Rutinas


Trabaja 14 horas al día; 6 en casa y 8 fuera. Tiene cinco niños, un suegro enfermo y una asistenta ecuatoriana un poco lenta, pero cariñosa. Su marido ayuda poco, la verdad, aunque, según dice, es muy bueno. Pongamos que se llama Lola, que es un nombre como cualquier otro.

Me cuenta que a media tarde se escapa a la iglesia de enfrente y hace un rato de oración en la capilla del Santísimo.

—Sin eso no podría aguantar la tensión —asegura—. Es mi descanso, pero a veces me duermo.

Al salir, reza el rosario por la calle y en el autobús.

—Lo malo es la rutina; no consigo estar pendiente de las avemarías.

Le aconsejo que dé gracias a Dios por esa rutina. Gracias a ella, el Rosario es una melodía sencilla que nace sin esfuerzo en los labios mientras la imaginación vuela hasta el cielo.

Las tareas más importantes de la vida ordinaria salen adelante gracias a la rutina, a la buena querencia que se ha ido creando a base de repetir día tras día las mismas cosas. Hace falta mucho empeño y mucha voluntariedad actual para que vayan cimentándose unos hábitos que facilitan la existencia y permiten rebajar la tensión. Sin ese acostumbramiento, la vida sería insoportable. Llegaríamos agotados al final de la jornada. Desde la primera hora de la mañana, vivimos, gracias a Dios, en un carrusel de pequeñas rutinas adquiridas libremente. Hemos aprendido a ponernos en pie, a ducharnos, a peinarnos, a vestirnos, a hacer la cama, a preparar el desayuno casi sin pensar en lo que hacemos, y no por eso el donuts
sabe peor. Los besos que Lola da cada mañana a su marido y a sus hijos quizá sepan a Cola-Cao, pero ellos los necesitan igual que la primera vez.

—Pero en la oración —insiste— siempre he oído que no hay que dejarse llevar por la rutina.

De acuerdo, pero sin agobios. Hace ya muchos años, un famoso campeón del mundo de rallies, asistía a una tertulia con universitarios en las afueras de Madrid. Uno de aquellos chavales le preguntó:

—¿Qué se siente cuando vas a comenzar una carrera y están todos los coches a punto, con el motor en marcha en la línea de salida…?

El campeón le miró con cierta guasa, y respondió:

—Yo tengo la inmensa suerte de ganarme la vida con algo que me apasiona. Pero no te engañes; en el fondo, soy sólo un mecánico especializado. El 90 por ciento de mi trabajo es rutina: oír como suenan los motores, buscar soluciones, apretar tornillos… Gracias a eso, cuando llega el momento de la verdad puedo centrarme en la carrera. A ti te ocurrirá lo mismo: la profesión más absorbente del mundo se compone de un noventa por ciento de rutina y un diez por ciento de emoción.

He recordado esta anécdota muchas veces, sobre todo cuando me vienen a la memoria los primeros años de mi trabajo sacerdotal. Por entonces todo era nuevo y apasionante: desde la mañana a la noche, cada gesto era original; la vida era un estreno permanente. Cada meditación, cada plática, cada consejo que daba en el confesonario, cada ceremonia litúrgica me mantenía en tensión, antes y después, durante horas… Hasta que llegó la rutina.

La rutina se impuso poco a poco. Yo traté, como todos los sacerdotes, de que no invadiera el núcleo fundamental: la Santa Misa, los Sacramentos, el gesto tremendo y solemne de tener a Jesucristo en las manos y el de absolver los pecados, pero doy gracias a Dios que me permite hacer mil cosas sin esfuerzo.

—Entonces, ¿usted es partidario de las devociones rutinarias?

—Yo soy partidario de poner el corazón en todo, incluso en las rutinas cotidianas, y no crearse escrúpulos bobos: prefiero un beso rutinario a un escupitajo espontáneo y original. Yo sé que en el Cielo no habrá rutina, pero aquí…

—Es que usted va sobrao…

—No hija, no. Es sólo rutina.

Published in: on abril 18, 2010 at 3:16 pm  Dejar un comentario  

La amarga Pasión

María, su Madre, tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y pidió a Juan que la condujera cerca del sitio donde Jesús sufría. Juan, que no había dejado a su divino Maestro más que para consolar a la que estaba más cerca de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a través de las calles, alumbradas por el resplandor de la luna. Iban con la cabeza cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de algunos grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador. La Madre de Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba en su corazón como todo lo demás, sufriendo en silencio como Él. Al llegar a la casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a la entrada del interior, esperando que le abrieran la puerta. Esta se abrió, y Pedro se precipitó afuera, llorando amargamente. María le dijo: “Simón, ¿qué ha sido de Jesús, mi Hijo?”. Estas palabras penetraron hasta lo íntimo de su alma. No pudo resistir su mirada; pero María se fue a él, y le dijo con profunda tristeza: “Simón, ¿no me respondes?”. Entonces Pedro exclamó, llorando: “¡Oh Madre, no me hables! Lo han condenado a muerte, y yo le he negado tres veces vergonzosamente”. Juan se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de sí, huyó del patio y se fue a la caverna del monte de las Olivas. La Virgen Santísima tenía el corazón destrozado.

Juan la condujo delante del sitio donde el Señor estaba encerrado. María estaba en espíritu con Jesús; quería oír los suspiros de su Hijo y los oyó con las injurias de los que le rodeaban. Las santas mujeres no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas; Magdalena mostraba una desesperación demasiado exterior y muy violenta; y aunque la Virgen en lo más profundo de su dolor conservaba una dignidad y un silencio extraordinario, sin embargo, al oír estas crueles palabras: “¿No es la madre del Galileo? Su hijo será ciertamente crucificado; pero no antes de la fiesta, a no ser que sea el mayor de los criminales”; Juan y las santas mujeres tuvieron que llevarla más muerta que viva. La gente no dijo nada, y guardó un extraño silencio: parecía que un espíritu celestial había atravesado aquel infierno. (Emmerick: La amarga Pasión, cap. VI)

Film “La Pasión” de Mel Gibson

Published in: on abril 2, 2010 at 6:06 pm  Dejar un comentario  

Córdoba romana y mora, Córdoba cristiana


Ayer por la tarde, fui a Córdoba a hacer las estaciones en los Monumentos donde está el Señor sacramentado esperando la visita…Fui, como no, a la iglesia Convento de Capuchinos, en la plaza del mismo nombre, donde está el Cristo de los Faroles.
Después de rezar la estación en el Convento y en la cercana Iglesia de los Dolores, hice esta foto con el sol vespertino de las 8 de la tarde…el ambiente era muy grato y se estaba muy hermosamente Allí estaba este epigrama que copié del autor cordobés Mario López (1918-2003)

Plaza de los Dolores

Recinto de silencios. Aljamiada.
Plaza de los Dolores. Geometría
De cielo y cal. Tapiada. Andalucía.
Córdoba en Soledades. Cubicada.
Cristo de Piedra. Muda Cruz, alzada
Sobre los barrios de la torería
Trágico monumento de agonía
Rincón de luna y muerte. Traspasada…
Patio de estrellas. Virgen entre lirios
De primavera. Virgen desmayada
Por el temblor incierto de los cirios
Ámbito de la sombra iluminada.
Huerto interior de ascéticos delirios.
¡Oh aljibe de suspiros encalada!

Fui luego, bajando por la Cuesta del Bailío hasta el Convento de Santa Marta. Por esa escaleras, subiendo ella, venía una pareja de una elegancia estimulante: ella con peineta y velo bordado, de negro sereno y dulce; él, con chaqué, corbata clara y cruz de paso.
En el convento de Santa Marta, mucha plata centrada en la Hurna que hace de Sagrario.
En mi convencimiento está presente la huella que todas las culturas del adorno, la plata, el olor a mirto y azahar: pero lo que vi ayer en Córdoba era cristiano.

Published in: on abril 2, 2010 at 5:36 pm  Dejar un comentario