Opus Dei en Asturias

Os animo a ver una entrevista de ayer martes 29 de abril en Canal 10 sobre el Opus Dei (estará colgada una semana hasta el martes que viene)

 Entra en http://www.canal10tv.com/directo.htm luego en Programas anteriores ve al Martes 29 y luego a La Lupa

 Mueve el cursor de debajo de la ventana y avanza hasta la entrevista, dura unos 15 minutos por lo que puedes perder la conexión , pasados 5 minutos, pero vuelves a entrar y pones el cursor donde acabaste de ver antes.

 Me parece interesante y esclarecedora, si te gusta y puedes pasarlo a tus contactos. 

Published in: on mayo 1, 2008 at 2:01 pm  Dejar un comentario  
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Una caricia a D. Pedro

       

        Como sabéis D. Pedro ha tenido una trombosis el mismo día de Navidad, que le ha afectado al lado izquierdo. Los médicos dicen que su situación es de falta de peligro para la vida y que saldrá adelante despues de una recuperación adecuada, y eso lo dicen sin conocer la energía y vitalidad de D. Quirru, que si supieran un poco más de él …

          El Prelado de la Obra le ha escrito una carta muy cariñosa en la que le dice que el Señor le ha hecho “una caricia” con esta enfermedad y que Le ofrezca las molestias por amor a las almas, que de ahí vendrá un importante impulso apostólico.

          Aprovecho la ocasión para ofreceros unas consideraciones sobre la enfermedad y el sufrimiento que ha reunido la Capellanía de la Clínica Universitaria de Navarra:

TEXTOS PARA MEDITAR SOBRE LA ENFERMEDAD    

El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan de los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).

En el Cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la Cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del Sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. Sabéis bien que quien sufre no busca sólo un alivio a sus dolencias o limitaciones, sino también al hermano o hermana capaz de comprender su estado de ánimo y ayudarle a aceptarse a sí mismo   

Juan Pablo II, Salvifici Doloris nº 27   

Amadísimos hermanos que sufrís en el espíritu y en el cuerpo no cedáis ante la tentación de considerar el dolor como una experiencia únicamente negativa, hasta el punto de dudar de la bondad de Dios. En el Cristo paciente todo enfermo encuentra el significado de sus propios padecimientos.

El sufrimiento y la enfermedad pertenecen a la condición del hombre, criatura frágil y limitada, marcada desde el nacimiento por el pecado original. Sin embargo, en Cristo muerto y resucitado la humanidad descubre una nueva dimensión de su sufrimiento: en vez de ser un fracaso, constituye una ocasión para dar testimonio de fe y amor. Sabed encontrar en el amor “el sentido salvífico de vuestro dolor y las respuestas válidas a todas vuestras preguntas”(Salvifici doloris 31).

Vuestra misión es de un valor altísimo tanto para la Iglesia como para la sociedad. Vosotros, los que sufrís, sois los predilectos de Dios. Como hizo con todos los que encontró por los caminos de Palestina, Jesús os dirige una mirada llena de ternura; su amor no os faltará jamás” (Tours 21.IX.96). Sed testigos generosos de este amor privilegiado, mediante el don de vuestro sufrimiento, que tanto puede contribuir a la salvación del género humano. En una sociedad como la actual, que trata de construir su futuro sobre el bienestar y el consumismo y que valora todo según la eficacia y los beneficios, la enfermedad y el sufrimiento, que no pueden negarse, son alejados y vaciados de significado con el intento ilusorio de superarlos solamente con los medios que pone a disposición el progreso de la ciencia y de la técnica.   

Juan Pablo II, Mensaje en jornada mundial del enfermo 1997   

El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante. Pues bien, nosotros, cristianos, mirando a Jesús crucificado encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El cristiano sabe que, después del pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en nuestro dolor, experimentar nuestra angustia, pasar por la agonía del espíritu y el desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad

Juan Pablo II, Alocución 24-III-1979 nº 1500

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte. nº 1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.   

Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1500-1501  

Mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: no me atienden bien, nadie se preocupa de mi, no me cuidan como merezco, ninguno me comprende… El diablo, que anda siempre al acecho, ataca por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza cuando se lleva con optimismo sobrenatural – ¡cuando se ama! – el dolor. Por lo tanto, si es voluntad de Dios que nos alcance el zarpazo de la aflicción, tomadlo como señal de que nos considera maduros para asociarnos mas estrechamente a su Cruz redentora  

San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nº 124   

Una visión del mundo que no pueda dar sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor sólo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos. En la comunión con Cristo, el dolor llega a adquirir su significado pleno, no sólo para sí mismo, como proceso de purificación en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen, sino también más allá de mí mismo: Él es útil para todo, de manera que todos podamos decir con San Pablo: Ahora me alegro en mis padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24)  

 J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Ed. Encuentro 1995   

Amor y dolor forman un binomio que va estrechamente unido en nuestra fe cristiana. Amor y dolor son realidades que se implican, que viven estrechamente unidas en la imaginería cristiana que llena nuestras iglesias, nuestro templos, y en lo más profundo del corazón de los cristianos. Amor hecho dolor y dolor siempre vivido en el amor, siguiendo el ejemplo de Cristo. El dolor sin amor sólo engendra amargura y desesperación, rebeldía y desesperanza. El amor sin dolor es frágil, superficial, incompleto, antojadizo.

La cultura en la que vivimos inmersos promete la felicidad en esta vida y se presenta como al alcance de la mano, algo fácil de construir sin demasiado esfuerzo, pero los seres humanos sabemos por experiencia que la felicidad en el amor requiere de la donación personal sacrificada. El dolor puede ser un camino hacia el amor; y al amor auténtico y completo sólo se llega por el dolor de la abnegación personal de sí mismo en favor del otro.

El dolor es también un camino de esperanza gracias a la resurrección de Jesucristo. Eso es lo que refleja el rostro de La Piedad de Miguel Ángel: hay un dolor por su Hijo muerto y, al mismo tiempo, una serena esperanza confiada en que no todo acaba ahí. Hay un después. El dolor no es el fin de la existencia humana, sino un paso, una Pascua hacia la salvación. El dolor es salvífico.   

Darío Castrillón, en Alfa y Omega, XII.2000   

Dejadme que os confiese con sencillez que yo jamás pido a Dios que me cure de mi enfermedad. No lo pido porque me parece un abuso de confianza; pero, sobre todo, porque temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con Él más íntimamente, más realmente.

Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; le pido que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo o mi necesidad de cariño. Pero que no me la quite. Estar, vivir en el Huerto de los Olivos no es ningún placer, pero sí es un regalo, un don, tal vez el único que, al final de mi vida, pueda yo poner en sus manos de Padre. Decía el poeta Luis Rosales: Nadie regresa del dolor y continúa siendo el mismo hombre. El dolor aceptado con sabiduría y asumido serenamente, humaniza y hace al hombre más comprensivo y profundo.

El dolor posee una fuerza especial de purificación y es capaz de cambiarnos humana y espiritualmente. Cuando el dolor hace acto de presencia en nuestra vida, puede ayudarnos en la sabiduría de la Cruz de Cristo que es siempre redentora y salvadora. La fe en Jesús muerto y resucitado da un profundo sentido al misterio del dolor. Hace que deje de ser absurdo y se convierta en fuerza salvadora.

El amor a la Cruz entre los cristianos tiene una dimensión especial. Cuando llega un mal o un problema humano, lo menos conveniente es lamentarse o autocompadecerse, porque la vida sigue, y además nunca tendrá fin. Lo importante es mirar a la Cruz de Cristo y ver que con Él, se encuentra sentido al dolor. Es redentor   J.L.Martín-Descalzo, Reflexiones sobre un enfermo   

MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI

PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO  

Queridos hermanos y hermanas:  El 11 de febrero de 2007, día en que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, tendrá lugar en Seúl, Corea, la XV Jornada mundial del enfermo. Se llevarán a cabo una serie de encuentros, conferencias, asambleas pastorales y celebraciones litúrgicas con representantes de la Iglesia en Corea, con el personal de la asistencia sanitaria, así como con los enfermos y sus familias.    

Una vez más la Iglesia vuelve sus ojos a quienes sufren y llama la atención hacia los enfermos incurables, muchos de los cuales están muriendo a causa de enfermedades terminales. Se encuentran presentes en todos los continentes, particularmente en los lugares donde la pobreza y las privaciones causan miseria y dolor inmensos. Consciente de estos sufrimientos, estaré espiritualmente presente en la Jornada mundial del enfermo, unido a los participantes, que discutirán sobre la plaga de las enfermedades incurables en nuestro mundo, y alentando los esfuerzos de las comunidades cristianas en su testimonio de la ternura y la misericordia del Señor.    

La enfermedad conlleva inevitablemente un momento de crisis y de seria confrontación con la situación personal. Los avances de las ciencias médicas proporcionan a menudo los medios necesarios para afrontar este desafío, por lo menos con respecto a los aspectos físicos. Sin embargo, la vida humana tiene sus límites intrínsecos, y tarde o temprano termina con la muerte. Esta es una experiencia a la que todo ser humano está llamado, y para la cual debe estar preparado.   

 A pesar de los avances de la ciencia, no se puede encontrar una curación para todas las enfermedades; por consiguiente, en los hospitales, en los hospicios y en los hogares de todo el mundo nos encontramos con el sufrimiento de numerosos hermanos nuestros enfermos incurables y a menudo en fase terminal. Además, muchos millones de personas en el mundo viven aún en condiciones insalubres y no tienen acceso a los recursos médicos necesarios, a menudo del tipo más básico, con el resultado de que ha aumentado notablemente el número de seres humanos considerados “incurables”.    

La Iglesia desea apoyar a los enfermos incurables y en fase terminal reclamando políticas sociales justas que ayuden a eliminar las causas de muchas enfermedades e instando a prestar una mejor asistencia a los moribundos y a los que no pueden recibir atención médica. Es necesario promover políticas que creen condiciones que permitan a las personas sobrellevar incluso las enfermedades incurables y afrontar la muerte de una manera digna. Al respecto, conviene destacar una vez más la necesidad de aumentar el número de los centros de cuidados paliativos que proporcionen una atención integral, ofreciendo a los enfermos la asistencia humana y el acompañamiento espiritual que necesitan. Se trata de un derecho que pertenece a todo ser humano y que todos debemos comprometernos a defender.    

Deseo apoyar los esfuerzos de quienes trabajan diariamente para garantizar que los enfermos incurables y en fase terminal, juntamente con sus familias, reciban una asistencia adecuada y afectuosa. La Iglesia, siguiendo el ejemplo del buen samaritano, ha mostrado siempre una solicitud particular por los enfermos. A través de cada uno de sus miembros y de sus instituciones, sigue estando al lado de los que sufren y de los moribundos, tratando de preservar su dignidad en esos momentos tan significativos de la existencia humana. Muchas de esas personas – profesionales de la asistencia sanitaria, agentes pastorales y voluntarios- e instituciones en todo el mundo sirven incansablemente a los enfermos, en hospitales y en unidades de cuidados paliativos, en las calles de las ciudades, en proyectos de asistencia a domicilio y en parroquias.    

Ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís enfermedades incurables y terminales. Os animo a contemplar los sufrimientos de Cristo crucificado, y, en unión con él, a dirigiros al Padre con plena confianza en que toda vida, y la vuestra en particular, está en sus manos. Confiad en que vuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, resultarán fecundos para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pido al Señor que fortalezca vuestra fe en su amor, especialmente durante estas pruebas que estáis afrontando. Espero que, dondequiera que estéis, encontréis siempre el aliento y la fuerza espiritual necesarios para alimentar vuestra fe y acercaros más al Padre de la vida.  

A través de sus sacerdotes y de sus agentes pastorales, la Iglesia desea asistiros y estar a vuestro lado, ayudándoos en la hora de la necesidad, haciendo presente así la misericordia amorosa de Cristo hacia los que sufren.    

Por último, pido a las comunidades eclesiales en todo el mundo, y particularmente a las que se dedican al servicio de los enfermos, que, con la ayuda de María, Salus infirmorum, sigan dando un testimonio eficaz de la solicitud amorosa de Dios, nuestro Padre. Que la santísima Virgen María, nuestra Madre, conforte a los que están enfermos y sostenga a todos los que han consagrado su vida, como buenos samaritanos, a curar las heridas físicas y espirituales de quienes sufren. Unido a cada uno de vosotros con el pensamiento y la oración, os imparto de corazón mi bendición apostólica como prenda de fortaleza y paz en el Señor. 

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI

a los participantes en la Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio

para la Pastoral de la Salud

24 de noviembre de 2006. 

EL BESO AL LEPROSO HOY Queridos hermanos y hermanas:   Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión de la Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio para la pastoral de la salud. Dirijo mi saludo a cada uno y, en primer lugar, al cardenal Javier Lozano Barragán, al que agradezco sus amables palabras. La elección del tema —”Los aspectos pastorales de la curación de las enfermedades infecciosas”— brinda la oportunidad de reflexionar, desde diversos puntos de vista, sobre patologías infecciosas que han acompañado desde siempre el camino de la humanidad.  Es impresionante el número y la variedad de los modos como esas patologías amenazan, a menudo mortalmente, la vida humana incluso en nuestro tiempo. Palabras como lepra, peste, tuberculosis, sida o ébola evocan dramáticos escenarios de dolor y temor. Dolor para las víctimas y para sus seres queridos, a menudo agobiados por un sentido de impotencia ante la gravedad inexorable de la enfermedad; y temor para la población en general y para cuantos se acercan a estos enfermos por su profesión o por opciones voluntarias. La persistencia de enfermedades infecciosas que, a pesar de los efectos benéficos de la prevención realizada gracias al progreso de la ciencia, a la tecnología médica y a las políticas sociales, siguen ocasionando numerosas víctimas, pone de manifiesto los límites inevitables de la condición humana. Sin embargo, no hay que rendirse en el empeño de buscar medios y modos de intervención más eficaces para combatir estas enfermedades y para reducir las molestias de quienes son sus víctimas.  En el pasado, numerosos hombres y mujeres han puesto su competencia y su generosidad humana a disposición de los enfermos con patologías que producen repugnancia. En el ámbito de la comunidad cristiana han sido muchas “las personas consagradas que han sacrificado su vida a lo largo de los siglos en el servicio a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando que la entrega hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida consagrada” (Vita consecrata, 83).  Con todo, a tan laudables iniciativas y a tan generosos gestos de amor se contraponen no pocas injusticias. No podemos olvidar a las numerosas personas afectadas por enfermedades infecciosas que se ven obligadas a vivir segregadas y a veces marcadas por un estigma que las humilla. Esas deplorables situaciones resultan aún más graves a causa de la desigualdad de las condiciones sociales y económicas entre el norte y el sur del mundo. A esas situaciones es preciso responder con intervenciones concretas, que fomenten la cercanía al enfermo, hagan más viva la evangelización de la cultura y propongan motivos inspiradores de los programas económicos y políticos de los Gobiernos.  En primer lugar, la cercanía al enfermo afectado por enfermedades infecciosas es un objetivo al que la comunidad eclesial debe tender siempre. El ejemplo de Cristo, que, rompiendo con las prescripciones de su tiempo, no sólo dejaba que se le acercaran los leprosos, sino que también les devolvía la salud y su dignidad de personas, ha “contagiado” a muchos de sus discípulos a lo largo de más de dos mil años de historia cristiana.  El beso que san Francisco de Asís dio al leproso ha encontrado imitadores no sólo en personas heroicas como el beato Damián de Veuster, que murió en la isla de Molokai mientras asistía a los leprosos; como la beata Teresa de Calculta; o como las religiosas italianas que murieron hace algunos años a causa del virus del ébola; sino también en muchos promotores de iniciativas en favor de las personas afectadas por enfermedades infecciosas, sobre todo en los países en vías de desarrollo.  Es necesario mantener viva esta rica tradición de la Iglesia católica para que, a través de la práctica de la caridad con quienes sufren, se hagan visibles los valores inspirados en una auténtica humanidad y en el Evangelio: la dignidad de la persona, la misericordia, la identificación de Cristo con el enfermo. Sería insuficiente cualquier intervención en la que no se haga perceptible el amor al hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo.  A la insustituible cercanía al enfermo va unida la evangelización del ambiente cultural en el que vivimos. Uno de los prejuicios que entorpecen o limitan una ayuda eficaz a las víctimas de enfermedades infecciosas es la actitud de indiferencia e incluso de exclusión y rechazo con respecto a ellas, que se da a menudo en la sociedad del bienestar.  Esta actitud se ve favorecida entre otras cosas por la imagen, que transmiten los medios de comunicación social, de hombres y mujeres preocupados principalmente de la belleza física, de la salud y de la vitalidad biológica. Se trata de una peligrosa tendencia cultural que lleva a ponerse a sí mismos en el centro, a encerrarse en su pequeño mundo, a no querer comprometerse al servicio de los necesitados.  En cambio, mi venerado predecesor Juan Pablo II, en la carta apostólica Salvifici doloris, expresa el deseo de que el sufrimiento ayude a “irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio yo en favor de los demás hombres, de los demás hombres que sufren”. Y añade: “El mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento” (n. 29).  Por eso, hace falta una pastoral capaz de sostener a los enfermos que afrontan el sufrimiento, ayudándoles a transformar su condición en un momento de gracia para sí y para los demás, a través de una viva participación en el misterio de Cristo. Por último, quisiera reafirmar la importancia de la colaboración con las diversas instituciones públicas, para que se ponga en práctica la justicia social en un delicado sector como el de la curación y la asistencia a las personas afectadas por enfermedades infecciosas.  Quisiera aludir, por ejemplo, a la distribución equitativa de los recursos para la investigación y la terapia, así como a la promoción de condiciones de vida que frenen la aparición y la difusión de enfermedades infecciosas. En este ámbito, como en otros, a la Iglesia compete el deber “mediato” de “contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni estas pueden ser operativas a largo plazo”, mientras que “el deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos (…), llamados a participar en primera persona en la vida pública” (Deus caritas est, 29).  Gracias, queridos amigos, por el empeño que ponéis al servicio de una causa en la que se hace realidad la obra sanadora y salvadora de Jesús, divino Samaritano de las almas y los cuerpos. Deseándoos una feliz conclusión de vuestros trabajos, os imparto de corazón a vosotros y a vuestros seres queridos una bendición apostólica especial.         Algunos puntos de obras de san Josemaría Escrivá Camino > Amor de Dios > Punto 419

               419              —Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula?     Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El.                                                                                   Camino > Formación > Punto 361               361              Para ti, que te quejas interiormente, porque te tratan con dureza, y sientes el contraste de ese rigor con la conducta de los de tu sangre, copio estos párrafos de la carta de un alférez médico: “Ante el enfermo, cabe la actitud fría y calculadora, pero objetiva y útil para el paciente, del profesional honrado. Y la ñoñería llorona de la familia. —¿Qué sería de un puesto de socorro, durante un combate, cuando va llegando el chorreo de heridos que se acumulan porque la evacuación no es lo suficientemente rápida, si junto a cada camilla hubiese una familia? Como para pasarse al enemigo”.                                                                                

Camino > Penitencia > Punto 219

               219              Si sabes que esos dolores —físicos o morales— son purificación y merecimiento, bendícelos.                                                                                   Camino > Corazón > Punto 169

               169              Te acogota el dolor porque lo recibes con cobardía. —Recíbelo, valiente, con espíritu cristiano: y lo estimarás como un tesoro.                                                                                

Camino > Penitencia > Punto 208

               208              Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!                                                                                               234              ¡Cómo ennoblecemos el dolor, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!                                                                                 

Amigos de Dios > Tras los pasos del Señor > Punto 132

              132                                                   Si os recuerdo estas verdades recias, es para invitaros a que examinéis atentamente los móviles que impulsan vuestra conducta, con el fin de rectificar lo que necesite rectificación, enderezando todo al servicio de Dios y de vuestros hermanos los hombres. Mirad que el Señor ha pasado a nuestro lado, nos ha mirado con cariño y nos ha llamado con su vocación santa, no por obras nuestras, sino por su beneplácito y por la gracia que nos ha sido otorgada en Jesucristo antes de todos los siglos.Purificad la intención, ocupaos de todas las cosas por amor a Dios, abrazando con gozo la cruz de cada día. Lo he repetido miles de veces, porque pienso que estas ideas deben estar esculpidas en el corazón de los cristianos: cuando no nos limitamos a tolerar y, en cambio, amamos la contradicción, el dolor físico o moral, y lo ofrecemos a Dios en desagravio por nuestros pecados personales y por los pecados de todos los hombres, entonces os aseguro que esa pena no apesadumbra.No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso. Nosotros colaboramos como Simón de Cirene que, cuando regresaba de trabajar en su granja pensando en un merecido reposo, se vio forzado a poner sus hombros para ayudar a Jesús. Ser voluntariamente Cireneo de Cristo, acompañar tan de cerca a su Humanidad doliente, reducida a un guiñapo, para un alma enamorada no significa una desventura, trae la certeza de la proximidad de Dios, que nos bendice con esa elección.

Con mucha frecuencia, no pocas personas me han comentado con asombro la alegría que, gracias a Dios, tienen y contagian mis hijos en el Opus Dei. Ante la evidencia de esta realidad, respondo siempre con la misma explicación, porque no conozco otra: el fundamento de su felicidad consiste en no tener miedo a la vida ni a la muerte, en no acogotarse ante la tribulación, en el esfuerzo cotidiano de vivir con espíritu de sacrificio, constantemente dispuestos —a pesar de la personal miseria y debilidad— a negarse a sí mismos, con tal de hacer el camino cristiano más llevadero y amable a los demás.                 

                                                                                                           

Published in: on enero 3, 2008 at 2:45 pm  Dejar un comentario  

Murió soñando y sonriendo

Han pasado ya unos meses del fallecimiento de Don Luis Adaro y los ecos de su vida siguen reflejando un carácter fuerte para la amistad y el cariño, para el trabajo y el honor y también para el humor y el agasajo. Estos dos aspectos los recuerdo por la atención que en las últimas semanas de su vida le presté como sacerdote de la Prelatura del Opus Dei. A Don Luis le asistía en sus atenciones materiales de viajes, paseos y otros menesteres Pablo cuyo cariño y respeto por Don Luis fue creciendo de día en día. Solía Pablo llamarme por indicación de Don Luis para que me acercara a confesarle y algunos días para llevarle la comunión. Cuando se trataba de esto último, venía Pablo con el coche y me llevaba a la casa y con todo cuidado y atención Pablo me acompañaba y me precedía abriendo las puertas y encendiendo las luces por dónde iba a pasar el Señor que yo llevaba en la teca, muy cerca del corazón en el bolsillo interior de mi chaqueta del cleryman, u otras veces de la sotana.  La primera vez que me pasó he de reconocer que me sorprendió y en cierto modo me predispuso a la contra. Don Luis había tenido la idea, y así me lo dijo después de un tiempo prudencial en que él se recogía para rezar después de comulgar, de agasajarme tomando un ligero aperitivo. Me dijo con un cierto tono guasón: “Y si le hace unas patatinas fritas con un vinín” Me deje querer y pude apreciar que a él también le gustaba las patatinas y el quesito manchego y las aceitunas y el vino clarete que nos tomábamos.Esto se repitió varias veces. La última el mismo día en que falleció, pues por la mañana antes del mediodía me acompaño Pablo y fui a llevarle la comunión y también le confesé. 

Pero lo que no sabía hasta hace unos días, según me contó Pablo es que ese mismo día, Don Luis después de comer se retiró a descansar. Que pasó un tiempo y Pablo oyó unas susurros como de risas o regocijo que venían de la habitación donde reposaba aquel. Se intranquilizó y fue a la habitación a ver si le pasaba algo y no vio más que a Don Luis que dormía plácidamente y que tenía una apreciable sonrisa en su semblante. Pasó otro tiempo más largo y la próxima vez que le vio tenía la misma expresión, pero ya había fallecido.

Published in: on marzo 27, 2007 at 6:23 pm  Comments (1)  

Mis recuerdos de Don Álvaro

Como leemos en la website Opus Dei, hoy 23 de marzo celebramos el aniversario del fallecimiento en Roma de D. Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei y primer sucesor, fidelísimo sucesor, de San Josemaría Fundador de dicho Opus Dei. Ya se ha hecho tradición que tal día como hoy se hagan en muchas ciudades, y en gran parte de ellas en la catedral de la diócesis y presidido por el propio Obispo,  funerales in sufragio por el eterno descanso de su alma. Todos en la Obra estamos profundamente convencidos de su santidad pero, como él mismo decía al referirse a los primeros años posteriores a la muerte de Josemaría Escrivá, en los que también en muchísimas ciudades se ofrecian sufragios, que estos eran de ida y vuelta pues subían a Dios como ofrenda de cariño filial y bajaban para mejorar y aprovechar al que los ofrecía.

         Muchos recuerdos tengo de D. Álvaro, ya que estuve en Roma en los años 1970-1973, es decir en vida del Fundador, y veía en D. Alvaro un ejemplo a imitar para ser buen hijo y buen hermano. Este es, quizá,  el recuerdo que más profundamente se halla en mi, de aquellos años de convivencia y, concretamente el cariño que ponía en atender y cuidar con autentico amor y respeto filial a nuestro Padre. Él, junto con D. Javier, velaban para que tanto sus necesidades  espirituales como materiales estuvieran siempre atendidas.

      Pero también tengo grabado por varias vivencias el deseo que tenía de que nos empapáramos al maximo de las enseñanzas de San Josemaría pues para eso estábamos en Roma. Más en concreto recuerdo como en las tertulias con el Fundador que en algunas ocasiones teníamos, D. Álvaro se solía sentar en un sillón en los extremos de la concurrencia como para dejarnos más cercanos al Padre y cuando, varias veces me pasó, me acercaba a él para saludarle y estar con agrado a su lado siempre, o con el gesto o con la palabra, me indicaba que el objeto de mi atención debía estar puesto en San Josemaría. A veces empleaba la expresión en él tan corriente y castiza ¡Qué perdemos el tiempo!

        También estamos recurriendo a su intercesión miles y miles de personas, sobre todo para cosas de familia y trabajos ya que estamos persuadidos, a nivel personal, de su valimiento delante de Dios

         Como señala la hoja informativa de su Causa de Beatificación, la Congregación para las Causas de los Santos, organismo de la Iglesia que instruye los procesos de canonización, aprobó que para el estudio de la vida de don Álvaro del Portillo se abrieran dos tribunales: uno de la diócesis de Roma; y otro de la Prelatura del Opus Dei.

         El 5 de marzo de 2004 tuvo lugar la sesión de apertura del tribunal del Vicariato de Roma. El cardenal Camillo Ruini, vicario del Santo Padre para la diócesis de Roma, presidió el acto.

         El 20 de marzo, el prelado del Opus Dei presidió la apertura del tribunal de la Prelatura.

Published in: on marzo 23, 2007 at 9:09 am  Comments (1)  

Recuerdos propios de Luis Adaro

Testimonio autobiográfico de Luis Adaro y Ruíz-Falcó,

primer supernumerario del Opus Dei en Gijón, Asturias




El polifacético gijonés Luis Adaro Ruiz-Falcó escribió este testimonio autobiográfico el día 9 de enero de 2002, fecha del centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, prelatura a la que Adaro perteneció en calidad de primer miembro supernumerario en la ciudad de Gijón.
Aunque desde que concluí mis estudios de ingeniero de minas, en 1941, desarrollé durante 38 años una intensa actividad empresarial, al frente de S. A. Adaro y de la empresa que luego le sucedió, Suministros Adaro, S. A., y aunque también promoví o tuve participación activa en instituciones como la Asociación Gijonesa de Caridad, a partir de 1948, la Unión Comarcal de Hombres de Acción Católica de Gijón o en las colectas, que con el paso de los años darían lugar al Instituto Pontificio de Ayuda a las Religiosas de Clausura (Claune), puedo decir, sin embargo, que mi verdadera realización humana y profesional no se desarrolló del todo hasta que conocí en profundidad las enseñanzas de Josemaría Escrivá de Balaguer, acerca de la obligación de los cristianos de dar una solución cristiana a los problemas de la sociedad en la que cada uno vive y en colaborar en la mejora material y espiritual de esa sociedad.
Las enseñanzas del Beato Josemaría, que capté tanto en la lectura de sus escritos como en los medios de formación espiritual impartidos por el Opus Dei, a los que yo comencé a acudir asiduamente desde 1959, subrayaron decisivamente para mí el sentido de servicio a la sociedad -especialmente a los que padecen necesidades más severa- que debe tener la vida de un cristiano coherente con su fe. Desde el momento en que entré en contacto con el Opus Dei, entendí con mayor claridad que debía comprometerme en la mejora de mi querida tierra de Asturias.
La primera constatación fehaciente de esta inquietud tuvo lugar en el año 1963, con motivo del cese al frente de la Cámara Oficial de Comercio, Navegación e Industria de Gijón del entonces presidente, don Rogelio Martínez.
Se presentaron en el despacho de mi empresa dicho señor y don José López de Haro, vicepresidente (ninguno de los dos guardaba relación alguna con el Opus Dei), comunicándome que no podían continuar al frente de la Cámara e invitándome a que me hiciera cargo yo de la presidencia.Tal invitación no me resultaba muy simpática, ya que me daba cuenta de que su aceptación supondría para mí un desgaste de energía que necesitaba para sacar adelante la empresa a la que, como ya he explicado, dedicaba mis mejores esfuerzos desde 1941.Fue en ese momento cuando me vino a la mente lo que yo venía escuchando en los medios de formación espiritual impartidos por el Opus Dei sobre la necesidad de comprometerse en la mejora de la sociedad, tanto en su dimensión material como en la espiritual. Así que, como digo, sin especial ilusión por acometer esa tarea, respondí afirmativamente a la invitación recibida para presidir la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de mi ciudad natal. Me daba cuenta de que una respuesta negativa a la invitación formulada sería una cesión a mi comodidad y equivaldría a sucumbir a la fácil tentación de no crearme problemas.Vistos los acontecimientos con la distancia que proporcionan los años, ahora no puedo sino alegrarme de haber accedido a aquella invitación, pues, aunque es verdad que la susodicha presidencia de la Cámara, que se prolongó durante 16 años, me trajo abundantes quebraderos de cabeza y realmente me complicó la vida, también es verdad que experimento una profunda satisfacción al haber podido contribuir al desarrollo y promoción económica e industrial de mi querido Gijón y de mi amada tierra de Asturias.De mi etapa al frente de la Cámara de Comercio, Navegación e Industria de Gijón, me siento especialmente orgulloso de haber podido reiniciar, después de 35 años, las Ferias de Muestras de Asturias, que mantuve durante mis 15 años al frente de la Cámara de Comercio y que alcanzaron, ya entonces, la cifra de 700.000 visitantes en cada edición. La Feria de Muestras continúa en la actualidad y posee el rango de Internacional.Por otra parte, la presidencia de la Cámara me brindó la posibilidad de impulsar la creación del Depósito Franco del Puerto de Gijón, que entró en funcionamiento en el año 1970. También desde la Cámara puse en marcha la Hemeroteca Provincial, que inauguramos en 1965, y el Museo del Pueblo de Asturias (hoy, Museo Etnográfico de Asturias).

La presidencia de la Cámara se convirtió, en realidad, en el inicio de una etapa de mi vida en la que se sucedieron multitud de responsabilidades e iniciativas.En efecto, a partir de entonces, fui presidente (durante dos años) y vicepresidente (durante quince años) de la Junta del Puerto de Gijón, socio-fundador de la sociedad promotora de la autopista de Asturias a Castilla y León (1964), promotor y realizador de la campaña para la construcción del Aeropuerto Internacional de Asturias, presidente durante dos años de la Comisión Nacional de la Pequeña y Mediana Empresa, dentro del Consejo Superior de las Cámaras de Comercio de España, fundador en Asturias y consejero-delegado por espacio de 12 años del banco de negocios y desarrollo Bankunión, que promocionó en Gijón dos polígonos industriales y un polígono urbano con 1.800 viviendas. También fui impulsor en Asturias de los colegios de segunda enseñanza Los Robles y, sobre todo, Valmayor, pertenecientes a la empresa Fomento de Centros de Enseñanza, y fui consejero de FEISA, la empresa inmobiliaria ligada a esa empresa educativa. Puse también en marcha la Biblioteca Antigua Asturiana, con el ánimo de reeditar escritos de difícil adquisición en la actualidad. En el ámbito de la comunicación, junto con otras personas, creamos una sociedad editorial, Protemas, que sacaría a la calle durante dos años y medio un periódico diario («El Noroeste») y que puso en funcionamiento tres emisoras de radio, que vendimos posteriormente para que se hicieran cargo de ellas empresarios más experimentados en el mundo de las comunicaciones.Las anteriores actividades pude compaginarlas con otras en las que ya participaba antes de mi pertenencia al Opus Dei: la Empresa Municipal de Aguas de Gijón, de la que fui consejero durante 14 años, la ya mencionada Asociación Gijonesa de Caridad -que acoge a la Cocina Económica-, de la que fui presidente durante 45 años; la Caja de Ahorros de Asturias, de la que fui vocal entre 1949 y 1974, y los Dispensarios de la Sagrada Familia y la Milagrosa, que funcionaron hasta que entró en pleno funcionamiento el sistema de la Seguridad Social. Por supuesto, la labor al frente de mi empresa la mantuve a la vez que participaba en las referidas iniciativas.

También ha supuesto un enriquecimiento para mi persona la labor que he desarrollado como investigador de la Historia Económica, Minera e Industrial de Asturias, que se ha materializado en más de 20 volúmenes -aparte conferencias y artículos más breves-, y que he publicado con el deseo de que puedan constituir una base documental de consulta para futuras investigaciones en esta materia.

Finalmente, quiero referirme a un proyecto en el que me ha sido dado participar y que me resulta particularmente entrañable. Se trata del Museo de la Minería, ubicado en El Entrego, en la cuenca minera del Nalón, y del que soy el asesor científico, técnico e histórico.

Hago este resumen de la actividad que, con la ayuda de Dios, he podido llevar a cabo con profundo agradecimiento al Señor por su bondad al haberme permitido desplegar esta actividad, que he procurado llevar a cabo teniendo como norte las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, que han sido un estímulo permanente para no dejar de emprender aquellos proyectos en los que viera una posibilidad de contribuir al engrandecimiento de la tierra en la que he nacido y que llevo en lo más profundo de mi corazón.

Published in: on marzo 13, 2007 at 5:15 pm  Comments (1)  

¡Tantos hogares que son uno solo!

 

Un sólo corazón y un alma única (Act 4, 32). Esto que vivían desde el principio los primeros cristianos lo tenemos muy claro también desde el principio en el Opus Dei. Formamos una familia de vínculos sobrenaturales, todos sus fieles, los casados, los solteros, los viudos, los sacerdotes. Las y los. Somos hermanos porque pertenecemos a una misma familia sobrenatural: por ser hijos de Dios, e hijos de nuestro Fundador que ha sentido en él esa participación de la paternidad divina (Cfr.1 Cor 4, 15).

De ahí surge una fraternidad bien vivida. Y nos vemos como lo que somas en palabras de san Josemaría citadas por su sucesor fidelísimo, Don Álvaro “Familia y milicia: un rincon de Nazaret. La Obra es familia, itantos hogares que son uno solo!, hogar con carino humano y sobrenatural, sin sensiblerias, donde cada una y cada uno, con la presencia eficaz de Jesus y de Maria y de Jose, encuentra nuevas fuerzas y aliento, para perseverar en la lucha y dar la vida con Cristo” (Don Alvaro, Carta 9.1.80, n. 10)

          Somos conscientes de haber recibido como todos los cristianos el mandatum novum, el mandamiento nuevo del quererse (loh 13, 34-35). Y por ello intentamos una delicadeza extrema en el trato. Querer a las demas como son, con sus defectos, y ayudarles con comprension y paciencia a vencerlos.

         Cuenta también Don Alvaro que San Josemaría, en la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, alguna broma, para evitar que el interesado se sintiera incómodo por ser servido por el Padre. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.(Alvaro del Portillo, Entrevista sobre  el Fundador, 107 ,3)

         La cosa viene de lejos.  De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Efesios (Caps. 2, 2-5, 2: Funk 1,175-177) se puede recoger un modelo que es un cántico, una melodía de amor cristiano que es humano y divino al mismo tiempo”Este vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto, manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios.”

         No existe corazón más humano que el de una criatura que rebosa sentido sobrenatural. Piensa en Santa María, la llena de gracia, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo: en su Corazón cabe la humanidad entera sin diferencias ni discriminaciones. -Cada uno es su hijo, su hija. (San Josemaría, SURCO, CORAZÓN, 801)

        Las experiencias personales son abundantes. Marta Risari, una milanesa del Opus Dei, directora durante una década de un centro del Opus Dei en Verona, cuenta como ha influido en su vida su pasión por la montaña, heredada de su familia y a su vez como eso ha contribuido a hacerse de la familia del Opus Dei            Soy una apasionada de la montaña, lo mismo que toda mi familia, de hondas raíces milanesas. Llevamos ese amor  inscrito en nuestro DNA, desde los abuelos hasta los nietos. Conservo una fotografía de 1930 en blanco y negro de mis abuelos, de cuando eran novios. Se la hicieron en el Bernina, una de las cimas más impresionantes de los Alpes centrales, y van con el equipo de montaña propio de la época. Entonces no era frecuente que una mujer hiciese alpinismo, ni que fuese licenciada en lengua y literatura inglesa, como mi abuela.       En otra fotografía, de 1928, se ve a un grupo de esquiadores de la Universidad Boconni y del Politécnico. Entre ellos descubro el rostro sonriente de mi otro abuelo. Y como éstas, hay muchas más fotografías –ya en colores- en el álbum familiar, en las que van apareciendo todos los miembros de la familia, de las sucesivas generaciones, hasta llegar a mis sobrinos pequeños, sonrientes y felices en la ladera o en la cima de una montaña.       Con el paso de los años he ido descubriendo el profundo paralelismo que tiene esa afición familiar con mi vida en el Opus Dei: ese afán por subir a lo más alto, en un clima de solidaridad y compañerismo, respirando el aire puro de la montaña…       Soy numeraria desde hace 25 años y este paralelismo me resulta cada vez más claro: tanto en la montaña como en la entrega a Dios se presentan ascensiones difíciles, caminatas por valles plácidos, y caminos que necesitan –para recorrerlos con fortuna- del consejo y la ayuda de los demás. Y como sucede en la montaña,  a veces hay que volver sobre los propios pasos para reencontrar la vereda… siempre la alegría íntima de saberse profundamente amado por el Amor de Dios. No es una travesía fácil, pero tampoco reviste una dificultad extrema, porque Jesús no nos abandona y camina siempre a nuestro lado, como les sucedió a los discípulos de Emaús.

     El encuentro de mi familia con el Opus Dei estuvo ligado también a la pasión por la montaña. Una amiga de mi madre, María Grazia, con la que había hecho muchas travesías inolvidables por diversas zonas de Italia, conoció el Opus Dei en 1960 y poco después pidió la admisión como numeraria. A mi madre le impresionó la alegría con la María Grazia que le hablaba de ese nuevo camino interior que había descubierto. Años después me enamoré yo también de este camino. Ahora, cada vez que me encuentro con María Grazia me enseña, para hacerme feliz, una vieja fotografía en la que aparecen mi madre y ella, con atuendo scout, sobre un glaciar.       
En la actualidad me dedico profesionalmente al desarrollo de algunas iniciativas que han surgido en el ámbito de la educación tanto en el centro como en el Sur de Italia, promovidas por miembros y amigos del Opus Dei: Colegios Universitarios, centros de formación profesional para mujeres jóvenes de la Italia meridional, cursos para la formación de empleadas del hogar, etc. El cuidado de la formación humana y espiritual de tantas personas es una aventura apasionante y hay que caminar como en la montaña: sin perder de vista la cima ni la grandeza del horizonte y pendiente de mil cosas concretas, porque las grandes travesías son siempre la suma de muchos pasos pequeños: un paso, y  otro, y  otro…

Published in: on marzo 10, 2007 at 7:25 pm  Dejar un comentario  

Published in: on marzo 7, 2007 at 4:40 pm  Dejar un comentario  

Siempre nos quedará Pedro Lorenzo

No le conocía de antes, por esto me han reconfortado en gran medida los recuerdos que de él se han publicado tras su fallecimiento y en especial un escrito de José Luis Díaz Hevia que sí le conocía y en profundidad y del que voy a reproducir algunos párrafos pues son exponente de que un tan buen hombre como él, siempre nos debería quedar para que el mundo siga mereciendo vivirse.

“El pasado 23 de febrero falleció en Gijón, a los 91 años, Pedro Lorenzo García, gijonés del barrio alto, Cimadevilla, que, tras su paso por los Hermanos de la Salle, se incorporó muy joven, como era lo habitual entonces y más acusadamente en plena posguerra del 36, a trabajar en la Fábrica de Loza de los Hijos de Antonio S. Pola. (…)En esa fábrica permaneció hasta su jubilación, no sin antes transformarla, llevado por su acusado sentido social, en Cooperativa Industrial, como alternativa al cierre al que la empresa parecía abocada.

Persona hecha a sí misma gracias a su afán de saber, amor al trabajo y entrega profesional, Pedro Lorenzo desempeñó en su larga etapa al frente de dicha fábrica una tarea que las familias de los 500 trabajadores que llegó a ocupar recordaremos siempre con agradecimiento(…).

Pero su preocupación social, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia, y que le llevaba a buscar soluciones para hacer competitiva la empresa y mantener los puestos de trabajo, venía de lejos. Con anterioridad a la época a la que me estoy refiriendo, formó parte del grupo promotor del Patronato Nuestra Señora de Covadonga, que llevó a cabo la construcción de viviendas sociales en Roces, para su posterior adquisición por empresas de la ciudad, con objeto de entregarlas a los empleados con menos recursos.

Hombre reflexivo y de mente abierta, tuvo siempre también un gran interés por la cultura. Esto le llevó a participar en la puesta en marcha –socio fundador- del Ateneo Jovellanos, que tanto beneficio cultural ha reportado y continúa reportando a la ciudad. Asimismo tuvo la notable iniciativa de poner en marcha en los años cuarenta del siglo pasado una Escuela de Aprendices, que acudían a ella al acabar la jornada laboral.

Todo esto lo compaginó con su gran amor y dedicación a la familia que formó con su mujer, Conchita, con la que tuvo ocho hijos, quienes, siempre y especialmente durante su ancianidad, le han rodeado de cariño.

Pedro ha gozado a lo largo de su vida de un merecido prestigio, ganado por su hombría de bien y su sentido cristiano de la vida, que le llevó a tomar parte activa durante su juventud y primera madurez en La Juventud Mariana, la Acción Católica y en la Acción Católica Nacional de Propagandistas. Posteriormente, en los años setenta, conoció el Opus Dei, cuya espiritualidad encaminada a encontrar a Dios en el trabajo y en las circunstancias más normales de la vida, le entusiasmó hasta el punto de vincularse con esta Institución de la Iglesia hasta el final de su vida.

Quiero contribuir con estas líneas a que la figura discreta, sencilla y amable de Pedro Lorenzo, con quien tuve la suerte de trabajar codo con codo y al que siempre me unió una profunda amistad, no caiga en el olvido, y así se conozca mejor la historia y los personajes del Gijón del siglo XX”.

 

Published in: on marzo 7, 2007 at 1:32 pm  Comments (1)  

Un caballero de trabajo y honor

Hoy, sábado, en Oviedo en el Auditorio del Principe Felipe ha tenido lugar un acto de gran interés cultural: se han entregado por los Colegios de Fomento Los Robles y Peñamayor los premios a alumnos y a grandes maestros de las artes, la ciencia, la cultura y el deporte a personalidades internacionales y nacionales. Entre estos premios estaba uno de reconocimiento a toda una vida que ha sido recogido por un nieto en medio de una gran emoción: se trataba de un gijonés de vocación y realización universal, Don Luis Adaro.

Uno de los días siguientes al sepelio entre las numerosas notas de prensa aparecía ésta firmada por Francisco de Borja Santamaría, calaborador del diario El Comercio, que entre otras cosas decía:
Distinguía el sabio Romanista don Álvaro D’Ors entre auctoritassaber socialmente reconocido- y potestas -poder socialmente reconocido-. La autoridad no tiene que ver con el mando, con lo que habitablemente entendemos por ‘poder’, sino que consiste en el espontáneo reconocimiento por parte de los demás de que alguien posee una condición superior.

Pues bien, el singular luto que han vivido su querida ciudad de Gijón y Asturias entera, con motivo del fallecimiento de Luis Adaro, el pasado 26 de setiembre, han puesto de relieve la ‘auctoritas’ de que estaba investido; es decir, su condición de personaje excepcional; condición que se le reconocía de manera indubitable, unánime y agradecida por parte de las más variadas personas, procedentes de los más diversos campos de la actividad humana y ubicados en los más dispersos lugares del espectro ideológico. Don Luis carecía de ‘potestas’, pero ejercía, sin pretenderlo, una inigualable autoridad.

Su autoridad se sustentaba, sobre todo, en una vida dedicada de manera excepcionalmente generosa y apasionada a su querida ciudad de Gijón y a su amada Asturias.

Su generoso y apasionado derroche de trabajos y energías en cuestiones que iban mucho más allá de sus intereses privados, lo convirtieron en un acabado ejemplo de ciudadanía: de compromiso magnánimo con la mejora de la propia sociedad. La biografía de Luis Adaro es la de quien, sin participar en la vida política, concibe su existencia como un servicio desinteresado, constante, inteligente y eficaz a su ciudad y a su patria.

Pero no es sólo la eficacia con que sirvió a Gijón y a Asturias lo que le procuró la autoridad de la que estaba investido. Su insaciable afán de investigar, conocer e interesarse por los más variados asuntos eran también poco comunes y mostraba su pasión por el conocimiento.

Su autoridad provenía además de unas destacadas cualidades morales. Era don Luis hombre abierto a todo tipo de personas, generoso en el reconocimiento de los méritos y cualidades ajenos, batallador hasta la extenuación, heroicamente recto en todas sus actuaciones, dotado de un enorme sentido de la lealtad y fiel a sus compromisos y convicciones hasta la muerte.

Published in: on marzo 3, 2007 at 7:44 pm  Comments (2)