Una caricia a D. Pedro

       

        Como sabéis D. Pedro ha tenido una trombosis el mismo día de Navidad, que le ha afectado al lado izquierdo. Los médicos dicen que su situación es de falta de peligro para la vida y que saldrá adelante despues de una recuperación adecuada, y eso lo dicen sin conocer la energía y vitalidad de D. Quirru, que si supieran un poco más de él …

          El Prelado de la Obra le ha escrito una carta muy cariñosa en la que le dice que el Señor le ha hecho “una caricia” con esta enfermedad y que Le ofrezca las molestias por amor a las almas, que de ahí vendrá un importante impulso apostólico.

          Aprovecho la ocasión para ofreceros unas consideraciones sobre la enfermedad y el sufrimiento que ha reunido la Capellanía de la Clínica Universitaria de Navarra:

TEXTOS PARA MEDITAR SOBRE LA ENFERMEDAD    

El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan de los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).

En el Cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la Cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del Sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. Sabéis bien que quien sufre no busca sólo un alivio a sus dolencias o limitaciones, sino también al hermano o hermana capaz de comprender su estado de ánimo y ayudarle a aceptarse a sí mismo   

Juan Pablo II, Salvifici Doloris nº 27   

Amadísimos hermanos que sufrís en el espíritu y en el cuerpo no cedáis ante la tentación de considerar el dolor como una experiencia únicamente negativa, hasta el punto de dudar de la bondad de Dios. En el Cristo paciente todo enfermo encuentra el significado de sus propios padecimientos.

El sufrimiento y la enfermedad pertenecen a la condición del hombre, criatura frágil y limitada, marcada desde el nacimiento por el pecado original. Sin embargo, en Cristo muerto y resucitado la humanidad descubre una nueva dimensión de su sufrimiento: en vez de ser un fracaso, constituye una ocasión para dar testimonio de fe y amor. Sabed encontrar en el amor “el sentido salvífico de vuestro dolor y las respuestas válidas a todas vuestras preguntas”(Salvifici doloris 31).

Vuestra misión es de un valor altísimo tanto para la Iglesia como para la sociedad. Vosotros, los que sufrís, sois los predilectos de Dios. Como hizo con todos los que encontró por los caminos de Palestina, Jesús os dirige una mirada llena de ternura; su amor no os faltará jamás” (Tours 21.IX.96). Sed testigos generosos de este amor privilegiado, mediante el don de vuestro sufrimiento, que tanto puede contribuir a la salvación del género humano. En una sociedad como la actual, que trata de construir su futuro sobre el bienestar y el consumismo y que valora todo según la eficacia y los beneficios, la enfermedad y el sufrimiento, que no pueden negarse, son alejados y vaciados de significado con el intento ilusorio de superarlos solamente con los medios que pone a disposición el progreso de la ciencia y de la técnica.   

Juan Pablo II, Mensaje en jornada mundial del enfermo 1997   

El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante. Pues bien, nosotros, cristianos, mirando a Jesús crucificado encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El cristiano sabe que, después del pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en nuestro dolor, experimentar nuestra angustia, pasar por la agonía del espíritu y el desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad

Juan Pablo II, Alocución 24-III-1979 nº 1500

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte. nº 1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.   

Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1500-1501  

Mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: no me atienden bien, nadie se preocupa de mi, no me cuidan como merezco, ninguno me comprende… El diablo, que anda siempre al acecho, ataca por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza cuando se lleva con optimismo sobrenatural – ¡cuando se ama! – el dolor. Por lo tanto, si es voluntad de Dios que nos alcance el zarpazo de la aflicción, tomadlo como señal de que nos considera maduros para asociarnos mas estrechamente a su Cruz redentora  

San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nº 124   

Una visión del mundo que no pueda dar sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor sólo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos. En la comunión con Cristo, el dolor llega a adquirir su significado pleno, no sólo para sí mismo, como proceso de purificación en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen, sino también más allá de mí mismo: Él es útil para todo, de manera que todos podamos decir con San Pablo: Ahora me alegro en mis padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24)  

 J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Ed. Encuentro 1995   

Amor y dolor forman un binomio que va estrechamente unido en nuestra fe cristiana. Amor y dolor son realidades que se implican, que viven estrechamente unidas en la imaginería cristiana que llena nuestras iglesias, nuestro templos, y en lo más profundo del corazón de los cristianos. Amor hecho dolor y dolor siempre vivido en el amor, siguiendo el ejemplo de Cristo. El dolor sin amor sólo engendra amargura y desesperación, rebeldía y desesperanza. El amor sin dolor es frágil, superficial, incompleto, antojadizo.

La cultura en la que vivimos inmersos promete la felicidad en esta vida y se presenta como al alcance de la mano, algo fácil de construir sin demasiado esfuerzo, pero los seres humanos sabemos por experiencia que la felicidad en el amor requiere de la donación personal sacrificada. El dolor puede ser un camino hacia el amor; y al amor auténtico y completo sólo se llega por el dolor de la abnegación personal de sí mismo en favor del otro.

El dolor es también un camino de esperanza gracias a la resurrección de Jesucristo. Eso es lo que refleja el rostro de La Piedad de Miguel Ángel: hay un dolor por su Hijo muerto y, al mismo tiempo, una serena esperanza confiada en que no todo acaba ahí. Hay un después. El dolor no es el fin de la existencia humana, sino un paso, una Pascua hacia la salvación. El dolor es salvífico.   

Darío Castrillón, en Alfa y Omega, XII.2000   

Dejadme que os confiese con sencillez que yo jamás pido a Dios que me cure de mi enfermedad. No lo pido porque me parece un abuso de confianza; pero, sobre todo, porque temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con Él más íntimamente, más realmente.

Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; le pido que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo o mi necesidad de cariño. Pero que no me la quite. Estar, vivir en el Huerto de los Olivos no es ningún placer, pero sí es un regalo, un don, tal vez el único que, al final de mi vida, pueda yo poner en sus manos de Padre. Decía el poeta Luis Rosales: Nadie regresa del dolor y continúa siendo el mismo hombre. El dolor aceptado con sabiduría y asumido serenamente, humaniza y hace al hombre más comprensivo y profundo.

El dolor posee una fuerza especial de purificación y es capaz de cambiarnos humana y espiritualmente. Cuando el dolor hace acto de presencia en nuestra vida, puede ayudarnos en la sabiduría de la Cruz de Cristo que es siempre redentora y salvadora. La fe en Jesús muerto y resucitado da un profundo sentido al misterio del dolor. Hace que deje de ser absurdo y se convierta en fuerza salvadora.

El amor a la Cruz entre los cristianos tiene una dimensión especial. Cuando llega un mal o un problema humano, lo menos conveniente es lamentarse o autocompadecerse, porque la vida sigue, y además nunca tendrá fin. Lo importante es mirar a la Cruz de Cristo y ver que con Él, se encuentra sentido al dolor. Es redentor   J.L.Martín-Descalzo, Reflexiones sobre un enfermo   

MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI

PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO  

Queridos hermanos y hermanas:  El 11 de febrero de 2007, día en que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, tendrá lugar en Seúl, Corea, la XV Jornada mundial del enfermo. Se llevarán a cabo una serie de encuentros, conferencias, asambleas pastorales y celebraciones litúrgicas con representantes de la Iglesia en Corea, con el personal de la asistencia sanitaria, así como con los enfermos y sus familias.    

Una vez más la Iglesia vuelve sus ojos a quienes sufren y llama la atención hacia los enfermos incurables, muchos de los cuales están muriendo a causa de enfermedades terminales. Se encuentran presentes en todos los continentes, particularmente en los lugares donde la pobreza y las privaciones causan miseria y dolor inmensos. Consciente de estos sufrimientos, estaré espiritualmente presente en la Jornada mundial del enfermo, unido a los participantes, que discutirán sobre la plaga de las enfermedades incurables en nuestro mundo, y alentando los esfuerzos de las comunidades cristianas en su testimonio de la ternura y la misericordia del Señor.    

La enfermedad conlleva inevitablemente un momento de crisis y de seria confrontación con la situación personal. Los avances de las ciencias médicas proporcionan a menudo los medios necesarios para afrontar este desafío, por lo menos con respecto a los aspectos físicos. Sin embargo, la vida humana tiene sus límites intrínsecos, y tarde o temprano termina con la muerte. Esta es una experiencia a la que todo ser humano está llamado, y para la cual debe estar preparado.   

 A pesar de los avances de la ciencia, no se puede encontrar una curación para todas las enfermedades; por consiguiente, en los hospitales, en los hospicios y en los hogares de todo el mundo nos encontramos con el sufrimiento de numerosos hermanos nuestros enfermos incurables y a menudo en fase terminal. Además, muchos millones de personas en el mundo viven aún en condiciones insalubres y no tienen acceso a los recursos médicos necesarios, a menudo del tipo más básico, con el resultado de que ha aumentado notablemente el número de seres humanos considerados “incurables”.    

La Iglesia desea apoyar a los enfermos incurables y en fase terminal reclamando políticas sociales justas que ayuden a eliminar las causas de muchas enfermedades e instando a prestar una mejor asistencia a los moribundos y a los que no pueden recibir atención médica. Es necesario promover políticas que creen condiciones que permitan a las personas sobrellevar incluso las enfermedades incurables y afrontar la muerte de una manera digna. Al respecto, conviene destacar una vez más la necesidad de aumentar el número de los centros de cuidados paliativos que proporcionen una atención integral, ofreciendo a los enfermos la asistencia humana y el acompañamiento espiritual que necesitan. Se trata de un derecho que pertenece a todo ser humano y que todos debemos comprometernos a defender.    

Deseo apoyar los esfuerzos de quienes trabajan diariamente para garantizar que los enfermos incurables y en fase terminal, juntamente con sus familias, reciban una asistencia adecuada y afectuosa. La Iglesia, siguiendo el ejemplo del buen samaritano, ha mostrado siempre una solicitud particular por los enfermos. A través de cada uno de sus miembros y de sus instituciones, sigue estando al lado de los que sufren y de los moribundos, tratando de preservar su dignidad en esos momentos tan significativos de la existencia humana. Muchas de esas personas – profesionales de la asistencia sanitaria, agentes pastorales y voluntarios- e instituciones en todo el mundo sirven incansablemente a los enfermos, en hospitales y en unidades de cuidados paliativos, en las calles de las ciudades, en proyectos de asistencia a domicilio y en parroquias.    

Ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís enfermedades incurables y terminales. Os animo a contemplar los sufrimientos de Cristo crucificado, y, en unión con él, a dirigiros al Padre con plena confianza en que toda vida, y la vuestra en particular, está en sus manos. Confiad en que vuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, resultarán fecundos para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pido al Señor que fortalezca vuestra fe en su amor, especialmente durante estas pruebas que estáis afrontando. Espero que, dondequiera que estéis, encontréis siempre el aliento y la fuerza espiritual necesarios para alimentar vuestra fe y acercaros más al Padre de la vida.  

A través de sus sacerdotes y de sus agentes pastorales, la Iglesia desea asistiros y estar a vuestro lado, ayudándoos en la hora de la necesidad, haciendo presente así la misericordia amorosa de Cristo hacia los que sufren.    

Por último, pido a las comunidades eclesiales en todo el mundo, y particularmente a las que se dedican al servicio de los enfermos, que, con la ayuda de María, Salus infirmorum, sigan dando un testimonio eficaz de la solicitud amorosa de Dios, nuestro Padre. Que la santísima Virgen María, nuestra Madre, conforte a los que están enfermos y sostenga a todos los que han consagrado su vida, como buenos samaritanos, a curar las heridas físicas y espirituales de quienes sufren. Unido a cada uno de vosotros con el pensamiento y la oración, os imparto de corazón mi bendición apostólica como prenda de fortaleza y paz en el Señor. 

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI

a los participantes en la Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio

para la Pastoral de la Salud

24 de noviembre de 2006. 

EL BESO AL LEPROSO HOY Queridos hermanos y hermanas:   Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión de la Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio para la pastoral de la salud. Dirijo mi saludo a cada uno y, en primer lugar, al cardenal Javier Lozano Barragán, al que agradezco sus amables palabras. La elección del tema —”Los aspectos pastorales de la curación de las enfermedades infecciosas”— brinda la oportunidad de reflexionar, desde diversos puntos de vista, sobre patologías infecciosas que han acompañado desde siempre el camino de la humanidad.  Es impresionante el número y la variedad de los modos como esas patologías amenazan, a menudo mortalmente, la vida humana incluso en nuestro tiempo. Palabras como lepra, peste, tuberculosis, sida o ébola evocan dramáticos escenarios de dolor y temor. Dolor para las víctimas y para sus seres queridos, a menudo agobiados por un sentido de impotencia ante la gravedad inexorable de la enfermedad; y temor para la población en general y para cuantos se acercan a estos enfermos por su profesión o por opciones voluntarias. La persistencia de enfermedades infecciosas que, a pesar de los efectos benéficos de la prevención realizada gracias al progreso de la ciencia, a la tecnología médica y a las políticas sociales, siguen ocasionando numerosas víctimas, pone de manifiesto los límites inevitables de la condición humana. Sin embargo, no hay que rendirse en el empeño de buscar medios y modos de intervención más eficaces para combatir estas enfermedades y para reducir las molestias de quienes son sus víctimas.  En el pasado, numerosos hombres y mujeres han puesto su competencia y su generosidad humana a disposición de los enfermos con patologías que producen repugnancia. En el ámbito de la comunidad cristiana han sido muchas “las personas consagradas que han sacrificado su vida a lo largo de los siglos en el servicio a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando que la entrega hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida consagrada” (Vita consecrata, 83).  Con todo, a tan laudables iniciativas y a tan generosos gestos de amor se contraponen no pocas injusticias. No podemos olvidar a las numerosas personas afectadas por enfermedades infecciosas que se ven obligadas a vivir segregadas y a veces marcadas por un estigma que las humilla. Esas deplorables situaciones resultan aún más graves a causa de la desigualdad de las condiciones sociales y económicas entre el norte y el sur del mundo. A esas situaciones es preciso responder con intervenciones concretas, que fomenten la cercanía al enfermo, hagan más viva la evangelización de la cultura y propongan motivos inspiradores de los programas económicos y políticos de los Gobiernos.  En primer lugar, la cercanía al enfermo afectado por enfermedades infecciosas es un objetivo al que la comunidad eclesial debe tender siempre. El ejemplo de Cristo, que, rompiendo con las prescripciones de su tiempo, no sólo dejaba que se le acercaran los leprosos, sino que también les devolvía la salud y su dignidad de personas, ha “contagiado” a muchos de sus discípulos a lo largo de más de dos mil años de historia cristiana.  El beso que san Francisco de Asís dio al leproso ha encontrado imitadores no sólo en personas heroicas como el beato Damián de Veuster, que murió en la isla de Molokai mientras asistía a los leprosos; como la beata Teresa de Calculta; o como las religiosas italianas que murieron hace algunos años a causa del virus del ébola; sino también en muchos promotores de iniciativas en favor de las personas afectadas por enfermedades infecciosas, sobre todo en los países en vías de desarrollo.  Es necesario mantener viva esta rica tradición de la Iglesia católica para que, a través de la práctica de la caridad con quienes sufren, se hagan visibles los valores inspirados en una auténtica humanidad y en el Evangelio: la dignidad de la persona, la misericordia, la identificación de Cristo con el enfermo. Sería insuficiente cualquier intervención en la que no se haga perceptible el amor al hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo.  A la insustituible cercanía al enfermo va unida la evangelización del ambiente cultural en el que vivimos. Uno de los prejuicios que entorpecen o limitan una ayuda eficaz a las víctimas de enfermedades infecciosas es la actitud de indiferencia e incluso de exclusión y rechazo con respecto a ellas, que se da a menudo en la sociedad del bienestar.  Esta actitud se ve favorecida entre otras cosas por la imagen, que transmiten los medios de comunicación social, de hombres y mujeres preocupados principalmente de la belleza física, de la salud y de la vitalidad biológica. Se trata de una peligrosa tendencia cultural que lleva a ponerse a sí mismos en el centro, a encerrarse en su pequeño mundo, a no querer comprometerse al servicio de los necesitados.  En cambio, mi venerado predecesor Juan Pablo II, en la carta apostólica Salvifici doloris, expresa el deseo de que el sufrimiento ayude a “irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio yo en favor de los demás hombres, de los demás hombres que sufren”. Y añade: “El mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento” (n. 29).  Por eso, hace falta una pastoral capaz de sostener a los enfermos que afrontan el sufrimiento, ayudándoles a transformar su condición en un momento de gracia para sí y para los demás, a través de una viva participación en el misterio de Cristo. Por último, quisiera reafirmar la importancia de la colaboración con las diversas instituciones públicas, para que se ponga en práctica la justicia social en un delicado sector como el de la curación y la asistencia a las personas afectadas por enfermedades infecciosas.  Quisiera aludir, por ejemplo, a la distribución equitativa de los recursos para la investigación y la terapia, así como a la promoción de condiciones de vida que frenen la aparición y la difusión de enfermedades infecciosas. En este ámbito, como en otros, a la Iglesia compete el deber “mediato” de “contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni estas pueden ser operativas a largo plazo”, mientras que “el deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos (…), llamados a participar en primera persona en la vida pública” (Deus caritas est, 29).  Gracias, queridos amigos, por el empeño que ponéis al servicio de una causa en la que se hace realidad la obra sanadora y salvadora de Jesús, divino Samaritano de las almas y los cuerpos. Deseándoos una feliz conclusión de vuestros trabajos, os imparto de corazón a vosotros y a vuestros seres queridos una bendición apostólica especial.         Algunos puntos de obras de san Josemaría Escrivá Camino > Amor de Dios > Punto 419

               419              —Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula?     Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El.                                                                                   Camino > Formación > Punto 361               361              Para ti, que te quejas interiormente, porque te tratan con dureza, y sientes el contraste de ese rigor con la conducta de los de tu sangre, copio estos párrafos de la carta de un alférez médico: “Ante el enfermo, cabe la actitud fría y calculadora, pero objetiva y útil para el paciente, del profesional honrado. Y la ñoñería llorona de la familia. —¿Qué sería de un puesto de socorro, durante un combate, cuando va llegando el chorreo de heridos que se acumulan porque la evacuación no es lo suficientemente rápida, si junto a cada camilla hubiese una familia? Como para pasarse al enemigo”.                                                                                

Camino > Penitencia > Punto 219

               219              Si sabes que esos dolores —físicos o morales— son purificación y merecimiento, bendícelos.                                                                                   Camino > Corazón > Punto 169

               169              Te acogota el dolor porque lo recibes con cobardía. —Recíbelo, valiente, con espíritu cristiano: y lo estimarás como un tesoro.                                                                                

Camino > Penitencia > Punto 208

               208              Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!                                                                                               234              ¡Cómo ennoblecemos el dolor, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!                                                                                 

Amigos de Dios > Tras los pasos del Señor > Punto 132

              132                                                   Si os recuerdo estas verdades recias, es para invitaros a que examinéis atentamente los móviles que impulsan vuestra conducta, con el fin de rectificar lo que necesite rectificación, enderezando todo al servicio de Dios y de vuestros hermanos los hombres. Mirad que el Señor ha pasado a nuestro lado, nos ha mirado con cariño y nos ha llamado con su vocación santa, no por obras nuestras, sino por su beneplácito y por la gracia que nos ha sido otorgada en Jesucristo antes de todos los siglos.Purificad la intención, ocupaos de todas las cosas por amor a Dios, abrazando con gozo la cruz de cada día. Lo he repetido miles de veces, porque pienso que estas ideas deben estar esculpidas en el corazón de los cristianos: cuando no nos limitamos a tolerar y, en cambio, amamos la contradicción, el dolor físico o moral, y lo ofrecemos a Dios en desagravio por nuestros pecados personales y por los pecados de todos los hombres, entonces os aseguro que esa pena no apesadumbra.No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso. Nosotros colaboramos como Simón de Cirene que, cuando regresaba de trabajar en su granja pensando en un merecido reposo, se vio forzado a poner sus hombros para ayudar a Jesús. Ser voluntariamente Cireneo de Cristo, acompañar tan de cerca a su Humanidad doliente, reducida a un guiñapo, para un alma enamorada no significa una desventura, trae la certeza de la proximidad de Dios, que nos bendice con esa elección.

Con mucha frecuencia, no pocas personas me han comentado con asombro la alegría que, gracias a Dios, tienen y contagian mis hijos en el Opus Dei. Ante la evidencia de esta realidad, respondo siempre con la misma explicación, porque no conozco otra: el fundamento de su felicidad consiste en no tener miedo a la vida ni a la muerte, en no acogotarse ante la tribulación, en el esfuerzo cotidiano de vivir con espíritu de sacrificio, constantemente dispuestos —a pesar de la personal miseria y debilidad— a negarse a sí mismos, con tal de hacer el camino cristiano más llevadero y amable a los demás.                 

                                                                                                           

Anuncios
Published in: on enero 3, 2008 at 2:45 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://jchordi.wordpress.com/2008/01/03/una-caricia-a-d-pedro/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: