Matrimonio y familia XI

Matrimonio y educación 

1. La educación, parte esencial del servicio a la vida 

    a) Persona humana y educación 

        “La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona que tiene en sí la vocación al crecimiento y al desarrollo, asumen, por eso mismo, la obligación de ayudarla eficazmente a vivir una vida plenamente humana” ( Familiaris consortio, 36).

        En efecto, es evidente que no basta nacer sano y ser abandonado a los propios recursos para desarrollarse plenamente como persona, sino que la educación es parte esencial del perfeccionamiento del ser humano. Como hemos estudiado, el hombre, desde su nacimiento —del que resulta una criatura especialmente desvalida y dependiente, y durante mucho tiempo, en comparación con otros seres vivos—, es un ser en proceso de desarrollo: no solo físico, sino específicamente humano. Existe, por tanto, una continuidad necesaria entre la procreación —es decir, la transmisión de la vida humana acorde con la dignidad de la persona— y la responsabilidad educadora. También en este sentido debe entenderse la afirmación de que la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida, ya que el ámbito primario para la acogida y el desarrollo de la vida humana es la comunidad conyugal y familiar.  

     b) Los padres, primeros y principales educadores 

         Como consecuencia directa de la vinculación entre comunidad conyugal, procreación y educación, los padres son por naturaleza los primeros y principales educadores de sus hijos: su papel es tan importante que, si falta, difícilmente puede suplirse. Juan Pablo II, recordando las enseñanzas anteriores de la Iglesia sobre este punto, sintetizaba las siguientes características del derecho-deber educativo de los padres:

         ·   Es esencial, por estar vinculado radicalmente con la transmisión de la vida humana.

         ·   Es original y primario, respecto al de los demás sujetos que pueden intervenir legítimamente en la educación, siempre con un papel derivado y secundario.

         ·   Es insustituible e inalienable (nunca puede ser usurpado por otros, ni delegado totalmente), porque la relación de amor que se da entre padres e hijos es única, y constituye el alma del proceso educativo.

         Conviene subrayar, además, que ese derecho y deber reside en los padres precisamente en cuanto matrimonio. Hemos estudiado ya que, por el vínculo conyugal, cada esposo se hace copartícipe y coposesor del otro en todos sus aspectos conyugales. Por tanto, cada uno de ellos participa solidariamente de la paternidad o maternidad del otro. Y, puesto que la educación es continuación necesaria de la paternidad y maternidad humanas, esa solidaridad y participación común establecida entre los esposos se extiende también a la misión educativa.

         Esto supone que cada cónyuge tiene, ante el otro, el deber (y el correlativo derecho) de participar en la educación de sus hijos en el seno de la comunidad conyugal. Así pues, los esposos:

         ·   Tienen el deber y el derecho de educar conjuntamente a los hijos, de manera que la educación sea fruto de la conjunción de la tarea de ambos.

        ·   Y puesto que esa tarea conjunta está vinculada a su comunidad de vida, tienen el deber y el derecho de crear las condiciones propicias para la educación mediante una vida común conyugal adecuada. 

    c) La familia, comunidad educadora 

        Precisamente porque la educación de los hijos es proyección del mismo amor conyugal y familiar, los padres, primeros responsables de la misión educativa, “testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma” ( CEC, 2223)
        El hogar familiar, la comunión de personas que nace como desarrollo natural del amor de los esposos, es el ambiente adecuado para la educación  humana y cristiana de los hijos. Se trata, por tanto, de un empeño que exige la plenitud de entrega y dedicación que son propias del amor conyugal, y que debe hacer frente a las mismas dificultades que éste.

        Sin embargo, a pesar de los riesgos y obstáculos que pueden presentarse, los esposos deben saber que la realización efectiva de esa tarea es su don propio. Pueden, por eso, creer en su amor (Cfr. Instrucción familia, 59 y 62. Cfr. Deus caritas est, 1), purificado y sostenido por la gracia de Dios, para afrontar esa misión con esperanza y entusiasmo: “‘en su estado y modo de vida, los cónyuges cristianos tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios’ (Lumen gentium, 11).

        No se puede pasar por alto sin empobrecimiento, al tratar de la educación en el ámbito familiar,  el papel importantísimo de los abuelos y mayores, que forman también parte de “la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría” (Gaudium et spes, 52). Integrados en la vida de la comunidad familiar y respetando la autonomía de la nueva familia, los ancianos pueden seguir participando activamente, uniendo a las distintas generaciones en sus raíces comunes; aportando su experiencia y su consejo, que enriquece espiritualmente a la familia.

 2. El ejercicio de la misión educativa en el hogar 

       El desempeño de la tarea educativa como servicio de amor se basa en el reconocimiento pleno de la dignidad de los hijos: “los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas” ( CEC, 2222). 

       Esta tarea, lógicamente, varía en sus formas y en sus contenidos a medida que los hijos van creciendo pero, incluso cuando la misión educativa de los padres cesa como responsabilidad directa con la emancipación de los hijos, permanece siempre de algún modo su función de consejo y de ayuda —singularmente mediante la oración—, siempre respetando la autonomía de los hijos y de sus familias.

       En todo caso, la tarea educativa de los padres debe tener bien presente que la formación en el hogar se basa más en el ejemplo y en el clima de la vida familiar que en enseñanzas formales o en la mera indicación de normas. Sin embargo, en la tarea educativa es preciso contar con la debilidad propia y ajena. Y desde este punto de vista, quizá no haya nada tan necesario y eficaz para una vida familiar verdaderamente formativa como saber reconocer los propios errores y defectos, pedir perdón y perdonar prontamente, y ayudarse mutuamente, con comprensión, a enmendarse.

        El mismo amor que estuvo en el origen de la nueva criatura como fuente de su vida, se transforma en “alma y, por eso en norma que guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor” ( Familiaris consortio, 36) 

3. Aspectos fundamentales de la educación familiar  

       Cabría sintetizar en breve espacio los aspectos fundamentales de la preocupación educativa de los padres, diciendo que debe orientarse especialmente a la formación para la libertad, a la formación para el amor y a la formación en la fe. Incidiendo en esta misión de la familia e intentando ayudar hay iniciativas positivas entre las cuales señalamos dos Hacer familia y La familia.info 

    a) Formación para la libertad 

       Sabemos que la libertad no consiste en la simple posibilidad de elegir arbitrariamente, sino en la capacidad de ser dueño de sí y gobernarse a sí mismo para dirigirse al bien verdadero.

        De ahí la necesidad de la educación de la persona para el recto uso de la libertad, mediante el aprendizaje de las virtudes humanas fundamentales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza, generosidad, sinceridad, lealtad, laboriosidad…), que disponen rectamente para el bien, arraigadas en las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que sanan, elevan y perfeccionan con la gracia de Dios la libertad humana, herida por el pecado e inclinada al mal.

        El Catecismo recuerda, a este respecto, que “la familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera” ( CEC, 2223)

       Teniendo en cuenta la fuerte impronta materialista de la cultura dominante, en la que habrán de desenvolverse, “los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones ‘materiales e instintivas a las interiores y espirituales”  (Centesimus annus, 36).

       No puede pasarse por alto, en efecto, la influencia educativa, casi siempre determinante, de un ambiente familiar de desprendimiento en el uso de los medios de comunicación y entretenimiento, de sobriedad en los gastos, de empeño consciente y concreto por mantener en el hogar un estilo cristiano de vida, que debe preparar a los hijos para adquirir una personalidad definida, que les lleve a ejercer responsablemente su libertad, sin dejarse arrastrar por el ambiente adverso. 

    b) Formación para el amor 

        Puesto que la persona está constituida en una esencial apertura al otro y se realiza plenamente por el amor, traducido en el don de sí mismo, una orientación fundamental de la educación es la capacitación para el amor verdadero. “En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del choque ente los diversos individualismos y egoísmos” (Familiaris consortio, 37), la familia encierra en sí la capacidad de transmitir, por experiencia, el verdadero significado del amor, frente a sus imágenes deformadas que se difunden hoy por muy diversos cauces: “como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia.

        Así, la familia constituye sin duda el medio natural para la iniciación de la persona, sobre todo para la asimilación de las actitudes que la hacen capaz de comprender su vocación fundamental al amor y responder a ella, bien por el camino del matrimonio o bien por el del celibato, según el don recibido de Dios.

        Y en este aspecto tiene especial importancia la educación en la virtud de la castidad, sin la cual se deteriora gravemente la capacidad de amar rectamente; y, junto a ella, una delicada y clara educación sexual, que es siempre responsabilidad primaria e irrenunciable de los padres[1]. 

     c) Formación en la fe 

        Toda la estructura íntima de la persona está determinada por su vocación fundamental al amor, que alcanza su pleno significado en la llamada a compartir, ya en la tierra y por toda la eternidad, la vida misma de Dios. De ahí que todas las dimensiones de la formación humana queden asumidas y reciban su sentido pleno en la condición de hijo de Dios que corresponde a cada persona.

       Por esta razón, junto a las otras facetas de la educación, hay que subrayar la necesidad específica de la educación cristiana, que no persigue solo la madurez humana,

      Corresponde a los padres, como primeros evangelizadores (Cfr. Lumen gentium, 11), la responsabilidad primaria de educar a sus hijos en la fe, formando en ellos —ante todo con la autoridad de su ejemplo de vida cristiana—, las disposiciones que servirán de base para edificar su vida como hijos de Dios, y mostrándoles cómo todos los valores humanos verdaderos alcanzan su plenitud en Cristo (Cfr. Familiaris consortio, 39).. 

4. La familia y otros sujetos de la tarea educativa

    a) Sociedad, bien común y subsidiariedad 

       La función de la familia como primera y principal comunidad educadora es, pues, insustituible. Sin embargo, la educación completa de las personas —especialmente en el campo de la enseñanza, en sus diversos niveles— requiere actualmente conocimientos, recursos técnicos y materiales que superan las posibilidades concretas de la educación familiar. Solo puede ser atendida adecuadamente a través de la solidaridad que une a las personas y a las familias, en orden al bien común, en los diversos niveles y espacios de la vida comunitaria (Cfr. CEC, 1878 ss).

        De ahí que la tarea educativa requiera la colaboración de toda la sociedad: “la familia es la primera, pero no la única y exclusiva comunidad educadora; la misma dimensión comunitaria, civil y eclesial, del hombre exige y conduce a una acción más amplia y articulada, fruto de la colaboración ordenada de las diversas fuerzas educativas. Estas son necesarias, aunque cada una puede y debe intervenir con su competencia y con su contribución propias” ( Familiaris consortio, 40)

        Se trata del principio de subsidiariedad, según el cual “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior [como, por ejemplo, la familia], privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común” ( Centesimus annus, 48; Pío XI, enc. Quadragesimo anno (1931). Cfr. CEC, 1882-1885).

         Conviene advertir que estos deberes corresponden, no únicamente a los poderes públicos (al Estado, como organización política de la sociedad), sino a la sociedad civil en general. Las familias, como parte esencial del tejido social, tienen el derecho y el deber de buscar recursos y unir esfuerzos para atender a las necesidades educativas, en la medida de sus posibilidades. Sin duda, esa acción social educativa es siempre de interés público, pero no necesariamente de iniciativa y gestión estatal. Puede afrontarse también mediante iniciativas de los padres, reunidos en asociaciones, cooperativas, etc.; o de otras fuerzas sociales[2].

        Por su parte el Estado, teniendo en cuenta el principio de subsidiariedad, debe evitar todo monopolio escolar (Cfr. Gravissimum educacionis, 6). Como garante del bien común y administrador de los medios económicos y técnicos para atender a las necesidades sociales, tiene la responsabilidad de asegurar:

         ·   El acceso de todos los ciudadanos a la educación, velando por el bienestar de los alumnos; la calidad de los profesores y planes de estudios y la buena gestión del sistema educativo.

        ·   La libertad de enseñanza, que incluye la de crear y mantener centros educativos, de modo que los padres puedan elegir según su conciencia las escuelas para sus hijos.

       ·   La justa distribución de los recursos públicos, aportados por todos los ciudadanos, para que esa libertad sea real y efectiva (Cfr. CEC, 2229; CIC, c. 797. Cfr. Familiaris consortio, 40).     

     b) La Iglesia en la tarea educativa 

         A la Iglesia corresponde también, “por singular motivo”, el deber de la educación, no solamente porque en ella, como en cualquier sociedad humana, se dan también los vínculos comunitarios de solidaridad que permiten y exigen participar en la tarea educativa; sino “sobre todo porque tiene el deber de anunciar a todos los hombres el camino de la salvación, de comunicar a los creyentes la vida de Cristo y de ayudarles con cuidado constante para que puedan alcanzar la plenitud de esa vida ( Gravissimum educationis, 3).

         En efecto, el oficio de enseñar es, junto con los de regir y santificar, parte esencial de la misión que ha recibido de Cristo para continuar ejerciéndola en su nombre y con su autoridad hasta el fin de los tiempos (Cfr. CEC, 871-873; 888 ss.; CIC, cc. 747 ss).

         La Iglesia no puede renunciar a esa misión sin desoír el mandato del Señor y privar a todos los hombres de la luz del Evangelio, que ella custodia y transmite. Para cumplir esa tarea educativa la Iglesia se sirve, ante todo, de los medios que le son propios: la predicación y la catequesis (esta última, con una importantísima dimensión familiar); pero también de todos los medios que puedan ser útiles para ese fin.

         La Iglesia, en efecto, “estima en mucho y busca penetrar y dignificar con su espíritu también los demás medios que pertenecen al patrimonio común de la humanidad y contribuyen grandemente a cultivar las almas y a formar a los hombres, como son los medios de comunicación social, los múltiples grupos culturales y deportivos, las asociaciones de jóvenes y, principalmente, las escuelas” ( Gravissimum educationis, 3;  cfr. CIC, c. 800)  

     c) Familia y escuela   

         Como ha afirmado Benedicto XVI, la función de la escuela “se relaciona con la familia como expansión natural de la tarea formativa de ésta”( Discurso, 24.VI.2005). La formación integral de los hijos exige, por esta razón, que exista una gran armonía entre el ámbito educativo familiar y el escolar —manteniendo cada uno de ellos sus competencias y su peculiaridad—, en cuanto a criterios y objetivos; o, cuando menos, que no haya discordancias de fondo entre ambos.

       Los principios esenciales que rigen la relación entre familia y escuela podrían sintetizarse así:

        ·   Los padres confían a la escuela una participación importantísima en la formación de sus hijos, pero se mantiene siempre su condición de primeros y principales responsables de la educación.

       ·   Precisamente por eso tienen, como acabamos de considerar, el derecho y el deber de elegir para sus hijos una escuela o colegio que les ofrezca garantías de una educación bien orientada.

      ·   Concretamente, los padres católicos tienen el deber de elegir, en la medida de lo posible, las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos, afrontando generosamente los sacrificios necesarios, si es el caso[3].

      ·   Además, “como complementario al derecho, se pone el grave deber de los padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y efectiva con los profesores y directores de las escuelas” ( Familiaris consortio, 40)

      .·   La coordinación y la colaboración activa entre padres y escuela, que tiene múltiples cauces y manifestaciones, es elemento fundamental de la educación ( Cfr. CIC, c. 796 § 2). 

      ·   Ante todo, a la hora de elegir en conciencia una escuela que colabore armónicamente en la educación cristiana de los hijos, debe tenerse en cuenta que para este fin no basta con la existencia de una asignatura de religión (Cfr. Pío XI, enc. Divini illius Magistri, 31.XII.1929, n. 49). La enseñanza de cualquier materia —especialmente de asignaturas como filosofía, historia, ética, ciencias naturales, biología…—  presupone siempre una concepción de Dios, del hombre y del mundo, que condiciona más o menos marcadamente el enfoque de la materia y las ideas que se transmiten. No cabe, desde ese punto de vista, una enseñanza neutra o aséptica, puramente técnica,

       ·   Pero, además, no es suficiente que en la enseñanza escolar no se transmitan errores o falsedades, sino que aspirando al más alto nivel en la calidad de la enseñanza, favorezca y complete, a través de su función propia, los aspectos fundamentales de la educación familiar que hemos considerado.

       ·   Teniendo en cuenta que la imagen del hombre y de lo humano difundida en la cultura actual presenta graves deficiencias y tergiversaciones, el deber de velar activamente por el desarrollo de la formación escolar es hoy más acuciante en lo que se refiere a ciertos contenidos educativos que inciden de manera muy directa en la formación de la persona. En particular, debe tenerse en cuenta que la educación sexual —tan decisiva para la capacidad de proyectar y construir la propia vida de acuerdo con la vocación fundamental al amor— es tarea irrenunciable de los padres, que tienen el derecho inviolable a que se imparta a sus hijos en sintonía con sus propias convicciones (Cfr. Familiaris consortio, 37)..

       ·   De ahí la importancia de garantizar que los hijos reciban una formación de calidad y conforme a los principios cristianos. Desde luego, esa formación incluye la enseñanza escolar de la religión, aunque no se agota en ella, como hemos indicado.

     ·   En suma, es preciso que la actitud activa de los padres sepa advertir a tiempo las deficiencias en la educación escolar de sus hijos, para ponerles el remedio oportuno y proporcionado. No hay que excluir que, en ocasiones, después de haber hecho oír infructuosamente su voz por los cauces de intervención que ofrece la organización escolar, se vean en la obligación de retirar a sus hijos de un centro determinado


[1] Cfr. Familiaris consortio, 37. Sobre el contenido y los criterios de la educación sexual, que es responsabilidad primaria de los padres, cfr. Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas en familia, 8.XII.1995.[2] Cfr. Congregación para la doctrina de la fe, Instrucción Libertatis conscientia, 22.III.1986, n. 24. La confusión entre lo público y lo estatal conduce a la conclusión —que obstaculiza por motivos ideológicos la libertad de educación— de que la enseñanza, en cuanto servicio público, es tarea exclusiva del Estado. Del mismo modo, la calificación de privada que se da a la enseñanza en colegios promovidos por los padres o por instituciones no estatales es confusa —en ocasiones interesadamente confundida—, cuando lleva a presentar la educación de los hijos conforme a las convicciones de los padres como si fuera un bien privado, un artículo de lujo, y no un derecho inalienable, parte esencial del bien común, que debe ser garantizado efectivamente —también en términos económicos— por los poderes públicos.

[3] Cuando una valoración objetiva y prudente de la situación educativa en un lugar lleva a comprobar que no existen centros apropiados, o al menos con las mínimas garantías imprescindibles para la formación cristiana de los hijos, la responsabilidad de los padres se manifestará muchas veces en promover con arreglo a las leyes estatales, junto con otros muchos padres, colegios adecuados. Desde luego, el esfuerzo que ello supone en todos los órdenes está bien justificado, ya que no hay bien mayor que los hijos y su formación. De ese modo, además, se facilita a otras muchas familias la posibilidad de llevar a sus hijos a colegios que nacen con la vocación de educar integralmente a las personas con arreglo a su verdadera dignidad, y se promueve un servicio de gran valor para toda la sociedad. Ya León XIII, en su encíclica Sapientiae christianae, de 10.I.1890, declaraba admirable el ejemplo de los católicos que se han empeñado en la creación y sostenimiento de colegios con esa orientación, y manifestaba que “conviene que este ejemplo tan saludable sea imitado”.

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Published in: on mayo 4, 2007 at 4:16 pm  Dejar un comentario  

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