Bruno Forte y el misterio de la cruz

Monseñor Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto, miembro de la Comisión Teológica Internacional, ha analizado con Zenit, en el pasado mes de marzo, las supuestas revelaciones que promete el documental «La tumba perdida de Jesús», realizado por los galardonados cineastas James Cameron y Simcha Jacobovici.Para el presidente de la Comisión de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Italiana, «el dato de hecho es que se habla de tumbas antiguas, algunas del siglo I, descubiertas en el barrio de Talpiot, a inicios de los años ochenta, en las que están grabados algunos nombres como los de Jesús, María, José, Mateo… Este es el dato de hecho».«Pero tumbas como ésas hay muchas en el territorio de Tierra Santa. Por tanto, no hay nada nuevo en esta revelación», constata el prelado, miembro de varios dicasterios de la Santa Sede.

«¿Por qué, entonces, tanto ruido?», se pregunta y responde: «Porque Hollywood ha querido lanzar una exclusiva. Dado el éxito de operaciones como “El Código da Vinci”, se ha tratado de provocar otro éxito análogo, jugando con la auténtica cuestión en juego, es decir, si Jesús verdaderamente ha resucitado».

«Ahora bien, dejando a un lado la inconsistencia de la prueba arqueológica, que ha sido totalmente contestada por arqueólogos israelíes, el dato de hecho de la resurrección de Jesús es documentado rigurosamente en el Nuevo Testamento por las cinco narraciones de las apariciones: cuatro de los Evangelios y la de san Pablo».

«Ahora bien, todos los estudios críticos en estos dos siglos han demostrado que en la verdad profunda de las narraciones de las apariciones se da una historicidad incontestable», añade.

Según Forte, «hay un vacío entre el Viernes Santo, cuando los discípulos abandonaron a Jesús, y el Domingo de Pascua, cuando se convirtieron en testigos de Él, resucitado, con un empuje y una valentía tales que llevaron ese anuncio a todos los confines de la tierra, hasta dar la vida por él».

«¿Que sucedió?» se pregunta el arzobispo. «El historiador profano no se lo explica. Los Evangelios nos lo dan a entender. Se dio un encuentro que cambió su vida».

«Y este encuentro, narrado en los pasajes de las apariciones, se caracteriza por un dato fundamental: la iniciativa no es de los discípulos, sino de él, el que esta vivo, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 3).

Volvamos atrás unos años. Recogemos de Alfa y Omega un insólito encuentro: Félix Duque, no creyente y profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, uno de los mejores especialistas en la filosofía de Heidegger, experto en la filosofía de la técnica y gran conocedor del nihilismo, con Bruno Forte, sacerdote entonces y profesor de Teología en la Facultad Pontificia de Teología de Nápoles y miembro de la Comisión Teológica Internacional. “Es curioso, ­comentó Forte tras una conferencia previa­, el interés de los estudiantes cuando se habla de Dios. Esperábamos a unas 20 personas y se han presentado más de 100, en una facultad de 300 alumnos. Incluso hemos tenido que cambiar de aula porque no cabíamos todos…”

Se parte de la propuesta de que la Cruz del Resucitado es el lugar del encuentro entre la autotrascendencia del hombre y el acto de humildad de Dios, con que Él se hace cercano, sin dejar de ser infinitamente Dios. ¿Tiene el hombre una obligación moral de buscar a Dios o, dicho de otro modo, el sentido absoluto de la vida?

Bruno Forte: Sí. A mí me parece que el deber de buscar a Dios está inscrito en una razón aún más radical: el deber del hombre de vivir la vida no como una prisión, sino como apertura a lo que le trasciende. Quien no busca el absoluto se convierte en prisionero de la caducidad de los elementos. Plantearse preguntas fundamentales significa ponerse a la escucha, y ésta puede encaminar hacia el encuentro con Dios. Se puede decir que la diferencia fundamental no es entre creyente y no creyente, sino entre pensante y no pensante. 

Félix Duque: El problema estriba fundamentalmente (Bruno lo ha repetido varias veces) en la palabra escucha; el hombre se pone a la escucha ¿de qué? ¿De una voz humana? Si es una voz que habla como nosotros, entonces no es una verdadera trascendencia. Yo prefiero hablar de escucha como posibilidad de apertura al sufrimiento y al carácter mortal del otro. Ante el hecho del sufrimiento, del dolor y de la muerte, no hay palabras. Y en este no haber es donde la razón encuentra sus límites, y tiene que abrirse a lo que yo llamaría condolencia entre hombres que se saben necesariamente abocados a la muerte, y que se dan unos a otros el apoyo y la memoria para poder, a través de esa trascendencia, vivir siempre al borde de esa nada o de ese abismo.

Bruno Forte: Yo creo que el símbolo supera dos extremos. Por una parte, la pretensión de considerar a Dios como si fuese un objeto de este mundo, que es la idolatría (también la ha hecho a menudo la ideología moderna, sustituyendo a Dios por sí misma y sus proyectos). En el otro extremo está la absoluta imposibilidad de conocer a Dios, que es el agnosticismo. El símbolo dice que entre la búsqueda humana y el misterio absoluto puede haber un encuentro, en el que uno no se entrega al otro plenamente, pero sí se establece un puente. Hablar de Dios significa caminar al borde del símbolo, y no para reducir a Dios a algo vago y abstracto, sino para hablar de Él de forma, a la vez, respetuosa y abierta a un camino hacia el misterio. Para el cristiano, el acontecimiento de la Encarnación es el que funda la posibilidad de hablar de Dios en términos humanos.

Félix Duque: Yo quisiera añadir una observación. Cuando hablamos de símbolo entendemos también el significado en griego: era una pieza de arcilla que dos personas, cuando querían hacer un pacto, partían en dos pedazos, y que después, cuando se encontraban, unían para significar ese pacto. Pero entonces, cada uno de los lados estaba entregado por completo al otro lado. Es decir, habría que tomar muy, muy en serio el problema de la kénosis. Si Dios se hace carne por amor a los hombres, y los hombres tienden a corresponder a ese amor, entonces no es posible, o al menos yo, desde una posición filosófica, no comparto la idea de que Dios quede a salvo de esa herida. Dios también queda herido, literalmente herido de muerte: su amor significa también la muerte por los hombres. Me acuerdo a propósito de la famosa frase luterana: Dios sigue estando muerto. Creo que se haría un mal servicio al cristiano si pensara en un Dios-fundamento, cuya superficie quedara alterada por la relación con los hombres, pero cuyo fondo quedara intacto. Si Dios se ha dado a los hombres, entonces la cosa es muy, muy grave: implica también una entrada en la mortalidad por parte de Dios.  

Bruno Forte: Es impresionante ver cómo las palabras de Félix corresponden a la renovación de la teología cristiana de los últimos años, donde se está redescubriendo al Dios crucificado como lugar propio de la Revelación del Dios cristiano, del amor absolutamente asimétrico con que Dios nos ama. Hoy son precisamente los no creyentes pensantes, los que luchan con Dios para no creer en Él, quienes descubren la fascinación inquietante de un Dios omnipotente que, por amor al mundo, hace una kénosis absoluta. Es significativo encontrar hoy pensadores no creyentes en esta línea, como Massimo Cacciari, en Italia, o Félix Duque en España; personas que desde la autenticidad de su posición, se interrogan por el absoluto, trascienden el ateísmo cerrado y se inquietan, son atraídos, en búsqueda de ese Dios débil que es el Dios de la cruz.

Félix Duque: Sí, pero el punto es que no hay retorno.

Bruno Forte: Eso es lo que nos diferencia, porque el cristiano cree en el Crucificado Resucitado. La resurrección no es el final feliz de una fábula, sino la garantía de que el amor de Dios es más poderoso que la muerte. Esto constituye la esperanza del cristiano. No se puede esperar que un nihilista acepte esto. Si lo aceptara ya no sería nihilista: no tendría más remedio que convertirse.Entre ambos textos han pasado mas de diez años,

La amistad entre estos dos hombres se ha acrisolado y ambos siguen pensando que la trascendencia se da en la entrega plena, en la pérdida de la autonomía de la razón y en la crisis del paradigma ilustrado, y de todas las utopías gestadas en su nombre, que es más asequible pensar en el mundo postmoderno y postilustrado en que vivimos, y en el cual también el teólogo se halla instalado como manifiesta en su libro La esencia del cristianismo de tantas resonancias en la historia de la Teología

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Published in: on mayo 11, 2007 at 12:26 pm  Dejar un comentario  

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