LA SOCIEDAD CRISTIANA

Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció tam­bién una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del período anterior. El Cristianismo dejó de ser, en el mundo medite­rráneo, una religión de minorías para convertirse en reli­gión de muchedumbres. La evangelización desbordó su an­terior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias rurales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.

1.    La libertad religiosa y tras ella la conversión cristiana del Imperio romano tuvieron hondas repercusiones, desde el punto de vista histórico-social: las puertas de la Iglesia se abrieron a las muchedumbres. A principios del siglo IV, los cristianos constituían todavía una reducida mi­noría dentro del Orbe romano, que, aun cuando hubiera ciertas regiones más densamente cristianizadas, en conjunto no alcanzaría, seguramente, el diez por ciento de la pobla­ción. Bajo el Imperio pagano perseguidor, tan sólo hom­bres de gran temple espiritual tenían la altura moral nece­saria para arrostrar los riesgos y desventajas humanas que llevaba consigo la conversión cristiana. Fue solamente a partir de Constantino cuando las multitudes de personas vulgares, que son siempre mayoría en las sociedades terre­nas, encontraron expedito el acceso a la Iglesia.

2.        El tránsito de un régimen de comunidades cristia­nas a la sociedad cristiana constituye otro de los aspectos de la gran transformación religiosa experimentada a lo largo del siglo IV. Antes, los discípulos de Cristo formaban pequeñas comunidades, en medio de una sociedad pagana. Ahora, en el transcurso de un par de generaciones, en el mundo mediterráneo, solar principal del Imperio romano, se operó la cristianización de la sociedad. Usando el símil de las parábolas evangélicas del grano de mostaza o la le­vadura y la masa, el paso de una Iglesia de comunidades cristianas a la sociedad cristianizada podría entenderse como el resultado de la silenciosa y eficaz acción de lo que fue en sus comienzos el fermento o la más pequeña de las simientes. El fenómeno de la cristianización de la sociedad fue pródigo en consecuencias.

3.        Primer resultado de la nueva realidad cristiana fue un distinto planteamiento de la forma de incorporación a la Iglesia. Durante los siglos precedentes, la conversión en edad de discernimiento fue el cauce ordinario de acceso a las comunidades cristianas. Fiunt, non nascuntur christiani —los cristianos no nacen, se hacen— es una sentencia de Tertuliano, cuyo sentido más obvio parece ser que, en su tiempo —a caballo entre los siglos II y m—, la gran mayo­ría de los fieles nacían paganos y «se hacían cristianos» después. La Iglesia, con la mira puesta en la admisión de personas adultas, instituyó el catecumenado, largo período de preparación ascética y doctrinal, que disponía al neófito para la recepción del bautismo, conferido de ordinario en las grandes solemnidades litúrgicas de Pascua y Pentecos­tés. El catecumenado tuvo su momento álgido en el siglo IV, cuando, desde el reinado de Constantino, las muchedum­bres paganas llamaban en masa a las puertas de la Iglesia y pedían ser bautizadas.

4.        Nacer cristianos —de padres bautizados— se hizo en cambio frecuente durante el siglo IV, y en el siglo v lle­gó a ser habitual a todo lo ancho de la cuenca del Medite­rráneo. La incorporación a la Iglesia desde la primera in­fancia fue desde ahora lo normal, con la consecuencia de que la disciplina bautismal se alterara sensiblemente. Se generalizó el bautismo de infantes, administrado a hijos de padres cristianos inmediatamente después del nacimiento, a lo largo, por tanto, de todo el año, sin esperar a las gran­des solemnidades litúrgicas. El catecumenado entró en rá­pida decadencia al faltar, cada vez más, los conversos adul­tos y terminó por desaparecer.

5.        La difusión del Cristianismo había comenzado por las ciudades, verdaderos puntales de la vida romana en su época clásica. De ahí el carácter urbano que tuvieron de ordinario en sus orígenes las comunidades cristianas. Cuan­do llegó la libertad de la Iglesia, las ciudades se cristianiza­ron con rapidez y hubo un tiempo en que existía un con­traste entre la población de la ciudad —cristiana— y la de los campos, todavía gentil. En este período fue cuando el término paganus —aldeano del pagus— adquirió un senti­do religioso y designó —en oposición a cristiano— a los rústicos que permanecían aún fuera de la Iglesia, aferrados a sus ancestrales tradiciones idolátricas.

6.        La libertad de la Iglesia hizo más fácil la propaga­ción del Cristianismo por campos y aldeas. Una intensa ac­ción pastoral se desarrolló en los medios rurales, de la que fueron protagonistas grandes obispos misioneros, como San Martín de Tours (371-397). En la catequesis destinada a es­tas poblaciones de pobre nivel cultural se siguieron unas directrices que, en siglos posteriores, fueron también váli­das para la conversión de las naciones bárbaras. La Iglesia tuvo buen cuidado en no limitarse a destruir los ídolos y procuró que no se crearan vacíos religiosos en aquellas gentes de ruda mentalidad. Por ello se esforzó en cristiani­zar sus hábitos sociales más arraigados y sus tradicionales fiestas religiosas, integrando a unos y otras en la disciplina sacramental o en el ciclo litúrgico anual del Misterio de Cristo y las solemnidades en honor de la Virgen y de los santos. Muchos templos cristianos se erigieron también so­bre el solar de antiguos santuarios paganos, es decir, en el lugar donde las poblaciones de la comarca tenían, desde tiempo inmemorial, la costumbre de venir a adorar. El cul­to de los mártires, de los santos y de las reliquias —prueba tangible de su humanidad—, que impresionaba vivamente a los «rústicos» de los campos, constituyó un gran instru­mento de catequesis. Pese a todo, la obra evangelizadora de los campesinos, subsiguiente a su bautismo, fue larga; hizo falta mucho tiempo y un esfuerzo perseverante para ir de­sarraigando las supersticiones y residuos idolátricos que, entremezclados con auténtica religiosidad, proliferaron entre las masas rurales.

7.        Durante los primeros siglos de nuestra Era, el obis­po había sido el jefe de la iglesia local, pastor de la comu­nidad cristiana radicada en una determinada urbe. A partir del siglo IV, el quehacer del obispo se extendió a los espa­cios rurales y sus poblaciones campesinas. Entonces se abrió camino la noción de diócesis —distrito territorial so­bre el que se extendía la autoridad de un determinado obis­po— y nació una geografía eclesiástica. La división dioce­sana cubrió toda la superficie de los territorios cristianiza­dos y se hizo preciso establecer con exactitud el perímetro de cada diócesis y fijar sus respectivos límites. La idea de competencia territorial fue abriéndose camino y la discipli­na eclesiástica urgió a los obispos a que ejercieran sus po­deres jurisdiccionales dentro de los confines diocesanos y tan sólo sobre las personas que residían en ellos, sin inva­dir esferas propias de otros obispos. La cristianización de los campos exigió la construcción de numerosas iglesias y oratorios para la atención espiritual de los campesinos: tal fue el punto de partida de la organización parroquial y el origen de un clero destinado a la cura pastoral de las po­blaciones rurales.

8.        Un último rasgo que hace falta destacar es el ex­traordinario realce que alcanzó la figura del obispo con la eclosión de la sociedad cristiana. Los pueblos veían en el obispo a su pastor religioso, pero también, cada vez más, a su jefe natural y protector en todos los órdenes de la vida En el siglo v, la crisis del Imperio provocó un gran vacío de autoridad. En los dramáticos tiempos finales de la Anti­güedad, a medida que la administración civil se desintegra­ba, los obispos, asumiendo una forzosa función de suplen­cia, se vieron obligados a intervenir cada vez más en la vida de los pueblos. De modo particular correspondió a los obispos la protección de las personas socialmente débiles, incapaces de defenderse por sí mismas. En lo que se refiere al acceso al episcopado, el nuevo estado de cosas hizo cada vez más difícil la elección del obispo «por el clero y el pueblo», como había sido habitual mientras fuera el pastor de una pequeña comunidad urbana. Ahora, aunque las vie­jas fórmulas seguían repitiéndose en los textos canónicos, los nombramientos episcopales fueron incumbencia, en la práctica, del clero diocesano y los obispos comprovinciales, con frecuentes intromisiones de emperadores y príncipes. Personajes ilustres por sus cargos civiles o su origen fami­liar ocuparon a menudo las sedes episcopales en el período romano-cristiano y contribuyeron a realzar el prestigio so­cial del obispo. Baste citar a título de ejemplo a San Am­brosio, que pasó de gobernador de la Alta Italia a obispo de Milán; a San Paulino de Ñola, cónsul en su juventud; o a Sidonio Apolinar, gran señor del sur de las Galias y yerno del emperador Avito, que fue obispo de Clermont-Ferrand.

 

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