Mucha Gracia

Ya sabéis que D. Pedro Gutiérrez, universalmente conocido como D. Quirru, va mejorando poco a poco de su ictus cerebral. Con ocasión de la visita a Asturias del Prelado del Opus Dei, dio una muestra de la tal mejoría cuando nos dijo, como quien no quiere la cosa “El Padre trae mucha Gracia”

 

Ayer fue el domingo XV del tiempo Ordinario. En su liturgia del año A en el evangelio nos cuenta Jesús la parábola del sembrador. Fijaos con cuánta majestuosidad nos introduce Mateo en la escena: “Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó en la barca, y la gente  se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas: Salió el sembrador a sembrar”.

 

Después el Señor al llegar a casa les dice “Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador” y después de fijarse en los distintos supuestos les aclara “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”

 

Con el paso de la semana uno ha tenido tiempo de repensar lo que hemos visto y oído en el sábado y domingo anterior y ciertamente es verdad lo que decía D. Quirru y escuchando la parábola del sembrador uno no puede menos que reconocer que el Padre ha derrochado la buena semilla entre nosotros y además con el símbolo de la gracia y la correspondencia humana del libro de Isaías de la primera lectura: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, (…)así será mi palabra, que sale de mi boca”

 

Me fijo en el fuerte y buen deseo de tanta gente de escuchar el mensaje del Prelado y no puedo menos de agradecer a D. Carlos Osoro, Arzobispo de Oviedo, el regalo que nos  ha hecho precisamente para que nos recuerde la doctrina perenne de san Pablo, que hoy se recogía en la segunda lectura “pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.(…) también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”

 

La redención es fruto de la Cruz, nos recordaba el Padre: “En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanzó la victoria definitiva. El Señor borró el pliego de cargos que nos era adverso (…) clavándolo en la cruz, leemos en la epístola a los Colosenses. (…).Nosotros hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una esperanza segura, con una caridad ardiente”.

Publicado en  on Julio 14, 2008 at 12:16 pm Dejar un comentario
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Dos antorchas: Pedro y Pablo

San Pedro y San Pablo tenían una estrecha amistad con Jesucristo y eso fue lo que unió a estos dos hombres elegidos para misiones muy importantes. En la primera lectura, tomada de los hechos de los apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de un ángel enviado por Dios que lo invita a ponerse en pie y seguirlo. Pedro deberá reemprender su misión al frente de la Iglesia naciente. Pablo, en la carta a Timoteo que leemos en la segunda lectura hace un recuerdo emocionado de su entrega a Cristo: “he combatido el buen combate”. Sabe que Dios lo escogió desde el seno de su madre para revelarle a Cristo y para llamarlo a anunciarlo a todos los pueblos. Ahora al final de su carrera, reconoce con gratitud que Cristo lo ayudó y le dio fuerzas. En Pedro y en Pablo aquello que más resalta es su íntima amistad con el maestro. Ambos tuvieron experiencia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esa experiencia los acompañó durante toda su vida y les dio una viva conciencia de su misión. Tiene, pues, razón Pedro al concluir con emoción: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

De la carta del Padre de Junio hago mención del siguiente párrafo: “deseo recordaros que el próximo día 29, solemnidad de San Pedro y San Pablo, comienza el año paulino que Benedicto XVI ha convocado para conmemorar los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las gentes. Para secundar las indicaciones del Santo Padre en la celebración de este bimilenario, os sugiero conocer mejor la vida y la obra de este gran Apóstol, Patrono de la Obra, leyendo y meditando a fondo los Hechos de los Apóstoles y los escritos paulinos. San Pablo es, para todos los cristianos, un modelo estupendo de amor a Cristo, de fidelidad a la vocación, de celo ardiente por las almas. Vamos a encomendarle de modo especial los frutos espirituales y apostólicos de este año especial a él dedicado”.

Tal día como hoy, hace un año, Vísperas de San Pedro y San Pablo, es decir el 28-VI-2007, el Papa Benedicto XVI proclamaba en  San Pablo Extramuros

Precisamente por eso, me alegra anunciar oficialmente que al apóstol san Pablo dedicaremos un año jubilar especial, del 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009, con ocasión del bimilenario de su nacimiento, que los historiadores sitúan entre los años 7 y 10 d.C. Este “Año paulino” podrá celebrarse de modo privilegiado en Roma, donde desde hace veinte siglos se conserva bajo el altar papal de esta basílica el sarcófago que, según el parecer concorde de los expertos y según una incontrovertible tradición, conserva los restos del apóstol san Pablo.

Una antiquísima tradición, que se remonta a los tiempos apostólicos, narra que precisamente a poca distancia de este lugar tuvo lugar su último encuentro antes del martirio:  los dos se habrían abrazado, bendiciéndose recíprocamente. Y en el portal mayor de esta basílica están representados juntos, con las escenas del martirio de ambos. Por tanto, desde el inicio, la tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir:  san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa:  la construcción de la Iglesia de Cristo.

A este propósito, dirigiéndose a la ciudad, san León Magno dice:  “Estos son tus santos padres, tus verdaderos pastores, que para hacerte digna del reino de los cielos, edificaron mucho mejor y más felizmente que los que pusieron los primeros cimientos de tus murallas” (Homilías 82, 7).

Un modelo estupendo de amor a Cristo:

Al inicio de la carta a los Romanos, como acabamos de escuchar, saluda a la comunidad de Roma presentándose como “siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación” (Rm 1, 1). Utiliza el término siervo, en griego doulos, que indica una relación de pertenencia total e incondicional a Jesús, el Señor, y que traduce el hebreo ‘ebed, aludiendo así a los grandes siervos que Dios eligió y llamó para una misión importante y específica.

de fidelidad a la vocación,

San Pablo tiene conciencia de que es “apóstol por vocación”, es decir, no por auto-candidatura ni por encargo humano, sino solamente por llamada y elección divina. En su epistolario, el Apóstol de los gentiles repite muchas veces que todo en su vida es fruto de la iniciativa gratuita y misericordiosa de Dios (cf. 1 Co 15, 9-10; 2 Co 4, 1; Ga 1, 15). Fue escogido “para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1, 1), para propagar el anuncio de la gracia divina que reconcilia en Cristo al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

de celo ardiente por las almas:

Por sus cartas sabemos que san Pablo no sabía hablar muy bien; más aún, compartía con Moisés y Jeremías la falta de talento oratorio. “Su presencia física es pobre y su palabra despreciable” (2 Co 10, 10), decían de él sus adversarios. Por tanto, los extraordinarios resultados apostólicos que pudo conseguir no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones:  “Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos— ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).

De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende.

Por tanto, aunque humanamente eran diversos, y aunque la relación entre ellos no estuviera exenta de tensiones, san Pedro y san Pablo aparecen como los iniciadores de una nueva ciudad, como concreción de un modo nuevo y auténtico de ser hermanos, hecho posible por el Evangelio de Jesucristo. Por eso, se podría decir que hoy la Iglesia de Roma celebra el día de su nacimiento, ya que los dos Apóstoles pusieron sus cimientos. Y, además, Roma comprende hoy con mayor claridad cuál es su misión y su grandeza. San Juan Crisóstomo  escribe:  “El  cielo no es tan espléndido  cuando  el sol difunde sus rayos como  la  ciudad de Roma, que irradia el esplendor de aquellas antorchas ardientes  (san Pedro y san Pablo) por todo el mundo… Este es el motivo por el que amamos a esta ciudad… por estas dos columnas de la Iglesia” (Comm. a Rm 32).

 

 

 

Publicado en  on Junio 28, 2008 at 4:58 pm Dejar un comentario
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Vinieron de lejos

 

Hoy, en el horizonte de la Navidad, aparecen tres nuevas figuras: los Magos de Oriente.

Vienen de lejos siguiendo la luz de la estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a Jerusalén, llegan a la corte de Herodes. Preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).

En la liturgia de la Iglesia la solemnidad de hoy se llama Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación.

Esta expresión nos invita a pensar no sólo en la estrella que apareció a los ojos de los Magos, no sólo en el camino que estos hombres de oriente hacen, siguiendo el signo de la estrella. La Epifanía nos invita a pensar en el camino interior, del que nace el misterioso encuentro del entendimiento y del corazón humano con la luz de Dios mismo.

“La luz… que alumbraba a todo hombre, cuando viene al mundo” (cfr. Jn 1,9).

Los tres personajes de Oriente seguían con certeza esta luz antes aún de que apareciera esta estrella.

Dios les hablaba con la elocuencia de toda la creación: decía que es, que existe; que es Creador y Señor del mundo.

En cierto momento, por encima del velo de las criaturas, los acercó todavía más a Sí mismo. Y a la vez, ha comenzado a confiarles la verdad de su Venida al mundo. De algún modo, los introdujo en el conocimiento del designio divino de la salvación.

—Manifestación del Redentor

Los Magos respondieron con la fe a esa Epifanía interior de Dios.

Esta fe les permitió reconocer el significado de la estrella. Esta fe les mandó también ponerse en camino. Iban a Jerusalén, capital de Israel, donde se transmitía de generación en generación la verdad sobre la venida del Mesías. La habían predicado los profetas y habían escrito de ella los libros santos.

Dios, que habló al corazón de los Magos con la Epifanía interior, había hablado a lo largo de los siglos al Pueblo elegido y les había predicado la misma verdad sobre su venida.

Esta verdad se cumplió la noche del nacimiento de Dios en Belén. Ya esta noche es la Epifanía de Dios, que ha venido: Dios que nació de la Virgen y fue colocado en el pobre pesebre, Dios que ocultó su venida en la pobreza del nacimiento en Belén: he ahí la Epifanía del divino ocultamiento.

Sólo un grupo de pastores se apresuró para ir a su encuentro…

Pero mirad que ahora vienen los Magos. Dios, que se oculta a los ojos de los hombres que viven cerca de Él, se revela a los hombres que vienen de lejos.

—Reconocer al Mesías

Dice el profeta a Jerusalén:

“Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is 60,3-4).

Los guía la fe. Los guía la fuerza interior de la Epifanía.

De esta fuerza habla así el Concilio:

“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cfr. Col 1,15; 1Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).

Los Magos de Oriente llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía. Les permite reconocer al Mesías en el Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2,11).

Vidimus stellam in Orientem et venimus adorare Eum! 

Vidimus et venimus!

Este es el resumen y el deseo que expresamos en la oración del día de hoy: los Reyes vieron la estrella y vinieron a adorar al    

Niño-Dios-Incienso

                Niño-Mesías-Hombre-Mirra

                Niño-Rey-Oro

Nosotros también queremos seguir viendo nuestra estrella, nuestra vocación de cristianos corrientes y venir después -y siempre- a adorar Al que nos la ha dado: Dios, Mesías, Rey.

Adorar, que es querer su Voluntad, querer que El reine, querer que sea para El toda la gloria.

Los Magos son, al mismo tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía se difundirá ampliamente entre los pueblos de la tierra.

Tiempos de expansión los que está viviendo la Iglesia, como siempre y en Ella su “partecita” que es el Opus Dei

Vidimus stellam! 

La historia de la estrella, del lucero de San Josemaría:

La historia del lucero que estaba tan dentro del alma de nuestro Padre, arranca desde muy antiguo. Se consideraba muy poca cosa para realizar la inmensa tarea que el Señor le había encomendado, pero, a la vez, tenía una profunda conciencia de ser hijo de Dios e hijo de Santa María. Su oración se caracterizaba –así fue siempre- por una fe inmensa que se atreve a tareas grandes porque confía, no en sus fuerzas ni en sus méritos, sino exclusivamente en el poder infinito de su Padre Dios.

Estas consideraciones quedaron plasmadas en sus Apuntes íntimos, el 28 de diciembre de 1931, con ocasión de una anécdota que le comentaron las monjas del Patronato de Santa Isabel. Era la fiesta de los Santos Inocentes, día en el que es frecuente en España gastar bromas. Las religiosas también se divertían de este modo y habían establecido que, durante ese día, la más joven hiciera de superiora y mandase sobre todas las demás. Nuestro Fundador llevó la anécdota a su vida espiritual de hijo pequeño de Dios, y escribió: Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en medio de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé –de broma, ¿eh?, aunque también un poco de verás- y les mando que obedezcan, así, al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey-Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con El… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…(San Josemaría, 28-XII-1931, Apuntes íntimos, n. 517 en Vázquez de Prada, A, El Fundador del Opus Dei, T. I, pg. 413)

Y tiempos de expansión a través de la aceptación de las dificultades, enfermedades, “caricias” , pues así quiere el reinar y extender su reinado a todo el mundo

    Año mariano

Es muy grato a Dios el reconocimiento a su bondad que supone recitar un «Te Deum» de acción de gracias, siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea -como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección. (San Josemaría, Forja, n. 609)

Ordenación episcopal del Padre Tanto motivo de acción de gracias Acerca del lema, el Padre nos explicó que había elegido aquella jaculatoria que tantas veces repitió nuestro Fundador. ¡Deo omnis gloria!, ¡para Dios toda la gloria!, porque junto al que eligió don Álvaro ‑regnare Christum volumus‑, y aquel otro: Omnes cum Petro ad lesum per Mariam, compendian ‑como escribió nuestro Padre en sus Apuntes íntimos todos nuestros afanes. Ruego al Señor, a través de nuestro santo Fundador, de don Álvaro, que sepamos hacerlos carne de nuestra carne, vida de nuestra vida

Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi en el n 49, nos hace considerar como motivo de esperanza firme la estrella del mar, que es María:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

  

La Santa Madre de Dios (Agiostheotocos)

Sancta Maria, Mater Dei: es el título principal de la Virgen Santísima, y la razón de todos los demás (CCE, n. 495). Salve, sancta Parens, enixa puerpera Regem, qui coelum terramque regit in saecula saeculorum (Ant. De entrada)

Madre del cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y Madre nuestra (CCE, n. 963-970). Todas las gracias nos vienen a través de su mediación materna. Mater divinae gratiae. Que ames con locura a la Madre de Dios, que es Madre nuestra. (cfr. San Josemaría, Forja, n. 77). Es el inicio de ese camino que nos lleva a Jesús.:

Ahora sí que te digo con el corazón encendido: monstra te esse matrem! Y no me contestes tú: monstra te esse filium!; pues, aunque tengo conciencia de mi poquedad, yo no sé qué más puedo hacer. Si puedo algo más, ¡dilo, dilo y lo cumpliré con tu ayuda, porque solo no soy capaz (San Josemaría, Oración en la Villa de Guadalupe: 20-V-1970)

El fin de año, ocasión para hacer examen. Contrición por las faltas de correspondencia y agradecimiento por todo lo bueno que hemos recibido: Te Deum laudamus

Es muy grato a Dios el reconocimiento a su bondad que supone recitar un «Te Deum» de acción de gracias, siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea -como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección. (San Josemaría, Forja, n. 609)

Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi en el n 49, nos hace considerar como motivo de esperanza firme la estrella del mar, que es María:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

María sabía todas estas cosas y las ponderaba en su corazón con confianza y agradecimiento pues conocía perfectamente los designios salvadores y misericordiosos del Dios Altísimo, como nos recuerda el Evangelio de la Misa de la Solemnidad de la Madre de Dios y de la Iglesia: Maria autem conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo (Lc 2, 19).

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu « sí », la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38).

«4.Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, 5 para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. 6 Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá, Padre!» (2ª Lectura: Gal 4)

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia.

Recibimos el nuevo año con propósitos de mejora, de cambio personal. ¿Año nuevo, vida nueva? Se preguntaba en ocasiones como ésta, San Josemaría y se respondía que pensaba que un cambio de página de calendario no iba a dar tal casi mágico resultado. Más esperaba en la oración y la presencia maternal ante la cruz de Cristo de nuestra Señora

María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor -tú y yo con el Hijo primogénito del Padre.

Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 149)

Benedicto XVI, Spe salvi, 50: Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: « No temas, María » (Lc1,30). ¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: no temáis! En la noche del Gólgota, oíste una vez más estas palabras en tu corazón.

El Señor está a la puerta

Tercer domingo de Adviento

 


Sagrada Escritura:Primera: Is 35, 1-6.8.10
Salmo 146
Segunda: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11

La liturgia del tercer domingo de Adviento es el domingo de la alegría por la llegada del Señor. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que es fiel a sus compromisos. El salmo 145 canta la fidelidad del Señor a sus promesas y su cuidado por todos aquellos que sufren. Santiago, constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener paciencia: así como el labrador espera la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará. El Evangelio, finalmente, pone de relieve la paciencia de Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión es invitado por Jesús a permanecer fiel a su misión hasta el fin.En nuestra vida hay momentos de desierto, momentos de pena, de prueba de Dios; en ellos, más que nunca, el Señor nos repite por boca del profeta Isaías: fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis. Mirad que vuestro Dios viene en persona. El Señor viene en persona. Éste es el motivo de la alegría, éste es el motivo de la fortaleza. Es Dios mismo quien viene a rescatar a su pueblo. Es Dios mismo quien se hace presente en el desierto y lo hace florecer. Es Dios mismo quien nace en una pequeña gruta de Belén para salvar a los hombres. Es Dios mismo quien desciende y cumple todas las esperanzas mesiánicas. Admirable intercambio: Dios toma nuestra humana naturaleza y nos da la participación en la naturaleza divina.  El Prelado del Opus Dei, en la Carta de diciembre de 2007nos dice: El Adviento trae consigo una llamada a tener muy presente que Dominus prope (Liturgia de las Horas, segundas Vísperas del Domingo I de Adviento, Lectura Breve: Flp 4, 5), que el Señor está cerca. A mí me impresiona cada año este grito de la liturgia, que podemos interpretar en muchos sentidos, adaptando esas palabras a las necesidades espirituales de cada uno.

Dominus prope, entre otras cosas, porque se halla en el centro de nuestra alma en gracia; tan cerca, tan cerca, que no puede estarlo más. Quiere morar con nosotros, dentro de nosotros

La alegría debe ser un distintivo del cristiano. Por eso, al ver que El Salvador está ya muy cerca y que el nacimiento de Jesús es ya inminente, el pueblo cristiano se regocija y no oculta su alegría. Nos encaminamos a la Navidad y lo hacemos con un corazón lleno de gozo. Sería excelente que nosotros recuperáramos la verdadera alegría de la Navidad. La alegría de saber que el niño Jesús, Dios mismo, está allí por nuestra salvación y que no hay, por muy grave que sea, causa para la tristeza. De esta alegría del corazón nace todo lo demás. De aquí nace la alegría de nuestros hogares. De aquí nacen la ilusión y el entusiasmo que ponemos en la preparación del nacimiento, el gozo de los villancicos tan llenos de poesía y de encanto. Es justo que estemos alegres cuando Dios está tan cerca. Pero es necesario que nuestra alegría sea verdadera, sea profunda, sea sincera. No son los regalos externos, no es el ruido ni el ajetreo, no son las vacaciónes lo que nos da la verdadera alegría, sino la amistad con Dios. ¡Que esta semana sea de una preparación espiritual, de un gozo del corazón, de una alegría interior al saber que Dios, que es amor, ha venido para redimirnos! Esta preparación espiritual consistirá, sobre todo, en purificar nuestro corazón de todo pecado, en acercarnos al sacramento de la Penitencia para pedir la misericordia de Dios, para reconocer humildemente nuestros fallos y resurgir a una vida llena del amor de Dios

Salimos al encuentro de Jesús que ya llega llevándole nuestras buenas obras Hay que salir al encuentro con las buenas obras, sobre todo con caridad alegre y del servicio atento a los demás. En algunos lugares existe la tradición de hacer un calendario de adviento. Cada día se ofrece un pequeño sacrificio al niño Jesús: ser especialmente obediente a los propios padres, dar limosna a un pobre, hacer un acto de servicio a los parientes o a los vecinos, renunciar a sí mismo al no tomar un caramelo, etc. En otros lugares en el nacimiento que se prepara en casa, a los Reyes Magos se les coloca a una cierta distancia, más bien lejana, de la cueva de Belén. Cada buena obra o buen comportamiento de los niños hace adelantar un poco al Rey en su camino hacia Jesús. Métodos sencillos, pero de un profundo valor de ejemplo y vida para los niños en el hogar. Pero no conviene olvidar que la mejor manera de salir al encuentro de Jesús es el amor y la caridad: el amor en casa entre los esposos y con los hijos; el amor y la caridad con los pobres y los necesitados, con los ancianos y los olvidados. Hay que formar un corazón sensible a las necesidades y sufrimientos de nuestro prójimo. Es esto lo que hará florecer el desierto. Es esto lo que hará que nuestras rodillas no vacilen en medio de las dificultades de la vida. Nada mejor para superar los propios sufrimientos que salir al encuentro del sufrimiento ajeno.

Jesús ha venido por María. Por esto Ella es la causa de nuestra alegría. San Josemaría nos recordaba entonces que también el Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones. Ha sido Ella —porque así lo ha dispuesto el Señor— quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno Carta del Prelado., 1-XII-2007)

Publicado en  on Diciembre 16, 2007 at 4:44 pm Dejar un comentario
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Mas que pajarillos

 umbrá de Valle

¿Por qué, pues, quieres derramar fuera tus fuentes, el agua de tu río por las plazas? Es una pregunta inquietante que nos hace uno de los libros sapienciales (Prov. 5, 5).
Jesús, nuestro Señor, la Sabiduría cuando habitó entre los hombres parece empeñado especialmente en hacernos comprender los exquisitos cuidados que la Trinidad Santísima dedica a cada uno de nosotros. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno sólo de ellos queda olvidado ante Dios. Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis más que muchos pajarillos (Luc 12, 6-7). Nada de lo nuestro escapa al amor paternal de Dios Uno y Trino. Y llama de conti­nuo a las puertas de nuestra alma, en busca de amor.
El camino para encontrar esa fuente divina, de la que nos hablaba San Josemaría, está en nosotros mismos: a Dios le tenemos en el centro de nuestra al­ma en gracia.. Sin hacer gazmoñerías, encontraréis facilidad para meteros en la oración mientras trabajáis, cuando vais por la calle, cuando no queráis mirar cosas que os apartan de Dios. Hay que buscar al Señor en la ora­ción y en la Eucaristía, en el Pan y en la Palabra. Pero insisto en que hay que hacerlo con tozudez: os diría gráficamente que, si es preciso, hay que llevar lo que sea a hombros.
Como anhela el ciervo las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios! Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo iré y veré la faz del Señor?
(Salmo 41, 2-3). La liturgia aplica estas palabras al afán del alma cristiana por unirse con Jesucristo en el Santo Sacramento del Altar. Es la Eucaristía la mayor dá­diva divina, el colmo de la donación trinitaria y fuen­te inextinguible de vida interior: “el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que Yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna”. (Juan 4, 14)
Con esta disposición hemos de acercarnos al Se­ñor en la Eucaristía, no sólo cuando está sobre el al­tar o en las manos del sacerdote, durante el Sacrificio de la Misa, sino también cuando se queda reservado en el Sagrario. Allí se halla realmente presenté Jesu­cristo, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, y con su Divinidad (…). Me agrada remacharlo una y otra vez, haciendo actos de fe.
Hijos, ¡tratádmelo bien! No me lo dejéis solo en el Sagrario. Hacedle toda la compañía que os sea posi­ble materialmente, y luego con el corazón, cuando es­téis trabajando, id al Sagrario y decidle piropos: que os vea entregados, fieles, enamorados, con deseos since­ros de llenaros de Dios.

Publicado en  on Diciembre 14, 2007 at 4:56 pm Dejar un comentario
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Rostro de Dios

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Contemplar el rostro de Dios. Este deseo a movido a muchos santos.
San Josemaría nos ha dejado un retazo de su corazón al hacernos esta confidencia de su ardiente deseo:
“Me alzaré y rodearé la ciudad: por las calles y las plazas buscaré al que amo… Y no sólo la ciudad: correré de una parte a otra del mundo —por todas las naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas— para alcanzar la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo; que son —al contrario— vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios.Y cuando nos acecha —violenta— la tentación del desánimo, de los contrastes, de la lucha, de la tribulación, de una nueva noche en el alma, nos pone el salmista en los labios y en la inteligencia aquellas palabras: con El estoy en el tiempo de la adversidad. ¿Qué vale, Jesús, ante tu Cruz, la mía; ante tus heridas mis rasguños? ¿Qué vale, ante tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que has cargado Tú sobre mis espaldas? Y los corazones vuestros, y el mío, se llenan de una santa avidez, confesándole —con obras— que morimos de Amor.Nace una sed de Dios, una ansia de comprender sus lágrimas; de ver su sonrisa, su rostro… Considero que el mejor modo de expresarlo es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío!. Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente.” (Amigos de Dios, 310)
El rostro de Dios. Como dice D. Enrique Dios no tiene cuerpo, pero tiene rostro y mirada ;y lo dice comentando un video que Patzarella cuelga en su blog sobre la belleza y la belleza ciertamente esta en el rostro, y la fuerza en la mirada. Te brindo este video.

Publicado en  on Diciembre 13, 2007 at 10:31 am Dejar un comentario
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¿Y qué es el corazón?

Costa de Pria. Bufones

Poner el corazón, poner todo el corazón. Sabemos o intuimos lo que esto significa. Pero he encontrado unas palabras en el reciente libro del Papa Benedicto XVI Jesús de Nazaret, que nos ponen en la vibración justa que se requiere: mirar a Jesús, contemplar su rostro, la totalidad del hombre.

Son estas del capítulo cuarto que trata de las Bienaventuranzas, en la página 121 de la presente edición :

  • “Queda aún el Macarismo:”Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). A Dios se le puede ver con el corazón: la simple razón no basta. Para que el hombre sea capaz de percibir a Dios han de estar en armonía todas las fuerzas de su existencia.La voluntad debe ser pura y, ya antes, debe serlo también la base afectiva del alma, que indica a la razón y a la voluntad la dirección a seguir. La palabra “corazón” se refiere precisamente a esta interrelación interna de las capacidades perceptivas del hombre, en la que también entra en juego la correcta unión de cuerpo y alma, como corresponde a la totalidad de la criatura llamada “hombre”. La disposición afectiva fundamental del hombre depende precisamente también de esta unidad de alma y cuerpo, así como del hecho de que acepte a la vez su ser cuerpo y su ser espíritu; de que someta el cuerpo a la disciplina del espíritu, pero sin aislar la razón o la voluntad sino que, aceptando de Dios su propio ser, reconozca y viva también la corporeidad de su existencia como riqueza para el espíritu. El corazón, la totalidad del hombre, ha de ser pura, profundamente abierta y libre para que pueda ver a Dios. Teófilo de Antioquía (t c. 180) lo expresó del siguiente modo en un debate: “Si tú me dices: “muéstrame a tu Dios”, yo te diré a mi vez: “muéstrame tú al hombre que hay en ti”… En efecto, ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu… El alma del hombre tiene que ser pura, como un espejo reluciente…” (Ad Autolycum, I, 2.7: PG, VI, 1025.1028)”

Con todo el corazón

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Nos recuerda San Pablo en su carta a los de Éfeso que, por Cristo, tam­bién vosotros, una vez oída la palabra de la verdad —el Evangelio de nuestra salvación—, al haber creí­do, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es la prenda de nuestra herencia, para redención de su pueblo adquirido, para alabanza de su gloria(Ephes. 1, 13-14). El Apóstol quiere darnos a entender que, por medio del Bautismo, entramos en comunión con el misterio trinitario: nos unimos a Jesucristo, gozamos de la maravillosa realidad de la filiación divina, y nos con­vertimos en templos del Espíritu Santo. Hemos de dar continuamente gracias, porque la Trinidad se ha enamorado del hombre[1], y hemos de disponernos a descubrir y gozar de esa vida sobrenatural que la in­finita bondad de Dios nos ofrece.
Como parte de su enseñanza más común, San Josemaría nos solía hablar así: Hijas e hijos míos, me habéis oído decir muchas ve­ces que Dios está en el centro de nuestra alma en gracia; y que, por lo tanto, todos tenemos un hilo directo con Dios Nuestro Señor. ¿Qué valen todas las comparaciones humanas, con esa realidad divina, maravillosa? Al otro lado del hilo está, aguardándonos, no sólo el Gran Des­conocido, sino la Trinidad entera, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, porque donde se encuentra una de las divinas Personas, allí están las otras dos.
No estamos nunca solos. Es una pena que los cris­tianos olvidemos que somos trono de la Trinidad San­tísima. Os aconsejo que desarrolléis la costumbre de buscar a Dios en lo más hondo de vuestro corazón. Eso es la vida interior.

El santo Fundador del Opus Dei, que nos daba siempre este consejo, nos enseñó también a ponerlo por obra en todas las circunstancias de nuestra vida. Quizá algu­no pueda decirme: Padre, yo busco dentro de mí, en mi alma…, pero no encuentro nada.
Yo, a ese hijo mío, le diría: es que quizá has teni­do poca vida interior, o quizá has tenido mucha, pero ahora el Señor quiere probarte. ¿Tu alma parece como una cisterna vacía? ¡Pues busca el amor de Dios! Bus­cad al Señor y fortaleceos; buscad siempre su rostro (I Par. XVI, 11); pero con el mismo empeño que se po­ne cuando se quiere conquistar un amor humano, bue­no y limpio. Persigue tú también así el trato con Dios, y ten la seguridad de que todo aquél que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá (Matth. VII, 8).
Donde no hay agua, ¿qué se hace? Se construye una cisterna, y se lleva el agua en cántaros que se va­cían allí, uno tras otro. Cuando no hay posibilidad de recogerse para la oración, hay que prepararse llevando agua a la cisterna: con actos de amor y de desagravio, con comuniones espirituales, con invocaciones al Pa­dre, al Hijo, al Espíritu Santo, y a Santa María, a San José y a nuestros Santos Ángeles Custodios. Todo eso es agua que llevamos a fuerza de brazos.
Puede suceder que debamos estar así mucho tiem­po; pero, si perseveramos, llegará el momento en que no será necesario buscar el agua, porque se habrá for­mado un pozo. Quizá al principio el agua no suba mu­cho; pero es un pozo de aguas vivas (Cant. IV, 15). Allá está, en el fondo de tu alma. No sabes de dónde mana el agua, ni cómo se remansa, ni cuándo aflu­ye…, pero puedes beber siempre. Y si insistes, el nivel de ese pozo sube y sube, hasta que se forma un ma­nantial de agua clara, donde puedes beber a dos ma­nos, con la boca abierta, cuando estás sediento.
¿Me entendéis, hijos? Agua hay siempre. Cada uno de vosotros, con la ayuda de Dios, Uno y Trino, escon­dido en vuestra alma, puede lograr no_ ser nunca una cisterna vacía, sino un pozo que suba y suba hasta que mane una fuente de agua clara, espléndida, agua de amor. Pero en esta tarea, hijas e hijos míos, habéis de poner todo el corazón .
[1] San Josemaría, Es cristo que pasa, n. 84

La esperanza de su mirada

Según cuenta la conocida leyenda de la mitología griega, los dioses, celosos de la belleza de Pandora, una princesa de la antigua Grecia, le regalaron una misteriosa caja, advirtiéndole que jamás la abriera. Pero un día, la curiosidad y la tentación pudieron más que ella, y abrió la tapa para ver su contenido, liberando así en el mundo todas las grandes aflicciones que hoy existen. Pudo cerrarla justo a tiempo de evitar que se escapara también la esperanza, que es el único valor que hace soportables las numerosas penalidades de la vida.Y no parece, según opina Alfonso Aguiló, que les faltara razón a los hombres de la antigua Grecia cuando valoraban en tanto la esperanza. Porque la esperanza no es una simple ilusión ingenua de que, al final, y no se sabe bien por qué, todo irá bien. Se trata más bien de tener fe en que uno puede, con la ayuda que sea precisa, superar las dificultades.Como ha señalado Josef Pieper, la pérdida de la esperanza suele tener su raíz en la falta de grandeza de ánimo y en la falta de humildad. La grandeza de ánimo hace a los hombres decidirse por la posibilidad mejor entre las posibles, e impulsa resueltamente a todas las demás virtudes. La humildad coloca a la esperanza ante sus propias posibilidades, previniendo de la realización falsa y ayudando a la realización auténtica. La esperanza lleva de modo natural a la magnanimidad, y la humildad protege todo ese proceso, para que no se pervierta por presunción ni por desesperanza. La desesperanza es como una senilidad del espíritu, y la presunción es lo contrario, como una especie de infantilismo espiritual.

Hace un tiempo me contó Rafael, el sacerdote del que te vengo hablando, como una niña Ana, de 10 años, acompañada por su madre entró en su despacho y le dijo: «“Escuche a mi hija porque tiene un problema que no la deja dormir”. Me quedé a solas con ella; desde que murió su abuelito, necesitaba encontrar la respuesta a una pregunta: “el día que yo suba al Cielo –me dijo llorando-, ¿cómo podré reconocer a mi abuelito entre tanta gente? ¿cómo sabré quién es Jesús? ¿cómo distinguiré a la Virgen? ¡Seguro que me perderé!”… Cuando acabó de hablar, quien estaba a punto de llorar era yo (…) Desde luego no iba a responderle con una clase doctrinal acerca del más allá… Le respondí sencillamente…: “los reconocerás por los ojos; cuando llegues al cielo, tu abuelito será más joven. Pero saldrá a tu encuentro, te mirará, te sonreirá, y tu saltarás a su cuello y lo llenarás de besos. Jesús será más guapo de lo que imaginas; pero , en cuantito te mire, te darás cuenta de que es Jesús por el Cariño que hay en su mirada. Respecto a la Virgen María… ¡No temas! Cuando mueras, será ella quien te despierte, te de el primer beso, y te lleve, primero junto a Jesús, y después junto a tu abuelito”. Ana se fue contenta. Los misterios, sin duda alguna son para los niños».

Hasta aquí esta anécdota, pero personalmente confieso que la esperanza, apoyada en su base por la humildad se sobrepone y eleva cuando se le presentan realidades grandes, hermosas por más que ahora sean difíciles de alcanzar. Volviendo a la anécdota de la niña a mi también me anima y me enamora pensar que la Virgen tiene ojos, y que tienes labios, y que tiene manos, y que podré mirar esos ojos misericordiosos, y que me dará un beso y que me acariciará… No se querer de otro modo, lo siento, pero mi forma de querer es también con el cuerpo, y me llena de gozo y consuelo saber que esto será así…