Matrimonio y familia X

Amor conyugal y transmisión de la vida 

1.       La apertura a la vida, rasgo de identidad del matrimonio 

      El Concilio Vaticano II confirmó nuevamente la enseñanza según la cual “por su naturaleza misma, la propia institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación”( Gaudium et spes, 48).

      En efecto, como vimos al estudiar la esencia, las propiedades y los fines del matrimonio, la apertura a la fecundidad es una ordenación u orientación esencial de la unión conyugal, es decir, un fin que determina su modo de ser, y al que tiende por su propia naturaleza. No se trata, pues, de una finalidad añadida arbitrariamente al matrimonio por la voluntad de los cónyuges, sino de un dinamismo interior al amor propiamente conyugal: puesto que la potencial paternidad-maternidad es una dimensión propia de la distinción y complementariedad sexual entre varón y mujer, no es posible entregarse y aceptarse verdaderamente como esposo y esposa sin darse y recibirse, por eso mismo, como potencial padre y madre.         

La doctrina de la Iglesia subraya, en consecuencia, que

 CEC 2366.  La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento

  La consideración de la verdad revelada acerca del hombre nos ofrece elementos imprescindibles para profundizar en el significado y en la grandeza de este bien del matrimonio.

 2. La fecundidad conyugal en el designio de Dios

     a)      El origen de la persona humana y su singular dignidad 

          “Dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza (…). Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27)La singularidad de la criatura humana radica en ese vínculo particular y específico que la une con el Creador (un vínculo distinto y superior a la mera procedencia de origen, común a todas las criaturas): la vida del hombre se nos revela como un don gratuito en el que Dios comparte algo de sí mismo con él (Cfr. Evangelium vitae, 34).

        Y en virtud de esa donación de sí mismo que Dios hace al hombre, formándolo a su imagen, el ser humano tiene la dignidad de persona: no es algo, sino alguien. En la perspectiva de esta enseñanza bíblica fundamental se descubre el fin preciso para el que el hombre ha sido creado: se trata de la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma (Gaudium et spes, 24); la única que ha sido llamada, por la gracia, a participar en la vida divina, en una alianza personal con su Creador; y la única que puede ofrecerle libremente una respuesta de fe y de amor (Cfr. CEC, 356-357).

        Pero el misterio de la imagen de Dios en la persona humana va aún más allá: varón y mujer, en la peculiar unidad de los dos que se hace posible por su diversidad y complementariedad sexual, han sido llamados a tomar parte activa, como protagonistas, en el designio divino sobre el hombre. “En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando ‘una sola carne, puedan transmitir la vida humana: ‘Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra’ (Gn 1, 28).

        Al transmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador” (CEC, 372. Cfr. Gaudium et spes, 50; CEC, 1604)

         Ciertamente, todos los seres vivos, al reproducirse, continúan de algún modo la creación, dando lugar a otros seres semejantes a ellos que perpetúan su especie. Pero el carácter “único” de la cooperación del varón y la mujer en la obra del Creador radica en que los hijos nacidos de su unión no están formados únicamente a imagen de sus progenitores —como sucede en la reproducción de los otros vivientes—, sino a imagen de Dios (Cfr. Carta familias, 8 ).

      b) La misión conyugal de transmitir la vida 

          En efecto, la generación humana no da lugar solo a una continuidad biológica material, sino que en ella se transmite aquel mismo “aliento de vida”, aquel principio espiritual por el que el hombre es particularmente semejante de Dios (Cfr. CEC, 362-365; cfr. Carta familias, 9), en su unidad de cuerpo y alma.Indudablemente, dar origen al alma espiritual no está al alcance del poder del hombre: cada alma es creada directamente por Dios.(Cfr. CEC, 366)

        

Sin embargo, el Creador no se ha reservado en exclusiva el poder de crear nuevos seres humanos, sino que lo ejerce a través del amor conyugal entre varón y mujer, que queda así asociado de modo inseparable a su propio designio amoroso sobre el hombre: “Dios (…) los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana”

        En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella ‘imagen y semejanza’, propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por tanto, la continuación de la creación. Así pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de un nuevo ser, los padres se hallan ante un gran misterio“(Carta familias, 9).

       Este misterio, inscrito por el Creador en la misma verdad originaria del amor conyugal, está en la raíz de la misión fundamental e insustituible que corresponde a la familia, fundada en el matrimonio, en el plan de la creación y de la redención: el servicio a la vida, transmitiendo la imagen divina de hombre a hombre mediante la generación (Cfr. Familiaris consortio, 2. 

     c) La genealogía de la persona en el misterio de la procreación 

       La afirmación de que una realidad humana, algo tan natural y consabido como el modo en que los seres humanos vienen a la vida, es un misterio —en sentido teológico— quiere indicar que su significado y su valor no se agotan en los aspectos que pueden percibirse inmediatamente con la luz natural de la razón. Ni siquiera la profundización científica en las maravillas biológicas sobrecogedoras que forman parte de ese proceso alcanza a dar razón cabal de su verdadera dimensión, porque “la paternidad y maternidad humanas están basadas en la biología y, al mismo tiempo, la superan” (Carta familias, 9).

        En realidad, solo la revelación de Dios, con la luz de la fe, permite descubrir en qué consiste ese algo más que hace posible valorar —aunque siempre bajo cierto velo de misterio— el sentido pleno de la generación humana, “como acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los cónyuges, que forman una sola carne y también a Dios mismo que se hace presente” ( Evangelium vitae, 43)

        La fe descubre, con asombro agradecido, hasta qué punto se entrelazan el amor humano y el amor divino en el misterio de la procreación. Se adivina aquí la razón de que Dios, que solo por amor y para el amor creó al hombre y se vinculó de manera única a su suerte, haya querido que en el origen de toda persona humana se encuentre el amor: el amor conyugal de los padres como reflejo y participación del amor creador y paterno de Dios

CEC 2367.  Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (cf Ef. 3, 14; Mt 23, 9). ‘En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana’ (GS 50, 2).

Estas son las más profundas raíces de cada ser humano[1].

       La genealogía de la persona muestra, así, misteriosamente la grandeza de la dignidad humana: Dios no solamente ha amado al hombre en el principio, sino que lo sigue amando en cada concepción y nacimiento (Cfr. Carta familias, 9). Y este misterio muestra, a su vez, el genuino valor de la procreación y la trascendencia de la misión conyugal de transmitir la vida.   

3. El magisterio de la Iglesia, al servicio de la verdad del amor conyugal

     a)      Un magisterio que propone la verdad natural

           Es de gran importancia el servicio que presta el magisterio de la Iglesia a todos los hombres, cuando proclama y defiende la verdad del amor conyugal: “consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad; y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar” ( Familiaris consortio, 1).

            La verdad plena del amor conyugal lleva consigo exigencias morales muy precisas, que la Iglesia no deja de recordar con fortaleza, a pesar de las actitudes de rechazo que se le han opuesto —con particular intensidad desde la publicación de la encíclica Humanae vitae, de Pablo VI—, acusándola, no solo de ser insensible a las dificultades del mundo actual, sino incluso de mirar con recelo el amor humano (Cfr. Deus caritas est, 3).. Estas y otras acusaciones semejantes —de evidente intención tergiversadora— no resisten, sin embargo, un análisis sereno del auténtico contenido y fundamento de las enseñanzas de la Iglesia en materia de moral sexual y conyugal.

            Sin duda, ceder en ese magisterio moral, para hacerlo “aceptable”  a la mentalidad y a los estilos de vida que tratan de imponerse culturalmente, podría parecer un camino sencillo para granjearse popularidad a corto plazo; e incluso para hacer más fácil, a primera vista, para muchos cristianos la coherencia entre su vida y la doctrina católica (Cfr. Carta familias, 12). Pero la Iglesia sabe que esto supondría una gran traición a los esposos cristianos y a toda la humanidad.

          “La gente —explicaba Juan Pablo II— no escucha, por desgracia, más que los ‘no’ de la Iglesia, pero la respuesta de Dios al amor humano es un ‘sí’ entusiasta. Él es su fuente y su meta verdadera. Dios bendice el amor humano auténtico. El Creador lo ha querido. Cristo Salvador lo transfigura, hasta el punto de hacer de él el reflejo y el sacramento de su Alianza indisoluble. Los ‘no’ que la Iglesia pronuncia con claridad son simplemente la contrapartida de ese ‘sí’ entusiasta, el rechazo de las falsificaciones del amor. Porque cuanto más grande es el amor, más temibles son sus falsificaciones”.( Juan Pablo II, Alocución, 6.II.1987).

           Actuar en contra de ellas, por decirlo gráficamente, no es malo porque esté prohibido: está “prohibido” precisamente porque es malo para las personas, porque falsea y desvirtúa el verdadero bien del amor conyugal.Se trata de una asistencia, avalada por la autoridad espiritual transmitida por Cristo a su Iglesia, que ayuda a vivir con verdadera libertad el amor conyugal y, en ese sentido, es una enseñanza liberadora[2]. 

     b) Una propuesta liberadora 

         Como hemos estudiado, la libertad es camino de realización de la persona conforme a su verdadera dignidad. Su ejercicio recto consiste, por eso, en elegir lo que se reconoce como el bien auténtico, aunque no sea el más fácil de obtener, y comprometerse perseverantemente en su realización.En esta perspectiva, importa mucho subrayar que el recto orden del amor conyugal, tal como lo enseña la Iglesia en su magisterio, puede entenderse: es profundamente coherente con la verdad de la persona humana, de modo que la recta razón es capaz de descubrir esa coherencia y asumirla como criterio para guiar la propia libertad (Cfr. Juan Pablo II, Alocución, 18.VII.1984). Además, ese orden recto del amor puede vivirse: no se trata de un ideal hermoso pero poco realista, inalcanzable a causa de las dificultades que cada persona experimenta en sí misma y a su alrededor. Ciertamente, las dificultades existen y pesan, pero sería equivocado tomar la debilidad que procede del pecado como la auténtica medida de la dignidad y de las posibilidades del hombre, porque el hombre caído ha sido redimido por Cristo (Cfr. Juan Pablo II, Alocución, 1.III.1984).

            Así pues, considerando las cosas con realismo cristiano, vivir el amor conyugal conforme a su verdad íntegra —y por tanto, de acuerdo con el plan de Dios—, no supera las capacidades humanas, si bien la naturaleza caída necesita el auxilio de la gracia para ser capaz de aceptar y vivir esa verdad con todas sus consecuencias

            Contando con la gracia del sacramento del matrimonio, camino de santificación que recorren unidos a Cristo, los cónyuges cristianos pueden proponerse sin miedo vivir su amor defendiéndolo de las desfiguraciones del pecado y de la limitación  humana. Por eso, lejos de suponer una carga añadida, “el magisterio de la Iglesia de Cristo no es solo luz y fuerza para el Pueblo de Dios, sino que eleva sus corazones a la alegría y a la esperanza”, ante la posibilidad real de que su vida conyugal refleje plenamente la dignidad y la libertad de los hijos de Dios (Cfr. Rm 8,21. Cfr. Humanae vitae, 20).   

4. El significado humano de la sexualidad, fundamento de la moral conyugal 

            Para comprender el fundamento de la doctrina moral católica en este ámbito, es preciso tener presente la visión cristiana de la persona y el sentido de la sexualidad como cauce específico de comunicación y participación, a través del cual se realiza y se expresa la plena donación mutua en la comunión personal de varón y mujer (Cfr. Carta familias, 12; CEC, 2360 ss).

            Puesto que, como hemos explicado, la sexualidad humana no es una realidad puramente física o biológica, sino que “afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal” (Familiaris consortio, 11) No es posible separar rectamente, por tanto, entrega corporal y matrimonio, ya que el ejercicio de la sexualidad adquiere su significado pleno solo integrado en el amor conyugal: “los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud” ( Gaudium et spes, 49).

          La visión cristiana del amor humano aprecia y celebra la intimidad corporal de los esposos, como realidad querida por el Creador —por tanto, buena en sí misma—, que perfecciona y manifiesta aquel ser los dos una sola carne que, en el matrimonio cristiano, es representación real de la unión indivisible de Cristo con su Iglesia  y forma parte del camino de la santidad conyugal.

           A la vez, la doctrina moral de la Iglesia puntualiza que ese valor humano y cristiano solo se cumple auténticamente en el acto conyugal realizado —en expresión de la Const. Gaudium et spes que acabamos de recordar— “de modo verdaderamente humano”.

CEC 2366, 2 Por eso la Iglesia, que ‘está en favor de la vida’ (FC 30), enseña que todo ‘acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida’ (HV 11). ‘Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador’ (HV 12; cf Pío XI, enc. “Casti connubii”). 

         Conforme a la constitución natural de la persona humana, la unión sexual de varón y mujer —llamada propiamente acto conyugal porque, como hemos visto, su verdad plena se da exclusivamente en la unión entre marido y mujer— posee de suyo un doble significado:

          ·   Unitivo, porque es expresión humana del amor por el que los cónyuges se entregan y aceptan mutuamente para ser los dos una sola carne; y a la vez fomenta y alimenta ese amor, también a través del placer y el gozo —corporal y espiritual— asociados por naturaleza al acto conyugal, de tal modo que “la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual” (CEC, 2360)

         ·   Procreador, porque es el modo específico de cooperación sexual entre varón y mujer que se ordena, por su misma naturaleza, a la transmisión de la vida humana  

         Si ponemos en relación estos significados propios del acto conyugal con los fines del matrimonio, ya estudiados, advertiremos en seguida que ambos son inseparables. No cabe identificar de modo exclusivo el bien de los esposos con el significado unitivo, ni la procreación y educación de los hijos con el significado procreador, porque ambos fines del matrimonio están unidos de tal modo que no pueden darse de modo verdaderamente humano el uno sin el otro.

          En efecto, si se buscara la unión personal con el otro excluyendo voluntariamente su potencial paternidad o maternidad, faltaría la plena entrega-aceptación mutua que reclama la unión propiamente conyugal y, por tanto —en palabras ya recordadas de Juan Pablo II—, ni siquiera se daría un bien de los cónyuges digno de ese nombre (Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana, 2001, n. 5). 

         Si se buscara en el otro su capacidad generativa, excluyendo su aceptación como consorte y copartícipe de toda la propia vida conyugal, en realidad se le utilizaría como un instrumento, y no se daría una procreación propiamente humana, ya que la dignidad personal del hijo exige que sea engendrado y acogido en el seno de la íntima comunidad de vida y amor fundada y sostenida por sus padres. 

5. La mentalidad antinatalista y el misterio de la procreación

    a)      La comprensión del don de la vida

          El misterio de la procreación es profundamente humano, está arraigado en la misma constitución natural del amor conyugal y, por eso mismo, el corazón bien dispuesto se inclina a acogerlo, como demuestra indudablemente el hecho de que millones de personas, de todas las culturas y religiones, valoren y defiendan con intensa adhesión el don de la vida humana.

          Sin embargo, a las heridas causadas por el pecado en el entendimiento y en la voluntad, que han quedado debilitados en su adhesión a la verdad y al bien —especialmente cuando ésta exige confiar en Dios más que en los propios cálculos y recursos—, hay que añadir en esta materia la específica dificultad que se introduce en el recto amor conyugal, a causa de la cual la realización del amor conyugal conforme a su verdadera naturaleza no se da sin lucha y esfuerzo, apoyados en la ayuda del Señor.

        La comprensión del don de la vida no es ajena a los frutos del desorden introducido por el pecado en el corazón del hombre, que se refleja también en las mentalidades y en la cultura. Concretamente, en la actualidad, bajo el influjo de una profunda crisis cultural, que produce un verdadero eclipse del valor de la vida Cfr. (Donum vitae, 11), se ha difundido una mentalidad que, con diversas razones y manifestaciones, rechaza o desfigura también la verdad de la procreación. 

    b) El oscurecimiento cultural del don de la vida 

        Toda visión reductiva del sentido de la sexualidad humana lleva aparejada, necesariamente, una visión también empobrecedora de la procreación. De hecho, la separación entre sexualidad y procreación —especialmente mediante la anticoncepción y el aborto— es elemento clave de toda pretendida liberación sexual, e implica siempre una despersonalización o cosificación de la sexualidad (ya que no es posible despojarla arbitrariamente de aspectos esenciales de su significado pleno sin que pierda la dignidad que posee como sexualidad personal, y la capacidad de ser expresión auténtica del amor conyugal.

         La despersonalización de la sexualidad lleva a entender el sexo como un instrumento al servicio de la realización del yo, con la grave limitación que ello supone para la comprensión y realización del don verdaderamente conyugal de sí mismo.

         Este tipo de tergiversaciones del sentido de la procreación fomentan un temor egoísta a los hijos, y desembocan incluso en la consideración del hijo como un mal o como un intruso que ha de evitarse. En el mismo contexto aparece, lógicamente, la absolutización del deseo personal (o conjunto de la pareja) como único criterio de la procreación, que implica frecuentemente la consideración del hijo como un derecho, como un objeto o, incluso como un producto.

         En la difusión de la mentalidad contraria a la vida han influido también notablemente teorías demográficas, elaboradas en los últimos siglos, que han presentado (a veces con groseras manipulaciones de datos y cálculos) el crecimiento de la población como una gravísima amenaza para la supervivencia de la humanidad.

          Esta estrategia de presentar e imponer las medidas antinatalistas como única vía para el desarrollo —en lugar de fomentar adecuadas políticas familiares y sociales y una mejor obtención y distribución de los recursos que haga posible la vida digna— obedece con frecuencia a intereses ideológicos, o de dominio económico o político.

         También en los países económicamente desarrollados se ha extendido una particular versión del miedo a la vida. No ya el temor a carecer de lo necesario para sobrevivir, sino “el excesivo bienestar y la mentalidad consumista, paradójicamente unidos a cierta angustia e incertidumbre ante el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida, en muchas ocasiones, no se ve ya como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse”( Familiaris consortio, 6)

         El desconcierto de muchos acerca del valor de la vida —debido a la presión cultural—, la inseguridad por no sentirse preparados para asumir la grave responsabilidad de los hijos, o incluso el pesimismo ante el mundo que se encontrarán los que nazcan, provocan también un oscurecimiento del valor de la vida, que lleva a ver el nacimiento de un nuevo ser como un mal —para él mismo—, o al menos como un bien dudoso (Cfr. Familiaris consortio, 30; Donum vitae, 18.) 

      c) La visión cristiana 

         Sin embargo la recta razón sigue siendo capaz de orientar el corazón del hombre hacia su verdadera dignidad, abriéndose paso entre las sombras que amenazan con oscurecerla. Y en esa búsqueda encuentra la luz de la fe cristiana, que muestra y proclama inequívocamente el valor incomparable de la vida humana.

          Frente a la tentación de pensar que una nueva vida solo viene a reclamar esfuerzos y responsabilidades y no aporta nada, la recta mirada humana, iluminada por la fe, comprende que es siempre un don (Cfr. Carta familias, 11):

           ·        Para el recién nacido: su vida es el primer don del Creador a la criatura.

           ·        Para la familia, que está presente ya en el matrimonio: si el bien propio de los esposos, en cuanto unidad de los dos, proviene del amor esponsal que les lleva a entregarse y aceptarse mutuamente con la disposición de dar y acoger la vida, el bien común de la familia se enriquece por ese mismo amor concretado en el hijo.

           ·        Para cada miembro de la familia: el nuevo hijo hace de sí mismo un don a los hermanos y a los padres, que con él se realizan personalmente en la dinámica de amor y donación propia de la comunión de personas que es la familia.

          ·        Para la sociedad: en definitiva, el bien común de toda la sociedad está en el hombre, que constituye su sentido y su riqueza. Un bien común que no parta de la consideración de que la vida es un don primario y tanto más la vida de inocentes es un sueño trágico del que cada vez mas personas están despertando como lo manifiesta el testimonio de esta ginecóloga 

6. Procreación y responsabilidad

    a)      Paternidad responsable

          “En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana” ( Gaudium et spes, 50)Esta exhortación del magisterio conciliar a la “paternidad responsable” se refiere ante todo a la responsabilidad de los esposos de colaborar con Dios ejerciendo la facultad conyugal de transmitir la vida (conviene aclararlo porque con frecuencia se limita su sentido a la regulación de la procreación, que es solo uno de sus aspectos).

       La afirmación de que los cónyuges han de considerar que esta es su misión propia significa, en efecto, que el planteamiento de su proyecto familiar no puede construirse sobre la base de una actitud restrictiva o calculadora respecto a los hijos. Por el contrario, la santidad y la belleza de esa misión de cooperar con el amor del Creador piden de los esposos la disposición decidida de realizar su amor en generosa apertura a la fecundidad que Dios quiera concederles. Como hemos considerado anteriormente el miedo a los hijos no es una actitud cristiana, ni deriva de una apreciación humanamente recta del valor inmenso de la vida.

       Esto no significa que la doctrina de la Iglesia —como se le atribuye maliciosamente en ocasiones— exija que cada matrimonio tenga todos los hijos que física o biológicamente pueda engendrar a lo largo de su vida fértil. El pasaje conciliar que comentamos precisa, por el contrario, que los cónyuges son, en cierto modo, intérpretes del amor Creador de Dios: la cooperación que Dios les pide es humana, es decir, libre y responsable (Cfr. Humanae vitae, 1). Por tanto, los esposos deben decidir en conciencia —procurando tener una conciencia bien formada, a través del estudio, el consejo prudente y la oración sincera— cómo han de cooperar en sus circunstancias particulares con el amor de Dios. 

    b) Paternidad responsable y regulación de la procreación 

CEC 2368 Un aspecto particular de esta responsabilidad concierne a la ‘regulación de la procreación’. Por razones justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos. En este caso, deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable.

          Esta última advertencia resulta especialmente importante, teniendo en cuenta la influencia, muchas veces inconsciente, que el ambiente cultural puede ejercer sobre los esposos, a la hora de valorar sus posibilidades reales.

         En efecto, no puede darse por supuesto, como punto de partida, que se dan siempre razones justas para postergar el nacimiento de los hijos o limitar su número conforme a un uso social más o menos extendido. Por el contrario, lo normal es la disposición de servir generosamente a la vida —a veces incluso a costa de sacrificios heroicos (Cfr. Humanae vitae, 3)—, confiando con serenidad en la ayuda de Dios, que es siempre más generoso que los hombres. Sin embargo, aun con esta disposición, es posible que razones serias y meditadas, derivadas de sus condiciones físicas o psicológicas o de circunstancias externas (Cfr. Humanae vitae, 16), aconsejen o incluso exijan a los esposos, a su pesar, ejercer su responsabilidad espaciando los nacimientos o —ante razones especialmente graves— renunciando a ellos indefinidamente.

        Así pues, para que sea lícito procurar que no se produzca un embarazo mientras haya razones justas para ello, la primera condición que exige la naturaleza misma del amor conyugal es la recta intención de los esposos y la valoración en conciencia de la seriedad de esos motivos.

        Además, una vez tomada responsablemente esa decisión, los medios que se pongan para ese fin deben respetar también la verdad del amor conyugal: es decir, no privarlo nunca voluntariamente de su plena significación, ya que solo “salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad” ( Humanae vitae, 12)

         Esta es la razón de que el magisterio de la Iglesia en su Catecismo afirme que

CEC 2370.  La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los períodos infecundos (HV 16) son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica. Por el contrario, es intrínsecamente mala ‘toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación’ (HV 14)[3].

          Tales medios son ilícitos porque corrompen la verdad del acto conyugal: lo privan interiormente, de modo voluntario, de la apertura a la vida y, por tanto, del significado procreador; pero también de la autenticidad de la entrega entre los esposos (significado unitivo), que no puede ser plena en ese acto cerrado artificialmente a la fecundidad[4].

        Sin embargo, el recurso a los métodos naturales, siempre que reúnan las condiciones señaladas, suponen una preparación y unos conocimientos que comprometen a los dos esposos. Existen páginas web de asociaciones y organizaciones dedicadas a la educación en los métodos naturales que ofrecen información científicamente actualizada: cfr., por ejemplo, http://www.renafer.org, http://www.ieef.org. http://www.woomb.org/index_es.html 

      c) Paternidad responsable y mentalidad anticonceptiva 

          La razón de la profunda diferencia entre los métodos naturales y la contracepción no es, como puede deducirse de lo expuesto, una cuestión puramente material (de métodos), sino antropológica y, en consecuencia, moral: “implica (…) dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí” (Familiaris consortio, 32). Y la línea divisoria está marcada precisamente por el respeto a la verdad y a la dignidad  de la persona y del amor conyugal, que quedan manipulados y envilecidos siempre que se separan voluntariamente los dos significados del acto conyugal (Cfr. Juan Pablo II, Alocución, 22.VIII.1984): “al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no solo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal” ( Familiaris consortio, 32)

        Hasta tal punto es así, que los métodos naturales, usados con actitud e intención anticonceptiva —es decir, queriendo el acto conyugal solamente en cuanto excluye  la fecundidad—, serían también moralmente ilícitos. En cambio, “cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como ‘ministros’ del designio de Dios y ‘se sirven’ de la sexualidad según el dinamismo original de la donación ‘total’, sin manipulaciones ni alteraciones” ( Ibidem). 


1 “La paternidad y la maternidad, como el cuerpo y como el amor, no se pueden reducir a lo biológico: la vida solo se da enteramente cuando junto con el nacimiento se dan también el amor y el sentido que permiten decir sí a esta vida. Precisamente esto muestra claramente cuán contrario al amor humano, a la vocación profunda del hombre y de la mujer, es cerrar sistemáticamente la propia unión al don de la vida y, aún más, suprimir o manipular la vida que nace” (Benedicto XVI, Discurso, 6.VI.2005).[2] “Cuando el hombre oye hablar de ley moral, piensa casi instintivamente en algo que se opone a su libertad y la mortifica. Pero, por otra parte, cada uno de nosotros se reconoce plenamente en las palabras del Apóstol, que escribe: ‘me deleito en la ley de Dios según el hombre interior’ (Rm 7,22). Hay una profunda consonancia entre la parte más verdadera de nosotros mismos y lo que la ley de Dios manda, a pesar de que, usando de nuevo las palabras del Apóstol, ‘en mis miembros siento otra ley que repugna a la ley de mi mente’ (Rm 7,23). El fruto de la redención es la liberación del hombre de esta situación dramática y su capacitación para un comportamiento honrado, digno de un hijo de la luz (…). La verdad expresada por la ley moral es la verdad del ser, tal como es pensado y querido no por nosotros, sino por Dios, que nos ha creado. La ley moral es ley del hombre porque es ley de Dios” (Juan Pablo II, Alocución, 27.VII.1983).

[3] La OMS considera métodos naturales aquellos que se basan en  la observación y reconocimiento por parte de la mujer de las fases fértiles de su ciclo ovárico y en la continencia en los períodos fértiles. Los métodos actuales (métodos de temperatura basal, Billings, de lactancia y amenorrea), cuando son correctamente empleados, presentan según estudios recientes una eficacia de entre el 97,2 y el 99,6% (cfr. J. de Irala-Estévez [como investigador principal de dos centros españoles] por The European Natural Family Planning Study Groups. “European multicenter study of natural family planning (1989-1995): efficacy and drop-out”. Advances in contraception 1999; 15:69-83). Para una explicación más detallada, cfr. VV.AA. (M.A. Monge, ed.), Medicina pastoral, 3ª ed., Eunsa, Pamplona 2003, pp. 286 ss.

[4] El magisterio eclesial precisa que el hecho de que, en conjunto, la vida de unos esposos haya estado antes y vuelva a estar después abierta a la fecundidad, no legitima el uso esporádico o circunstancial de medios anticonceptivos: cada acto conyugal así desvirtuado resulta de suyo gravemente ilícito, por las razones explicadas (cfr. Humanae vitae, 3, 14).

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Published in: on mayo 3, 2007 at 12:20 pm  Dejar un comentario  

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