De camino a Babadag

De Camino a Babadag es un viaje a través de la otra Europa: Polonia, Eslovaquia, Eslovenia, Moldavia, Hungría, Rumania, Albania… Es la Europa olvidada, marginada, dejada de la mano de Dios. Ese continente que el autor llama “mi Europa”, cuyo corazón podría estar en cualquier pueblo perdido, pero ni de broma en las grandes capitales que para él no son más que puntos rojos perdidos en el mapa. Y es que Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960) parece interesado únicamente en esa parte del mundo que conoce como la palma de su mano y que ha recorrido de todas las formas posibles: en coche, en tren, en barco, en autostop.

Las crónicas de este viajero describen esos limbos de lo desconocido cuyas fronteras contienen más espacio de lo que señala la geografía. Son sitios que no han conocido la riqueza, ni las ideas, y donde el tiempo parece haberse detenido. El escritor-viajero reconoce su tendencia a la periferia, su atracción por las provincias. Confiesa tener un amor perverso a la decadencia y la descomposición, a todo lo que se extingue, se pierde y se deteriora. Todo lo que no es como podría o debería ser. Y es que Stasiuk nos introduce no sólo a los que él llama “países inevidentes”, sino también a estados fantasma que ni siquiera existen para el resto del mundo, como Transdniéster.

Hay una palabra en francés para la que nunca he encontrado un buen equivalente en español: dépaysant. Suele traducirse como exótico, pero no me gusta porque siento que ese adjetivo ha adquirido connotaciones peyorativas, mientras que dépaysant no necesariamente es una palabra negativa. A menudo, se refiere a algo que te hace viajar, que te transporta a otros lugares, paisajes y horizontes. De camino a Babadag es, pues, un libro dépaysant. Al lector le dan ganas de salir en busca de las pistas geográficas esparcidas en el texto, de explorar a su vez esos sitios que parecen tan remotos, tan añejos y que solemos visualizar en blanco y negro.

Curiosamente el libro hace referencia a lugares que, a pesar de ser desconocidos para mí, atávicamente hablando no son del todo ajenos, siendo nieta de inmigrantes de Europa Central y Oriental (Polonia, Rumania y Ucrania). Sin embargo, dos de mis abuelos llegaron a México muy pequeños como para tener recuerdos vívidos, y al otro, el que sí llegó como adulto, no lo conocí. Quizás esa sea la razón por la que siempre he sentido esa parte del mundo tan distante en tiempo y espacio. Y pese a ello, algunos nombres resuenan familiarmente dentro de mí, como Galitzia.

Stasiuk nos adentra en todo ese mundo mediante una prosa de enorme eficacia y rica en descripciones, cuya lectura en español es posible gracias a la excelente traducción de Alfonso Cazenave. En definitiva es un libro que vale la pena leerse.

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Published in: on agosto 17, 2010 at 4:44 pm  Dejar un comentario  

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