Resumen-Sumario Historia Breve del Cristianismo

Resumen-Sumario del libro de Orlandis, J. Historia breve del Cristianismo,  Rialp 1983  

 

  I.   Los orígenes del Cristianismo. El Cristianismo es la re­ligión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hom­bre. Los cristianos —discípulos de Cristo— se incorporan por el bautismo a la comunidad visible de la salvación, que recibe el nombre de Iglesia.

II.   La Sinagoga y la Iglesia universal. Los cristianos, per­seguidos por el Sanedrín, se desvincularon muy pronto de la Sinagoga. El Cristianismo, desde sus orígenes, fue uni­versal, abierto a los gentiles, y éstos fueron declarados li­bres de las prescripciones de la Ley mosaica.

III.       El Imperio pagano y el Cristianismo. El Cristianismo nació y se desarrolló dentro del marco político-cultural del Imperio romano. Durante tres siglos, el Imperio pagano persiguió a los cristianos, porque su religión representaba otro universalismo y prohibía a los fíeles rendir culto reli­gioso al soberano.

IV. La vida de la primitiva Cristiandad. Los cristianos for­maron comunidades locales —iglesias— bajo la autoridad pastoral de un obispo. El obispo de Roma —sucesor del Apóstol Pedro— ejercía el Primado sobre todas las iglesias. La eucaristía era centro de la vida cristiana. El rechazo del Gnosticismo fue la gran victoria doctrinal de la Iglesia pri­mitiva.

V.    La primera literatura cristiana. Las letras cristianas tu­vieron su origen en los «Padres Apostólicos», cuyos escri­tos reflejan la vida de la Cristiandad más antigua. La Apo­logética fue una literatura de defensa de la fe, mientras que el siglo III presenció ya el nacimiento de una ciencia teoló­gica.

VI.   La Iglesia en el Imperio romano-cristiano. En el transcurso del siglo IV, el Cristianismo comenzó a ser tole­rado por el Imperio, para alcanzar luego un estatuto de li­bertad y convertirse finalmente —en tiempo de Teodosio—en religión oficial. El emperador romano-cristiano convocó las grandes asambleas de obispos —los conci­lios—, y la Iglesia pudo organizar sus estructuras territoria­les de gobierno pastoral.

VIL La cristianización de la sociedad. Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció también una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del período anterior. El Cristianis­mo dejó de ser, en el mundo mediterráneo, una religión de minorías, para convertirse en religión de muchedumbres. La evangelización desbordó su anterior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias ru­rales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.

VIII.La formulación dogmática de la fe cristiana. En los siglos que siguieron a la conversión del mundo antiguo, fue definida con precisión la doctrina acerca de verdades muy fundamentales de la fe cristiana. Se formuló la doctrina dogmática sobre la Santísima Trinidad, el Misterio de Cris­to y la cuestión de la Gracia.

IX.     Los Padres de la Iglesia. Los siglos IV y v constituyen la edad de oro de la Patrística. En Oriente y Occidente apareció una pléyade de personalidades excepcionales, que aunaban la santidad de vida y una destacada labor en el campo de las ciencias sagradas, e incluso de la cultura en general
 

X.        El Cristianismo y los pueblos bárbaros. Las invasiones germánicas abrieron al Cristianismo el acceso a nuevos pueblos, que se establecieron en tierras del Imperio. Luego, los misioneros llevaron el Evangelio más allá de las anti­guas fronteras romanas. Germanos, eslavos, magiares, etc., recibieron la fe cristiana y se incorporaron a la Iglesia, aunque varios de esos pueblos lo hicieran tras haber profe­sado temporalmente la herejía arriana.

XI.    La vida ascética y el monacato. Desde los orígenes de la Iglesia, hubo cristianos que abrazaron una vida de plena imitación de Jesucristo. Más tarde, el ascetismo cristiano revistió formas características de huida del mundo y vida en común: así nació el monacato, que floreció desde el si­glo IV, tanto en el Oriente cristiano como en el mundo lati­no occidental.

XII El Cristianismo en la Europa feudal. El Cristianismo sufrió la impronta feudal en los tiempos oscuros de la gé­nesis de la Edad Media. Las iglesias y sus titulares se vie­ron implicados en la tupida red de relaciones vasallático-beneficiales que articularon aquella sociedad. Las injeren­cias de los señores laicos en la vida eclesiástica produjeron una penosa decadencia moral, que en Roma dio lugar al llamado «Siglo de Hierro» del Pontificado. 

XIII. La lenta gestación del Cisma de Oriente. La divi­sión del Imperio romano puso al descubierto el dualismo siempre latente entre Occidente y Oriente, el mundo latino y el griego, Roma y Constantinopla. Este dualismo se refle­jó también en el terreno religioso y eclesiástico, donde las tensiones provocaron un creciente alejamiento y termina­ron por provocar el enfrentamiento y el Cisma.

XIV.     Pontificado e Imperio en la Edad Media. Pontifica­do e Imperio fueron las dos columnas sobre las que se asentó la Cristiandad medieval. El papa representaba la po­testad espiritual, y el emperador, el poder temporal. El ideal—pocas veces plenamente logrado— fue el entendimiento y la armónica colaboración entre las dos potestades.

XV.    El apogeo de la Cristiandad. La reforma gregoriana preparó los tiempos de esplendor de la Cristiandad: los si­glos XII y XIII, cuyo centro ocupa el pontificado de Inocen­cio III. La vitalidad de la Europa cristiana fue desbordante: se reunieron concilios ecuménicos, nacieron las universida­des, se fundaron grandes órdenes religiosas y las Cruzadas fueron empresa común de reyes y príncipes cristianos.

XVI.    Estructuras de una sociedad cristiana. La impregna­ción cristiana llegó a penetrar todos los estratos de la socie­dad medieval. El guerrero se transforma en caballero, y de caballeros estuvieron compuestas las órdenes militares. Los artesanos se agrupan en corporaciones de oficios y fraterni­dades, que después llegarían a ser gremios. El pueblo cris­tiano levanta catedrales y peregrina a Jerusalén, Roma o Compostela.
 

XVII.    La herejía medieval. En el corazón de la sociedad cristiana occidental no faltó la presencia de la herejía. Mo­vimientos y corrientes religiosas de lejana procedencia oriental prendieron en el mediodía de Francia; la Inquisi­ción fue creada para combatirlas y defender la unidad de la fe. Otras doctrinas heterodoxas difundidas en la Baja Edad Media pueden considerarse como precursoras del Protes­tantismo. 

 

XVIII.   La crisis de la Cristiandad. Los duros enfrentamientos del siglo XIII entre papas y emperadores alemanes fueron factor principal de la quiebra del sistema de la Cristiandad. Un nuevo «espíritu laico» y la tendencia al nacio­nalismo eclesiástico animaron a los gobernantes de las grandes monarquías occidentales. En el dorado destierro de Aviñón, el Pontificado del siglo XIV vivió bajo la sombra de Francia.

XIX.    El Cisma de Occidente y el conciliarismo. La crisis de la Cristiandad desembocó en el Cisma de Occidente. Los reinos cristianos dividieron su «obediencia» entre dos y hasta tres papas, cada uno de los cuales pretendía ser le­gítima cabeza de la Iglesia. En este clima de confusión, las doctrinas conciliaristas trataron de alterar la propia estruc­tura eclesiástica, haciendo del concilio ecuménico una ins­tancia suprema, por encima del papa.

XX. Entre el Medievo y la Modernidad. Un cúmulo de factores de signo contradictorio parece darse cita a la hora de la transición entre Medievo y Modernidad. Una visión antropocéntrica del mundo y un entusiasmo por la Antigüedad pagana conforman el espíritu de las «élites», mientras los pueblos siguen fieles a sus tradiciones religio­sas y la devotio moderna enriquece la piedad cristiana. La reforma eclesiástica no se realiza de modo general y los pa­pas renacentistas son los mecenas de las Bellas Artes. .Constantinopla —la segunda Roma— cae en manos de los turcos; pero el descubrimiento de América abre al Evange­lio un nuevo continente.

XXI.     La Reforma en Alemania: Lutero y el Luteranismo .Martín Lutero fue el alma de la gran revolución religiosa que escindió la unidad cristiana occidental. La compleja personalidad de Lutero, agitada por sus crisis interiores acertó a galvanizar el viejo resentimiento germánico contra Roma y a complacer las apetencias de los príncipes alema­nes.

XXII.        La Reforma protestante en Europa. La revuelta protestante separó de la Iglesia católica a la mitad de los pueblos europeos y asumió diversas formas. La revolución religiosa iniciada por Lutero tuvo a Alemania como primer escenario, pero no quedó encerrada en las fronteras territoriales del Imperio. Un viento de fronda barrió la mayor parte del Occidente europeo, lle­vando por doquier los gérmenes de la Reforma. Resulta sorprendente la rápida expansión que tuvo el Protestantis­mo, tanto en su forma luterana como en otras formas, di­versas entre sí pero coincidentes todas en su ruptura con la ortodoxia católica. Tras haber dominado más de media Alemania, la revuelta protestante desgajó del tronco de la Iglesia a la mitad de los pueblos que habían integrado la Cristiandad medieval. Recordemos ahora los aspectos más salientes de ese contagio desintegrador que mudó la faz del continente europeo. En la Suiza alemana, Zwinglio, cura de Glaris (1484-1531), movió desde 1518 su propia revuelta religiosa, cuyo radicalismo disgustó al mismo Lutero. Pero el segundo personaje en importancia de la Reforma, tanto por su contribución doctrinal como por su influencia en el progreso del Protestantismo, apare­ció más tarde y fue un francés: Juan Calvino. La historia de la Reforma en Inglaterra siguió una trayectoria peculiar y obedeció, más quizá que en ningún otro país, a las directrices de la realeza. El «Anglicanismo» —tal como ya se dijo— no fue invención de Enrique VIII. Bajo la monarquía Tudor del siglo XV, la Iglesia de Inglate­rra era ya en cierto sentido «anglicana» y Enrique VIII halló en la legislación eclesiástica de sus predecesores un instrumento válido para su política de sojuzgamiento reli­gioso. Este príncipe —como es sabido— fue paladín del Catolicismo en los albores de la Reforma y escribió contra Lutero una «Defensa de los siete sacramentos», que le valió del papa León X el título de Defensor fidei. Fue la negati­va papal a conceder a Enrique el divorcio de Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, la razón que le llevó al repudio del Primado romano y al cisma. Porque cisma fue —y no Protestantismo— la Reforma en Inglaterra mientras vivió Enrique VIII.

XXIII.      La reforma católica. Los anhelos de renovación cristiana produjeron un ad­mirable florecimiento en el seno de la Iglesia, que en algún país como España se inició con anterioridad al Luteranismo. Se reformaron antiguas órdenes religiosas, se crearon otras nuevas, aparecieron grandes santos y grandes papas. El concilio de Trento no logró el objetivo acariciado por Carlos V de restaurar la unidad cristiana; pero realizó una obra inmensa, tanto en el orden de la doctrina católica como de la disciplina eclesiástica.

XXIV.     De las guerras de religión a la definitiva escisión cristiana. El mapa religioso de Europa no se consolidó hasta bien mediado el siglo XVII. Las luchas entre católicos y protes­tantes fueron «guerras de religión» en Francia. El dina­mismo tridentino impulsó acciones de reconquista católica en el centro de Europa. En literatura y arte, el Barroco es un fiel reflejo del espíritu del Catolicismo postridentino. Pero la prueba decisiva fue la Guerra de los Treinta Años, que enfrentó a las monarquías católicas de los Habsburgos con las potencias protestantes y Francia, su aliada. Los Tratados de Westfalia consagran la escisión religiosa euro­pea. Y en Inglaterra, la revolución orangista puso término a las proclividades filocatólicas de los últimos Estuardos.

XXV.        El gran siglo francés. El siglo XVII fue un gran siglo francés, también en el orden religioso. Francia, aliada de los protestantes de cara al exterior, pasó en su política interna desde la tolerancia acordada por el Edicto de Nantes a la estricta unidad cató­lica. El Cristianismo francés, pese a las sombras jansenis­tas, dio pruebas de una admirable vitalidad. La prolifera­ción de las disputas teológicas era a la vez un signo de in­quietud religiosa y de inestabilidad espiritual.

XXVI.     El regalismo monárquico frente al Pontificado.  Los gobiernos de las monarquías católicas del siglo XVIII fueron propensos al Regalismo: hostiles y recelosos fren­te al Pontificado Romano, pretendieron controlar minucio­samente la vida eclesiástica y hacer de la Iglesia poco menos que un servicio público. Galicanismo, Josefismo, Febronianismo son expresiones de un mismo fenómeno de intromi­sión regalista en la actividad de la Iglesia, característico del Despotismo Ilustrado. Por otra parte, las monarquías protestantes y la ortodoxa Rusia también hacían gala de un perfecto Absolutismo

XXVII.   La ilustración anticristiana.  Desde la segunda mitad del siglo XVIII se deja sentir en muchos espíritus un profundo cambio que ha sido definido como «crisis de la conciencia europea». El Deísmo inglés y el racionalismo francés prepararon el camino a la abierta irreligión de los «filósofos» ilustrados. La «Enciclopedia» difundió las nuevas ideas, que hallaron amplia acogida en­tre las clases elevadas de la sociedad.

XXVIII.De la revolución a la Restauración. La era revolucionaria, abierta en 1789, conmovió los fundamentos políticos y religiosos de Europa. La Revolu­ción francesa, en sus momentos álgidos, trató de eliminar toda huella cristiana de la vida social. Dos papas fueron prisioneros de los gobiernos revolucionarios. Napoleón, res­taurador de la Iglesia en Francia, asumió también la he­rencia del Galicanismo. La Restauración pretendió un re­torno al Antiguo Régimen. Muchos católicos, impresiona­dos por la experiencia sufrida, propugnaron una nueva «alianza entre el Trono y el Altar».

XXIX.      Catolicismo y Liberalismo. La Restauración se frustró y el siglo XIX fue el siglo del Liberalismo, ideología de la Revolución burguesa. ¿Sería posible llegar a un entendimiento entre Catolicismo y Liberalismo? ¿Convenía a la Iglesia un régimen de simple libertad, sin la protección del Estado ni el reconocimiento de sus privilegios tradicio­nales? ¿Debían tener la verdad y el error los mismos derechos en la vida pública? Estos y otros interrogantes recibieron distintas respuestas por parte de los católicos, en una época marcada además por el auge de los nacionalismos, que amenazaban directamente a los Estados de la Iglesia.

XXX.     La época de Pío IX. El largo pontificado de Pío IX cubre toda una época. Pío IX fue un papa singularmente amado y venerado por los católicos; sus propios infortunios reforzaron esta cordial adhesión. El concilio Vaticano I y la pérdida del poder temporal marcaron un período de la historia cristiana, de indudable renovación espiritual en lo tocante a la vida interna de la Iglesia.

XXXI.     Los cristianos ante las nuevas realidades sociales. El siglo XIX presenció también una notable transformación de las realidades sociales. El auge del Capitalismo, la revo­lución industrial y la creación de los proletariados urbanos provocaron la aparición de un «problema social», descono­cido hasta entonces. Ideologías de signo anticristiano, como el Marxismo y el Anarquismo, propugnaron nuevos mode­los de sociedad e influyeron poderosamente en los movi­mientos obreros. El papa León XIII propuso un programa cristiano para el nuevo mundo del trabajo.

XXXII.      San Pío X y la crisis modernista. Bajo el influjo de causas muy diversas —como las filosofías irreligiosas, el cientifismo decimonónico y el Protestantismo liberal— tomó cuerpo en la Iglesia el fenómeno modernista. El Mo­dernismo, que en el ánimo de algunos habría de reconciliar Catolicismo y mentalidad moderna y superar la pretendida quiebra entre la fe y la ciencia, venía en la práctica a va­ ciar de contenido sobrenatural la fe católica. San Pío X cortó el paso resueltamente al Modernismo. Fue un papa valiente, que atendió por encima de todo a los «intereses de Dios» y promovió con ardor la piedad cristiana. 

XXX.            La era de los totalitarismos. El Tratado de Versalles no trajo al mundo la paz, sino dos décadas de «entre-guerras». Los totalitarismos de diverso signo coincidían en someter la persona a la voluntad omnímoda del Estado. En países cristianos —como Rusia, México y España—, la per­secución religiosa revistió extraordinaria violencia. Pío XI promovió vigorosamente la Acción Católica, con el fin de asociar a los laicos al apostolado jerárquico de la Iglesia. La gran expansión misional y la solución de la «cuestión romana» fueron dos felices acontecimientos de primordial importancia.

XXXI.         Las consecuencias político-religiosas de la Se­gunda Guerra Mundial. La Segunda Guerra Mundial pro­dujo inmensos sufrimientos, prolongados en la posguerra. Los campos de concentración y las emigraciones forzosas de millones de familias no tienen precedentes en la historia moderna. Derrotados los totalitarismos fascistas, gran parte de Europa quedó en poder de otro totalitarismo, portador de una ideología atea, que impuso graves restricciones a la libertad de los cristianos. La implantación de regímenes co­munistas en China y otros países impidió en ellos la activi­dad misional, mientras la Iglesia cobraba nuevo auge en los pueblos nuevos del Tercer Mundo, libres del dominio marxista.

XXXII.       El Cristianismo en las postrimerías del siglo XX. El concilio Vaticano II formuló en sus documentos un im­portante programa de renovación cristiana, que nada tiene que ver con los abusos cometidos en nombre de un preten­dido «espíritu» conciliar. Hoy el mundo sufre una profun­da crisis de valores espirituales, a la que han contribuido el afán de bienestar de la sociedad de consumo, la pérdida del sentido sobrenatural de la vida y un reduccionismo religio­so que contempla al Cristianismo y a la Iglesia bajo una óp­tica primordialmente terrena. La Iglesia ha de ser ahora la defensora de valores tan esenciales como el derecho a la vida, la dignidad del hombre y la unidad de la fa­milia. En la nueva humanidad de finales del siglo xx, el Cristianismo aparece —al igual que en sus comienzos— como la religión de los discípulos de Jesucristo que, con ayuda de la Gracia, tratan de corresponder a su vocación de cristianos.

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Published in: on diciembre 27, 2007 at 5:16 pm  Dejar un comentario  
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