Cuidar el amor

           La persona casada como la soltera que ha hecho un pacto de amor por el “reino de los Cielos” ha de construir día a día el futuro de su amor tanto si es conyugal como si es total o virginal. El matrimonio es “promesa” de amor y no sólo “pacto” o convenio. “Hoy en día es frecuente una versión débil y pactista del amor, que consiste en renunciar a que no se pueda interrumpir. Este modo de vivirlo se traduce en el abandono de las promesas: nadie quiere hacer compromisos de elección futura, porque se entiende el amor como convenio, y se espera que dé siempre beneficios” (Ricardo Yepes, Manual de Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana. ).

             Para tratar del amor por el Reino viene muy bien aquel punto 171 de Camino de San Josemaría: “El Amor… ¡bien vale un amor!” , pero también sirve para hablar del amor conyugal, pues el Amor con mayúscula, quiere decirse, por Dios, es para todos y ese Amor conviene “guardallo”, en expresión de tantos de nuestros escritores del Siglo de Oro.

              Podríamos pensar en que las cosas se pueden guardar de distinta manera y por motivos diversos. A veces se guardan las cosas por vergüenza o por un mal entendido sentido social de inferioridad, como esas noticias que, a veces, nos llegan de que han tenido escondido a un pobre enfermo años y años en condiciones infrahumanas, para que no lo vean; o se guardan y se encierran porque son un peligro, como los toros de las fincas de aquí de Córdoba, que dicen que sueltos no hacen nada, pero mejor verlos desde el otro lado de la cerca. No es este el caso del corazón.

             También se guardan los tesoros como hacen los piratas, aunque luego dejan sus planos del tesoro aunque sean escritos en el propio cuero cabelludo; o lo que me han contado que dicen que le pasó al Capitán Cortes, el de la Virgen de la Cabeza, que la escondió tan bien y sin decírselo a nadie, por seguridad, que después de su muerte en la defensa del Santuario, no han podido encontrar aún la verdadera y autentica imagen. O las porcelanas costosas de Sèvres en una vitrina para que la gente las admire. Tampoco es así como se ha de guardar el corazón.

             jardin de amorEl corazón sería mas bien como un jardín esplendoroso que queremos cultivar para nuestro Amado y que guardamos para que no entre quien no debe, que no tenga plagas, que los topos no le hagan galerías ni destrozos, que los pájaros no se coman los frutos, que en ellos no entre la gente para hacer botellones como pasa en algunos jardines como dicen que sucedeen el alcázar de Córdoba.

             Es algo precioso y por eso lo cuidamos y guardamos para nuestro Amor. Es una comparación muy añeja en la mística cristiana, como En la noche oscura de San Juan de la Cruz en cuya sexta canción se lee

                             En mi pecho florido,

                             que entero para él solo se guardaba,

                              allí quedó dormido,

                               y yo le regalaba,

                               y el ventalle de cedros aire daba.            

             O en El cántico espiritual de Santa Teresa de Jesús, en los versos de la Amada a partir de la canción 14                                   

                              Mi Amado, las montañas,

                              los valles solitarios nemorosos,

                              las ínsulas extrañas,

                              los ríos sonorosos,

                              el silbo de los aires amorosos, 

                              la noche sosegada

                              en par de los levantes del aurora,

                              la música callada,

                              la soledad sonora,

                              la cena que recrea y enamora. 

                              Cazadnos las raposas,

                              que está ya florecida nuestra viña,

                              en tanto que de rosas

                              hacemos una piña,

                              y no parezca nadie en la montiña.

              O en tiempos más recientes El jardín del Amado del inglés Robert E. Way del que podemos ver un capítulo sobre la valoración de los bienes del amor.

             Así describía aquel cuidado del jardín, San Josemaría en uno de sus Apuntes íntimos:                        

“Jesús, que mi pobre corazón sea un paraíso donde vivas Tu: que el ángel de la guarda lo custodie con espada de fuego con la que purifique todos las afectos antes de que entren en mi pobre corazón (Cuadernos IV n. 397, 17-XI-1931)

             Guardar el corazón es, pues, cuidarlo, mimarlo, educarlo, exigirle cuando se pone tonto. Como en un jardín, se le riega y se le abona, se le limpia y también se poda y a veces se arrancan los árboles dañados por la procesionaria para que no afecte a los demás. Y no dejamos que entren animalejos ni alimañas, por eso vigilamos las entradas que son los sentidos externos, la vista (que trata de  trabajar por la calle, en la tele, en Internet, que se fija demasiado en las personas con las que trabajamos o tratamos), el oído (en conversaciones, en la radio), el gusto en general (comidas, aficiones, inclinaciones) para que en nuestro corazón entren muchas cosas y personas, pero siempre para servicio del Dueño del corazón. También tenemos centinelas en las potencias internas, “los ojos del alma” en expresión de San Josemaría: memoria, imaginación (la loca de la casa), cavilaciones, preocupaciones etc. para que estén al servicio del Amor. Estos centinelas han de ser rápidos e intrépidos como leemos en Camino n. 167“¡Ah, si hubiera roto al principio!”, me has dicho. -Ojalá no tengas que repetir esa exclamación tardía”.            

               Otro campo interesante para tener el corazón bien dispuesto a un amor entregado es evitar todo aburguesamiento acomodaticio al mínimo esfuerzo, al ir tirando, como también lo aconseja San Josemaría en Forja n. 89:

 “Contra la vida limpia, la pureza santa, se alza una gran dificultad, a la que todos estamos expuestos: el peligro del aburguesamiento, en la vida espiritual o en la vida profesional: el peligro -también para los llamados por Dios al matrimonio- de sentirse solterones, egoístas, personas sin amor.

-Lucha de raíz contra ese riesgo, sin concesiones de ningún género.”

           Porque como explica en la homilía de La vocación cristina en su libro Es Cristo que pasa el propio Fundador del Opus Dei   

“La concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de los sentidos en general, ni la apetencia sexual, que debe ser ordenada y no es mala de suyo, porque es una noble realidad humana santificable. Ved que, por eso, nunca hablo de impureza, sino de pureza, ya que a todos alcanzan las palabras de Cristo: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios [Mt V, 8.]. Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. No es negación, es afirmación gozosa.(…)Decía que la concupiscencia de la carne no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios”

            Por ello, lo propio de los cristianos que quieren amar con un amor hermoso no es solo vigilar para que no haya malas hierbas, sino también para que en nuestro corazón haya afectos acordes con el amor de los amores, Jesucristo. Hemos de tener el corazón también lleno de personas queridas por razón de familia, de amistad, de trato apostólico, etc como corresponde a un corazón vivo y vibrante. Si toda esta gente está en el jardín a gusto y bien cuidados y llegara alguien no invitado que se ha colado por algún centinela despistado, pongamos por caso, entre todos le echarán, o él mismo se irá al ver que está fuera de lugar. 

            Si nos ponemos en el caso de la castidad matrimonial cuidar el jardín del amor puede tener dos aspectos: “afirmación afirmativa” y “negación afirmativa”

           a) “Afirmación afirmativa”

            La virtud de la castidad en la vida conyugal lleva a fomentar positivamente el amor hacia el otro cónyuge, con ingenio. Algunas posibles manifestaciones: dedicar cada día unos minutos a pensar muestras de cariño y delicadeza para con el cónyuge; expresarle con frecuencia que se le ama y agradecerle que se lo diga; procurar sorprender con algún detalle que no esperaba y que manifiesta interés; encontrar ratos para estar, conversar y descansar a solas, en las mejores condiciones posibles, y fomentar la atracción mutua.

          b) “Negación afirmativa”

          Consiste en evitar todo lo que pudiera enfriar ese amor. El sentido de esa “negación” es eminentemente positivo: se trata de que el amor conyugal crezca. Se ha de saber guardar las distancias con personas del otro sexo en el ambiente de trabajo, o de estudio, o en viajes, etc. El hecho de estar casados no debe llevar a quitar importancia a familiaridades. Las manifestaciones de confianza que se tienen con el propio cónyuge se deben evitar con otras personas. Por ejemplo: no quedarse a solas en una habitación, o en el coche, o en un viaje profesional, etc.; no hablar de los problemas personales que se hablan con el propio cónyuge, ni escucharlos admitiendo confidencias íntimas que pueden crear lazos, ni buscar en esas otras personas la “comprensión” que no se encuentra en el cónyuge, etc. En este punto es fácil ser ingenuos, olvidando que a veces cualquier otra mujer o cualquier otro varón está en mejores condiciones que el propio cónyuge para presentar “intermitentemente” su cara amable. Es un error pensar que se pueden guardar menores cautelas con las personas de otro sexo que sean físicamente menos agraciadas. La experiencia dice que en estos casos se dan con más facilidad confidencias impropias y espacios de intimidad que al principio parecen insignificantes (un problema de un hijo, un proyecto matrimonial que se contrasta, un consejo para el regalo al propio cónyuge…), pero que va tejiendo una red de hilillos que se hace difícil cortar, y que a veces casi ni se percibe como algo negativo, hasta que un día, en un momento de especial sensibilidad y de menores defensas se puede caer en una grave infidelidad.

              El momento que vivimos puede llevar a insistir más en la negación, por las múltiples sugestiones del ambiente. Sin embargo es más importante la “afirmación afirmativa”. Hay que animar a las personas casadas a empeñarse en conquistar al esposo o la esposa una y otra vez, amándoles como desean ser amados; a saber alimentar un amplio ámbito de intimidad matrimonial, compartiendo los pensamientos, comunicando oportunamente los estados de ánimo, buscando formar un solo corazón.

                  La idea de cuidar el jardín del corazón tanto los casados como los que han dado entero su corazón para Dios es la del punto 133 de Camino “Los santos no han sido seres deformes; casos para que los estudie un médico modernista. Fueron, son normales: de carne, como la tuya —Y vencieron.”

                Y está ya expresada en una carta del Autor de abril del 1938 dirigida a un joven ingeniero, al que exhorta a la fidelidad: “Los santos –que no eran seres deformes, sino bien conformados, como tú y como yo– sentían esa “natural” inclinación (…) Por eso, visto el camino, veo –si no hay otros motivos: cuando nos veamos, charlaremos- veo que una cara bonita no debe ser obstáculo para un hombre decidido y bien enamorado” (Carta del Autor, Burgos 8.IV-1938)                         Visto el camino, he aquí la clave para la fidelidad tanto de unos como de otros, la clave para cuidar que el jardín del amor de frutos auténticos en ellas y en ellos.

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Published in: on abril 7, 2007 at 4:57 pm  Dejar un comentario  

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