El fuego de la bondad sigue encendido

La carretera
Cormack Mc Carthy

En 1922 T. S. Eliot publicaba “La tierra baldía”, un poema que reflejaba con imágenes inolvidables el horror de lo vivido en la I Guerra Mundial. En su magnífica novela La carretera, con la que ganó el premio Pulitzer de 2007, Cormack McCarthy (Rhode Island, 1933) presenta también una tierra baldía, un futuro mundo gris y desahuciado que agoniza tras una catástrofe nuclear. Apenas se dan detalles de la explosión que redujo el mundo a un campo inmenso de frío y cenizas. El paisaje que recorren los dos protagonistas de La carretera, un padre y un hijo sin nombre propio, es monótonamente gris; nada queda ya que recuerde la originaria belleza del mundo, no hay colores en el campo, el mar o el cielo; ni sonidos fuera de incendios esporádicos que llenan con su crepitar el frío de la noche.

Los protagonistas viajan por una carretera rumbo al sur con la esperanza de sobrevivir al frío. El viaje es penoso, van siempre al límite de las fuerzas, tirando de un carrito de supermercado donde llevan unas cuantas latas de comida y algunas herramientas elementales que les ayudan a subsistir. No son los únicos supervivientes. Durante el viaje padre e hijo encuentran a su paso un paisaje humano aún más desolador que el que ofrece la naturaleza. En contraste con el padre que procura proteger a su hijo y transmitirle como legado la dignidad de la humanidad perdida, aparecen a lo largo del camino grupos de hombres convertidos en caníbales, en los que se condensa toda la crueldad y la degradación humana.

McCarthy se inspiró en su propia experiencia de la paternidad para escribir La carretera; una noche, en un hotel de El Paso, mientras su hijo dormía, asomado a la ventana imaginó lo que sería de aquel lugar dentro de unos siglos, imaginó las montañas con los restos de un incendio, imaginó la responsabilidad que tendría frente a su hijo de ocho años y lo que querría para él. Ese fuego que McCarthy veía en las montañas lo observaba con más fuerza y claridad en la inocencia del chico que protagoniza su novela.

El fuego interior de la humanidad que lucha por no rendirse a la maldad, aun cuando todo a su alrededor parece excusarle de la responsabilidad de ser un hombre cabal, un hombre bueno. Es precisamente la esperanza de mantener encendida esa llama interior de la bondad humana lo que tira del argumento entero de la novela, del padre y del hijo. A la vez que el padre vela constantemente por proteger a su hijo, el chico es un relicario sagrado para el padre. Una presencia que le recuerda, sobre todo cuando la necesidad de sobrevivir le empuja a claudicar de sus convicciones morales, que, en medio de la devastación, siempre queda el resplandor de la dignidad, el calor que irradia el respeto por el hombre. Mientras las cenizas no lleguen al corazón humano, el mundo tiene futuro. Es más: esa lucha por mantener vivo el fuego de la bondad a la que está llamado el hombre es lo único que puede hacer que en esa tierra baldía germine un brote nuevo, como una promesa de salvación. Como una nueva alianza entre Dios y el hombre tras el diluvio.

Texto Corina Dávalos [Com+Fia 05]. Ilustración Diego Fermín

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Published in: on agosto 22, 2010 at 4:14 pm  Dejar un comentario  

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