San Clemente Romano

San Clemente fue el cuarto obispo de Roma, después de Pedro, Lino y Cleto. Su pontificado duró desde el 92 al 101, según narra San Ireneo en su Adversus hæreses. No se sabe apenas nada seguro de su vida. A partir de sus escritos y de algunos pocos datos externos, se conjetura que era un judío helenista, con un buen conocimiento de las Escrituras y cierta formación filosófica. Tradicionalmente se le ha puesto en relación con los Flavios, la familia de los emperadores Tito y Vespasiano. Algunos suponen que estuvo al servicio de esa familia, pues eso explicaría el detallado conocimiento que San Clemente tenía de la vida militar, y su respeto y preocupación por las instituciones y autoridades romanas.

Conoció y trató a San Pedro. La Iglesia lo venera como mártir: narra una antigua tradición que primero fue desterrado al Quersoneso, y luego condenado a morir ahogado, atándole al cuello un ancla de hierro y arrojándolo al mar.

Epístola a los corintios

Es la única obra que conservamos de San Clemente. Se trata de una carta bastante larga, que consta de 65 capítulos. Fue compuesta poco tiempo después de la persecución de Domiciano (95-96), es decir, hacia los años 96-97 o, como muy tarde, en el 98. Al igual que la Didaché, es anterior a los últimos escritos del Apóstol Juan y gozó de alta estima como lo avala las citas numerosas del CEC[1]

y de la Liturgia de las Horas. Efectivamente es un texto de notable importancia para la historia del papado y, además, es de gran calidad literaria. Hay otras cartas atribuidas a San Clemente, pero no son auténticas.

El motivo que provocó esta carta fueron las disputas surgieron entre los cristianos de Corinto. El papa Benedicto XVI nos presenta esta Carta de su amado “Obispo de Roma” del primer siglo

Contenido: La carta se divide en cuatro partes.

i) Presentación (caps. 1 a 3): describe el estado floreciente de la Iglesia en Corinto[2]

y las virtudes de esos cristianos; pero señala también la existencia de recientes rencillas internas, nacidas de la envidia, que trastornaron su floreciente paz.

ii) Los males de la envidia y el bien de la humildad (caps. 4 a 36): sirviéndose de ejemplos del Antiguo Testamento (Caín, los hermanos de José…) y de la reciente ejecución de San Pedro y de San Pablo[3]

, señala San Clemente el carácter destructor de la envidia y mueve a sus lectores a la penitencia, a la obediencia, a la hospitalidad, a la humildad y a la mansedumbre, como medios para superar los males que engendra la envidia. No sólo se sirve de ejemplos tomados de las Escrituras, sino del mismo universo inanimado, que guarda el orden impuesto por Dios y sigue sus mociones. La parte final de esta sección se detiene en consideraciones sobre la santidad de vida del cristiano y la esperanza de la resurrección.

iii) Necesidad de conservar la unidad (caps. 37 a 61): aludiendo al caso concreto de Corinto, San Clemente hace ver la necesidad de la unidad, basada en la caridad fraterna y exhorta a cada uno a cumplir su misión en el lugar que se le ha designado. Para reconquistar la unidad, insiste San Clemente en la penitencia por los pecados y en la abnegación por el bien del prójimo y la “gran oración” por las autoridades, aunque sean perseguidores, como Cristo nos enseñó.

iv) Recapitulación (caps. 62 a 65): resume en pocas líneas el contenido de la carta y manifiesta el deseo de que pronto alcance el efecto para el que fue escrita.

Enseñanzas: la Epístola de San Clemente –además de la riqueza de sus enseñanzas morales– aporta datos decisivos para la historia de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un testigo ocular. Dice que Pedro vivió en Roma, que allí predicó y murió mártir. De San Pablo dice que estuvo en España predicando. Narra la persecución de Nerón, detallando que murieron muchos cristianos, entre ellos bastantes mujeres, y que además fueron sometidos a tortura.Uno de los puntos más interesantes de la carta es el relativo a la jerarquía y al primado.

Expone explícitamente la doctrina de la sucesión apostólica[4]

: la comunidad no puede deponer a los presbíteros, ya que el poder de la jerarquía no viene del pueblo, sino de Dios a través de Cristo y de los Apóstoles, no de los demás fieles.

En la tercera parte señalada, se tratan cuestiones relativas a la administración de los sacramentos, distinguiendo claramente entre jerarquía y laicado. Dentro de la jerarquía sólo se mencionan los episcopoi (supervisores, jefes) y los diaconoi (ministros, ayudantes). Dentro de los primeros estarían incluidos tanto los obispos como los presbíteros, pues es claro que la terminología que utiliza aún no está acuñada definitivamente. Pide también oraciones por todas las autoridades y contiene extensas plegarias eucarísticas.


[1] Texto 1

[1] «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los Corintios 7, 4; citado por CEC 1432).

[2] Texto 2

[2] «Pensad ahora quiénes son los que os han desviado y han hecho disminuir el prestigio de vuestra celebrada fraternidad. Queridos: es en extremo vergonzoso e indigno de vuestra conducta cristiana que se diga que la firmísima y antigua iglesia de Corinto, por un par de fantoches, se ha sublevado contra los presbíteros. Tal noticia no sólo ha llegado a nosotros, sino también a quienes disienten de nosotros, de manera que por vuestra insensatez, se blasfema el nombre del Señor y os ponéis a vosotros mismos en peligro» (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los corintios 47, 4-7).

[3] Texto 3

[3] Miremos a los buenos apóstoles. Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se fue a su lugar de gloria designado. Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente. (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los corintios 5, 4-7). 

[4] Texto 4

[4] «Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen: Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo. Una y otra cosas, por tanto, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la Resurrección del Señor Jesucristo, y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos –después de probarlos por el Espíritu por obispos y diáconos de los que habían de creer» (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los corintios 42).

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