Ruptura con el judaismo

La oposición del Sanedrín hacia la naciente Iglesia era inevitable, y hubo de manifestarse muy pronto. Aquellos mismos sacerdotes y príncipes del pueblo que habían declarado a Jesús reo de muerte, porque decía de sí que Él era el Mesías, el Hijo de Dios vivo, tenían que enfrentarse también con los discípulos que predicaban a Cristo resucitado. Ahora, después de la Pasión, Jesucristo, muerto ignominiosamente en la Cruz, constituía un «escándalo para los judíos» (1 Co 1,23), porque la expectativa de un Mesías glorioso, restaurador del Reino de Israel, era obstáculo formidable para que reconociesen en Jesús al Cristo, bajo la forma del Siervo de Yahwéh, anunciado por los Profetas, que había de dar la vida por los pecados del mundo.
Los milagros que obraban los Apóstoles y la predicación que ganaba para la fe a una multitud de creyentes determinaron la intervención de las autoridades judías de Jerusalén. Su actitud frente a la Iglesia se hizo cada vez más dura, y revela un estado de creciente hostilidad. La primera vez que Pedro y Juan fueron presos, el Sanedrín les prohibió anunciar el nombre de Jesús. Pero los Apóstoles no podían callar -«es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres», respondería Pedro al Sumo Sacerdote (Hch 5, 29)-, y presos otra vez, ahora los Doce, fueron azotados, saliendo gozosos por haber podido padecer por el nombre de Jesús. El discurso de Esteban ante el Sanedrín fue la gota de agua que colmó la medida: un arrebato de furor sacudió a la asamblea, que arrastró a Esteban fuera de la ciudad y le dio muerte. El martirio de Esteban fue la señal del estallido de una gran persecución, la primera sufrida por la Iglesia. Esta persecución obligó a muchos discípulos a huir de Jerusalén, y gracias a ello se abrieron nuevos caminos ala predicación evangélica. Una serie de acontecimientos de extraordinaria importancia, señalaron un considerable avance hacia el efectivo universalismo cristiano y hacia la separación cada vez mayor entre la Iglesia y la Sinagoga.
4. La Iglesia, abierta a los gentiles
Los primeros discípulos de la iglesia de Jerusalén eran todos judíos, unos hebreos y otros helenistas. Como sus hermanos de raza que no habían creído en Jesucristo, también ellos tenían arraigada conciencia de formar parte del pueblo escogido, y muchos pensaban que tan sólo los que pertenecían a ese pueblo eran destinatarios privilegiados de la esperanza mesiánica, anunciada por los Profetas y realizada en Cristo Jesús. Mas la huida de Jerusalén dispersó a los discípulos por las regiones de Judea y Samaria, donde prosiguieron el anuncio de la Buena Nueva hecho por Jesucristo, y gracias a esta circunstancia, el diácono Felipe predicó el Evangelio a los samaritanos, que recibieron la fe y se bautizaron. La conversión de los samaritanos constituyó un acontecimiento en la vida de la joven Iglesia, y los Apóstoles enviaron desde Jerusalén a Pedro y Juan, para confirmar por la comunicación del Espíritu Santo -el Sacramento de la Confirmación- la obra iniciada por Felipe. Este mismo misionero logró poco después la conversión de un personaje considerable -extranjero, aunque prosélito del Judaísmo-, el eunuco, ministro de la Reina de Etiopía (Hch 8, 26-40). Pero fue en Antioquía donde se produjo el hecho más notable, con vistas al futuro de la Iglesia. A esta ciudad, capital de Siria y una de las grandes metrópolis del oriente, llegaron fugitivos de Jerusalén que predicaban el Evangelio solamente a los judíos. Algunos de ellos, sin embargo, que eran helenistas originarios de Chipre y Cirene, tenían menos prejuicios y mentalidad ‘más amplia que los judíos palestinos, y comenzaron a dirigirse también a los griegos, anunciándoles a Cristo Jesús. Este acontecimiento señala la apertura de la Iglesia a los gentiles -a todos los hombres, sin distinción de pueblo o de raza-. Es significativo que en Antioquia los discípulos comenzasen a llamarse cristianos, como si ese nombre fuera signo de la vocación de universalidad que estaba en la entraña misma del cristianismo.
La universalidad de la Iglesia y de la redención de Jesucristo fue solemnemente sancionada por una milagrosa acción divina, que reveló a Pedro que tal era la voluntad expresa de Dios. El Señor dispuso las cosas de manera que Pedro, como una prueba más de su primacía, fuese escogido para abrir de modo oficial las puertas de la Iglesia a los gentiles. Los signos que acompañaron a la conversión en Cesárea del centurión Cornelio y de su familia tuvieron para Pedro valor definitivo: «Ahora reconozco que no hay para Dios acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia le es acepto» (Hch 10, 34-35). El relato de los Hechos (Hch 10, 1; 11, 18) pone bien de manifiesto el asombro de Pedro y de sus acompañantes cuando el Espíritu Santo descendió sobre Cornelio y los de su casa. Luego, en Jerusalén, la noticia de que Pedro había convivido con gentiles incircuncisos y les había otorgado el bautismo produjo entre los hermanos una profunda emoción. Hizo falta que Pedro les refiriese puntualmente todo lo ocurrido, para que se iniciase entre los judeocristianos un cambio de mente, que era también una auténtica conversión. Conversión que consistía, sobre todo, en la liberación de prejuicios inveterados y en darse cuenta del carácter universal de la obra salvífica de Jesucristo, que el Señor había proclamado reiteradamente en sus enseñanzas. Cuando Pedro cesó de hablar, los hermanos hubieron de rendirse ante la evidencia de su testimonio e ilustrados por el Espíritu Santo, comprendieron por fin que la Redención de Cristo y su Iglesia eran para todos los hombres: «Al oír estas cosas callaron y glorificaron a Dios, diciendo: luego Dios ha concedido también a los gentiles la penitencia para la vida» (Hch 11, 18).
5. Cuestión de la obligatoriedad de la Ley mosaica
Todo esto sucedía entre los años 34 y 36 de la era cristiana. Tres lustros más tarde, en el año 49, el «concilio» de Jerusalén habría de tratar nuevamente la cuestión de las relaciones entre cristianismo y Antigua Ley. Muchas cosas habían ocurrido entre tanto: la conversión de Saulo y el comienzo de sus viajes misionales; y, en la Pascua del año 44, la nueva persecución de la iglesia de Jerusalén, por obra de Herodes Agripa, con el martirio de Santiago el Mayor y la prisión y milagrosa liberación de Pedro. El Colegio de los Doce dejó entonces de tener su residencia común en la Ciudad Santa, y sus miembros se dispersaron; Santiago, el «hermano» -primo- del Señor fue en adelante el jefe -el obispo- de la iglesia local de Jerusalén. En Antioquía y en otras muchas ciudades adonde había llegado la predicación evangélica, gran número de gentiles habían sido recibidos en la Iglesia, que ya era de hecho universal. Pero algunos lustros es poco tiempo para desarraigar convicciones seculares. El ambiente de las iglesias de la gentilidad era muy distinto del que rodeaba ala de Jerusalén, cuyos miembros seguían viviendo a la sombra del Templo y observaban los preceptos rituales de la Antigua Ley. Los conversos de la gentilidad, recién llegados del paganismo, y los judeocristianos de Palestina, herederos de las tradiciones de Israel, tenían sin duda un espíritu y una mentalidad muy diferentes. Es comprensible que las relaciones entre unos y otros no fueran fáciles, y que los cristianos de Jerusalén mirasen con invencible recelo a sus hermanos gentiles, que ni pertenecían como ellos al pueblo elegido, y ni siquiera –y eso les resultaba todavía incomprensible- guardaban las más esenciales observancias impuestas por la Ley de Moisés.
El «incidente» de Antioquía entre Pedro y Pablo es una muestra de la embarazosa situación en que, como consecuencia de ese estado de cosas, podían encontrarse los Pastores. Pedro que, por aquel tiempo residía en la ciudad, convivía abiertamente con los cristianos de procedencia gentil y comía en sus casas. Pero cuando llegaron algunos hermanos de Jerusalén, Pedro se retrajo del trato con los gentiles, y su ejemplo fue seguido por otros. Entonces, Pablo le reprendió por esa conducta que, a su juicio, se prestaba a confusión ( Ga 2, 11-14). Sin embargo, el propio Pablo, algún tiempo después, hizo circuncidar a su discípulo Timoteo, en razón de los judíos que había en los lugares donde tenía que trabajar, porque todos sabían que aunque hijo de madre judía, su padre era griego (Hch 16, 1-3). Las circunstancias especiales en que vivió la Iglesia durante aquellos primeros años de vigencia de la nueva Ley evangélica, impusieron a los propios Apóstoles determinadas actitudes pastorales, que pronto perderían actualidad.
6. El «concilio» de Jerusalén
El hecho fue que algunos judeocristianos venidos de Jerusalén a Antioquía sembraron la inquietud entre sus hermanos gentiles, porque les decían que si no se circuncidaban según la Ley de Moisés no podían salvarse. Este anuncio provocó gran agitación entre las iglesias de la gentilidad, pero tuvo la virtud de hacer que se planteara abiertamente la cuestión de las relaciones entre Cristianismo y antigua Ley, y de la obligatoriedad para los cristianos de la circuncisión y demás prescripciones mosaicas. En el año 49 se celebró el llamado concilio de Jerusalén, con asistencia de los Apóstoles, de Santiago, obispo de la ciudad, y de los presbíteros; Pablo y Bernabé nevaron la voz de las iglesias de la gentilidad. En la asamblea algunos judeocristianos procedentes de la secta de los fariseos pretendieron imponer a todos los cristianos la circuncisión y la observancia de la Ley de Moisés. En esta ocasión trascendental -como cuando se acordó la admisión de los gentiles en la Iglesia- fue también el Apóstol Pedro quien dijo la palabra decisiva y proclamó la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales judíos. La asamblea, a propuesta de Santiago de Jerusalén, resolvió no imponer a los gentiles cargas inútiles; bastaba solamente con que se guardaran de la fornicación y, en obsequio a la vieja Ley, que observasen dos sencillos preceptos: abstenerse de comer carnes inmoladas a los ídolos o carnes no sangradas (Hch 15, 1-33).
Así, de modo solemne, quedó resuelta para siempre la cuestión de las relaciones entre cristianismo y Ley mosaica. El judeocristianismo perduró todavía durante algún tiempo, pero como un fenómeno local y minoritario, en una Iglesia que se extendía cada vez más por el mundo gentil. Los cristianos de Jerusalén y Palestina siguieron acudiendo al Templo y observando sus prácticas tradicionales, como puede verse por el relato en los Hechos de los Apóstoles de la prisión de San Pablo, que tuvo lugar en la primavera del año 58. Poco después, Santiago, el hermano del Señor y primer obispo de Jerusalén, fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado. Al estallar la guerra judaica, los cristianos de la Ciudad Santa se refugiaron en Pella, y no se hallaban dentro de Jerusalén cuando fue sitiada y destruida por Tito, el año 70. Antes de que terminase el siglo I, los judeocristianos que quedaban en Palestina rompieron definitivamente los últimos lazos que les unían con la Sinagoga.Cfr. Orlandis, J. Historia de la Iglesia I. La Iglesia Antigua y Medieval, pg 18 Ediciones Palabra, Madrid 1998

El dilema de la relación con Israel
Desde el punto de vista de la universalidad, la ruptura con el judaísmo no era algo que cayera por su propio peso. Existía, efectivamente, una difusión geográfica de la diáspora judía por todo el Imperio romano, muy anterior a la destrucción del Templo el año 70, Según Filón, contemporáneo de Cristo, no había menos de un millón de judíos solamente en la ciudad de Alejandría. Bajo el emperador Claudio (t 54) eran seis millones de judíos los que habitaban en el Imperio, de los cuales menos de un tercio habitaban en Palestina[1]Por eso los apóstoles, y en particular san Pablo, van a predicar a las sinagogas de la «diáspora». En la misma Jerusalén los judíos helenistas, como dicen los Hechos de los Apóstoles (6, 1), vueltos de la «diáspora», leían la Biblia en griego, la nueva lengua del Imperio en Asia desde las conquistas de Alejandro. Con el judaísmo, los discípulos de Cristo disponían, por una parte, de la gran ventaja de una religión lícita, permitida de manera oficial en el Imperio y respetada, al menos en sus instituciones, por los conquistadores, y, por otra, de una lengua, el griego, suficientemente universal como para llevar el nombre de lengua común, en la que se redactarán además los evangelios.
El judaísmo no ponía verdaderamente en peligro la expansión misionera del cristianismo entre los paganos, en la medida en que había aceptado una categoría, en cierto modo intermedia, compartida con aquellos que recibían el nombre de «prosélitos de la puerta» (por no poder franquear la puerta del Templo) o, mejor aún, «los que temen a Dios». No se les exigía ni la circuncisión ni la observancia total de la Ley. ¿No daba acaso esta consigna Hillel, el gran doctor fariseo de la época: «Ama a las criaturas y condúcelas a la Torah» ? Jesús mismo hace alusión a la intensidad de la misión judía: «Escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mares y continentes para ganar un prosélito» (Mt 23, 15). .
En este caso, ¿por qué vemos en los Hechos de los Apóstoles que, no sin discusiones, no sin desviaciones en relación con la línea elegida, los apóstoles, y especialmente Pedro y Pablo, arrastran a la primera comunidad cristiana hacia la ruptura con Israel?
«El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros otras cargas que éstas». Vienen, a continuación, cuatro excepciones (Hch 15, 28-29) que proceden del rechazo de la idolatría, bajo cualquier forma, un rechazo que ha constituido la grandeza de la resistencia judía, como atestigua el libro de Daniel o los de los Mártires de Israel.
No era sólo por sus ritos -o, al menos, no por ellos en primer lugar, aunque la vida cotidiana estuviera impregnada de ellos- por lo que el judaísmo planteaba un desafío a los primeros cristianos. Se trataba de un cuestionamiento propiamente teológico. San Pablo lo muestra en la Carta a los Gálatas y después en la dirigida a los Romanos: si la Ley encuentra su valor, este es conferido por la fe (Rm 3, 31), por la fe «todos aquellos a quienes anima el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (8, 14). Ha nacido un nuevo Israel que tiende la mano hacia el antiguo pueblo elegido (10,21) y lo integra si reconoce en Cristo al Mesías esperado por los Patriarcas y por los Profetas.
Pablo resuelve, rebasa, supera podríamos decir, su potente oposición dialéctica entre judíos y gentiles poniendo el acento sobre «el Israel de Dios» (Ga 6, 16) que es único[2] . Se alegra del nuevo Pueblo que entra en otra dimensión, en otro tiempo, podríamos decir, en el tiempo cristiano…. Si bien los teólogos del siglo II, como Ireneo, Cipriano o incluso Tertuliano, exaltan más bien al Verus Israel [3], que parece coincidir con la Gran Iglesia ya constituida, el desafío de la universalidad, tal como fue superado por san Pablo, no lo fue por exclusión o por rechazo, sino por integración en una visión teológica, aunque se tratara también de rechazar el nacionalismo teñido de mesianismo que existía en Palestina.

Bedouelle, G. La Historia de la Iglesia, pg 48 Edicep, Valencia 1993

[1] Salomon Wittmayer Mayer, Histoire d’Israi!l, t. I, Paris, 19862, 232
[2] Sobre este tema capital que supera los límites de este manual ver Jean Miguel Garrigues (y otros), L ‘Unique lsrai!l de Dieu, Limoges, 1987
[3] Ireneo de Lyón, Adversus Haereses, IV, 21, PG 7, 1043-46. Cipriano, Testimonia ad Quirinum, I, 19, CCSL 3, 19. Tertuliano, Adversus Judaeos, I, CCSL 1, 1339-41.

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Published in: on enero 4, 2008 at 5:52 pm  Dejar un comentario  
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