La vida de la primera cristiandad

1. La expansión del Cristianismo en el mundo antiguo, como ya sabemos, se acomodó a las estructuras y modos de vida propios de la sociedad romana. Vamos ahora a exponer los principales aspectos de la vida interna de las cristianda­des: su composición social y jerárquica, el gobierno pasto­ral, la doctrina, la disciplina, el culto litúrgico, etc.

La Roma clásica promovió por doquier, con deliberado propósito, la difusión de la vida urbana: municipios y colo­nias surgieron en gran número por todas las provincias de un Imperio para el cual urbanización era sinónimo de ro­manización. El Cristianismo nació en este contexto históri­co y las ciudades fueron sede de las primeras comunidades, que constituyeron en ellas iglesias locales. Las comunida­des cristianas estaban rodeadas de un entorno pagano hos­til, que favorecía su cohesión interna y la solidaridad entre sus miembros. Pero esas iglesias no fueron núcleos perdidos y aislados: la comunión y la comunicación entre ellas era real y todas tenían un vivo sentido de hallarse integra­das en una misma Iglesia universal, la única Iglesia funda­da por Jesucristo.

2. Muchas iglesias del siglo I fueron fundadas por los Apóstoles y, mientras éstos vivieron, permanecieron bajo su autoridad superior, dirigidas por un «colegio» de presbí­teros que ordenaba su vida litúrgica y disciplinar. Este régi­men puede atestiguarse especialmente en las iglesias «pau­linas», fundadas por el Apóstol de las Gentes. Pero a medi­da que los Apóstoles desaparecieron, se generalizó en todas partes el episcopado local monárquico, que ya se había in­troducido desde un primer momento en otras iglesias parti­culares. El obispo era el jefe de la iglesia, pastor de los fie­les y, en cuanto sucesor de los Apóstoles, poseía la pleni­tud del sacerdocio y la potestad necesaria para el gobierno de la comunidad.

3. La clave de la unidad de las iglesias dispersas por el orbe, que las integraba en una sola Iglesia universal, fue la institución del Primado romano. Cristo, Fundador de la Iglesia —tal como se recordó en otro lugar—, escogió al Apóstol Pedro como la roca firme sobre la que habría de asentarse la Iglesia. Pero el Primado conferido por Cristo a Pedro no era, de ningún modo, una institución efímera y circunstancial, destinada a extinguirse con la vida del Apóstol. Era una institución permanente, prenda de la pe­rennidad de la Iglesia y válida hasta el fin de los tiempos. Pedro fue el primer obispo de Roma, y sus sucesores en la Cátedra romana fueron también sucesores en la prerrogati­va del Primado, que confirió a la Iglesia la constitución je­rárquica, querida para siempre por Jesucristo. La Iglesia romana fue, por tanto —y para todos los tiempos—, centro de unidad de la Iglesia universal.

4. El ejercicio del Primado romano ha estado lógica­mente condicionado, a lo largo de los siglos, por las circunstancias históricas. En épocas de persecución o de difí­ciles comunicaciones entre los pueblos, aquel ejercicio fue menos fácil e intenso que en otros momentos más propi­cios. Pero la historia permite documentar, desde la primera hora, tanto el reconocimiento por las demás iglesias de la preeminencia que correspondía a la Iglesia romana como la conciencia que los obispos de Roma tenían de su Prima­cía sobre la Iglesia universal.  

A principios del siglo II, San Ignacio, obispo de Antioquía, escribía que la Iglesia romana es la Iglesia «puesta a la cabeza de la caridad», atribuyéndole así un derecho de supremacía eclesiástica universal. Para San Ireneo de Lyon, en su tratado «Contra las herejías» (a. 185), la Iglesia de Roma gozaba de una singular preeminencia y era criterio seguro para el conocimiento de la verdadera doctrina de la fe. De la conciencia que tenían los obispos de Roma de po­seer el Primado sobre la Iglesia universal ha quedado un testimonio insigne, que se remonta al siglo I. A raíz de un grave problema interno, surgido en el seno de la comuni­dad cristiana de Corinto, el papa Clemente I intervino de modo decisivo. La carta escrita por el Papa, prescribien­do aquello que procedía hacer y exigiendo obediencia a sus mandatos, constituye una clara prueba de la conciencia que tenía de su potestad primacial; y no es menos significa­tiva la respetuosa y dócil acogida dispensada por la iglesia de Corinto a la intervención pontificia.

5. «Los cristianos no nacen, se hacen», escribió Tertu­liano a finales del siglo II. Estas palabras pudieron signifi­car, entre otras cosas, que, en su tiempo, la gran mayoría de los fieles no eran —como serían a partir del siglo IV— hijos de padres cristianos, sino personas nacidas en la gentilidad, venidas a la Iglesia en virtud de una conversión a la fe de Jesucristo. El bautismo —sacramento de incorporación a la Iglesia— constituía entonces el coronamiento de un dilata­do proceso de iniciación cristiana. Este proceso, comenza­do por la conversión, proseguía a lo largo del «catecumenado», un tiempo de prueba y de instrucción catequética, instituido de modo regular desde finales del siglo II. La vida litúrgica de los cristianos tenía su centro en el Sacrifi­cio Eucarístico, que se ofrecía por lo menos el día del domingo, bien en una vivienda cristiana —sede de alguna «iglesia doméstica»—, o bien en los lugares destinados al culto, que comenzaron a existir desde el siglo III.

6. Las antiguas comunidades cristianas estaban consti­tuidas por toda suerte de personas, sin distinción de clase o condición. Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia estuvo abierta a judíos y gentiles, pobres y ricos, libres y esclavos. Es cierto que la mayoría de los cristianos de los primeros siglos fueron gentes de humilde condición, y un intelectual pagano hostil al Cristianismo, Celso, se mofaba con desprecio de los tejedores, zapateros, lavanderos y otras gentes sin cultura, propagadores del Evangelio en todos los ambien­tes. Pero es un hecho indudable que desde el siglo I, perso­nalidades de la aristocracia romana abrazaron el Cristianis­mo. Este hecho, dos siglos más tarde, revestía tal amplitud que uno de los edictos persecutorios del emperador Vale­riano estuvo dirigido especialmente contra los senadores, caballeros y funcionarios imperiales que fueran cristianos.

7. La estructura interna de las comunidades cristianas era jerárquica. El obispo —jefe de la iglesia local— estaba asistido por el clero, cuyos grados superiores —los órdenes de los presbíteros y los diáconos— eran, como el episcopa­do, de institución divina. Clérigos menores, asignados a de­terminadas funciones eclesiásticas, aparecieron en el curso de estos siglos. Los fieles que integraban el Pueblo de Dios eran en su inmensa mayoría cristianos corrientes, pero los había también que se distinguían por una u otra razón. En la edad apostólica hubo numerosos carismáticos, cristianos que para servicio de la Iglesia recibieron dones extraordi­narios del Espíritu Santo. Los carismáticos cumplieron una importante función en la Iglesia primitiva, pero constituían un fenómeno transitorio que se extinguió prácticamente en el primer siglo de la Era cristiana. Mientras duró la época de las persecuciones, gozaron de un especial prestigio los «confesores de la fe», llamados así porque habían «confesa­do» su fe como los mártires, aunque sobrevivieran a sus prisiones y tormentos. Todavía procede señalar otros fieles cristianos, cuya vida o ministerios les conferían una parti­cular condición en el seno de las iglesias: las viudas, que desde los tiempos apostólicos formaban un «orden» y aten­dían a ministerios con mujeres; y los ascetas y las vírgenes, que abrazaban el celibato «por amor del Reino de los Cie­los» y constituían —en palabras de San Cipriano— «la porción más gloriosa del rebaño de Cristo».

8. Los primeros cristianos sufrieron la dura prueba ex­terna de las persecuciones; internamente, la Iglesia hubo de afrontar otra prueba no menos importante: la defensa de la verdad frente a corrientes ideológicas que trataron de des­virtuar los dogmas fundamentales de la fe cristiana. Las an­tiguas herejías —que así se llamó a esas corrientes de ideas— pueden dividirse en tres distintos grupos.

De una parte, existió un Judeocristianismo herético, negador de la divinidad de Jesucristo y de la eficacia redentora de su Muerte, para el cual la misión mesiánica de Jesús habría sido la de llevar el Judaísmo a su perfección, por la plena observancia de la Ley.

Un segundo grupo de herejías —de más tardía aparición— se caracterizó por su fanático rigo­rismo moral, estimulado por la creencia en un inminente fin de los tiempos. En el siglo II, la más conocida de estas herejías fue el Montañismo, aunque en el África latina, de principios del siglo IV, el extremismo rigorista sería todavía uno de los componentes del Donatismo.

Pero la mayor amenaza interna que hubo de afron­tar la Iglesia cristiana durante la edad de los mártires fue, sin duda, la herejía gnóstica. El Gnosticismo era una gran corriente ideológica tendente al sincretismo religioso, muy de moda en los siglos finales de la Antigüedad. El Gnosti­cismo —que constituía una verdadera escuela intelectual— se presentaba como una sabiduría superior, al alcan­ce tan sólo de unas élites minoritarias de «iniciados». Ante el Cristianismo, su propósito fue desvirtuar las verdades de la fe, presentando las doctrinas gnósticas como la genuina expresión de la tradición cristiana más sublime, aquella que Cristo habría anunciado tan sólo a sus discípulos más íntimos, «capaces de comprender» lo que permanecía ocul­to para el común de los fieles. El representante más nota­ble del Gnosticismo cristiano fue Marción, que fundó una pseudoiglesia que trataba de imitar en su organización y liturgia a la Iglesia cristiana. La Iglesia reaccionó con ente­reza frente a las infiltraciones gnósticas en las comunidades cristianas, mientras los teólogos demostraron la incompati­bilidad doctrinal existente entre Cristianismo y Gnosticis­mo. Antes de finalizar el siglo II los cristianos habían su­perado definitivamente la gran tentación de disolver la fe en el magma de las fantasías sincretistas de la Gnosis. La fe cristiana había salido victoriosa en su lucha con la sabidu­ría helenística.

 

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Published in: on marzo 6, 2008 at 4:55 pm  Dejar un comentario  
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