San Pablo y los cristianos corrientes

Con cierta frecuencia reaparece una pregunta sugestiva: la religión cristiana, ¿nace con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, o es resultado de la interpretación que san Pablo hizo de Jesucristo?

Esta es la pregunta que tal día como el de ayer, día en que comienza el Año Paulino inaugurado por el Papa Benedicto XVI, se hace el Profesor Fernando Pascual y a la que da una certera respuesta sobre todo con el argumento que me ha parecido de más peso:

Para superar el falso problema, primero se ha de comprender qué es el cristianismo. Lo cual significa entender quién fue Jesús, el Cristo.
Si leemos a fondo los Evangelios, descubrimos que Cristo se reconoce a sí mismo como Hijo del Padre, como enviado, y como la realización de las promesas al pueblo de Israel. Jesús es el Mesías esperado, es el cumplimiento de las Escrituras. Por eso mismo, y según el dinamismo propio del mensaje del Antiguo Testamento, Cristo es también el Salvador del mundo, la luz que ilumina a todos los seres humanos (judíos y paganos), el Esperado por los pueblos, el Maestro y el Señor.

Encontramos en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 423, un resumen de nuestra fe en Jesucristo, según las enseñanzas del Nuevo Testamento, en las que encontramos que la Buena Noticia, el Evangelio, coincide precisamente con la persona de Jesús.
«Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha “salido de Dios” (Jn 13,3), “bajó del cielo” (Jn 3,13; 6,33), “ha venido en carne” (1 Jn 4,2), porque “la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1,14.16)».

Miremos ahora la enseñanza de Pablo. ¿Qué predicaba con una pasión incontenible y una convicción profunda aquel antiguo fariseo llamado Saulo y nacido en Tarso?
Predicaba simplemente a Cristo crucificado (cf. 1 Co 1,23) y resucitado. “Su” Evangelio era Jesucristo.«Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes (…). Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (1 Co 15,1-11).

Entre los primeros cristianos de Roma había discípulos de San Pablo, como atestigua la larga lista de saludos escrita al final de la Carta a los Romanos. En el Aventino vivían Aquila y Prisca –o Priscila–, un matrimonio de comerciantes que habían conocido al Apóstol en Corinto; otras personas que aparecen citadas eran de origen judío, griego o del Asia Menor: se habían desplazado a vivir en la capital del Imperio después de haber oído predicar el Evangelio a Pablo en sus lugares de procedencia.

El tono afectuoso de esos saludos refleja la fraternidad que existía entre los primeros fieles. Pese a la variedad de proveniencias y condiciones sociales –desde esclavos hasta miembros de la nobleza–, estaban muy unidos. San Josemaría los describía como familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

En este clima de estrecha unidad, es lógico que la llegada de San Pablo a la Urbe causara entre los cristianos de Roma una gran alegría. Algunos le debían la fe, como hemos mencionado, y todos habían oído hablar del Apóstol y tendrían grandes deseos de conocerlo. Además, la Carta que les había enviado en el año 57 o 58 constituía un notable motivo de gratitud. Era natural, por tanto, que quisieran abreviar la espera saliendo a su encuentro por la Vía Apia. Unos lo alcanzaron en el Foro de Apio y otros en Tres Tabernas, a 69 y 53 kilómetros de Roma respectivamente. En los Hechos de los Apóstoles, se comenta que al verlos Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos

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Published in: on junio 30, 2008 at 2:31 pm  Dejar un comentario  
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