La lenta gestación del Cisma de Oriente

La división del Imperio romano puso al descubierto el dualismo siempre latente entre Occidente y Oriente, el mundo latino y el griego, Roma y Constantinopla. Este dualismo se reflejó también en el terreno religioso y ecle­siástico, donde las tensiones provocaron un creciente aleja­miento y terminaron por provocar el enfrentamiento y el Cisma.

1. En el siglo VII, como consecuencia de la expansión musulmana, tres de los cuatro Patriarcados orientales cayeron en poder del Islam: Alejandría, Antioquía y Jerusalén. La pérdida de Egipto y Siria significó un mayor alejamiento de las confesiones nestorianas y monofisitas del marco de la Iglesia universal. Esas comunidades, emplazadas en territorios que formaban parte del mundo islámico, llevaron en adelante una existencia autóctona, virtualmente aislada del resto de la Cristiandad. Por eso, el Oriente cristiano se identificó desde entonces con la Iglesia griega o bizantina, es decir, el Patriarcado de Constantinopla y las iglesias nacidas como fruto de su acción misionera, que le reconocían una primacía de jurisdicción o al menos de honor. Estas cristiandades que giraban en la órbita de Constantinopla integraban la Iglesia greco-oriental, cuyas relaciones con Roma hasta el cisma de Cerulario procede exponer aquí.

2. El Imperio romano clásico había logrado configurar un orbe unido, sobre la base de las tierras y los pueblos del mundo mediterráneo. Mas, por debajo de esa unidad, latían encubiertas las profundas diferencias que contraponían los espacios culturales de la latinidad occidental y el helenismo. La reforma administrativa llevada a cabo por Diocleciano a finales del siglo III reconoció, a efectos de mejor gobierno, la existencia de dos «partes» del Imperio, una oriental y otra occidental, coincidentes con los mencionados espacios culturales. Esta división -a la que en otro lugar se hizo ya referencia- terminó por configurar dos imperios, cuyos destinos históricos serían muy diferentes en 1 os siglos futuros.

3. El Cristianismo sufrió también la impronta de la contraposición entre Oriente y Occidente, cultura griega y latina. Como telón de fondo de estas divergencias se adivina el acusado contraste entre el pragmático temperamento latino y la tendencia especulativa del espíritu oriental. Otro factor perturbador vino a incidir sobre esta dialéctica: la creciente incomunicación, derivada de la incomprensión lingüística. El griego había sido durante los tres primeros siglos de Cristianismo la lengua de la Iglesia; pero desde finales del siglo III -y comenzando por el África cartaginesa- el latín se introdujo en la literatura y el culto litúrgico, y en el siglo IV la Liturgia occidental había pasado a ser totalmente latina. La falta de una lengua común no sólo alejó espiritualmente el Oriente y el Occidente cristianos, sino que suscitó entre uno y otro suspicacias y recelos, en una época crítica de herejías y controversias teológicas. Las diferencias disciplinares y de ritos, bien visibles a los ojos del pueblo, contribuyeron todavía más a acentuar el dualismo y la desconfianza recíproca.

4. Pero el principal factor de tensión -y de discordia- entre el Oriente y el Occidente cristianos lo constituyó el encumbramiento del Patriarcado de Constantinopla. A esta sede, el célebre canon 28 del concilio de Calcedonia -no aceptado por el papa León Magno- le otorgó autoridad y jurisdicción sobre todos los territorios del Imperio bizantino no dependientes de los otros tres Patriarcados orientales; y la razón aducida fue que Constantinopla era la <nueva Roma> capital del Imperio y residencia del emperador. De este modo, Constantinopla se convirtió en el principal Patriarcado del Oriente cristiano, émulo del Pontificado romano, estrechamente vinculado al Imperio de Bizancio, mientras Roma se alejaba cada vez más de éste y buscaba su protección en los emperadores francos o germánicos. En este contexto de creciente frialdad entre las dos Iglesias, las fricciones y enfrentamientos jalonaron un largo proceso de debilitamiento de la comunión eclesiástica.

5. Las relaciones entre Roma y Constantinopla experimentaron ya una primera ruptura en el siglo v: el cisma de Acacio, que estuvo motivado por las proclividades monofisitas de este patriarca (482) y que se prolongó durante treinta años. Más prolongadas fueron las repercusiones del problema de la inconoclastia. Como es sabido, León III Isáurico -un gran emperador que salvó a Bizancio de la amenaza árabe- dio origen a una grave crisis religiosa, que alteró durante más de un siglo la vida del Oriente cristiano: en 726 prohibió la veneración de las imágenes sagradas y poco después ordenó su destrucción. La Cristiandad bizantina quedó escindida en dos bandos irreconciliables: iconolatras e iconoclastas, veneradores y destructores de imágenes. León III pretendió que el Papa sancionase sus edictos iconoclastas y ante la rotunda negativa tomó represalias contra la Iglesia romana. En todo caso, las luchas de las imágenes no resultaron desfavorables para las relaciones entre los cristianos orientales y Roma: los defensores de las imágenes -entre los que se contaban los monjes y la gran masa del pueblo- dirigieron sus miradas hacia el Papado en busca de apoyo, y sus más ilustres representantes -San Teodoro Studita o el patriarca Nicéforo- y el propio concilio II de Nicea (787) -séptimo de los ecuménicos- reconocieron el papel primordial del Papa como maestro en la fe de toda la Iglesia. Mucho menos favorable al entendimiento entre Roma y Constantinopla había de resultar la cuestión de los búlgaros.

6. El problema de los búlgaros se encuadra en el curso del largo contencioso por la sede de Constantinopla que enfrentó a los patriarcas Ignacio y Focio. El príncipe de los búlgaros, Boris, se convirtió al Cristianismo en el año 864 y solicitó el envío de misioneros para trabajar en la conversión de su pueblo. Boris se dirigió primero a Constantinopla, pero luego mudó de opinión y ofreció al papa Nicolás I la incorporación de su pueblo a la Iglesia latina, bajo la jurisdicción de la Sede romana. Un ulterior malentendido con Roma hizo que el veleidoso Boris despidiera a los misioneros latinos y retornara otra vez -y ésta de modo definitivo- a la unión con el Patriarcado de Constantinopla, cuya suerte seguiría Bulgaria cuando llegó la hora del cisma. Las incidencias a que dio lugar esta disputa contribuyeron lógicamente a endurecer las relaciones entre Roma y Constantinopla.

7. Al margen del problema de los búlgaros, el enfrentamiento entre los patriarcas Ignacio y Focio incidió negativamente en aquellas relaciones. Ignacio y Focio se sucedieron dos veces al frente del Patriarcado, al compás de las bruscas alternativas de la política oriental. La actitud del papa Nicolás I, favorable a los legítimos derechos de Ignacio, provocó una violenta reacción de Focio, verdadera declaración de guerra a la Iglesia latina. La figura de Focio ha sido estudiada modernamente por historiadores católicos, que reivindican su ortodoxia. Mas, aun admitiendo que las relaciones de la Iglesia bizantina con el Pontificado no se rompieron formalmente durante el segundo período patriarcal de Focio, resulta imposible exonerar a éste de una grave responsabilidad en el distanciamiento del Oriente cristiano con respecto a Roma. Focio, a sabiendas de que abría así un abismo entre griegos y latinos, convirtió en arma arrojadiza la cuestión del Filioque, condenó su inclusión en el Credo por la Cristiandad occidental y lanzó sobre ella la acusación de herejía. De este modo, las diferencias entre griegos y latinos no serían, en adelante, solamente disciplinares y litúrgicas, sino también dogmáticas, con lo que la unidad de la Iglesia quedaba irremediablemente comprometida. Puede afirmarse, en suma, que Focio, un sabio eminente que personificó el genuino espíritu eclesiástico de Constantinopla, contribuyó como nadie a preparar los ánimos para el futuro Cisma oriental.

8. El Cisma llegó, sin excesivo dramatismo, en los comienzos de la época gregoriana. Los violentos sentimientos antilatinos del patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario y la incomprensión de la mentalidad bizantina por parte de los legados papales -Humberto de Silva Gandida y Federico de Lorena-, enviados para negociar una paz eclesiástica, fueron los factores inmediatos de la ruptura. Humberto depositó una bula de excomunión, el 16 de julio de 1054, sobre el altar de la catedral de Santa Sofía; Cerulario y su sínodo patriarcal respondieron el 24 del mismo mes excomulgando a los legados y a quienes les habían enviado. El Cisma quedaba así formalmente abierto, aunque cabe pensar que muchos contemporáneos -y quizá los propios protagonistas del episodio- pudieron creer que se trataba de un incidente más de los muchos registrados hasta entonces en las difíciles relaciones entre Roma y Constantinopla. Lo que parece indudable es que, para la masa del pueblo cristiano griego y latino, el comienzo del Cisma de Oriente pasó del todo inadvertido.

9. El correr del tiempo descubrió a los cristianos la existencia de un auténtico cisma, que había interrumpido la comunión eclesiástica de la Iglesia griega con el Pontificado romano y la Iglesia latina. La vuelta a la unión constituyó desde entonces un objetivo permanente de la Cristiandad. La promovieron Pontífices, la desearon en Constantinopla emperadores y hombres de Iglesia, se celebraron concilios unionistas y hubo momentos, -el concilio II de Lyon (1274) y el de Florencia (1439)- en que pareció que la tan anhelada unión estaba ya lograda. No era realmente así, pero tan sólo la caída de Constantinopla en poder de los turcos y la desaparición del Imperio bizantino (1453) pusieron fin a los deseos -y a las esperanzas- de poner término al Cisma de Oriente y reconstruir la unidad cristiana

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Published in: on agosto 28, 2008 at 12:27 pm  Dejar un comentario  
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