Matrimonio y familia V

La persona humana, masculina y femenina

 1. Varón y mujer: dos modos de ser persona humana

     La dimensión sexuada o sexualidad de la persona humana aparece clara en frase del CEC:

     “La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma”

.     No es sólo una diferencia física, biológica o psíquica, sino además de todo esto es el modo humano de vivir como persona: se es persona desde y a través de la condición de varón o mujer.

      Además, como ya hemos visto, todo en el ser humano es imagen y semejanza de Dios; también el cuerpo, con todas sus características, pues es un cuerpo animado que constituye la persona humana Es en el cuerpo donde se da la masculinidad y la feminidad, pero toda la persona viene modalizada, se  configura enteramente en los dos modos de ser la persona humana, desde lo más material a lo más espiritual.

       En consecuencia, la afirmación de que el hombre es persona            

           “se aplica en la misma medida al varón y a la mujer,  porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal” (Mulieris dignitatem, 6; cfr CEC 2331)

        Por ello, el varón y la mujer al ser persona humana son iguales en su naturaleza, en lo que son, en su dignidad de origen y en la grandeza del fin. Y a la vez son diversos, pues su participación en la común naturaleza humana se da según los dos modos distintos: se es persona masculina o persona femenina.  

 2. La sexualidad se da como complementariedad 

     No se trata por la condición sexuada de ser diversos como son distintos la encina de la higuera, por ejemplo, sino de una distinción que presenta una orientación de sentido, de tal modo que, justamente por se distintos, varón y mujer se complementan en aquello en que se diferencian, están hechos, desde este punto de vista “el uno para el otro” (ref. CEC 371 y ss). Esta verdad natural es de capital importancia y constituye ell presupuesto fundamental para comprender la naturaleza del matrimonio. Vayamos a desglosarla en varias afirmaciones sucesivas.

 a) La diversidad sexual es un hecho natural, no un producto

     Queremos decir con esto que el hecho de ser sexuada la persona humana es constatable en la normalidad del plano físico, biológico, psíquico, espiritual y social. Es una realidad anterior a pautas culturales o a comportamientos establecidos por unas sociedades determinadas, ni como fruto de una construcción jurídica determinada mas o menos artificial: es una realidad previa a toda sociedad, cultura y norma

      Reducir la dimensión sexuada a una opción sobre la oluntadón  sexual, como una más de las posibilidades abiertas a la libertad individual y susceptible de una sanción jurídica que la cohoneste, supone alterar la biología, la historia, la ciencia y el derecho. Pero sobre todo manifiesta una oluntad arbitraria, de sustituir las realidad comprobable con el sentido  común, sin prejuicios, por una construcción ideológica: buena prueba de ello es que se intenta imponer con una deconstrucción ideológica y cultural previa. Como explica la doctora Elósegui en su libro “Hombres y Mujeres ante los Derechos Productivos y Reproductivos” vemos cómo esa  construcción de la identidad sexual al margen del sexo biológico es factible debido a la libertad humana y a que los seres humanos no estamos determinados por  la biología. Pero el que lo podamos hacer (siempre dentro de unos márgenes, ya  que no podemos cambiar nuestro ADN masculino o femenino), no quiere decir que el  saldo sea positivo, sino que afectará a la construcción de la personalidad. De manera que el resultado no es indiferente. b) Mujer y varón son complementarios por su diversidad sexual.

      La complementariedad viene asentada específicamente por el hecho de la diferenciación sexuada. Y la dimensión sexuada no se reduce a unas diferencias superficiales. Afecta a toda la persona, con su profundidad propia y por eso aporta una riqueza en el modo de ser que es, en parte, característica del varón o de la mujer.

       A cada una de las dos modalidades de la persona humana corresponden variedades y matices propios en el modo de percibir la realidad, de responder a estímulos o situaciones determinadas, de valorar, de sentir, Pero, en rigor, no hay cualidades o defectos exclusivamente masculinos o femeninos. Cualquiera de ellos, más o menos típicos de unos o de otras, (fortaleza, ternura, competitividad, intuición etc, etc) se dan tanto en el varón como en la mujer, aunque estadísticamente algunos se den con acentos diversos en uno y otra. Como manifiesta la catedrática doctora Jutta Burggraf “Probablemente nunca será posible determinar con exactitud científica lo que es “típicamente masculino” o “típicamente femenino”, pues la naturaleza y la cultura, las dos grandes modeladoras, están entrelazadas, desde el principio, muy estrechamente.”

       Tampoco la complementariedad se expresa adecuadamente por el símil popular de la media naranja. En primer lugar, una media naranja es la mitad de algo y en cambio una persona ya es una unidad completa en sí misma. En segundo lugar una media naranja es naranja del mismo modo que la otra mitad, mientras que la persona masculina y la femenina son modalizaciones diferentes del ser humano personal.                

        Por último dos medias naranjas no se atraen entre si, no interactúan entre sí ( a lo sumo se yuxtaponen completando una naranja entera, mientras que el varón y la mujer están constituidos de tal modo que se actúan atrayéndose uno respecto del otro: como sigue diciendo Burggraf  “Por esto, el varón tiende “constitutivamente” a la mujer, y la mujer al varón. No buscan una unidad andrógena, como sugiere la mítica visión de Aristófanes en el “Banquete”, pero sí se necesitan mutuamente para desarrollar plenamente su humanidad.

          La complementariedad, por otro lado, no se queda en cada persona determinada en un plano abstracto o genérico, sino que ese es el presupuesto y el punto de partida que hace posible establecer una concreta y precisa relación interpersonal –entre ese hombre y esa mujer- que define y es propia del amor esponsal Es la enseñanza que señala el número 2333 del CEC                         

         Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y    aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

           Al mismo tiempo que hay otros niveles de comunicación entre personas por los que se establecen vínculos determinados, por ejemplo en cuanto parientes, vecinos, colegas, amigos etc. existe un plano potencial (como posibilidad natural) que viene dado específicamente por la diferencia de sexo en la persona y que se muestra como una peculiar estructura ontológica (es decir, asentada en el ser) de comunicación afectiva (con el otro), de  participación (en la intimidad del otro, por el conocimiento) y comunión interpersonal (por la relación amorosa). En efecto, nos enseña el CEC la condición sexuada 

           Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro. (2332)

       c) La inclinación natural entre los sexos

           La diversidad sexual se traduce espontáneamente en la inclinación y la atracción hacia la persona del sexo diferente.

            Normalmente esa tendencia sexual diferenciada se polariza hacia una persona concreta y se encauza por el amor. Queremos decir que la sexualidad al ser una dimensión de toda la persona –unidad de cuerpo animado, no sólo impulso corporal o afectividad sensible sino también entendimiento y voluntad- inclina no imponiéndose automáticamente al sujeto, dominándolo, sino que orienta su voluntad y le invita a ponderar.

             La atracción física suele ser el primer impulso en el amor matrimonial. Hay cónyuges que pretenden instalarse en este nivel, con la perniciosa consecuencia de que la incapacidad de trascender esta sensación y convertirla primero en hondo sentimiento y después en amor cabal, conduce irremisiblemente a tratar a la persona como si fuera una cosa, un objeto ¿Es malo este nivel? No. El error consiste en considerarlo esencial y quedarse en él. En realidad ahí comienza, pero no acaba el amor.                

             El siguiente nivel es el enamoramiento. Lo que impulsa a decir, más allá de la atracción física: ¡qué bien se está contigo! Es un nivel más elevado que el anterior, al que engloba y asume. Se va descubriendo y apreciando la personalidad del cónyuge, sus cualidades morales, su modo de ser. También hay quien se instala en esta fase de un sentimiento agradable, incluso embriagador.

               El amor de la voluntad. En opinión de Javier Vidal_Quadras en su libro Después de amar te amaré, es el nivel plenamente humano, el de la voluntad inteligente y libre que decide amar al cónyuge y entregarse a hacerle feliz, más allá de las sensaciones y sentimientos que le suscita. Una voluntad que, por así decir, agarra con fuerza el corazón y lo lleva donde quiere: a la persona amada, en todo momento, lugar y circunstancia. Una voluntad que afirma: amo y quiero amar cada vez más. Como ha escrito un clásico de la literatura: “No me he casado contigo sólo porque te quería, sino para quererte cada día más”.

                  Lo propio de la persona humana es integrar en una unidad de sentido todas las diversas inclinaciones, instintos, emociones, etc –fisiológicas y afectivas- que experimenta. Esta unificación o coherencia viene dada por el acto de la voluntad por el que elige y ordena sus acciones libres al fin que entiende, por su inteligencia, como su fin integral.

                  Por ello, la inclinación sexual es normal y natural, en el sentido de que ordinariamente se da en toda persona, varón o mujer, normal y naturalmente constituida, a partir de la pubertad. Pero la respuesta personal a esa inclinación no procede sólo de la fuerza de la naturaleza, sino de la fuerza de la libertad, por aquello de que se acoge o rechaza tal atracción o la atracción de tal o cual persona. Efectivamente una atracción enamoradiza puede acaecer de casi infinitas maneras pero nadie se enamora sin querer, sin contribuir, quizá inconscientemente, a dejarse enamorar.

             d) Por la propia naturaleza existe una relación –radical, originaria y exclusiva- entre la unión sexual del varón y la mujer y la posibilidad de engendrar.

                 Es una vinculación ciertamente biológica, a primera vista análoga a la que existe entre cualquier animal macho y hembra de las especies sexuadas. Pero no olvidemos que estamos hablando de modos de ser persona humana en su masculinidad o feminidad y por tanto la unión corporal de varón y mujer es además expresión –mediante el lenguaje del cuerpo– del don de si misma de la propia persona.

                Aquí radica la cuestión de que  el hecho biológico de la relación sexual no lo explica todo, sino que reclama por la dignidad personal de la entrega una peculiar y especial comunión personal entre ellos. Esos actos han de estar revestidos, además de su orientación natural, de una expresión personal como único principio potencial de una vida personal humana que exige ser acogida y educada en el seno de una comunidad de vida y amor estable en sus progenitores.

               Si no existiera esa vinculación permanente, la unión sexual expresaría en el lenguaje del cuerpo una mentira o a lo más una verdad a medias: se mantiene el significado biológico e incluso el afectivo, pero  se carece de la plena significación personal. Es por esto, y no por que esté supuestamente pasado de moda, el que las relaciones sexuales fuera del matrimonio sean intrínsecamente desordenadas

CEC 2361.  ‘La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte’ (FC 11).

 3. De la atracción al amor esponsal y conyugal.

    El paso desde la genérica inclinación natural hacia el otro sexo al amor esponsal de la unión conyugal es un camino a recorrer mediante el ejercicio de la libertad mediante un itinerario que en líneas generales va así 

     Benedicto XVI ha recordado que “los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor que nace entre el hombre y la mujer , que no nace del pensamiento o de la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano (Enc. Deus caritas est, 3). El eros, como amor-deseo no es el punto final, pero sí puede ser un punto de partida.

     Cuando un hombre y una mujer concretos deciden cultivar su mutua atracción, inician un particular proceso de comunicación personal, lo que podíamos llamar noviazgo, relaciones, etc. Claro está que aquí lo que prima es que las relaciones son por la diferencia varón-mujer y porque se ha iniciado un especial enamoramiento: es una comunicación en y desde lo específicamente diferente y complementario.                       

     Ese proceso de comunicación diferenciada los va introduciendo en una participación común en la intimidad masculina y femenina, que les va llevando a un deseo de amor esponsal, un amor que aspira a la entrega y posesión mutuas y conduce a ellas.

      Esta entrega o donación mutuas es el amor ágape, que reclama que en la donación recíproca este presente la totalidad de la persona toda en todo su ser, sin reservas ni mentiras, en toda su persona masculina y persona femenina, en la plena corporeidad animada.

        Esa entrega precisamente es la que se realiza por el “pacto conyugal” o matrimonial que es el acto conjunto por el que los dos se comprometen y constituyen en matrimonio. Sólo la entrega es verdaderamente conyugal si pasa a través de la aceptación por parte del otro, que a su vez se entrega y es recibido como cónyuge

         Este proceso no ocurre de la noche a la mañana, sino que existen unos sucesivos actos de libertad por los cuales se van explicitando el deseo del consentimiento matrimonial que les llevará un día a manifestarlo de hecho y explicito lo cual les llevará a ser cónyuges

         Así que ese amor que ha ido madurando para transformarse en conyugal lleva al acto del consentimiento recíproco en el momento de contraer matrimonio y es: 

            ·                  Fruto del amor (eros) que le dio origen y lo nutrió

            ·                  Expresión del amor presente, como don de sí y aceptación del otro (ágape)

            ·                  Compromiso de amor futuro que se entrega como algo debido desde ahora hasta siempre (ágape)

Anuncios
Published in: on abril 2, 2007 at 6:11 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://jchordi.wordpress.com/2007/04/02/matrimonio-y-familia-v/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: