Didaché

El título latino de esta obra es Doctrina apostolorum. A veces, se le da un título más completo: Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles, que parece ser el primitivo. Fue descubierta en el siglo XIX, y publicada por primera vez en 1883. Es un medio insustituible para conocer la primitiva Iglesia.

Esta obra es un breve resumen de la doctrina católica, con indicaciones litúrgicas y disciplinares. Contiene, entre otras cosas, lo que debían saber los catecúmenos antes de bautizarse. Siempre gozó de gran autoridad, aunque no sea considerada escrito canónico.

Autor: no es toda del mismo autor, aunque sí la mayor parte. Se nota la presencia de algunas añadiduras. El nombre del autor es totalmente desconocido.

Fecha: Se ha discutido mucho sobre la fecha de su composición. Se puede tener como seguro que fue escrita entre los años 80 y 100. Es, pues, anterior a los últimos escritos del Nuevo Testamento.

Contenido: tiene 16 capítulos, divididos en tres partes y una conclusión

Capítulos 1 a 6: esta primera parte es una catequesis moral, que contiene el modo de instruir a los catecúmenos. Expone la doctrina siguiendo una imagen tradicional entre los judíos y los griegos: las dos vías, una del bien y otra del mal.[1] El segundo capítulo trata del el amor a los demás[2].

Capítulos 7 a 10: esta parte es una exposición de los sacramentos. Habla del bautismo, que se solía administrar por inmersión, aunque excepcionalmente se hacía por infusión. Exige el ayuno antes de bautizarse y, en general, los ayunos de los miércoles y viernes, en oposición a los judíos, que ayunaban los lunes y jueves. Incluye las preces eucarísticas más antiguas que se conservan; habla de la Eucaristía como manjar y como bebida y dice textualmente que es sacrificio. Sobre la penitencia explica que hay que confesarse antes de recibir la Eucaristía [3]. (cfr. caps. IV,14; IX,5; XIV,1).

Capítulos11 a 15: esta tercera parte es un conjunto de normas disciplinares. Trata de las obligaciones respecto a la jerarquía, a los apóstoles y a los predicadores. Por ejemplo, indica que hay que darles el diezmo de todo. Pone en guardia con­tra los pseudo profetas, que quieren aprovecharse de la buena voluntad de los fieles. Enseña los deberes de la verdadera caridad: socorrer al necesitado, atender al peregrino, etc. Insiste especialmente en que todos deben trabajar.

Respecto a la Iglesia, muestra claramente que no sólo es el conjunto de personas que se reúnen los domingos para rezar y celebrar la Eucaristía, sino que es un pueblo único y santo, que llega «hasta los confines de la tierra» (caps. IX,4 y X,5). Señala también cómo se han de elegir los obispos y explica el contenido y necesidad de la corrección fraterna que los fieles han de vivir entre sí[4].

iv) Capítulo 16: a modo de conclusión figura un último capítulo, en el que se habla de la venida del Señor y de las señales del fin del mundo, y exhorta a la vigilancia[5].



[1] Existen dos caminos, entre los cuales, hay gran diferencia; el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte. He aquí el camino de la vida: en primer lugar, Amarás a Dios que te ha creado; y en segundo lugar, amarás a tu prójimo como a ti mismo; es decir, que no harás a otro, lo que no quisieras que se hiciera contigo. He aquí la doctrina contenida en estas palabras: Bendecid a los que os maldicen, rogad por vuestros enemigos, ayunad para los que os persiguen. Si amáis a los que os aman, ¿qué gratitud mereceréis? Lo mismo hacen los paganos. Al contrario, amad a los que os odian, y no tendréis ya enemigos (Didaché, cap 1)

[2] He aquí el segundo precepto de la Doctrina: No matarás; no cometerás adulterio; no prostituirás a los niños, ni los inducirás al vicio; no robarás; no te entregarás a la magia, ni a la brujería; no harás abortar a la criatura engendrada en la orgía, y después de nacida no la harás morir. No desearás los bienes de tu prójimo, ni perjurarás, ni dirás falso testimonio; no serás maldiciente, ni rencoroso; no usarás de doblez ni en tus palabras, ni en tus pensamientos, puesto que la falsía es un lazo de muerte. Que tus palabras, no sean ni vanas, ni mentirosas. No seas raptor, ni hipócrita, ni malicioso, ni dado al orgullo, ni a la concupiscencia. No prestes atención a lo que se diga de tu prójimo. No aborrezcas a nadie; reprende a unos, ora por los otros, y a los demás, guíales con más solicitud que a tu propia alma.( …) «Hijo mío: huye de todo mal y de cuanto se asemeje al mal. No seas iracundo, porque la ira conduce al asesinato. Ni envidioso, ni disputador, ni acalorado, pues de todas estas cosas se engendran muertes. Hijo mío, no seas codicioso, pues la codicia conduce a la fornicación. Ni deshonesto en tus palabras, ni altanero en tus ojos, pues de todas estas cosas se engendran adulterios (…). No seas mentiroso, pues la mentira conduce al robo (…). No seas murmurador, pues la murmuración conduce a la blasfemia (…).Sé, en cambio, manso, pues los mansos heredarán la tierra. Sé paciente y compasivo y sincero, y tranquilo y bueno y temeroso en todo tiempo de las palabras que oíste (…). Recibirás como bienes los acontecimientos que te sobrevengan, sabiendo que sin la disposición de Dios nada sucede» (Didaché, cap. 3)

[3] En cuanto al domingo del Señor, una vez reunidos, partid el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro. Todo el que mantenga contienda con su compañero, no se reúna con vosotros hasta que se reconcilie, para que vuestro sacrificio no se profane. Pues a éste hay que referir lo dicho por el Señor: «En todo lugar y en todo tiempo me ofreceréis un sacrificio puro, porque soy rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre los pueblos  (Didaché, XIV,1).

[4] Para el cargo de obispos y diáconos del Señor, elegiréis a hombres humildes, desinteresados, veraces y probados, porque también hacen el oficio de profetas y doctores. No les menospreciéis, puesto que son vuestros dignatarios, juntamente con vuestros profetas y doctores. Amonestaos unos a otros, según los preceptos del Evangelio, en paz y no con ira (Didaché, XV,1).

[5] Velad por vuestra vida; procurando que estén ceñidos vuestros lomos y vuestras lámparas encendidas, y estad dispuestos, porque no sabéis la hora en que vendrá el Señor. Reuníos a menudo para buscar lo que convenga a vuestras almas, porque de nada os servirá el tiempo que habéis profesado la fe, si no fuéreis hallados perfectos el último día.

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Published in: on marzo 7, 2008 at 1:27 pm  Dejar un comentario  
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