etc. Gracias a él, por ejemplo, sabemos que el segundo evangelio lo escribió San Marcos recogiendo las enseñanzas orales de San Pedro.
Esta obra se ha perdido casi entera: sólo quedan fragmentos recogidos por Eusebio de Cesarea en su historia. El mismo Eusebio explica que Papías tuvo ideas milenaristas que –según Eusebio– influyeron mucho, y que a veces no hace una buena selección de las fuentes. Estos dos motivos han hecho que su obra no se haya conservado completa.

Hermas
a) Vida
Se sabe que este Hermas no es el discípulo de San Pablo citado en la epístola a los romanos , sino otro Hermas de cuya vida algo conocemos. Era un hombre recto, piadoso, buen cristiano; liberto que se dedicaba al cultivo de la tierra, casado y con varios hijos, que apostataron durante una persecución; su mujer, que no era cristiana, no le trataba con mucha consideración. Según el Fragmento Muratoniano, era hermano del Papa Pío I.
b) Su obra
Hermas escribió una obra de carácter apocalíptico titulada Pastor. En esencia, su contenido consiste en una serie de revelaciones hechas a Hermas, en Roma, por una anciana y un ángel vestido de pastor (de ahí el nombre del escrito).
La redacción que conservamos ahora es aproximadamente del año 150, siendo Papa Pío I. De todas formas, es seguro que el autor trabajó sobre una primitiva redacción hecha hacia el año 95, bajo el pontificado de San Clemente Romano. Esta obra gozó de gran fama, sobre todo en Oriente.
Hermas describe la comunidad cristiana muy vivamente. Muestra que la mayoría de los cristianos eran hombres rectos, piadosos, que los obispos eran muy buenos,etc.; pero también habla de los que eran hipócritas, arrogantes… Señala que hubo lapsi, aunque pocos, bajo la persecución de Trajano (cerca del año 150), en la que apostataron sus hijos.

Partes de la obra
La obra tiene dos partes fundamentales. La primera consiste en 5 visiones. En la primera de ellas, se le presenta una matrona, símbolo de los elegidos; en la segunda, la misma matrona le exhorta a la penitencia; la tercera visión consiste en una torre –que representa la Iglesia–, en cuya construcción las piedras malas son desechadas; la cuarta es un dragón –símbolo de la persecución–, que no puede acabar con la Iglesia; la quinta es la del ángel en vestiduras de pastor, nuevamente moviendo a penitencia.
La segunda parte consta de 12 mandamientos y 10 parábolas. Los mandamientos son un resumen de la vida cristiana. Las parábolas son muy variadas: por ejemplo, en la primera se representa a los cristianos como extranjeros en este mundo; en la novena, vuelve a aparecer la torre, cuya construcción ha sido retrasada para que las piedras desechadas puedan tener tiempo de hacer penitencia; en la décima es el ángel quien amonesta a la penitencia a él y a toda su familia.

c) Doctrina
Penitencia. La penitencia es el punto central de esa obra. Se podría decir que toda ella es una exhortación a la penitencia. Enfoca este tema desde un punto de vista pastoral, no dogmático. Habla del bautismo, y de cómo después hay otra penitencia; sostiene esto contra los que afirmaban que quienes pecan después del bautismo necesariamente se condenan. El autor, atendiendo principalmente a la psicología de sus contemporáneos y queriendo arrancar de ellos una conversión sincera, dice que los que después de haber hecho penitencia vuelven a pecar es difícil que se salven; pero es claro que no niega la posibilidad de recibir de nuevo el perdón.
Cristología. Este tema se presenta muy confuso a lo largo de esta obra. Habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pero parece decir que Cristo, en cuanto hombre, fue adoptado como hijo; y no deja claro si fue el Verbo o el Espíritu Santo quien se encarnó.

La Iglesia. Habla de la Iglesia como institución necesaria para la salvación. La Iglesia aparece como una matrona anciana, porque sería la primera de las criaturas . La torre es también figura de la Iglesia: las piedras que ya han sido definitivamente incorporadas a su construcción son la Iglesia triunfante; las restantes piedras, que están mezcladas, son la Iglesia militante; de estas piedras mezcladas, unas serán aceptadas y otras rechazadas.
Bautismo. Recuerda que el Bautismo es absolutamente necesario para la salvación. Afirma que los Apóstoles bajaron a los infiernos (limbo) para bautizar a los que allí estaban. El Bautismo aparece simbólicamente en la edificación de la torre, pues la torre está construida sobre el agua.

Doctrina moral. Distingue entre mandato y consejo (ayuno, celibato…). Muestra la gran influencia que ejercen los ángeles y los demonios en el comportamiento del hombre. Resuelve casos prácticos de conciencia: por ejemplo, que el marido debe separarse de la adúltera; pero, si ésta se arrepiente, ha de recibirla. Permite las segundas nupcias tras la muerte de uno de los cónyuges. Habla de siete virtudes, que describe como siete mujeres: esto ha influido en las representaciones del arte cristiano.

Escritos anónimos de mayor importancia
a) Epístola de Bernabé
Fue escrita alrededor del año 130. No es propiamente una carta, sino un tratado teológico. Fue presentado en forma de carta porque se pensaba que este género era el más adecuado para la exhortación moral. La epístola no contiene datos personales: ni destinatario, ni autor, ni circunstancias.

Autor: El contenido de la carta no manifiesta que San Bernabé fuese su autor. Tampoco reclama para sí un origen apostólico, pero desde antiguo se la consideró como la Epístola Católica de Bernabé. De todas formas, Eusebio refleja la duda existente acerca de su canonicidad, y San Jerónimo la tacha de espuria. Se sabe con certeza que no es de Bernabé, pues es posterior a la destrucción de Jerusalén; es netamente antijudía y, por su contenido, se echa de ver su origen alejandrino.
Contenido: Tiene dos partes. Una primera, dogmática, que comprende los capítulos 1 a 17. Explica que los judíos no entendieron el Antiguo Testamento, por interpretarlo demasiado literalmente; la verdadera interpretación es la alegórica. La segunda parte es moral, y abarca los capítulos 17 a 21. La exposición sigue el mismo método que la Didaché –las dos vías–, pero no se inspira en ella, sino que recoge ese modo expositivo griego y judío.
Doctrina: Los puntos más desarrollados son los siguientes: la existencia eterna del Hijo; la Encarnación; el bautismo que nos transforma en templos del Espíritu Santo; hay que celebrar el domingo (el octavo día) y no el sábado; la vida del niño antes y después de nacer está protegida por la ley de Dios. En cuanto a la escatología, es milenarista.

b) La segunda epístola a los corintios

Este escrito es, en realidad, una homilía que en los antiguos manuscritos viene inmediatamente después de la Epístola a los corintios de San Clemente Romano. Esta conexión ha provocado la atribución de esta “segunda epístola” al propio San Clemente. Sin embargo, su forma y estilo literario prueban suficientemente que San Clemente no fue su autor y que no se trata de una carta, sino de una homilía. Esto no quita toda la importancia al escrito, pues es precisamente la homilía más antigua que se conserva. Su autor es desconocido, pero se le puede atribuir –por referencias internas– un origen corintio. Posiblemente fue compuesta en torno al 150.
El contenido dogmático no tiene especial interés, si se exceptúa la neta afirmación de la divinidad y la humanidad de Cristo. El contenido moral, por el contrario, es de notable importancia: exhorta a la penitencia de los pecados cometidos después del bautismo e insiste en la importancia de las buenas obras en orden a la salvación. El autor describe la vida del cristiano como una lucha, comparándola con las competiciones atléticas del estadio.

c) Dos epístolas a las vírgenes

Estas dos cartas fueron editadas por primera vez en 1752 y puestas bajo la autoridad de San Clemente de Roma. En los siglos XVIII y XIX se defendió la paternidad clementina de las cartas, pero hoy día es seguro que son de autor desconocido y de fecha más tardía: probablemente fueron escritas en el siglo II, aunque cabe la posibilidad de una redacción ligeramente posterior (primera mitad del siglo III).
El interés de estas cartas reside en que describen la vida de los primitivos ascetas y vírgenes cristianos, antes de la aparición del estado religioso. El autor dirige las cartas a personas de uno y otros sexo que permanecían célibes por amor a Dios y que, generalmente, vivían en sus propias casas, aunque excepcionalmente habitaban en común. El autor explica detalladamente la naturaleza y sentido del celibato cristiano: una imitación, un revestimiento de Cristo, con una necesaria proyección en obras de caridad y apostolado.

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Ruptura con el judaismo

La oposición del Sanedrín hacia la naciente Iglesia era inevitable, y hubo de manifestarse muy pronto. Aquellos mismos sacerdotes y príncipes del pueblo que habían declarado a Jesús reo de muerte, porque decía de sí que Él era el Mesías, el Hijo de Dios vivo, tenían que enfrentarse también con los discípulos que predicaban a Cristo resucitado. Ahora, después de la Pasión, Jesucristo, muerto ignominiosamente en la Cruz, constituía un «escándalo para los judíos» (1 Co 1,23), porque la expectativa de un Mesías glorioso, restaurador del Reino de Israel, era obstáculo formidable para que reconociesen en Jesús al Cristo, bajo la forma del Siervo de Yahwéh, anunciado por los Profetas, que había de dar la vida por los pecados del mundo.
Los milagros que obraban los Apóstoles y la predicación que ganaba para la fe a una multitud de creyentes determinaron la intervención de las autoridades judías de Jerusalén. Su actitud frente a la Iglesia se hizo cada vez más dura, y revela un estado de creciente hostilidad. La primera vez que Pedro y Juan fueron presos, el Sanedrín les prohibió anunciar el nombre de Jesús. Pero los Apóstoles no podían callar -«es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres», respondería Pedro al Sumo Sacerdote (Hch 5, 29)-, y presos otra vez, ahora los Doce, fueron azotados, saliendo gozosos por haber podido padecer por el nombre de Jesús. El discurso de Esteban ante el Sanedrín fue la gota de agua que colmó la medida: un arrebato de furor sacudió a la asamblea, que arrastró a Esteban fuera de la ciudad y le dio muerte. El martirio de Esteban fue la señal del estallido de una gran persecución, la primera sufrida por la Iglesia. Esta persecución obligó a muchos discípulos a huir de Jerusalén, y gracias a ello se abrieron nuevos caminos ala predicación evangélica. Una serie de acontecimientos de extraordinaria importancia, señalaron un considerable avance hacia el efectivo universalismo cristiano y hacia la separación cada vez mayor entre la Iglesia y la Sinagoga.
4. La Iglesia, abierta a los gentiles
Los primeros discípulos de la iglesia de Jerusalén eran todos judíos, unos hebreos y otros helenistas. Como sus hermanos de raza que no habían creído en Jesucristo, también ellos tenían arraigada conciencia de formar parte del pueblo escogido, y muchos pensaban que tan sólo los que pertenecían a ese pueblo eran destinatarios privilegiados de la esperanza mesiánica, anunciada por los Profetas y realizada en Cristo Jesús. Mas la huida de Jerusalén dispersó a los discípulos por las regiones de Judea y Samaria, donde prosiguieron el anuncio de la Buena Nueva hecho por Jesucristo, y gracias a esta circunstancia, el diácono Felipe predicó el Evangelio a los samaritanos, que recibieron la fe y se bautizaron. La conversión de los samaritanos constituyó un acontecimiento en la vida de la joven Iglesia, y los Apóstoles enviaron desde Jerusalén a Pedro y Juan, para confirmar por la comunicación del Espíritu Santo -el Sacramento de la Confirmación- la obra iniciada por Felipe. Este mismo misionero logró poco después la conversión de un personaje considerable -extranjero, aunque prosélito del Judaísmo-, el eunuco, ministro de la Reina de Etiopía (Hch 8, 26-40). Pero fue en Antioquía donde se produjo el hecho más notable, con vistas al futuro de la Iglesia. A esta ciudad, capital de Siria y una de las grandes metrópolis del oriente, llegaron fugitivos de Jerusalén que predicaban el Evangelio solamente a los judíos. Algunos de ellos, sin embargo, que eran helenistas originarios de Chipre y Cirene, tenían menos prejuicios y mentalidad ‘más amplia que los judíos palestinos, y comenzaron a dirigirse también a los griegos, anunciándoles a Cristo Jesús. Este acontecimiento señala la apertura de la Iglesia a los gentiles -a todos los hombres, sin distinción de pueblo o de raza-. Es significativo que en Antioquia los discípulos comenzasen a llamarse cristianos, como si ese nombre fuera signo de la vocación de universalidad que estaba en la entraña misma del cristianismo.
La universalidad de la Iglesia y de la redención de Jesucristo fue solemnemente sancionada por una milagrosa acción divina, que reveló a Pedro que tal era la voluntad expresa de Dios. El Señor dispuso las cosas de manera que Pedro, como una prueba más de su primacía, fuese escogido para abrir de modo oficial las puertas de la Iglesia a los gentiles. Los signos que acompañaron a la conversión en Cesárea del centurión Cornelio y de su familia tuvieron para Pedro valor definitivo: «Ahora reconozco que no hay para Dios acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia le es acepto» (Hch 10, 34-35). El relato de los Hechos (Hch 10, 1; 11, 18) pone bien de manifiesto el asombro de Pedro y de sus acompañantes cuando el Espíritu Santo descendió sobre Cornelio y los de su casa. Luego, en Jerusalén, la noticia de que Pedro había convivido con gentiles incircuncisos y les había otorgado el bautismo produjo entre los hermanos una profunda emoción. Hizo falta que Pedro les refiriese puntualmente todo lo ocurrido, para que se iniciase entre los judeocristianos un cambio de mente, que era también una auténtica conversión. Conversión que consistía, sobre todo, en la liberación de prejuicios inveterados y en darse cuenta del carácter universal de la obra salvífica de Jesucristo, que el Señor había proclamado reiteradamente en sus enseñanzas. Cuando Pedro cesó de hablar, los hermanos hubieron de rendirse ante la evidencia de su testimonio e ilustrados por el Espíritu Santo, comprendieron por fin que la Redención de Cristo y su Iglesia eran para todos los hombres: «Al oír estas cosas callaron y glorificaron a Dios, diciendo: luego Dios ha concedido también a los gentiles la penitencia para la vida» (Hch 11, 18).
5. Cuestión de la obligatoriedad de la Ley mosaica
Todo esto sucedía entre los años 34 y 36 de la era cristiana. Tres lustros más tarde, en el año 49, el «concilio» de Jerusalén habría de tratar nuevamente la cuestión de las relaciones entre cristianismo y Antigua Ley. Muchas cosas habían ocurrido entre tanto: la conversión de Saulo y el comienzo de sus viajes misionales; y, en la Pascua del año 44, la nueva persecución de la iglesia de Jerusalén, por obra de Herodes Agripa, con el martirio de Santiago el Mayor y la prisión y milagrosa liberación de Pedro. El Colegio de los Doce dejó entonces de tener su residencia común en la Ciudad Santa, y sus miembros se dispersaron; Santiago, el «hermano» -primo- del Señor fue en adelante el jefe -el obispo- de la iglesia local de Jerusalén. En Antioquía y en otras muchas ciudades adonde había llegado la predicación evangélica, gran número de gentiles habían sido recibidos en la Iglesia, que ya era de hecho universal. Pero algunos lustros es poco tiempo para desarraigar convicciones seculares. El ambiente de las iglesias de la gentilidad era muy distinto del que rodeaba ala de Jerusalén, cuyos miembros seguían viviendo a la sombra del Templo y observaban los preceptos rituales de la Antigua Ley. Los conversos de la gentilidad, recién llegados del paganismo, y los judeocristianos de Palestina, herederos de las tradiciones de Israel, tenían sin duda un espíritu y una mentalidad muy diferentes. Es comprensible que las relaciones entre unos y otros no fueran fáciles, y que los cristianos de Jerusalén mirasen con invencible recelo a sus hermanos gentiles, que ni pertenecían como ellos al pueblo elegido, y ni siquiera –y eso les resultaba todavía incomprensible- guardaban las más esenciales observancias impuestas por la Ley de Moisés.
El «incidente» de Antioquía entre Pedro y Pablo es una muestra de la embarazosa situación en que, como consecuencia de ese estado de cosas, podían encontrarse los Pastores. Pedro que, por aquel tiempo residía en la ciudad, convivía abiertamente con los cristianos de procedencia gentil y comía en sus casas. Pero cuando llegaron algunos hermanos de Jerusalén, Pedro se retrajo del trato con los gentiles, y su ejemplo fue seguido por otros. Entonces, Pablo le reprendió por esa conducta que, a su juicio, se prestaba a confusión ( Ga 2, 11-14). Sin embargo, el propio Pablo, algún tiempo después, hizo circuncidar a su discípulo Timoteo, en razón de los judíos que había en los lugares donde tenía que trabajar, porque todos sabían que aunque hijo de madre judía, su padre era griego (Hch 16, 1-3). Las circunstancias especiales en que vivió la Iglesia durante aquellos primeros años de vigencia de la nueva Ley evangélica, impusieron a los propios Apóstoles determinadas actitudes pastorales, que pronto perderían actualidad.
6. El «concilio» de Jerusalén
El hecho fue que algunos judeocristianos venidos de Jerusalén a Antioquía sembraron la inquietud entre sus hermanos gentiles, porque les decían que si no se circuncidaban según la Ley de Moisés no podían salvarse. Este anuncio provocó gran agitación entre las iglesias de la gentilidad, pero tuvo la virtud de hacer que se planteara abiertamente la cuestión de las relaciones entre Cristianismo y antigua Ley, y de la obligatoriedad para los cristianos de la circuncisión y demás prescripciones mosaicas. En el año 49 se celebró el llamado concilio de Jerusalén, con asistencia de los Apóstoles, de Santiago, obispo de la ciudad, y de los presbíteros; Pablo y Bernabé nevaron la voz de las iglesias de la gentilidad. En la asamblea algunos judeocristianos procedentes de la secta de los fariseos pretendieron imponer a todos los cristianos la circuncisión y la observancia de la Ley de Moisés. En esta ocasión trascendental -como cuando se acordó la admisión de los gentiles en la Iglesia- fue también el Apóstol Pedro quien dijo la palabra decisiva y proclamó la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales judíos. La asamblea, a propuesta de Santiago de Jerusalén, resolvió no imponer a los gentiles cargas inútiles; bastaba solamente con que se guardaran de la fornicación y, en obsequio a la vieja Ley, que observasen dos sencillos preceptos: abstenerse de comer carnes inmoladas a los ídolos o carnes no sangradas (Hch 15, 1-33).
Así, de modo solemne, quedó resuelta para siempre la cuestión de las relaciones entre cristianismo y Ley mosaica. El judeocristianismo perduró todavía durante algún tiempo, pero como un fenómeno local y minoritario, en una Iglesia que se extendía cada vez más por el mundo gentil. Los cristianos de Jerusalén y Palestina siguieron acudiendo al Templo y observando sus prácticas tradicionales, como puede verse por el relato en los Hechos de los Apóstoles de la prisión de San Pablo, que tuvo lugar en la primavera del año 58. Poco después, Santiago, el hermano del Señor y primer obispo de Jerusalén, fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado. Al estallar la guerra judaica, los cristianos de la Ciudad Santa se refugiaron en Pella, y no se hallaban dentro de Jerusalén cuando fue sitiada y destruida por Tito, el año 70. Antes de que terminase el siglo I, los judeocristianos que quedaban en Palestina rompieron definitivamente los últimos lazos que les unían con la Sinagoga.Cfr. Orlandis, J. Historia de la Iglesia I. La Iglesia Antigua y Medieval, pg 18 Ediciones Palabra, Madrid 1998

El dilema de la relación con Israel
Desde el punto de vista de la universalidad, la ruptura con el judaísmo no era algo que cayera por su propio peso. Existía, efectivamente, una difusión geográfica de la diáspora judía por todo el Imperio romano, muy anterior a la destrucción del Templo el año 70, Según Filón, contemporáneo de Cristo, no había menos de un millón de judíos solamente en la ciudad de Alejandría. Bajo el emperador Claudio (t 54) eran seis millones de judíos los que habitaban en el Imperio, de los cuales menos de un tercio habitaban en Palestina[1]Por eso los apóstoles, y en particular san Pablo, van a predicar a las sinagogas de la «diáspora». En la misma Jerusalén los judíos helenistas, como dicen los Hechos de los Apóstoles (6, 1), vueltos de la «diáspora», leían la Biblia en griego, la nueva lengua del Imperio en Asia desde las conquistas de Alejandro. Con el judaísmo, los discípulos de Cristo disponían, por una parte, de la gran ventaja de una religión lícita, permitida de manera oficial en el Imperio y respetada, al menos en sus instituciones, por los conquistadores, y, por otra, de una lengua, el griego, suficientemente universal como para llevar el nombre de lengua común, en la que se redactarán además los evangelios.
El judaísmo no ponía verdaderamente en peligro la expansión misionera del cristianismo entre los paganos, en la medida en que había aceptado una categoría, en cierto modo intermedia, compartida con aquellos que recibían el nombre de «prosélitos de la puerta» (por no poder franquear la puerta del Templo) o, mejor aún, «los que temen a Dios». No se les exigía ni la circuncisión ni la observancia total de la Ley. ¿No daba acaso esta consigna Hillel, el gran doctor fariseo de la época: «Ama a las criaturas y condúcelas a la Torah» ? Jesús mismo hace alusión a la intensidad de la misión judía: «Escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mares y continentes para ganar un prosélito» (Mt 23, 15). .
En este caso, ¿por qué vemos en los Hechos de los Apóstoles que, no sin discusiones, no sin desviaciones en relación con la línea elegida, los apóstoles, y especialmente Pedro y Pablo, arrastran a la primera comunidad cristiana hacia la ruptura con Israel?
«El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros otras cargas que éstas». Vienen, a continuación, cuatro excepciones (Hch 15, 28-29) que proceden del rechazo de la idolatría, bajo cualquier forma, un rechazo que ha constituido la grandeza de la resistencia judía, como atestigua el libro de Daniel o los de los Mártires de Israel.
No era sólo por sus ritos -o, al menos, no por ellos en primer lugar, aunque la vida cotidiana estuviera impregnada de ellos- por lo que el judaísmo planteaba un desafío a los primeros cristianos. Se trataba de un cuestionamiento propiamente teológico. San Pablo lo muestra en la Carta a los Gálatas y después en la dirigida a los Romanos: si la Ley encuentra su valor, este es conferido por la fe (Rm 3, 31), por la fe «todos aquellos a quienes anima el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (8, 14). Ha nacido un nuevo Israel que tiende la mano hacia el antiguo pueblo elegido (10,21) y lo integra si reconoce en Cristo al Mesías esperado por los Patriarcas y por los Profetas.
Pablo resuelve, rebasa, supera podríamos decir, su potente oposición dialéctica entre judíos y gentiles poniendo el acento sobre «el Israel de Dios» (Ga 6, 16) que es único[2] . Se alegra del nuevo Pueblo que entra en otra dimensión, en otro tiempo, podríamos decir, en el tiempo cristiano…. Si bien los teólogos del siglo II, como Ireneo, Cipriano o incluso Tertuliano, exaltan más bien al Verus Israel [3], que parece coincidir con la Gran Iglesia ya constituida, el desafío de la universalidad, tal como fue superado por san Pablo, no lo fue por exclusión o por rechazo, sino por integración en una visión teológica, aunque se tratara también de rechazar el nacionalismo teñido de mesianismo que existía en Palestina.

Bedouelle, G. La Historia de la Iglesia, pg 48 Edicep, Valencia 1993

[1] Salomon Wittmayer Mayer, Histoire d’Israi!l, t. I, Paris, 19862, 232
[2] Sobre este tema capital que supera los límites de este manual ver Jean Miguel Garrigues (y otros), L ‘Unique lsrai!l de Dieu, Limoges, 1987
[3] Ireneo de Lyón, Adversus Haereses, IV, 21, PG 7, 1043-46. Cipriano, Testimonia ad Quirinum, I, 19, CCSL 3, 19. Tertuliano, Adversus Judaeos, I, CCSL 1, 1339-41.

Published in: on enero 4, 2008 at 5:52 pm  Dejar un comentario  
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Vinieron de lejos

 

Hoy, en el horizonte de la Navidad, aparecen tres nuevas figuras: los Magos de Oriente.

Vienen de lejos siguiendo la luz de la estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a Jerusalén, llegan a la corte de Herodes. Preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).

En la liturgia de la Iglesia la solemnidad de hoy se llama Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación.

Esta expresión nos invita a pensar no sólo en la estrella que apareció a los ojos de los Magos, no sólo en el camino que estos hombres de oriente hacen, siguiendo el signo de la estrella. La Epifanía nos invita a pensar en el camino interior, del que nace el misterioso encuentro del entendimiento y del corazón humano con la luz de Dios mismo.

“La luz… que alumbraba a todo hombre, cuando viene al mundo” (cfr. Jn 1,9).

Los tres personajes de Oriente seguían con certeza esta luz antes aún de que apareciera esta estrella.

Dios les hablaba con la elocuencia de toda la creación: decía que es, que existe; que es Creador y Señor del mundo.

En cierto momento, por encima del velo de las criaturas, los acercó todavía más a Sí mismo. Y a la vez, ha comenzado a confiarles la verdad de su Venida al mundo. De algún modo, los introdujo en el conocimiento del designio divino de la salvación.

—Manifestación del Redentor

Los Magos respondieron con la fe a esa Epifanía interior de Dios.

Esta fe les permitió reconocer el significado de la estrella. Esta fe les mandó también ponerse en camino. Iban a Jerusalén, capital de Israel, donde se transmitía de generación en generación la verdad sobre la venida del Mesías. La habían predicado los profetas y habían escrito de ella los libros santos.

Dios, que habló al corazón de los Magos con la Epifanía interior, había hablado a lo largo de los siglos al Pueblo elegido y les había predicado la misma verdad sobre su venida.

Esta verdad se cumplió la noche del nacimiento de Dios en Belén. Ya esta noche es la Epifanía de Dios, que ha venido: Dios que nació de la Virgen y fue colocado en el pobre pesebre, Dios que ocultó su venida en la pobreza del nacimiento en Belén: he ahí la Epifanía del divino ocultamiento.

Sólo un grupo de pastores se apresuró para ir a su encuentro…

Pero mirad que ahora vienen los Magos. Dios, que se oculta a los ojos de los hombres que viven cerca de Él, se revela a los hombres que vienen de lejos.

—Reconocer al Mesías

Dice el profeta a Jerusalén:

“Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is 60,3-4).

Los guía la fe. Los guía la fuerza interior de la Epifanía.

De esta fuerza habla así el Concilio:

“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cfr. Col 1,15; 1Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).

Los Magos de Oriente llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía. Les permite reconocer al Mesías en el Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2,11).

Vidimus stellam in Orientem et venimus adorare Eum! 

Vidimus et venimus!

Este es el resumen y el deseo que expresamos en la oración del día de hoy: los Reyes vieron la estrella y vinieron a adorar al    

Niño-Dios-Incienso

                Niño-Mesías-Hombre-Mirra

                Niño-Rey-Oro

Nosotros también queremos seguir viendo nuestra estrella, nuestra vocación de cristianos corrientes y venir después -y siempre- a adorar Al que nos la ha dado: Dios, Mesías, Rey.

Adorar, que es querer su Voluntad, querer que El reine, querer que sea para El toda la gloria.

Los Magos son, al mismo tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía se difundirá ampliamente entre los pueblos de la tierra.

Tiempos de expansión los que está viviendo la Iglesia, como siempre y en Ella su “partecita” que es el Opus Dei

Vidimus stellam! 

La historia de la estrella, del lucero de San Josemaría:

La historia del lucero que estaba tan dentro del alma de nuestro Padre, arranca desde muy antiguo. Se consideraba muy poca cosa para realizar la inmensa tarea que el Señor le había encomendado, pero, a la vez, tenía una profunda conciencia de ser hijo de Dios e hijo de Santa María. Su oración se caracterizaba –así fue siempre- por una fe inmensa que se atreve a tareas grandes porque confía, no en sus fuerzas ni en sus méritos, sino exclusivamente en el poder infinito de su Padre Dios.

Estas consideraciones quedaron plasmadas en sus Apuntes íntimos, el 28 de diciembre de 1931, con ocasión de una anécdota que le comentaron las monjas del Patronato de Santa Isabel. Era la fiesta de los Santos Inocentes, día en el que es frecuente en España gastar bromas. Las religiosas también se divertían de este modo y habían establecido que, durante ese día, la más joven hiciera de superiora y mandase sobre todas las demás. Nuestro Fundador llevó la anécdota a su vida espiritual de hijo pequeño de Dios, y escribió: Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en medio de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé –de broma, ¿eh?, aunque también un poco de verás- y les mando que obedezcan, así, al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey-Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con El… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…(San Josemaría, 28-XII-1931, Apuntes íntimos, n. 517 en Vázquez de Prada, A, El Fundador del Opus Dei, T. I, pg. 413)

Y tiempos de expansión a través de la aceptación de las dificultades, enfermedades, “caricias” , pues así quiere el reinar y extender su reinado a todo el mundo

    Año mariano

Es muy grato a Dios el reconocimiento a su bondad que supone recitar un «Te Deum» de acción de gracias, siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea -como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección. (San Josemaría, Forja, n. 609)

Ordenación episcopal del Padre Tanto motivo de acción de gracias Acerca del lema, el Padre nos explicó que había elegido aquella jaculatoria que tantas veces repitió nuestro Fundador. ¡Deo omnis gloria!, ¡para Dios toda la gloria!, porque junto al que eligió don Álvaro ‑regnare Christum volumus‑, y aquel otro: Omnes cum Petro ad lesum per Mariam, compendian ‑como escribió nuestro Padre en sus Apuntes íntimos todos nuestros afanes. Ruego al Señor, a través de nuestro santo Fundador, de don Álvaro, que sepamos hacerlos carne de nuestra carne, vida de nuestra vida

Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi en el n 49, nos hace considerar como motivo de esperanza firme la estrella del mar, que es María:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

  

Published in: on enero 4, 2008 at 5:11 pm  Dejar un comentario  
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Una caricia a D. Pedro

       

        Como sabéis D. Pedro ha tenido una trombosis el mismo día de Navidad, que le ha afectado al lado izquierdo. Los médicos dicen que su situación es de falta de peligro para la vida y que saldrá adelante despues de una recuperación adecuada, y eso lo dicen sin conocer la energía y vitalidad de D. Quirru, que si supieran un poco más de él …

          El Prelado de la Obra le ha escrito una carta muy cariñosa en la que le dice que el Señor le ha hecho “una caricia” con esta enfermedad y que Le ofrezca las molestias por amor a las almas, que de ahí vendrá un importante impulso apostólico.

          Aprovecho la ocasión para ofreceros unas consideraciones sobre la enfermedad y el sufrimiento que ha reunido la Capellanía de la Clínica Universitaria de Navarra:

TEXTOS PARA MEDITAR SOBRE LA ENFERMEDAD    

El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan de los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).

En el Cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la Cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del Sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. Sabéis bien que quien sufre no busca sólo un alivio a sus dolencias o limitaciones, sino también al hermano o hermana capaz de comprender su estado de ánimo y ayudarle a aceptarse a sí mismo   

Juan Pablo II, Salvifici Doloris nº 27   

Amadísimos hermanos que sufrís en el espíritu y en el cuerpo no cedáis ante la tentación de considerar el dolor como una experiencia únicamente negativa, hasta el punto de dudar de la bondad de Dios. En el Cristo paciente todo enfermo encuentra el significado de sus propios padecimientos.

El sufrimiento y la enfermedad pertenecen a la condición del hombre, criatura frágil y limitada, marcada desde el nacimiento por el pecado original. Sin embargo, en Cristo muerto y resucitado la humanidad descubre una nueva dimensión de su sufrimiento: en vez de ser un fracaso, constituye una ocasión para dar testimonio de fe y amor. Sabed encontrar en el amor “el sentido salvífico de vuestro dolor y las respuestas válidas a todas vuestras preguntas”(Salvifici doloris 31).

Vuestra misión es de un valor altísimo tanto para la Iglesia como para la sociedad. Vosotros, los que sufrís, sois los predilectos de Dios. Como hizo con todos los que encontró por los caminos de Palestina, Jesús os dirige una mirada llena de ternura; su amor no os faltará jamás” (Tours 21.IX.96). Sed testigos generosos de este amor privilegiado, mediante el don de vuestro sufrimiento, que tanto puede contribuir a la salvación del género humano. En una sociedad como la actual, que trata de construir su futuro sobre el bienestar y el consumismo y que valora todo según la eficacia y los beneficios, la enfermedad y el sufrimiento, que no pueden negarse, son alejados y vaciados de significado con el intento ilusorio de superarlos solamente con los medios que pone a disposición el progreso de la ciencia y de la técnica.   

Juan Pablo II, Mensaje en jornada mundial del enfermo 1997   

El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante. Pues bien, nosotros, cristianos, mirando a Jesús crucificado encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El cristiano sabe que, después del pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en nuestro dolor, experimentar nuestra angustia, pasar por la agonía del espíritu y el desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad

Juan Pablo II, Alocución 24-III-1979 nº 1500

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte. nº 1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.   

Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1500-1501  

Mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: no me atienden bien, nadie se preocupa de mi, no me cuidan como merezco, ninguno me comprende… El diablo, que anda siempre al acecho, ataca por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza cuando se lleva con optimismo sobrenatural – ¡cuando se ama! – el dolor. Por lo tanto, si es voluntad de Dios que nos alcance el zarpazo de la aflicción, tomadlo como señal de que nos considera maduros para asociarnos mas estrechamente a su Cruz redentora  

San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nº 124   

Una visión del mundo que no pueda dar sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor sólo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos. En la comunión con Cristo, el dolor llega a adquirir su significado pleno, no sólo para sí mismo, como proceso de purificación en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen, sino también más allá de mí mismo: Él es útil para todo, de manera que todos podamos decir con San Pablo: Ahora me alegro en mis padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24)  

 J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Ed. Encuentro 1995   

Amor y dolor forman un binomio que va estrechamente unido en nuestra fe cristiana. Amor y dolor son realidades que se implican, que viven estrechamente unidas en la imaginería cristiana que llena nuestras iglesias, nuestro templos, y en lo más profundo del corazón de los cristianos. Amor hecho dolor y dolor siempre vivido en el amor, siguiendo el ejemplo de Cristo. El dolor sin amor sólo engendra amargura y desesperación, rebeldía y desesperanza. El amor sin dolor es frágil, superficial, incompleto, antojadizo.

La cultura en la que vivimos inmersos promete la felicidad en esta vida y se presenta como al alcance de la mano, algo fácil de construir sin demasiado esfuerzo, pero los seres humanos sabemos por experiencia que la felicidad en el amor requiere de la donación personal sacrificada. El dolor puede ser un camino hacia el amor; y al amor auténtico y completo sólo se llega por el dolor de la abnegación personal de sí mismo en favor del otro.

El dolor es también un camino de esperanza gracias a la resurrección de Jesucristo. Eso es lo que refleja el rostro de La Piedad de Miguel Ángel: hay un dolor por su Hijo muerto y, al mismo tiempo, una serena esperanza confiada en que no todo acaba ahí. Hay un después. El dolor no es el fin de la existencia humana, sino un paso, una Pascua hacia la salvación. El dolor es salvífico.   

Darío Castrillón, en Alfa y Omega, XII.2000   

Dejadme que os confiese con sencillez que yo jamás pido a Dios que me cure de mi enfermedad. No lo pido porque me parece un abuso de confianza; pero, sobre todo, porque temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con Él más íntimamente, más realmente.

Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; le pido que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo o mi necesidad de cariño. Pero que no me la quite. Estar, vivir en el Huerto de los Olivos no es ningún placer, pero sí es un regalo, un don, tal vez el único que, al final de mi vida, pueda yo poner en sus manos de Padre. Decía el poeta Luis Rosales: Nadie regresa del dolor y continúa siendo el mismo hombre. El dolor aceptado con sabiduría y asumido serenamente, humaniza y hace al hombre más comprensivo y profundo.

El dolor posee una fuerza especial de purificación y es capaz de cambiarnos humana y espiritualmente. Cuando el dolor hace acto de presencia en nuestra vida, puede ayudarnos en la sabiduría de la Cruz de Cristo que es siempre redentora y salvadora. La fe en Jesús muerto y resucitado da un profundo sentido al misterio del dolor. Hace que deje de ser absurdo y se convierta en fuerza salvadora.

El amor a la Cruz entre los cristianos tiene una dimensión especial. Cuando llega un mal o un problema humano, lo menos conveniente es lamentarse o autocompadecerse, porque la vida sigue, y además nunca tendrá fin. Lo importante es mirar a la Cruz de Cristo y ver que con Él, se encuentra sentido al dolor. Es redentor   J.L.Martín-Descalzo, Reflexiones sobre un enfermo   

MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI

PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO  

Queridos hermanos y hermanas:  El 11 de febrero de 2007, día en que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, tendrá lugar en Seúl, Corea, la XV Jornada mundial del enfermo. Se llevarán a cabo una serie de encuentros, conferencias, asambleas pastorales y celebraciones litúrgicas con representantes de la Iglesia en Corea, con el personal de la asistencia sanitaria, así como con los enfermos y sus familias.    

Una vez más la Iglesia vuelve sus ojos a quienes sufren y llama la atención hacia los enfermos incurables, muchos de los cuales están muriendo a causa de enfermedades terminales. Se encuentran presentes en todos los continentes, particularmente en los lugares donde la pobreza y las privaciones causan miseria y dolor inmensos. Consciente de estos sufrimientos, estaré espiritualmente presente en la Jornada mundial del enfermo, unido a los participantes, que discutirán sobre la plaga de las enfermedades incurables en nuestro mundo, y alentando los esfuerzos de las comunidades cristianas en su testimonio de la ternura y la misericordia del Señor.    

La enfermedad conlleva inevitablemente un momento de crisis y de seria confrontación con la situación personal. Los avances de las ciencias médicas proporcionan a menudo los medios necesarios para afrontar este desafío, por lo menos con respecto a los aspectos físicos. Sin embargo, la vida humana tiene sus límites intrínsecos, y tarde o temprano termina con la muerte. Esta es una experiencia a la que todo ser humano está llamado, y para la cual debe estar preparado.   

 A pesar de los avances de la ciencia, no se puede encontrar una curación para todas las enfermedades; por consiguiente, en los hospitales, en los hospicios y en los hogares de todo el mundo nos encontramos con el sufrimiento de numerosos hermanos nuestros enfermos incurables y a menudo en fase terminal. Además, muchos millones de personas en el mundo viven aún en condiciones insalubres y no tienen acceso a los recursos médicos necesarios, a menudo del tipo más básico, con el resultado de que ha aumentado notablemente el número de seres humanos considerados “incurables”.    

La Iglesia desea apoyar a los enfermos incurables y en fase terminal reclamando políticas sociales justas que ayuden a eliminar las causas de muchas enfermedades e instando a prestar una mejor asistencia a los moribundos y a los que no pueden recibir atención médica. Es necesario promover políticas que creen condiciones que permitan a las personas sobrellevar incluso las enfermedades incurables y afrontar la muerte de una manera digna. Al respecto, conviene destacar una vez más la necesidad de aumentar el número de los centros de cuidados paliativos que proporcionen una atención integral, ofreciendo a los enfermos la asistencia humana y el acompañamiento espiritual que necesitan. Se trata de un derecho que pertenece a todo ser humano y que todos debemos comprometernos a defender.    

Deseo apoyar los esfuerzos de quienes trabajan diariamente para garantizar que los enfermos incurables y en fase terminal, juntamente con sus familias, reciban una asistencia adecuada y afectuosa. La Iglesia, siguiendo el ejemplo del buen samaritano, ha mostrado siempre una solicitud particular por los enfermos. A través de cada uno de sus miembros y de sus instituciones, sigue estando al lado de los que sufren y de los moribundos, tratando de preservar su dignidad en esos momentos tan significativos de la existencia humana. Muchas de esas personas – profesionales de la asistencia sanitaria, agentes pastorales y voluntarios- e instituciones en todo el mundo sirven incansablemente a los enfermos, en hospitales y en unidades de cuidados paliativos, en las calles de las ciudades, en proyectos de asistencia a domicilio y en parroquias.    

Ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís enfermedades incurables y terminales. Os animo a contemplar los sufrimientos de Cristo crucificado, y, en unión con él, a dirigiros al Padre con plena confianza en que toda vida, y la vuestra en particular, está en sus manos. Confiad en que vuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, resultarán fecundos para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pido al Señor que fortalezca vuestra fe en su amor, especialmente durante estas pruebas que estáis afrontando. Espero que, dondequiera que estéis, encontréis siempre el aliento y la fuerza espiritual necesarios para alimentar vuestra fe y acercaros más al Padre de la vida.  

A través de sus sacerdotes y de sus agentes pastorales, la Iglesia desea asistiros y estar a vuestro lado, ayudándoos en la hora de la necesidad, haciendo presente así la misericordia amorosa de Cristo hacia los que sufren.    

Por último, pido a las comunidades eclesiales en todo el mundo, y particularmente a las que se dedican al servicio de los enfermos, que, con la ayuda de María, Salus infirmorum, sigan dando un testimonio eficaz de la solicitud amorosa de Dios, nuestro Padre. Que la santísima Virgen María, nuestra Madre, conforte a los que están enfermos y sostenga a todos los que han consagrado su vida, como buenos samaritanos, a curar las heridas físicas y espirituales de quienes sufren. Unido a cada uno de vosotros con el pensamiento y la oración, os imparto de corazón mi bendición apostólica como prenda de fortaleza y paz en el Señor. 

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI

a los participantes en la Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio

para la Pastoral de la Salud

24 de noviembre de 2006. 

EL BESO AL LEPROSO HOY Queridos hermanos y hermanas:   Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión de la Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio para la pastoral de la salud. Dirijo mi saludo a cada uno y, en primer lugar, al cardenal Javier Lozano Barragán, al que agradezco sus amables palabras. La elección del tema —”Los aspectos pastorales de la curación de las enfermedades infecciosas”— brinda la oportunidad de reflexionar, desde diversos puntos de vista, sobre patologías infecciosas que han acompañado desde siempre el camino de la humanidad.  Es impresionante el número y la variedad de los modos como esas patologías amenazan, a menudo mortalmente, la vida humana incluso en nuestro tiempo. Palabras como lepra, peste, tuberculosis, sida o ébola evocan dramáticos escenarios de dolor y temor. Dolor para las víctimas y para sus seres queridos, a menudo agobiados por un sentido de impotencia ante la gravedad inexorable de la enfermedad; y temor para la población en general y para cuantos se acercan a estos enfermos por su profesión o por opciones voluntarias. La persistencia de enfermedades infecciosas que, a pesar de los efectos benéficos de la prevención realizada gracias al progreso de la ciencia, a la tecnología médica y a las políticas sociales, siguen ocasionando numerosas víctimas, pone de manifiesto los límites inevitables de la condición humana. Sin embargo, no hay que rendirse en el empeño de buscar medios y modos de intervención más eficaces para combatir estas enfermedades y para reducir las molestias de quienes son sus víctimas.  En el pasado, numerosos hombres y mujeres han puesto su competencia y su generosidad humana a disposición de los enfermos con patologías que producen repugnancia. En el ámbito de la comunidad cristiana han sido muchas “las personas consagradas que han sacrificado su vida a lo largo de los siglos en el servicio a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando que la entrega hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida consagrada” (Vita consecrata, 83).  Con todo, a tan laudables iniciativas y a tan generosos gestos de amor se contraponen no pocas injusticias. No podemos olvidar a las numerosas personas afectadas por enfermedades infecciosas que se ven obligadas a vivir segregadas y a veces marcadas por un estigma que las humilla. Esas deplorables situaciones resultan aún más graves a causa de la desigualdad de las condiciones sociales y económicas entre el norte y el sur del mundo. A esas situaciones es preciso responder con intervenciones concretas, que fomenten la cercanía al enfermo, hagan más viva la evangelización de la cultura y propongan motivos inspiradores de los programas económicos y políticos de los Gobiernos.  En primer lugar, la cercanía al enfermo afectado por enfermedades infecciosas es un objetivo al que la comunidad eclesial debe tender siempre. El ejemplo de Cristo, que, rompiendo con las prescripciones de su tiempo, no sólo dejaba que se le acercaran los leprosos, sino que también les devolvía la salud y su dignidad de personas, ha “contagiado” a muchos de sus discípulos a lo largo de más de dos mil años de historia cristiana.  El beso que san Francisco de Asís dio al leproso ha encontrado imitadores no sólo en personas heroicas como el beato Damián de Veuster, que murió en la isla de Molokai mientras asistía a los leprosos; como la beata Teresa de Calculta; o como las religiosas italianas que murieron hace algunos años a causa del virus del ébola; sino también en muchos promotores de iniciativas en favor de las personas afectadas por enfermedades infecciosas, sobre todo en los países en vías de desarrollo.  Es necesario mantener viva esta rica tradición de la Iglesia católica para que, a través de la práctica de la caridad con quienes sufren, se hagan visibles los valores inspirados en una auténtica humanidad y en el Evangelio: la dignidad de la persona, la misericordia, la identificación de Cristo con el enfermo. Sería insuficiente cualquier intervención en la que no se haga perceptible el amor al hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo.  A la insustituible cercanía al enfermo va unida la evangelización del ambiente cultural en el que vivimos. Uno de los prejuicios que entorpecen o limitan una ayuda eficaz a las víctimas de enfermedades infecciosas es la actitud de indiferencia e incluso de exclusión y rechazo con respecto a ellas, que se da a menudo en la sociedad del bienestar.  Esta actitud se ve favorecida entre otras cosas por la imagen, que transmiten los medios de comunicación social, de hombres y mujeres preocupados principalmente de la belleza física, de la salud y de la vitalidad biológica. Se trata de una peligrosa tendencia cultural que lleva a ponerse a sí mismos en el centro, a encerrarse en su pequeño mundo, a no querer comprometerse al servicio de los necesitados.  En cambio, mi venerado predecesor Juan Pablo II, en la carta apostólica Salvifici doloris, expresa el deseo de que el sufrimiento ayude a “irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio yo en favor de los demás hombres, de los demás hombres que sufren”. Y añade: “El mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento” (n. 29).  Por eso, hace falta una pastoral capaz de sostener a los enfermos que afrontan el sufrimiento, ayudándoles a transformar su condición en un momento de gracia para sí y para los demás, a través de una viva participación en el misterio de Cristo. Por último, quisiera reafirmar la importancia de la colaboración con las diversas instituciones públicas, para que se ponga en práctica la justicia social en un delicado sector como el de la curación y la asistencia a las personas afectadas por enfermedades infecciosas.  Quisiera aludir, por ejemplo, a la distribución equitativa de los recursos para la investigación y la terapia, así como a la promoción de condiciones de vida que frenen la aparición y la difusión de enfermedades infecciosas. En este ámbito, como en otros, a la Iglesia compete el deber “mediato” de “contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni estas pueden ser operativas a largo plazo”, mientras que “el deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos (…), llamados a participar en primera persona en la vida pública” (Deus caritas est, 29).  Gracias, queridos amigos, por el empeño que ponéis al servicio de una causa en la que se hace realidad la obra sanadora y salvadora de Jesús, divino Samaritano de las almas y los cuerpos. Deseándoos una feliz conclusión de vuestros trabajos, os imparto de corazón a vosotros y a vuestros seres queridos una bendición apostólica especial.         Algunos puntos de obras de san Josemaría Escrivá Camino > Amor de Dios > Punto 419

               419              —Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula?     Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El.                                                                                   Camino > Formación > Punto 361               361              Para ti, que te quejas interiormente, porque te tratan con dureza, y sientes el contraste de ese rigor con la conducta de los de tu sangre, copio estos párrafos de la carta de un alférez médico: “Ante el enfermo, cabe la actitud fría y calculadora, pero objetiva y útil para el paciente, del profesional honrado. Y la ñoñería llorona de la familia. —¿Qué sería de un puesto de socorro, durante un combate, cuando va llegando el chorreo de heridos que se acumulan porque la evacuación no es lo suficientemente rápida, si junto a cada camilla hubiese una familia? Como para pasarse al enemigo”.                                                                                

Camino > Penitencia > Punto 219

               219              Si sabes que esos dolores —físicos o morales— son purificación y merecimiento, bendícelos.                                                                                   Camino > Corazón > Punto 169

               169              Te acogota el dolor porque lo recibes con cobardía. —Recíbelo, valiente, con espíritu cristiano: y lo estimarás como un tesoro.                                                                                

Camino > Penitencia > Punto 208

               208              Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!                                                                                               234              ¡Cómo ennoblecemos el dolor, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!                                                                                 

Amigos de Dios > Tras los pasos del Señor > Punto 132

              132                                                   Si os recuerdo estas verdades recias, es para invitaros a que examinéis atentamente los móviles que impulsan vuestra conducta, con el fin de rectificar lo que necesite rectificación, enderezando todo al servicio de Dios y de vuestros hermanos los hombres. Mirad que el Señor ha pasado a nuestro lado, nos ha mirado con cariño y nos ha llamado con su vocación santa, no por obras nuestras, sino por su beneplácito y por la gracia que nos ha sido otorgada en Jesucristo antes de todos los siglos.Purificad la intención, ocupaos de todas las cosas por amor a Dios, abrazando con gozo la cruz de cada día. Lo he repetido miles de veces, porque pienso que estas ideas deben estar esculpidas en el corazón de los cristianos: cuando no nos limitamos a tolerar y, en cambio, amamos la contradicción, el dolor físico o moral, y lo ofrecemos a Dios en desagravio por nuestros pecados personales y por los pecados de todos los hombres, entonces os aseguro que esa pena no apesadumbra.No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso. Nosotros colaboramos como Simón de Cirene que, cuando regresaba de trabajar en su granja pensando en un merecido reposo, se vio forzado a poner sus hombros para ayudar a Jesús. Ser voluntariamente Cireneo de Cristo, acompañar tan de cerca a su Humanidad doliente, reducida a un guiñapo, para un alma enamorada no significa una desventura, trae la certeza de la proximidad de Dios, que nos bendice con esa elección.

Con mucha frecuencia, no pocas personas me han comentado con asombro la alegría que, gracias a Dios, tienen y contagian mis hijos en el Opus Dei. Ante la evidencia de esta realidad, respondo siempre con la misma explicación, porque no conozco otra: el fundamento de su felicidad consiste en no tener miedo a la vida ni a la muerte, en no acogotarse ante la tribulación, en el esfuerzo cotidiano de vivir con espíritu de sacrificio, constantemente dispuestos —a pesar de la personal miseria y debilidad— a negarse a sí mismos, con tal de hacer el camino cristiano más llevadero y amable a los demás.                 

                                                                                                           

Published in: on enero 3, 2008 at 2:45 pm  Dejar un comentario