Padres Apostólicos

S. Ignacio de Antioqu�aNociones generales sobre los Padres Apostólicos
Los Padres Apostólicos son los escritores de las dos primeras generaciones de cristianos, o sea, de los que vivieron en el siglo I y la primera mitad del siglo II. Por lo general, estos hombres conocieron a los Apóstoles o, al menos, estuvieron en íntimo contacto con ellos a través de los primeros discípulos. A veces no se conoce el autor de un determinado texto que, no obstante, se incluye entre los escritos de los Padres Apostólicos, pues su antigüedad garantiza suficientemente su inmediata conexión con los Apóstoles. En definitiva, estos escritos representan el primer eslabón de la cadena en la transmisión del depósito revelado; sus autores son, pues, los primeros testigos de la Tradición.Los temas que tocan están muy relacionados con el Nuevo Testamento: la existencia de un Dios único que al mismo tiempo es Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio de la Encarnación del Hijo; la Iglesia como una sociedad jerárquicamente organizada que ha recibido plenos poderes de Dios; las normal morales de conducta; etc. Abundan las referencias a Cristo, a quien sienten especialmente próximo, y ponen de manifiesto un gran deseo de su segunda venida. El modo de tratar estos temas es de gran sencillez, sin pretensiones teológicas o polémicas; su intención es pastoral: exhortan a la obediencia, a la caridad, humildad, limosna…
Sus destinatarios son cristianos, generalmente gentes de modesta condición social. Por eso, el tono es familiar, sin afanes especulativos, pero con gran fuerza y autoridad: sus autores hablan con la clara conciencia de que están explicando la palabra de Dios, aun sabiendo que no lo hacen bajo inspiración sobrenatural. Utilizan textos del Evangelio, pero a veces no se sabe si son citas de alguno de los manuscritos existentes o citas recibidas por tradición oral. Estas obras fueron escritas en koiné.

La Didaché
El título latino de esta obra es Doctrina apostolorum. A veces, se le da un título más completo: Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles, que parece ser el primitivo. Fue descubierta en el siglo XIX, y publicada por primera vez en 1883. Es un medio insustituible para conocer la primitiva Iglesia.
Esta obra es un breve resumen de la doctrina católica, con indicaciones litúrgicas y disciplinares. Contiene, entre otras cosas, lo que debían saber los catecúmenos antes de bautizarse. Siempre gozó de gran autoridad, pero no es un escrito canónico. No se inspira en ninguna obra anterior.
Autor: no es toda del mismo autor, aunque sí la mayor parte. Se nota la presencia de algunas añadiduras. El nombre del autor es totalmente desconocido.
Fecha: Se ha discutido mucho sobre la fecha de su composición. Se puede tener como seguro que fue escrita entre los años 80 y 100. Es, pues, anterior a los últimos escritos del Nuevo Testamento.
Contenido: tiene 16 capítulos, divididos en tres partes y una conclusión.

i) Capítulos 1 a 6: esta primera parte es una catequesis moral, que contiene el modo de instruir a los catecúmenos. Expone la doctrina siguiendo una imagen tradicional entre los judíos y los griegos: las dos vías, una del bien y otra del mal.

ii) Capítulos 7 a 10: esta parte es una exposición de los sacramentos. Habla del bautismo, que se solía administrar por inmersión, aunque excepcionalmente se hacía por infusión. Exige el ayuno antes de bautizarse y, en general, los ayunos de los miércoles y viernes, en oposición a los judíos, que ayunaban los lunes y jueves. Trae las preces eucarísticas más antiguas que se conservan; habla de la Eucaristía como manjar y como bebida y dice textualmente que es sacrificio (cap. XIX, 2,3). Sobre la penitencia explica que hay que confesarse antes de recibir la Eucaristía (cfr. caps. IV,14; IX,5; XIV,1).

iii) Capítulos 11 a 15: esta tercera parte es un conjunto de normas disciplinares. Trata de las obligaciones respecto a la jerarquía, a los apóstoles y a los predicadores. Por ejemplo, indica que hay que darles el diezmo de todo. Pone en guardia contra los pseudoprofetas, que quieren aprovecharse de la buena voluntad de los fieles. Enseña los deberes de la verdadera caridad: socorrer al necesitado, atender al peregrino, etc. Insiste especialmente en que todos deben trabajar.
Respecto a la Iglesia, muestra claramente que no sólo es el conjunto de personas que se reúnen los domingos para rezar y celebrar la Eucaristía, sino que es un pueblo único y santo, que llega “hasta los confines de la tierra” (caps. IX,4 y X,5). Señala también cómo se han de elegir los obispos y explica el contenido y necesidad de la corrección fraterna que los fieles han de vivir entre sí.
iv) Capítulo 16: a modo de conclusión figura un último capítulo, en el que se habla de la venida del Señor y de las señales del fin del mundo, y exhorta a la vigilancia.

San Clemente de Roma
a) Vida
San Clemente fue el cuarto obispo de Roma, después de Lino y Cleto. Su pontificado duró desde el 92 al 101, según narra San Ireneo en su Adversus hæreses. No se sabe apenas nada seguro de su vida. A partir de sus escritos y de algunos pocos datos externos, se conjetura que era un judío helenista, con un buen conocimiento de las Escrituras y cierta formación filosófica. Tradicionalmente se le ha puesto en relación con los Flavios, la familia de los emperadores Tito y Vespasiano. Algunos suponen que estuvo al servicio de esa familia, pues eso explicaría el detallado conocimiento que San Clemente tenía de la vida militar, y su respeto y preocupación por las instituciones y autoridades romanas. Conoció y trató a San Pedro y, según parece, figuró como uno de sus posibles sucesores. La Iglesia lo venera como mártir: narra una antigua tradición que primero fue desterrado al Quersoneso, y luego condenado a morir ahogado, atándole al cuello un ancla de hierro y arrojándolo al mar.

b) Epístola a los corintios
Es la única obra que conservamos de San Clemente. Se trata de una carta bastante larga, que consta de 65 capítulos. Fue compuesta poco tiempo después de la persecución de Domiciano (95-96), es decir, hacia los años 96-97 o, como muy tarde, en el 98. Al igual que la Didaché, es anterior a los últimos escritos del Apóstol Juan y gozó de alta estima. Efectivamente es un texto de notable importancia para la historia del papado y, además, es de gran calidad literaria. Hay otras cartas atribuidas a San Clemente, pero no son auténticas.

El motivo que provocó esta carta fueron las disputas que en tiempo de Domiciano surgieron entre los cristianos de Corinto. Algunos insolentes habían llegado incluso a deponer a los presbíteros, a pesar de la oposición de los que permanecían fieles. San Clemente quiso poner remedio a esa situación y paliar el escándalo.
Contenido: La carta se divide en cuatro partes.

i) Presentación (caps. 1 a 3): describe el estado floreciente de la Iglesia en Corinto y las virtudes de esos cristianos; pero señala también la existencia de recientes rencillas internas, nacidas de la envidia, que trastornaron su floreciente paz.
ii) Los males de la envidia y el bien de la humildad (caps. 4 a 36): sirviéndose de ejemplos del Antiguo Testamento (Caín, los hermanos de José…) y de la reciente ejecución de San Pedro y de San Pablo, señala San Clemente el carácter destructor de la envidia y mueve a sus lectores a la penitencia, a la obediencia, a la hospitalidad, a la humildad y a la mansedumbre, como medios para superar los males que engendra la envidia. No sólo se sirve de ejemplos tomados de las Escrituras, sino del mismo universo inanimado, que guarda el orden impuesto por Dios y sigue sus mociones. La parte final de esta sección se detiene en consideraciones sobre la santidad de vida del cristiano y la esperanza de la resurrección.
iii) Necesidad de conservar la unidad (caps. 37 a 61): aludiendo al caso concreto de Corinto, San Clemente hace ver la necesidad de la unidad, basada en la caridad fraterna. Mezcla en su disertación, nuevamente, ejemplos bíblicos con ejemplos de la vida ordinaria (unidad del ejército romano, del cuerpo vivo…) y exhorta a cada uno a cumplir su misión en el lugar que se le ha designado. Para reconquistar la unidad, insiste San Clemente en la penitencia por los pecados y en la abnegación por el bien del prójimo.

iv) Recapitulación (caps. 62 a 65): resume en pocas líneas el contenido de la carta y manifiesta el deseo de que pronto alcance el efecto para el que fue escrita.
Enseñanzas: la Epístola de San Clemente –además de la riqueza de sus enseñanzas morales– aporta datos decisivos para la historia de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un testigo ocular. Dice que Pedro vivió en Roma, que allí predicó y murió mártir. De San Pablo, dice que estuvo en España predicando. Narra la persecución de Nerón, detallando que murieron muchos cristianos, entre ellos bastantes mujeres, y que además fueron sometidos a tortura.

Uno de los puntos más interesantes de la carta es el relativo a la jerarquía y al primado. Expone explícitamente la doctrina de la sucesión apostólica: la comunidad no puede deponer a los presbíteros, ya que el poder de la jerarquía no viene del pueblo, sino de Dios a través de Cristo y de los Apóstoles, no de los demás fieles.
La existencia misma de la carta es una prueba fehaciente del primado de Roma, aunque no está afirmado en ella explícitamente. El tono de la carta es el de un superior a sus súbditos. San Clemente escribe como quien tiene autoridad. Al principio de la carta no presenta excusas por entrometerse en cuestiones internas de otra comunidad cristiana, sino –al contrario– pide perdón y se justifica por lo haber intervenido antes (téngase en cuenta que Roma estaba bajo la persecución de Domiciano), o sea, por haber descuidado un deber. En varios lugares muestra claramente su autoridad: dice expresamente que escribe impulsado por el Espíritu Santo y que quien no le obedezca peca gravemente.

Por si fuera poco, hay que tener en cuenta que el Apóstol San Juan aún vivía, y en cierta manera sería la cabeza de la Iglesia en Grecia y Asia Menor. Sin embargo, no fue él quien intervino, sino el obispo de Roma. Además, la acogida de la carta fue excepcional: nadie se atrevió a discutir en lo más mínimo su autoridad, se siguieron fielmente todas las disposiciones que indicaba, y se difundió entre las otras comunidades cristianas. Se leía en público periódicamente e, incluso, hay testimonios de que un siglo después aún se seguía leyendo.
En la tercera parte señalada, se tratan cuestiones relativas a la administración de los sacramentos, distinguiendo claramente entre jerarquía y laicado. Dentro de la jerarquía sólo se mencionan los episcopoi (supervisores, jefes) y los diaconoi (ministros, ayudantes). Dentro de los primeros estarían incluidos tanto los obispos como los presbíteros, pues es claro que la terminología que utiliza aún no está acuñada definitivamente. Pide también oraciones por todas las autoridades y contiene extensas plegarias eucarísticas.

San Ignacio de Antioquía
a) Vida
Fue el segundo obispo de Antioquía, después de San Pedro. Conoció y trató a San Pedro y a San Pablo. Fue el mismo Pedro quien lo consagró obispo. Murió mártir en Roma, en el año 107, bajo el reinado de Trajano. No murió en una persecución en regla: sólo fue un regalo que la autoridad romana de Antioquía quiso hacer a Trajano con motivo de su victoria en Dacia. Yendo camino de Roma para sufrir martirio, fue muy bien acogido por diversas comunidades cristianas, que lo trataron con gran veneración, como si fuese el mismo Cristo. Como muestra de agradecimiento, San Ignacio les escribió diversas cartas, ricas en consejos y enseñanzas.
Fue un hombre de carácter ardiente, con fuerte personalidad, y extraordinariamente ejemplar. Se daba a sí mismo el nombre de Teóforo (portador de Dios).

b) Obras
Durante el mencionado viaje a Roma, escribió 7 cartas: a Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia, Esmirna, Roma y a Policarpo (obispo de Esmirna).
Redactó las tres primeras en Esmirna. Agradece en ellas las muestras de simpatía y los cuidados que tuvieron con él. Exhorta a la obediencia y les previene contra las herejías.

Escribió a Roma también desde Esmirna, para que no se esforzaran por salvarle la vida. Esta carta, como ahora veremos, es la más importante.
Redactó las tres últimas en Tróade. Allí conoció el cese de la persecución en Antioquía y pide que envíen legados a esa ciudad para que feliciten a los cristianos por la paz reconquistada. Les insiste en la unidad en la fe y en la obediencia al obispo. A Policarpo le da consejos especiales, pues era obispo de Esmirna: le habla particularmente de fortaleza, aconsejándole que se mantenga firme.
El estilo de las cartas es sencillo y profundo, ardoroso y sin retórica. Suministran ricos datos sobre las primitivas comunidades, y son muy importantes para la historia de los dogmas.

La cuestión ignaciana es una polémica que levantaron los protestantes con la intención de negar la autenticidad de estas cartas en las que se refleja netamente –contra lo que quisieran ellos– la antigüedad apostólica del episcopado monárquico. El motivo concreto fue que, en muchos manuscritos medievales, aparecían mezcladas las cartas de San Ignacio con otras seis cartas claramente espurias. La cuestión quedó zanjada con el descubrimiento de códices antiguos que traían sólo las auténticas, confirmando así el testimonio de Policarpo –contemporá¬neo de San Ignacio–, que cita las cartas.

c) Doctrina teológica
Constitución jerárquica de la Iglesia. En las cartas de San Ignacio ya aparece claramente estructurada la jerarquía de la Iglesia. Distingue –dentro de la jerarquía– entre obispos, presbíteros y diáconos. Al frente de cada comunidad de fieles hay un solo obispo; el conjunto de los presbíteros es como su senado. La existencia de una neta jerarquía en el año 107 implica que es de institución divina: ya del Señor por sí mismo, ya del Señor por medio de los apóstoles.
San Ignacio explica ampliamente las funciones de los tres grados de la jerarquía. Del obispo dice que tiene el lugar de Dios, y todos han de someterse a él como al Señor. El obispo puede actuar a se, sin los sacerdotes; y –por el contrario– todo lo que se haga en su territorio ha de hacerse con su beneplácito: bautizar, casar, celebrar la Eucaristía, etc. El obispo tiene especialmente la misión de rechazar a los herejes, de poner paz, de cuidar de todos (viudas, esclavos, esposos, etc.) tanto espiritual como materialmente. Los presbíteros son el senado del obispo: han de estar unidos a él, ayudarle en sus funciones, animarle, etc. Los diáconos, inferiores a los sacerdotes, son como ministros o ayudantes. Los restantes fieles han de estar unidos por la fe y unidos a la jerarquía, especialmente al obispo.
El primado de Roma. La carta a los romanos es una muestra patente de la superioridad de Roma sobre las restantes comunidades. A éstas escribe en el tono de un igual o de un relativo superior (era como el primado de Oriente, sucesor de San Pedro); por esto, se permite darles consejos. A Roma, por el contrario, escribe con sumisión, no da consejos, y dice ser un esclavo, un condenado. Recuerda que Roma está fundada sobre Pedro y Pablo.

Explica que la Iglesia de Roma está «puesta a la cabeza de la caridad» . Esto no quiere decir que sea la más generosa, sino que está al frente de toda la Iglesia y preside toda la vida cristiana (ágape). También dice que esta Iglesia preside en la capital del territorio de los romanos; evidentemente, no se preside a sí misma, sino a las restantes comunidades cristianas. Además, les ruega que mientras que la Iglesia antioquena está sin obispo, Cristo y ellos hagan de obispo.
En esta carta habla de que la Iglesia es católica, universal: es la primera vez que se aplica este adjetivo a la Iglesia. Además, la llama «el lugar del sacrificio», haciendo alusión a la Eucaristía.

Cristología. Ya en su época corrían algunas herejías sobre Cristo. Los judaizantes pretendían que había que seguir practicando el judaísmo para salvarse, haciendo así vana la Encarnación. Los docetas, por considerar mala la materia, sostenían que Cristo no había tomado verdadera carne, sino sólo una apariencia. San Ignacio los atacó duramente: enseña claramente que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, hijo de Dios e hijo de María, impasible y pasible. Al hablar de la Eucaristía emplea la expresión «carne de nuestro Salvador Jesucristo».

La vida espiritual. Resume la doctrina paulina de la unión con Cristo y la de San Juan de vivir en Cristo, diciendo que hay que imitarle como Él imitó al Padre eterno. A los romanos escribe: «permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios». La disposición para el martirio es la perfecta imitación de Cristo; por tanto, es la perfección cristiana y un verdadero ser discípulo de Cristo.
Explica la inhabitación de Cristo en el alma. El vivir y ser en Cristo, el identificarse con Cristo, no lo entiende como algo abstracto, sino que se realiza cuando estamos unidos a la jerarquía y participando de los sacramentos; de modo muy especial mediante la recepción de la Eucaristía.

San Policarpo de Esmirna
a) Vida
Fue discípulo de San Juan, y nombrado obispo por los Apóstoles, quizá por el mismo San Juan. Viajó a Roma en el 155 para fijar con el Papa Aniceto la fecha de la Pascua. Recibió una epístola de San Ignacio. Murió mártir en el 156, en Esmirna, a la edad de 86 años, cuando volvió de su viaje a Roma. Fue un gran santo; gozó de gran prestigio, y por eso le llamó Aniceto a Roma. En su estancia en esa ciudad hubo muchas conversiones, pues impresionó escuchar en el 155 un testigo directo de las enseñanzas de los Apóstoles.

b) Acta del martirio de Policarpo
Es un documento del 156. Como es natural, no es de San Policarpo: fue escrito por un testigo ocular del martirio que sufrió. Da muchos datos y detalles del martirio, y por ella se supone que tuvo lugar en febrero del 156. El acta muestra la gran personalidad de San Policarpo, su fe, su fortaleza, y pone de manifiesto que se tributa culto a los mártires por ser imitadores y amigos de Cristo, a diferencia del que damos a Cristo por ser Dios.

c) Epístola a los filipenses
Sabemos que San Policarpo escribió muchas cartas, pero sólo conservamos ésta. La dirigió a los filipenses para acompañar el envío de las de San Ignacio, que le habían pedido desde Filipos. Una hipótesis convincente supone que, en realidad, el texto actual es de dos cartas fundidas. Una sería del año 110 –muy breve, apenas dos capítulos (caps. 13 y 14)– y acompañaba a las siete cartas de San Ignacio; el resto de la carta estaría escrito en el año 130.
En esta carta explica claramente la doctrina de la Encarnación y Muerte del Señor, contra los docetas. Se refiere a la organización de las comunidades cristianas tal como San Ignacio la había expuesto. Recomienda especialmente ayudar al necesitado y, en general, practicar las obras de caridad. Insiste en que hay que rezar por las autoridades, incluso por las que nos persiguen y aborrecen.

Papías de Hierápolis
Fue obispo de Hierápolis, en Asia Menor. Era –como su amigo San Policarpo– discípulo de San Juan. En torno al año 130 escribió Explicaciones a las sentencias del Señor, obra importante para conocer la Tradición oral, pues se fundamente en la enseñanza oral de los Apóstoles. Nos da argumentos en pro de la canonicidad de los cuatro evangelios y explica quiénes fueron sus autores, circunstancias, etc. Gracias a él, por ejemplo, sabemos que el segundo evangelio lo escribió San Marcos recogiendo las enseñanzas orales de San Pedro.
Esta obra se ha perdido casi entera: sólo quedan fragmentos recogidos por Eusebio de Cesarea en su historia. El mismo Eusebio explica que Papías tuvo ideas milenaristas que –según Eusebio– influyeron mucho, y que a veces no hace una buena selección de las fuentes. Estos dos motivos han hecho que su obra no se haya conservado completa.

Hermas
a) Vida
Se sabe que este Hermas no es el discípulo de San Pablo citado en la epístola a los romanos , sino otro Hermas de cuya vida algo conocemos. Era un hombre recto, piadoso, buen cristiano; liberto que se dedicaba al cultivo de la tierra, casado y con varios hijos, que apostataron durante una persecución; su mujer, que no era cristiana, no le trataba con mucha consideración. Según el Fragmento Muratoniano, era hermano del Papa Pío I.
b) Su obra
Hermas escribió una obra de carácter apocalíptico titulada Pastor. En esencia, su contenido consiste en una serie de revelaciones hechas a Hermas, en Roma, por una anciana y un ángel vestido de pastor (de ahí el nombre del escrito).
La redacción que conservamos ahora es aproximadamente del año 150, siendo Papa Pío I. De todas formas, es seguro que el autor trabajó sobre una primitiva redacción hecha hacia el año 95, bajo el pontificado de San Clemente Romano. Esta obra gozó de gran fama, sobre todo en Oriente.
Hermas describe la comunidad cristiana muy vivamente. Muestra que la mayoría de los cristianos eran hombres rectos, piadosos, que los obispos eran muy buenos,etc.; pero también habla de los que eran hipócritas, arrogantes… Señala que hubo lapsi, aunque pocos, bajo la persecución de Trajano (cerca del año 150), en la que apostataron sus hijos.

Partes de la obra
La obra tiene dos partes fundamentales. La primera consiste en 5 visiones. En la primera de ellas, se le presenta una matrona, símbolo de los elegidos; en la segunda, la misma matrona le exhorta a la penitencia; la tercera visión consiste en una torre –que representa la Iglesia–, en cuya construcción las piedras malas son desechadas; la cuarta es un dragón –símbolo de la persecución–, que no puede acabar con la Iglesia; la quinta es la del ángel en vestiduras de pastor, nuevamente moviendo a penitencia.
La segunda parte consta de 12 mandamientos y 10 parábolas. Los mandamientos son un resumen de la vida cristiana. Las parábolas son muy variadas: por ejemplo, en la primera se representa a los cristianos como extranjeros en este mundo; en la novena, vuelve a aparecer la torre, cuya construcción ha sido retrasada para que las piedras desechadas puedan tener tiempo de hacer penitencia; en la décima es el ángel quien amonesta a la penitencia a él y a toda su familia.

c) Doctrina
Penitencia. La penitencia es el punto central de esa obra. Se podría decir que toda ella es una exhortación a la penitencia. Enfoca este tema desde un punto de vista pastoral, no dogmático. Habla del bautismo, y de cómo después hay otra penitencia; sostiene esto contra los que afirmaban que quienes pecan después del bautismo necesariamente se condenan. El autor, atendiendo principalmente a la psicología de sus contemporáneos y queriendo arrancar de ellos una conversión sincera, dice que los que después de haber hecho penitencia vuelven a pecar es difícil que se salven; pero es claro que no niega la posibilidad de recibir de nuevo el perdón.
Cristología. Este tema se presenta muy confuso a lo largo de esta obra. Habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pero parece decir que Cristo, en cuanto hombre, fue adoptado como hijo; y no deja claro si fue el Verbo o el Espíritu Santo quien se encarnó.

La Iglesia. Habla de la Iglesia como institución necesaria para la salvación. La Iglesia aparece como una matrona anciana, porque sería la primera de las criaturas . La torre es también figura de la Iglesia: las piedras que ya han sido definitivamente incorporadas a su construcción son la Iglesia triunfante; las restantes piedras, que están mezcladas, son la Iglesia militante; de estas piedras mezcladas, unas serán aceptadas y otras rechazadas.
Bautismo. Recuerda que el Bautismo es absolutamente necesario para la salvación. Afirma que los Apóstoles bajaron a los infiernos (limbo) para bautizar a los que allí estaban. El Bautismo aparece simbólicamente en la edificación de la torre, pues la torre está construida sobre el agua.

Doctrina moral. Distingue entre mandato y consejo (ayuno, celibato…). Muestra la gran influencia que ejercen los ángeles y los demonios en el comportamiento del hombre. Resuelve casos prácticos de conciencia: por ejemplo, que el marido debe separarse de la adúltera; pero, si ésta se arrepiente, ha de recibirla. Permite las segundas nupcias tras la muerte de uno de los cónyuges. Habla de siete virtudes, que describe como siete mujeres: esto ha influido en las representaciones del arte cristiano.

Escritos anónimos de mayor importancia
a) Epístola de Bernabé
Fue escrita alrededor del año 130. No es propiamente una carta, sino un tratado teológico. Fue presentado en forma de carta porque se pensaba que este género era el más adecuado para la exhortación moral. La epístola no contiene datos personales: ni destinatario, ni autor, ni circunstancias.

Autor: El contenido de la carta no manifiesta que San Bernabé fuese su autor. Tampoco reclama para sí un origen apostólico, pero desde antiguo se la consideró como la Epístola Católica de Bernabé. De todas formas, Eusebio refleja la duda existente acerca de su canonicidad, y San Jerónimo la tacha de espuria. Se sabe con certeza que no es de Bernabé, pues es posterior a la destrucción de Jerusalén; es netamente antijudía y, por su contenido, se echa de ver su origen alejandrino.
Contenido: Tiene dos partes. Una primera, dogmática, que comprende los capítulos 1 a 17. Explica que los judíos no entendieron el Antiguo Testamento, por interpretarlo demasiado literalmente; la verdadera interpretación es la alegórica. La segunda parte es moral, y abarca los capítulos 17 a 21. La exposición sigue el mismo método que la Didaché –las dos vías–, pero no se inspira en ella, sino que recoge ese modo expositivo griego y judío.
Doctrina: Los puntos más desarrollados son los siguientes: la existencia eterna del Hijo; la Encarnación; el bautismo que nos transforma en templos del Espíritu Santo; hay que celebrar el domingo (el octavo día) y no el sábado; la vida del niño antes y después de nacer está protegida por la ley de Dios. En cuanto a la escatología, es milenarista.

b) La segunda epístola a los corintios

Este escrito es, en realidad, una homilía que en los antiguos manuscritos viene inmediatamente después de la Epístola a los corintios de San Clemente Romano. Esta conexión ha provocado la atribución de esta “segunda epístola” al propio San Clemente. Sin embargo, su forma y estilo literario prueban suficientemente que San Clemente no fue su autor y que no se trata de una carta, sino de una homilía. Esto no quita toda la importancia al escrito, pues es precisamente la homilía más antigua que se conserva. Su autor es desconocido, pero se le puede atribuir –por referencias internas– un origen corintio. Posiblemente fue compuesta en torno al 150.
El contenido dogmático no tiene especial interés, si se exceptúa la neta afirmación de la divinidad y la humanidad de Cristo. El contenido moral, por el contrario, es de notable importancia: exhorta a la penitencia de los pecados cometidos después del bautismo e insiste en la importancia de las buenas obras en orden a la salvación. El autor describe la vida del cristiano como una lucha, comparándola con las competiciones atléticas del estadio.

c) Dos epístolas a las vírgenes

Estas dos cartas fueron editadas por primera vez en 1752 y puestas bajo la autoridad de San Clemente de Roma. En los siglos XVIII y XIX se defendió la paternidad clementina de las cartas, pero hoy día es seguro que son de autor desconocido y de fecha más tardía: probablemente fueron escritas en el siglo II, aunque cabe la posibilidad de una redacción ligeramente posterior (primera mitad del siglo III).
El interés de estas cartas reside en que describen la vida de los primitivos ascetas y vírgenes cristianos, antes de la aparición del estado religioso. El autor dirige las cartas a personas de uno y otros sexo que permanecían célibes por amor a Dios y que, generalmente, vivían en sus propias casas, aunque excepcionalmente habitaban en común. El autor explica detalladamente la naturaleza y sentido del celibato cristiano: una imitación, un revestimiento de Cristo, con una necesaria proyección en obras de caridad y apostolado.

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