Política religiosa del Imperio Romano

 

Los cristianos son hijos de su tiempo y se encuentran in­mersos en una situación política, que viene determinada por ser súbditos del Imperio romano. La estrecha unión de las religiones paganas antiguas con la vida de la polis va a generar dificultades no pequeñas para los cristianos, que no vivirán como los judíos formando «ghet­tos», sino integrándose en la vida ordinaria, como el resto de los ciuda­danos, según nos describe la Epístola a Diogneto (V, 4).

Los emperadores romanos exigían la práctica de la religión oficial romana, aunque eran tolerantes con los cultos indígenas de aquellos te­rritorios que estaban incorporados al Imperio. Llama la atención, sin embargo, que esa tolerancia no se empleara igualmente con el cristia­nismo.

El primer dato que tenemos de la conducta de los emperadores so­bre el cristianismo procede del año 35, según nos refiere el Prof. Ramos-Lissón, cuando Tiberio (14-37 d. C.) re­cibe una relación de Pilatos para que se diera a la nueva religión el esta­tuto jurídico de religio licita. Tiberio presenta esa propuesta al Senado, que no la acepta, por querer reivindicar celosamente sus prerrogativas. De todas formas, este Senatusconsultus del año 35 no se aplicará hasta que lo reasuma Nerón (54-68) en el año 63.La protección de Tiberio a los cristianos continuará con sus inme­diatos sucesores Calígula (37-41) y Claudio (41-54), aunque durante el gobierno de este último hubiera alguna actuación contra los cristianos por parte de los judíos (muerte de Santiago y arresto de Pedro).

Nerón (54-67) siguió, al principio, la misma política de sus antecesores, hasta el año 62, en el que cambia de actitud y aplica contra los cristianos y los estoicos el Senatusconsultus de Tiberio, acusándoles de «odio al género humano», según afirma Tácito (Hist., V, 5, 1). Se han esgrimi­do distintas hipótesis sobre los motivos desencadenantes de esta perse­cución. Conviene advertir también en esas fechas la existencia de una opinión pública adversa a los cristianos, como se confirma al leer 1 Pet 2, 12; 3, 13. 15-16 y 2 Tim 4, 10-16.

Con el advenimiento de la dinastía Flavia (68-96) al poder se des­arrolla para los cristianos un periodo de trato favorable hasta el año 95, aunque el odio y los prejuicios anticristianos de índole popular seguían existiendo. Algunos miembros de esta dinastía fueron cristianos: Tito Flavio Clemente, hermano de Vespasiano, y su mujer Flavia Domitila, y otra Domitila, nieta de Flavio Sabino. Por todo ello, no se compren­de bien la persecución de Domiciano en los años 95-96.

Una de las primeras actuaciones de gobierno que realizó el nuevo emperador Nerva (96-98), fue revocar las condenas a los cristianos y abolir la injusta extensión a ellos del fiscus iudaicus (Dión Casio, 68, 1, 1-2). Pero, pronto esta benevolencia de Nerva encuentra una oposi­ción cada vez mayor por parte de la clase política, que veía una incom­patibilidad entre las tradiciones romanas y los cristianos. Los intelec­tuales como Frontón, Celso, Apuleyo, etc. dedicarán acerbas críticas al cristianismo.

Con Trajano (98-117) se manifiesta el deseo de no secundar el vio­lento fanatismo popular anticristiano, como se puede deducir de su co­nocido rescriptum a Plinio, gobernador de Bitinia, estableciendo la normativa sobre los cristianos de manera que coinquirendi non sint. Con variantes, se puede situar en la misma línea otro rescriptum de Adriano (117-138) al procónsul de Asia Minucio Fundano.Antonino Pío (138-161) rompe con la tradición tolerante y ataca a los difusores de nuevas religiones. Los apologistas (Justino, Taciano, Teófilo y Tertuliano) reaccionarán defendiendo la antigüedad del cris­tianismo.

Más discutida por los historiadores es la postura de Marco Aurelio (161-180). Algunos lo juzgan como el primer perseguidor por­que este emperador entendía que los cristianos se inhibían de sus obli­gaciones políticas. Otros sostienen que tanto el emperador como un importante grupo de paganos confundían el cristianismo con el monta­ñismo fanático. Marco Aurelio, en 177, decreta la persecución de ofi­cio de los cristianos, como sacrilegi, cosa que antes no se hacía, si­guiendo la doctrina del rescripto de Trajano. Bajo el gobierno de Cómodo (180-192), hijo y sucesor de Marco Aurelio, la Iglesia gozó de paz en todo el Imperio, lo que permitió la conversión de toda clase per­sonas, también de gentes nobles y adineradas, según nos dice Eusebio de Cesárea {HE, V, 16, 19; V, 21 ss.).

La proclamación como emperador del africano-oriental Septimio Severo (193-211) por las legiones de Panonia, significó una profunda transformación para el Imperio en el terreno de la religión y del pensa­miento. Las divinidades orientales (Serapis, Hércules, Dionysios, y, so­bre todo, el Sol) se suman y se superponen a los dioses romanos del Pantheon. Este sincretismo religioso va a marcar la política religiosa de los Severos. Septimio Severo es considerado por los historiadores cris­tianos del siglo IV como un perseguidor consciente del cristianismo (HE, VI, 1). Algunos autores modernos le atribuyen un edicto persecu­torio, aunque otros no comparten esa tesis. En honor a la verdad, se tra­ta más bien de persecuciones esporádicas debidas a determinados gobernadores, alentados por el rechazo popular. Al lado de estas actua­ciones se pueden contabilizar otras, como la defensa que hace de algu­nos personajes cristianos de la clase senatorial, y que nos refiere Tertu­liano (AdScap., IV, 5).

El periodo que va de Caracalla (211-217) a Alejandro Severo (222-235) es de gran bonanza religiosa. Una muestra de tolerancia es el episodio del legado de Arabia que, deseando escuchar a Orígenes, lo manda llamar de un modo oficial con sendas cartas, una para el prefec­to de Egipto y otra para el obispo Demetrio de Alejandría. Las fuentes cristianas de los siglos III y IV hablan explícitamente del filo-cristianismo de Alejandro Severo y de su madre Julia Mammea.Maximino el Tracio (235-238) no fue un perseguidor, propiamente dicho, sino que se limitó a depurar la corte de servidores y amigos cris­tianos de su antecesor Alejandro. De Julio Felipe el Árabe (244-249) se llegó a decir en círculos cristianos que había abrazado la fe, según testi­monian Eusebio (HE, VI, 34; 36, 1-3; 41, 9) y Jerónimo (De vir. ill, 54).

La segunda mitad del siglo III vendrá marcada por la impronta persecutoria. Cuando Decio (249-251) llega al poder se produce una ruptura violenta con la tolerante política de Felipe el Árabe, impulsada, en gran medida, por los ambientes paganos más intolerantes. Con el edicto persecutorio del año 250 intentó el emperador no sólo consoli­dar las bases de la antigua tradición romana, sino también conseguir el favor de la opinión pública y del Senado. Sobre el desarrollo de la per­secución nos informa, con detalle, el epistolario de S. Cipriano de Cartago y de Dionisio de Alejandría. La persecución tuvo carácter general, así como la novedad burocrática de inscribir a quienes participaban en la supplicatio pagana. En África, la persecución fue especialmente dura con torturas y condenas a muerte. Hubo numerosos apóstatas (lapsi), que más tarde, a la muerte de este emperador, buscarían la re­conciliación con la Iglesia. S. Cipriano se vio obligado a convocar un sínodo en Cartago y a publicar su tratado De lapsis para resolver esta cuestión.

Tras los breves reinados de Gallo (251-253) y Volusiano (253), se proclama emperador a Valeriano (253-260), que asoció al poder a su hijo Galieno, y durante los tres primeros años se mostró favorable a los cristianos, pero la situación cambia inesperadamente en el año 257 con la publicación de un edicto contra los cristianos y -por vez primera-también contra la Iglesia, declarando su ilicitud. El edicto exigía que los miembros del clero sacrificaran a los dioses. Las causas de esta decisión imperial se deben, en gran parte, a la hostilidad de la aristocracia sena­torial, convencida del influjo del cristianismo en las catástrofes que aso­laban, por aquel entonces, al Imperio. La actitud instigadora de Macriano es la de un simple catalizador de la hostilidad social existente. En el año 258 lanza un segundo edicto que endurecía las sanciones con la pena de muerte y se extendía a los simples fieles. Entre las víctimas in­signes de la persecución señalaremos a S. Cipriano de Cartago y a S. Dionisio de Alejandría. En Hispania sufrió el martirio el obispo S. Fruc­tuoso de Tarragona.

Muerto el emperador en el año 260, su hijo Galieno (260-268) re­tira los edictos contra los cristianos y se dirige oficialmente a los obis­pos reconociéndoles una autoridad en la Iglesia. Es el fin de la ilegali­dad formal de la Iglesia. El cristianismo deja de ser una religio illicita porque la Iglesia, que lo profesa es reconocida por el Estado. Es una época de paz para la Iglesia que continuará con sus sucesores Claudio II (268-270) y Aureliano (270-275). En el año 272, estando Aureliano en Antioquía, tiene lugar una disputa por la sede episcopal de dicha ciudad entre Pablo de Samosata, quien ocupaba abusivamente la «casa de la Iglesia» desde el año 268 (porque había sido condenado por un sínodo), y Domno, obispo legítimo de Antioquía. El emperador resuel­ve la situación aplicando el decreto de Galieno, y declara que el edifi­cio pertenece al obispo legítimo.

En estas circunstancias comienza el reinado de Diocleciano (284-305). Los dieciocho primeros años de gobierno fueron de tolerancia para los cristianos, incluso en el palacio imperial éstos tenían una gran influencia. La emperatriz Prisca y su hija Valeria fueron catecúmenas. Ahora bien, el año 303 significó un cambio radical del emperador ha­cia los cristianos. La gran expansión del cristianismo en las clases su­periores y en el ejército fue motivo de preocupación entre los fanáticos del paganismo, especialmente numerosos entre los sacerdotes paganos. En el año 293 Diocleciano había realizado una amplia remodelación del gobierno imperial con su famosa tetrarquía, asociando a Galerio como César con derecho a sucesión de la parte oriental del Imperio. Fue precisamente Galerio, cargado de odio anticristiano, quien conven­cería a Diocleciano para que iniciara la persecución con un primer edicto general el 23 de febrero del año 305, ordenando la destrucción de iglesias, libros sagrados, etc. En ese mismo año, promulgó dos edic­tos más, arrestando a los jefes de las iglesias y exigiéndoles sacrificar a los dioses. Esta última exigencia la extendería a la totalidad de los fie­les en un cuarto edicto del año 304. Hubo numerosos mártires, cuyas gestas fueron narradas por Eusebio de Cesárea (De mart. Pales., III, 1).Diocleciano abdicaría en 305, y 311 sería el año en el que se pro­mulgarían los edictos de tolerancia del cristianismo para todo el Impe­rio. Galerio, en el lecho de la muerte, concedería a los cristianos la li­bertad de conciencia y de culto. Lo mismo harían para Occidente Constantino y Majencio en abril de ese año. De esta manera termina el largo periodo de relaciones, no siempre amigables, entre el poder polí­tico del Imperio romano y el cristianismo.

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Published in: on marzo 7, 2008 at 11:33 am  Dejar un comentario  
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