Amar con misericordia…

Según el Diccionario la misericordia es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos. Y la verdad, me ha gustado la definición. Se trataría de amar a alguien pero incluyendo sus miserias.

Cuantas veces hemos oído comentar a alguien conocido: “es increíble, ¡tantos años de trato durante el noviazgo, y sólo ahora, tras apenas un año de matrimonio, descubro que esta persona tiene tal o cual defecto! ¡Si lo hubiera sabido antes a lo mejor ni me caso!”… Y aunque es injusto el comentario, no deja de tener razón. Cuantas veces fuera de casa hemos aparentado ante los demás lo que no somos. Cuántas veces maquillamos nuestras miserias para parecer mejores de lo que somos en realidad… No digo que me parezca mal, pero luego pasa lo que pasa. Queremos ser amados, admirados, queridos y por eso aparentamos ser simpáticos, alegres, agradables… Luego llegamos a casa, nos quitamos la careta, y allí aparecemos tal como somos, es decir que no hay quien nos aguante.

Por eso, para amarnos en casa, necesitamos de la misericordia, esa bendita virtud que inclina el ánimo a compadecerse de las miserias ajenas.

De esta virtud nos habla el Evangelio del próximo Domingo IV de Cuaresma. El Padre de hijo pródigo es imagen de la misericordia de Dios. Fíjate que cuando le ve llegar de lejos “su padre lo vio y se emocionó”. Pero ¿qué pudo ver el Padre en este hijo que le llevara a emocionarse? Aquel hijo había actuado como un ladrón y le había deshonrado al gastar su hacienda lujuriosamente; ¿Qué podía ver a parte de individualismo, impureza, obstinación, desafección, ingratitud… Pero aquel Padre sabía amar tiernamente a su hijo, es decir misericordiosamente, tenía esa bendita virtud que inclinaba su ánimo a compadecerse de las miserias de su hijo.

Y luego, actúo con las mismas entrañas de misericordia cuando llegó el otro hijo, el mayor, con una actitud injusta, llena de ira, desamorada, resentida y envidiosa. Aquel padre lo trato con cariño y le dijo: pero hijo, si todo lo mío es tuyo

En la parábola, la alegría se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: “Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado”.

En la novela de El Idiota, Dostoiewski describe una escena que tiene todo el ambiente de una imagen real. Una mujer del pueblo tiene en brazos a su niño de pocas semanas, cuando éste por primera vez le sonríe. Emocionada, se hace el signo de la cruz y a quien le pregunta por qué se persigna le responde: “De igual manera que una madre es feliz cuando nota la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador se arrodilla y le dirige una oración con todo el corazón”. Tal vez alguno se anime a dar a Dios un poco de esta alegría, y brindarle una sonrisa…

Dios nos conoce muy bien, conoce todas y cada una de nuestras oscuras intenciones, todas y cada una de nuestras miserias más ocultas. Por eso aun cuando toda mi miseria está “a su vista”, sé que Dios me ama, y sé que mi Madre en el Cielo es capaz de abrazarme a pesar de mi lepra.

Anuncios
Published in: on marzo 13, 2010 at 12:43 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://jchordi.wordpress.com/2010/03/13/amar-con-misericordia/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: