Jesus de Nazaret

Mosaico de Santa Sofa ConstantinoplaLa persona y las enseñanzas de Jesús de Nazaret son las bases sobre las que se asienta la religión cristiana. Los cristianos consideran a Jesucristo su Redentor y su Maestro: le reconocen como su Dios y Señor y se adhieren a su doctrina. Y entendemos por Cristianismo la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

En una hora precisa del tiempo y en un lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios se hizo hombre e irrumpió en la historia humana. El lugar de nacimiento de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del emperador de Roma, César Augusto (cfr. Mt II, 1; Le II, 1-2). La vida de Cristo entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia, bien preciso también: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo tuvieron lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del año 30 de la Era cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de Sumo Sacerdote, gobernaba Judea el «procurador» Poncio Pilato y reinaba en Roma el emperador Tiberio.
Jesucristo se presentó a sí mismo como el Cristo, el Mesías anunciado por los Profetas y esperado ansiosamente por el Pueblo de Israel. En Cesárea de Filipo, ante la diversidad de opiniones que corrían sobre su persona, el Señor preguntó a los Apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» La respuesta de Pedro fue rotunda: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Jesús no sólo no enmendó en un ápice estas palabras, sino que las confirmó de modo inequívoco: «No te han revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» (cfr. Mt XVI, 13-17). En la noche de la Pasión, ante los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín, Jesús declararía abiertamente que era el Hijo de Dios, el Mesías. A la solemne pregunta del Sumo Sacerdote, la suprema autoridad religiosa de Israel: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?», Jesús respondió: «Yo soy» (Me XIV, 61-62).
«Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (lo I, 10). Estas palabras del capítulo primero del Evangelio de San Juan anuncian el drama del rechazo del Salvador por parte del Pueblo elegido. Dominaba en éste por aquel tiempo una concepción político-nacional acerca del esperado Mesías, al que se consideraba como un caudillo terrenal que habría de libertar la nación del yugo de los opresores romanos y restaurar en todo su esplendor el Reino de Israel. Jesús no respondía a esta imagen, porque su Reino no era de este mundo (cfr. lo XVIII, 36). Por eso no fue reconocido, sino rechazado por los jefes del pueblo y condenado a morir en la Cruz.

Los milagros obrados por Jesús durante los años de su vida pública constituyen el refrendo de su Mesianidad y confirmaron la doctrina que anunciaba. Esas razones, unidas a la personalidad incomparable del Señor, motivaron decisivamente la adhesión de sus discípulos, y en primer término de los doce Apóstoles. Una adhesión todavía defectuosa al principio, por parte de hombres que compartían muchos de los prejuicios de sus contemporáneos; unos hombres cuya mentalidad les hacía difícil comprender la verdadera naturaleza de la misión redentora de Jesús, lo que explica el tremendo desconcierto que les causó la Pasión y Muerte de su Maestro.
La Resurrección de Jesucristo es el dogma central del Cristianismo y constituye la prueba decisiva de la verdad de su doctrina. «Si Cristo no resucitó —escribió San Pablo—, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe» (I Cor XV, 14). La realidad de la Resurrección —tan lejos de las expectativas de los Apóstoles y los discípulos— se les impuso a éstos con el argumento irrebatible de la evidencia: «pero Cristo ha resucitado y ha venido a ser como las primicias de los difuntos» (I Cor XV, 20; cfr. Le XXIV, 27-44; lo XX, 24-28). Desde entonces los Apóstoles se presentarían a sí mismos como «testigos» de Jesucristo resucitado (cfr. Act II, 22; III, 15), lo anunciarían por el mundo entero y resellarían su testimonio con la propia sangre. Los discípulos de Jesucristo reconocieron su divinidad, creyeron en la eficacia redentora de su Muerte y recibieron la plenitud de la Revelación, transmitida por el Maestro y recogida por la Escritura y la Tradición.

Pero Jesucristo no sólo fundó una religión —el Cristianismo—, sino también una Iglesia. La Iglesia —el nuevo Pueblo de Dios— fue constituida bajo la forma de una comunidad visible de salvación, a la que se incorporan los hombres por el bautismo. La Iglesia está cimentada sobre el Apóstol Pedro, a quien Cristo prometió el Primado —«y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt XVI, 18)— y se lo confirmó y confirió después de la Resurrección: «apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» (cfr. lo XXI, 15-17). La Iglesia de Jesucristo existirá hasta el fin de los tiempos, mientras perdure el mundo y haya hombres sobre la tierra: “y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt XVI, 18) La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia

Y esta historia continua con una fidelidad a lo recibido del Maestro a trasvés de los Apóstoles por la acción del Espíritu de Pentecostés. Es lo que se aprecia mirando con detenimiento el libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVII-Josep Ratzinger, de donde podemos extraer la afirmación de que el Hijo de Dios es el Jesús histórico. Confieso, escribe el Papa, que precisamente Jesús –el del Evangelio– es una figura históricamente sensata y convincente. Aludiendo a la carta de Pablo a los Filipenses, el Santo Padre manifiesta que veinte años después de la muerte de Jesús, encontramos en el gran himno a Cristo, en la carta mencionada del Apóstol, una cristología, en la que se dice que Jesús era igual a Dios, pero que se despojó a sí mismo, que se hizo hombre, se humilló hasta al muerte en la Cruz y que a Él corresponde ser honrado por el cosmos, la adoración que en el profeta Isaías, Dios había proclamado como debida solamente a Él.

Mirando esta realidad Benedicto XVI cree conveniente preguntarse, qué ocurrió en estos veinte años tras la crucifixión. ¿Cómo se ha llegado a esta cristología? ¿Cómo colectividades desconocidas pudieron ser tan creativas, convincentes y, así, imponerse? El intento de buscar estas colectividades y sus dirigentes, no explica nada. Naturalmente, creer que precisamente como hombre Él era Dios y que dío a conocer esto veladamente en las parábolas, pero cada vez de manera más inequívoca, es algo que supera las posibilidades del método histórico. Por el contrario, si a la luz de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y con su apertura a lo que lo sobrepasa, estos se entreabren, y nos muestran un camino y una figura que son dignas de fe.

Testimonios históricos
Las fuentes históricas de la vida de Jesús se dividen en:
fuentes cristianas (Evangelios, Cartas de San Pablo y otros Apóstoles, Hechos, Apocalipsis de Juan y los libros Apócrifos y Padres Apostólicos),
y fuentes no cristianas.
Fuentes judías: Flavio Josefo; la tradición talmúdica.
Fuentes paganas: Tácito; Suetonio; Plinio el Joven.

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Published in: on diciembre 17, 2007 at 4:41 pm  Dejar un comentario  
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