Mucha Gracia

Ya sabéis que D. Pedro Gutiérrez, universalmente conocido como D. Quirru, va mejorando poco a poco de su ictus cerebral. Con ocasión de la visita a Asturias del Prelado del Opus Dei, dio una muestra de la tal mejoría cuando nos dijo, como quien no quiere la cosa “El Padre trae mucha Gracia”

 

Ayer fue el domingo XV del tiempo Ordinario. En su liturgia del año A en el evangelio nos cuenta Jesús la parábola del sembrador. Fijaos con cuánta majestuosidad nos introduce Mateo en la escena: “Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó en la barca, y la gente  se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas: Salió el sembrador a sembrar”.

 

Después el Señor al llegar a casa les dice “Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador” y después de fijarse en los distintos supuestos les aclara “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”

 

Con el paso de la semana uno ha tenido tiempo de repensar lo que hemos visto y oído en el sábado y domingo anterior y ciertamente es verdad lo que decía D. Quirru y escuchando la parábola del sembrador uno no puede menos que reconocer que el Padre ha derrochado la buena semilla entre nosotros y además con el símbolo de la gracia y la correspondencia humana del libro de Isaías de la primera lectura: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, (…)así será mi palabra, que sale de mi boca”

 

Me fijo en el fuerte y buen deseo de tanta gente de escuchar el mensaje del Prelado y no puedo menos de agradecer a D. Carlos Osoro, Arzobispo de Oviedo, el regalo que nos  ha hecho precisamente para que nos recuerde la doctrina perenne de san Pablo, que hoy se recogía en la segunda lectura “pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.(…) también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”

 

La redención es fruto de la Cruz, nos recordaba el Padre: “En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanzó la victoria definitiva. El Señor borró el pliego de cargos que nos era adverso (…) clavándolo en la cruz, leemos en la epístola a los Colosenses. (…).Nosotros hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una esperanza segura, con una caridad ardiente”.

Publicado en on Julio 14, 2008 at 12:16 pm Comentarios (0)
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San Pablo y los cristianos corrientes

Con cierta frecuencia reaparece una pregunta sugestiva: la religión cristiana, ¿nace con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, o es resultado de la interpretación que san Pablo hizo de Jesucristo?

Esta es la pregunta que tal día como el de ayer, día en que comienza el Año Paulino inaugurado por el Papa Benedicto XVI, se hace el Profesor Fernando Pascual y a la que da una certera respuesta sobre todo con el argumento que me ha parecido de más peso:

Para superar el falso problema, primero se ha de comprender qué es el cristianismo. Lo cual significa entender quién fue Jesús, el Cristo.

Si leemos a fondo los Evangelios, descubrimos que Cristo se reconoce a sí mismo como Hijo del Padre, como enviado, y como la realización de las promesas al pueblo de Israel. Jesús es el Mesías esperado, es el cumplimiento de las Escrituras. Por eso mismo, y según el dinamismo propio del mensaje del Antiguo Testamento, Cristo es también el Salvador del mundo, la luz que ilumina a todos los seres humanos (judíos y paganos), el Esperado por los pueblos, el Maestro y el Señor.

Encontramos en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 423, un resumen de nuestra fe en Jesucristo, según las enseñanzas del Nuevo Testamento, en las que encontramos que la Buena Noticia, el Evangelio, coincide precisamente con la persona de Jesús.

«Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha “salido de Dios” (Jn 13,3), “bajó del cielo” (Jn 3,13; 6,33), “ha venido en carne” (1 Jn 4,2), porque “la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1,14.16)».

Miremos ahora la enseñanza de Pablo. ¿Qué predicaba con una pasión incontenible y una convicción profunda aquel antiguo fariseo llamado Saulo y nacido en Tarso?

Predicaba simplemente a Cristo crucificado (cf. 1 Co 1,23) y resucitado. “Su” Evangelio era Jesucristo.«Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes (…). Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (1 Co 15,1-11).

Entre los primeros cristianos de Roma había discípulos de San Pablo, como atestigua la larga lista de saludos escrita al final de la Carta a los Romanos. En el Aventino vivían Aquila y Prisca –o Priscila–, un matrimonio de comerciantes que habían conocido al Apóstol en Corinto; otras personas que aparecen citadas eran de origen judío, griego o del Asia Menor: se habían desplazado a vivir en la capital del Imperio después de haber oído predicar el Evangelio a Pablo en sus lugares de procedencia.

El tono afectuoso de esos saludos refleja la fraternidad que existía entre los primeros fieles. Pese a la variedad de proveniencias y condiciones sociales –desde esclavos hasta miembros de la nobleza–, estaban muy unidos. San Josemaría los describía como familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

En este clima de estrecha unidad, es lógico que la llegada de San Pablo a la Urbe causara entre los cristianos de Roma una gran alegría. Algunos le debían la fe, como hemos mencionado, y todos habían oído hablar del Apóstol y tendrían grandes deseos de conocerlo. Además, la Carta que les había enviado en el año 57 o 58 constituía un notable motivo de gratitud. Era natural, por tanto, que quisieran abreviar la espera saliendo a su encuentro por la Vía Apia. Unos lo alcanzaron en el Foro de Apio y otros en Tres Tabernas, a 69 y 53 kilómetros de Roma respectivamente. En los Hechos de los Apóstoles, se comenta que al verlos Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos.

Publicado en on Junio 30, 2008 at 2:31 pm Comentarios (0)
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Dos antorchas: Pedro y Pablo

San Pedro y San Pablo tenían una estrecha amistad con Jesucristo y eso fue lo que unió a estos dos hombres elegidos para misiones muy importantes. En la primera lectura, tomada de los hechos de los apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de un ángel enviado por Dios que lo invita a ponerse en pie y seguirlo. Pedro deberá reemprender su misión al frente de la Iglesia naciente. Pablo, en la carta a Timoteo que leemos en la segunda lectura hace un recuerdo emocionado de su entrega a Cristo: “he combatido el buen combate”. Sabe que Dios lo escogió desde el seno de su madre para revelarle a Cristo y para llamarlo a anunciarlo a todos los pueblos. Ahora al final de su carrera, reconoce con gratitud que Cristo lo ayudó y le dio fuerzas. En Pedro y en Pablo aquello que más resalta es su íntima amistad con el maestro. Ambos tuvieron experiencia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esa experiencia los acompañó durante toda su vida y les dio una viva conciencia de su misión. Tiene, pues, razón Pedro al concluir con emoción: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

De la carta del Padre de Junio hago mención del siguiente párrafo: “deseo recordaros que el próximo día 29, solemnidad de San Pedro y San Pablo, comienza el año paulino que Benedicto XVI ha convocado para conmemorar los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las gentes. Para secundar las indicaciones del Santo Padre en la celebración de este bimilenario, os sugiero conocer mejor la vida y la obra de este gran Apóstol, Patrono de la Obra, leyendo y meditando a fondo los Hechos de los Apóstoles y los escritos paulinos. San Pablo es, para todos los cristianos, un modelo estupendo de amor a Cristo, de fidelidad a la vocación, de celo ardiente por las almas. Vamos a encomendarle de modo especial los frutos espirituales y apostólicos de este año especial a él dedicado”.

Tal día como hoy, hace un año, Vísperas de San Pedro y San Pablo, es decir el 28-VI-2007, el Papa Benedicto XVI proclamaba en  San Pablo Extramuros

Precisamente por eso, me alegra anunciar oficialmente que al apóstol san Pablo dedicaremos un año jubilar especial, del 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009, con ocasión del bimilenario de su nacimiento, que los historiadores sitúan entre los años 7 y 10 d.C. Este “Año paulino” podrá celebrarse de modo privilegiado en Roma, donde desde hace veinte siglos se conserva bajo el altar papal de esta basílica el sarcófago que, según el parecer concorde de los expertos y según una incontrovertible tradición, conserva los restos del apóstol san Pablo.

Una antiquísima tradición, que se remonta a los tiempos apostólicos, narra que precisamente a poca distancia de este lugar tuvo lugar su último encuentro antes del martirio:  los dos se habrían abrazado, bendiciéndose recíprocamente. Y en el portal mayor de esta basílica están representados juntos, con las escenas del martirio de ambos. Por tanto, desde el inicio, la tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir:  san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa:  la construcción de la Iglesia de Cristo.

A este propósito, dirigiéndose a la ciudad, san León Magno dice:  “Estos son tus santos padres, tus verdaderos pastores, que para hacerte digna del reino de los cielos, edificaron mucho mejor y más felizmente que los que pusieron los primeros cimientos de tus murallas” (Homilías 82, 7).

Un modelo estupendo de amor a Cristo:

Al inicio de la carta a los Romanos, como acabamos de escuchar, saluda a la comunidad de Roma presentándose como “siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación” (Rm 1, 1). Utiliza el término siervo, en griego doulos, que indica una relación de pertenencia total e incondicional a Jesús, el Señor, y que traduce el hebreo ‘ebed, aludiendo así a los grandes siervos que Dios eligió y llamó para una misión importante y específica.

de fidelidad a la vocación,

San Pablo tiene conciencia de que es “apóstol por vocación”, es decir, no por auto-candidatura ni por encargo humano, sino solamente por llamada y elección divina. En su epistolario, el Apóstol de los gentiles repite muchas veces que todo en su vida es fruto de la iniciativa gratuita y misericordiosa de Dios (cf. 1 Co 15, 9-10; 2 Co 4, 1; Ga 1, 15). Fue escogido “para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1, 1), para propagar el anuncio de la gracia divina que reconcilia en Cristo al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

de celo ardiente por las almas:

Por sus cartas sabemos que san Pablo no sabía hablar muy bien; más aún, compartía con Moisés y Jeremías la falta de talento oratorio. “Su presencia física es pobre y su palabra despreciable” (2 Co 10, 10), decían de él sus adversarios. Por tanto, los extraordinarios resultados apostólicos que pudo conseguir no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones:  “Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos— ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).

De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende.

Por tanto, aunque humanamente eran diversos, y aunque la relación entre ellos no estuviera exenta de tensiones, san Pedro y san Pablo aparecen como los iniciadores de una nueva ciudad, como concreción de un modo nuevo y auténtico de ser hermanos, hecho posible por el Evangelio de Jesucristo. Por eso, se podría decir que hoy la Iglesia de Roma celebra el día de su nacimiento, ya que los dos Apóstoles pusieron sus cimientos. Y, además, Roma comprende hoy con mayor claridad cuál es su misión y su grandeza. San Juan Crisóstomo  escribe:  “El  cielo no es tan espléndido  cuando  el sol difunde sus rayos como  la  ciudad de Roma, que irradia el esplendor de aquellas antorchas ardientes  (san Pedro y san Pablo) por todo el mundo… Este es el motivo por el que amamos a esta ciudad… por estas dos columnas de la Iglesia” (Comm. a Rm 32).

 

Publicado en on Junio 28, 2008 at 4:58 pm Comentarios (0)
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LA SOCIEDAD CRISTIANA

Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció tam­bién una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del período anterior. El Cristianismo dejó de ser, en el mundo medite­rráneo, una religión de minorías para convertirse en reli­gión de muchedumbres. La evangelización desbordó su an­terior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias rurales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.

1.    La libertad religiosa y tras ella la conversión cristiana del Imperio romano tuvieron hondas repercusiones, desde el punto de vista histórico-social: las puertas de la Iglesia se abrieron a las muchedumbres. A principios del siglo IV, los cristianos constituían todavía una reducida mi­noría dentro del Orbe romano, que, aun cuando hubiera ciertas regiones más densamente cristianizadas, en conjunto no alcanzaría, seguramente, el diez por ciento de la pobla­ción. Bajo el Imperio pagano perseguidor, tan sólo hom­bres de gran temple espiritual tenían la altura moral nece­saria para arrostrar los riesgos y desventajas humanas que llevaba consigo la conversión cristiana. Fue solamente a partir de Constantino cuando las multitudes de personas vulgares, que son siempre mayoría en las sociedades terre­nas, encontraron expedito el acceso a la Iglesia.

2.        El tránsito de un régimen de comunidades cristia­nas a la sociedad cristiana constituye otro de los aspectos de la gran transformación religiosa experimentada a lo largo del siglo IV. Antes, los discípulos de Cristo formaban pequeñas comunidades, en medio de una sociedad pagana. Ahora, en el transcurso de un par de generaciones, en el mundo mediterráneo, solar principal del Imperio romano, se operó la cristianización de la sociedad. Usando el símil de las parábolas evangélicas del grano de mostaza o la le­vadura y la masa, el paso de una Iglesia de comunidades cristianas a la sociedad cristianizada podría entenderse como el resultado de la silenciosa y eficaz acción de lo que fue en sus comienzos el fermento o la más pequeña de las simientes. El fenómeno de la cristianización de la sociedad fue pródigo en consecuencias.

3.        Primer resultado de la nueva realidad cristiana fue un distinto planteamiento de la forma de incorporación a la Iglesia. Durante los siglos precedentes, la conversión en edad de discernimiento fue el cauce ordinario de acceso a las comunidades cristianas. Fiunt, non nascuntur christiani —los cristianos no nacen, se hacen— es una sentencia de Tertuliano, cuyo sentido más obvio parece ser que, en su tiempo —a caballo entre los siglos II y m—, la gran mayo­ría de los fieles nacían paganos y «se hacían cristianos» después. La Iglesia, con la mira puesta en la admisión de personas adultas, instituyó el catecumenado, largo período de preparación ascética y doctrinal, que disponía al neófito para la recepción del bautismo, conferido de ordinario en las grandes solemnidades litúrgicas de Pascua y Pentecos­tés. El catecumenado tuvo su momento álgido en el siglo IV, cuando, desde el reinado de Constantino, las muchedum­bres paganas llamaban en masa a las puertas de la Iglesia y pedían ser bautizadas.

4.        Nacer cristianos —de padres bautizados— se hizo en cambio frecuente durante el siglo IV, y en el siglo v lle­gó a ser habitual a todo lo ancho de la cuenca del Medite­rráneo. La incorporación a la Iglesia desde la primera in­fancia fue desde ahora lo normal, con la consecuencia de que la disciplina bautismal se alterara sensiblemente. Se generalizó el bautismo de infantes, administrado a hijos de padres cristianos inmediatamente después del nacimiento, a lo largo, por tanto, de todo el año, sin esperar a las gran­des solemnidades litúrgicas. El catecumenado entró en rá­pida decadencia al faltar, cada vez más, los conversos adul­tos y terminó por desaparecer.

5.        La difusión del Cristianismo había comenzado por las ciudades, verdaderos puntales de la vida romana en su época clásica. De ahí el carácter urbano que tuvieron de ordinario en sus orígenes las comunidades cristianas. Cuan­do llegó la libertad de la Iglesia, las ciudades se cristianiza­ron con rapidez y hubo un tiempo en que existía un con­traste entre la población de la ciudad —cristiana— y la de los campos, todavía gentil. En este período fue cuando el término paganus —aldeano del pagus— adquirió un senti­do religioso y designó —en oposición a cristiano— a los rústicos que permanecían aún fuera de la Iglesia, aferrados a sus ancestrales tradiciones idolátricas.

6.        La libertad de la Iglesia hizo más fácil la propaga­ción del Cristianismo por campos y aldeas. Una intensa ac­ción pastoral se desarrolló en los medios rurales, de la que fueron protagonistas grandes obispos misioneros, como San Martín de Tours (371-397). En la catequesis destinada a es­tas poblaciones de pobre nivel cultural se siguieron unas directrices que, en siglos posteriores, fueron también váli­das para la conversión de las naciones bárbaras. La Iglesia tuvo buen cuidado en no limitarse a destruir los ídolos y procuró que no se crearan vacíos religiosos en aquellas gentes de ruda mentalidad. Por ello se esforzó en cristiani­zar sus hábitos sociales más arraigados y sus tradicionales fiestas religiosas, integrando a unos y otras en la disciplina sacramental o en el ciclo litúrgico anual del Misterio de Cristo y las solemnidades en honor de la Virgen y de los santos. Muchos templos cristianos se erigieron también so­bre el solar de antiguos santuarios paganos, es decir, en el lugar donde las poblaciones de la comarca tenían, desde tiempo inmemorial, la costumbre de venir a adorar. El cul­to de los mártires, de los santos y de las reliquias —prueba tangible de su humanidad—, que impresionaba vivamente a los «rústicos» de los campos, constituyó un gran instru­mento de catequesis. Pese a todo, la obra evangelizadora de los campesinos, subsiguiente a su bautismo, fue larga; hizo falta mucho tiempo y un esfuerzo perseverante para ir de­sarraigando las supersticiones y residuos idolátricos que, entremezclados con auténtica religiosidad, proliferaron entre las masas rurales.

7.        Durante los primeros siglos de nuestra Era, el obis­po había sido el jefe de la iglesia local, pastor de la comu­nidad cristiana radicada en una determinada urbe. A partir del siglo IV, el quehacer del obispo se extendió a los espa­cios rurales y sus poblaciones campesinas. Entonces se abrió camino la noción de diócesis —distrito territorial so­bre el que se extendía la autoridad de un determinado obis­po— y nació una geografía eclesiástica. La división dioce­sana cubrió toda la superficie de los territorios cristianiza­dos y se hizo preciso establecer con exactitud el perímetro de cada diócesis y fijar sus respectivos límites. La idea de competencia territorial fue abriéndose camino y la discipli­na eclesiástica urgió a los obispos a que ejercieran sus po­deres jurisdiccionales dentro de los confines diocesanos y tan sólo sobre las personas que residían en ellos, sin inva­dir esferas propias de otros obispos. La cristianización de los campos exigió la construcción de numerosas iglesias y oratorios para la atención espiritual de los campesinos: tal fue el punto de partida de la organización parroquial y el origen de un clero destinado a la cura pastoral de las po­blaciones rurales.

8.        Un último rasgo que hace falta destacar es el ex­traordinario realce que alcanzó la figura del obispo con la eclosión de la sociedad cristiana. Los pueblos veían en el obispo a su pastor religioso, pero también, cada vez más, a su jefe natural y protector en todos los órdenes de la vida En el siglo v, la crisis del Imperio provocó un gran vacío de autoridad. En los dramáticos tiempos finales de la Anti­güedad, a medida que la administración civil se desintegra­ba, los obispos, asumiendo una forzosa función de suplen­cia, se vieron obligados a intervenir cada vez más en la vida de los pueblos. De modo particular correspondió a los obispos la protección de las personas socialmente débiles, incapaces de defenderse por sí mismas. En lo que se refiere al acceso al episcopado, el nuevo estado de cosas hizo cada vez más difícil la elección del obispo «por el clero y el pueblo», como había sido habitual mientras fuera el pastor de una pequeña comunidad urbana. Ahora, aunque las vie­jas fórmulas seguían repitiéndose en los textos canónicos, los nombramientos episcopales fueron incumbencia, en la práctica, del clero diocesano y los obispos comprovinciales, con frecuentes intromisiones de emperadores y príncipes. Personajes ilustres por sus cargos civiles o su origen fami­liar ocuparon a menudo las sedes episcopales en el período romano-cristiano y contribuyeron a realzar el prestigio so­cial del obispo. Baste citar a título de ejemplo a San Am­brosio, que pasó de gobernador de la Alta Italia a obispo de Milán; a San Paulino de Ñola, cónsul en su juventud; o a Sidonio Apolinar, gran señor del sur de las Galias y yerno del emperador Avito, que fue obispo de Clermont-Ferrand.

 

LA IGLESIA EN EL IMPERIO ROMANO-CRISTIANO

En el transcurso del siglo IV, el Cristianismo comenzó a ser tolerado por el Imperio, para alcanzar luego un estatu­to de libertad y convertirse finalmente en tiempo de Teodosioen religión oficial. El emperador romano-cristiano convocó las grandes asambleas de obispos los conciliosy la Iglesia pudo organizar sus estructuras territoriales de gobierno pastoral.

1.                             La libertad le llegó al Cristianismo y a la Iglesia cuando apenas se habían extinguido los ecos de la última gran persecución. Fue justamente Galerio, principal insti­gador de aquella postrera embestida persecutoria, el prime­ro en sacar consecuencias prácticas de su rotundo fracaso. Llegado como sucesor de Diocleciano a la suprema digni­dad imperial, el augusto Galerio, próximo a la muerte, promulgó en Sárdica un edicto que marcaba nuevas pautas a la política romana frente al Cristianismo. El edicto otor­gaba a los cristianos un estatuto de tolerancia: «existan de nuevo los cristianos —decía— y celebren sus asambleas y cultos, con tal de que no hagan nada contra el orden pú­blico».

2.                 El edicto de Galerio, dado en el año 311, no conce­día a los cristianos plena libertad religiosa, sino tan sólo una cautelosa tolerancia. Más, a pesar de ello, su impor­tancia era grande. Por vez primera, el Cristianismo dejaba de ser una «superstición ilícita» y adquiría carta de ciudadanía. Esto representaba una conquista trascendental, no conseguida hasta entonces. La Iglesia había conocido du­rante el siglo III épocas de tranquilidad, y hubo incluso em­peradores romanos, como Filipo el Árabe (244-249), de evidentes simpatías filocristianas. Mas estos intervalos de bonanza no aportaban seguridad jurídica a la Iglesia, siem­pre expuesta a nuevas oleadas persecutorias. El estatuto de tolerancia de Galerio encerraba por tanto singular valor.

3.                  El tránsito de la tolerancia a la libertad religiosa se produjo con suma rapidez y su autor principal fue el em­perador Constantino. A principios del año 313, los empe­radores Constantino y Licinio otorgaron el llamado «Edic­to de Milán», que, más que una norma legal concreta, pa­rece haber sido una nueva directriz política fundada en el pleno respeto a las opciones religiosas de todos los súbditos del Imperio, incluidos los cristianos. La legislación discri­minatoria en contra de éstos quedaba abolida, y la Iglesia, reconocida por el poder civil, recuperaba los lugares de culto y propiedades de que hubiera sido despojada. El em­perador Constantino se convertía así en el instaurador de la libertad religiosa en el mundo antiguo.

4.                  Dentro de ese estatuto legal de libertad religiosa, la actitud de Constantino fue decantándose gradualmente en favor del Cristianismo. Resulta significativo que, antes in­cluso del llamado Edicto de Milán, cuando la suerte de la Urbe romana y del Imperio se dilucidaban por las armas entre aquel príncipe y su rival Majencio, el ejército constantiniano llevara en la batalla del Puente Milvio, como emblema propio, el lábaro con el monograma de Cristo. Constantino consideró siempre su victoria como una señal celestial, aunque su «conversión» definitiva —es decir, la recepción del bautismo— la demorase muchos años, hasta vísperas de su muerte (337). A lo largo de ese tiempo, la orientación pro-cristiana de Constantino se hizo cada vez más patente. Fueron desautorizadas las prácticas paganas cruentas o inmorales y se prohibió a los magistrados participar en los tradicionales sacrificios de culto. El empera­dor, por otra parte, favorecía a la Iglesia de muy diversos modos: construcción de templos, concesión de privilegios al clero, ayuda para el restablecimiento de la unidad de la fe, perturbada en África por el cisma donatista y en Orien­te por las doctrinas de Arrio. Los principios morales del Evangelio inspiraron de modo progresivo la legislación ci­vil, dando así origen al llamado Derecho romano-cristiano.

5.                 El avance del Cristianismo no se interrumpió tras la muerte de Constantino, si se exceptúa el frustrado inten­to de restauración pagana por Juliano el Apóstata. Los de­más emperadores —incluso aquellos que simpatizaron con la herejía arriana— fueron resueltamente contrarios al pa­ganismo. Graciano, al asumir en 375 el poder imperial, re­chazó el tradicional título de «Pontífice Máximo», que sus predecesores cristianos habían consentido conservar. Un enfrentamiento particularmente significativo entre Cristia­nismo ascendente y paganismo en decadencia se produjo en el escenario más venerable de la Roma antigua: el Sena­do. El altar de la Victoria que presidía el aula, como sím­bolo de la tradición gentil, fue removido por voluntad de los senadores cristianos, que eran ya mayoría, frente al gru­po de los «viejos romanos», encabezados por el senador Símaco. La evolución religiosa se cerró antes de que termina­ra el siglo IV, por obra del emperador Teodosio. La consti­tución Cunctos Populos, promulgada en Tesalónica el 28 de febrero del año 380, ordenó a todos los pueblos la adhe­sión al Cristianismo católico, a partir de ahora única reli­gión del Imperio.

6.                 Obtenida la libertad, la Iglesia tuvo necesidad de organizar sus estructuras territoriales, con vista a la acción pastoral en un mundo que se cristianizaba con rapidez. En virtud de lo que se ha llamado «principio de acomoda­ción», la Iglesia tomó las estructuras administrativas del Imperio como norma de su propia organización. La cir­cunscripción civil más clásica —la provincia— sirvió de modelo a la provincia eclesiástica. El Imperio llegó a con­tar en el siglo v con más de 120 provincias. Sobre este cua­dro territorial fue implantándose gradualmente la división provincial de la Iglesia. El obispo de la capital de la pro­vincia civil fue adquiriendo cierta preponderancia sobre sus colegas comprovinciales: fue el «metropolitano», obis­po de la «metrópoli», y los demás, sus sufragáneos. En el orden judicial, el metropolitano era la instancia superior de los demás tribunales diocesanos y le correspondía la consa­gración de los nuevos obispos de su provincia. El debía, además, presidir el concilio provincial —asamblea de los obispos de esa demarcación— que, según la disciplina nun­ca bien observada del concilio I de Nicea, debía reunirse dos veces al año.

7.            La división del Imperio en dos «partes» —Oriente y Occidente—, consumada a finales del siglo IV y que termi­naría por provocar la cristalización de dos Imperios, tuvo honda repercusión en la vida de la Iglesia. La «parte» occi­dental —que coincidía aproximadamente con las regiones de lengua y cultura latinas— tenía como única sede apos­tólica la de Roma, y por ello el Pontífice romano fue tam­bién Patriarca de Occidente. En la «parte» oriental, de cul­tura griega, Siria y copta, sobresalieron varias grandes sedes de fundación apostólica —Alejandría, Antioquía y Jerusalén—, que fueron cabezas de los Patriarcados, amplísimas circunscripciones eclesiásticas. El concilio I de Constantinopla elevó la sede de esta ciudad al rango patriarcal y atribuyó a sus obispos la primacía de honor dentro de la Iglesia después del obispo de Roma, «en razón —dijo— de que la ciudad es la nueva Roma». Sobre este fundamento de índole no eclesiástica, sino política —la capitalidad im­perial—, se instituyó un nuevo Patriarcado —el de Constantinopla—, destinado a alcanzar una indiscutible preemi­nencia entre todos los Patriarcados orientales, a partir, so­bre todo, del concilio de Calcedonia.

8.            La libertad de la Iglesia permitió una más clara estructuración y un ejercicio más efectivo del Primado de los papas sobre la Iglesia universal. Los grandes pontífices de los siglos IV y V —Dámaso, León Magno, Gelasio— se es­forzaron por definir con precisión el fundamento dogmáti­co del Primado romano: la primacía concedida por Cristo a Pedro, de quien los papas eran los legítimos y exclusivos sucesores. A partir del siglo IV, el ejercicio del Primado ro­mano sobre las iglesias de Occidente fue muy intenso: los papas intervinieron en multitud de ocasiones mediante epístolas decrétales o por intermedio de legados y vicarios. En Oriente, un gran concilio —el de Sárdica (343-344)— sancionó el derecho de cualquier obispo del orbe a recu­rrir, como instancia suprema, al Pontífice romano. Pero prevaleció, en definitiva, una tendencia favorable a la auto­nomía jurisdiccional, favorecida por el desarrollo de los Patriarcados, especialmente el de Constantinopla. La pos­tura del Oriente cristiano ante Roma, después del concilio de Calcedonia, puede resumirse así: atribución al obispo de Roma de la primacía de honor en toda la Iglesia; reconoci­miento de su autoridad en el terreno doctrinal; pero desco­nocimiento de cualquier potestad disciplinar y jurisdiccio­nal de los papas sobre las iglesias orientales.

9.   Bajo el Imperio romano-cristiano pudieron reunirse grandes asambleas eclesiásticas, manifestación genuina de la catolicidad de la Iglesia, que reciben el nombre de concilios «ecuménicos» o universales. Ocho sínodos ecu­ménicos tuvieron lugar entre los siglos IV y IX. Particular importancia se reconoció siempre a los cuatro primeros: los de Nicea I (325), Constantinopla I (381), Efeso (431) y Calcedonia (451). Todos estos concilios se celebraron en el Oriente cristiano, y orientales fueron en su gran mayoría los obispos asistentes. Su convocatoria procedió de ordina­rio del emperador, única autoridad capaz de arbitrar los medios indispensables para la celebración de tan grandes asambleas; en varios de ellos, la convocatoria imperial fue promovida por una iniciativa pontificia y los legados papá les ocupaban un lugar de honor en el aula conciliar. El re­conocimiento del carácter ecuménico de un gran concilio se fundó en su recepción por la Iglesia universal, expresa­da sobre todo a través de la confirmación papal de sus cá­nones y decretos.

10. La libertad de la Iglesia y la conversión del mundo antiguo trajo consigo, finalmente, la entrada en escena de un nuevo factor de notable importancia para los tiempos futuros: el emperador cristiano. Este personaje —un simple laico en el orden de la jerarquía— tenía conciencia, sin embargo, de que le correspondía una misión de defensor de la Iglesia y promotor del orden cristiano en la sociedad: era la función que se atribuía ya Constantino cuando tomaba para sí el significativo título de «obispo del exterior». Los emperadores cristianos prestaron indudables servicios a la Iglesia, pero sus injerencias en la vida eclesiástica produje­ron también numerosos abusos, cuya máxima expresión fue el llamado «cesaropapismo». Estos abusos fueron parti­cularmente graves en las iglesias de Oriente. En Occidente, la autoridad del Papado, la debilidad de los emperadores occidentales o la lejanía geográfica de los orientales contri­buyeron a la salvaguardia de la independencia eclesiástica. Las relaciones entre poder espiritual y temporal, su armó­nica conjunción y la misión del emperador cristiano fueron tratados por diversos Padres de la Iglesia y en especial por el papa Gelasio, en una carta al emperador Anastasio. Pero el papel del emperador cristiano como protector de la Igle­sia se juzgaba tan indispensable en los siglos de tránsito de la Antigüedad al Medievo que, cuando los emperadores bi­zantinos dejaron de cumplir esa misión cerca del Pontifica­do romano, los papas buscaron en el rey de los francos el auxilio del poder secular que ya no podían esperar del em­perador oriental.

 

Opus Dei en Asturias

Os animo a ver una entrevista de ayer martes 29 de abril en Canal 10 sobre el Opus Dei (estará colgada una semana hasta el martes que viene)

 Entra en http://www.canal10tv.com/directo.htm luego en Programas anteriores ve al Martes 29 y luego a La Lupa

 Mueve el cursor de debajo de la ventana y avanza hasta la entrevista, dura unos 15 minutos por lo que puedes perder la conexión , pasados 5 minutos, pero vuelves a entrar y pones el cursor donde acabaste de ver antes.

 Me parece interesante y esclarecedora, si te gusta y puedes pasarlo a tus contactos. 

Publicado en on Mayo 1, 2008 at 2:01 pm Comentarios (0)
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San Ignacio de Antioquía

Vida

Fue el segundo obispo de Antioquía, después de San Pedro. Conoció y trató a San Pedro y a San Pablo. Fue el mismo Pedro quien lo consagró obispo. Murió mártir en Roma, en el año 107, bajo el reinado de Trajano. No murió en una persecución en regla: sólo fue un regalo que la autoridad romana de Antioquía quiso hacer a Trajano con motivo de su victoria en Dacia. Yendo camino de Roma para sufrir martirio, fue muy bien acogido por diversas comunidades cristianas, que lo trataron con gran veneración, como si fuese el mismo Cristo. Como muestra de agradecimiento, San Ignacio les escribió diversas cartas, ricas en consejos y enseñanzas.Fue un hombre de carácter ardiente[1], con fuerte personalidad, y extraordinariamente ejemplar. Se daba a sí mismo el nombre de Teóforo (portador de Dios).

Obras

Durante el mencionado viaje a Roma, escribió 7 cartas: a Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia, Esmirna, Roma y a Policarpo (obispo de Esmirna).Redactó las tres primeras en Esmirna. Agradece en ellas las muestras de simpatía y los cuidados que tuvieron con él. Exhorta a la obediencia y les previene contra las herejías.Escribió a Roma también desde Esmirna, para que no se esforzaran por salvarle la vida. Esta carta, como ahora veremos, es la más importante.Redactó las tres últimas en Tróade. Allí conoció el cese de la persecución en Antioquía y pide que envíen legados a esa ciudad para que feliciten a los cristianos por la paz reconquistada. Les insiste en la unidad en la fe y en la obediencia al obispo. A Policarpo le da consejos especiales[2], pues era obispo de Esmirna: le habla particularmente de fortaleza, aconsejándole que se mantenga firme.El estilo de las cartas es sencillo y profundo, ardoroso y sin retórica. Suministran ricos datos sobre las primitivas comunidades, y son muy importantes para la historia de los dogmas. El papa Benedictos XVI en su audiencia del miércoles 14 de marzo de 2007 nos hacía ver que “Leyendo esos textos se percibe la lozanía de la fe de la generación que conoció a los Apóstoles. En esas cartas se percibe también el amor ardiente de un santo. Por último, desde Tróada el mártir llegó a Roma, donde, en el anfiteatro Flavio, fue dado como alimento a las bestias feroces. Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en él. Por eso, hemos leído el pasaje evangélico de la vid, que según el Evangelio de san Juan, es Jesús”

La cuestión ignaciana es una polémica que levantaron los protestantes con la intención de negar la autenticidad de estas cartas en las que se refleja netamente –contra lo que quisieran ellos- la antigüedad apostólica del episcopado monárquico. El motivo concreto fue que, en muchos manuscritos medievales, aparecían mezcladas las cartas de San Ignacio con otras seis cartas claramente espurias. La cuestión quedó zanjada con el descubrimiento de códices antiguos que traían sólo las auténticas, confirmando así el testimonio de Policarpo –contemporá­neo de San Ignacio, que cita las cartas.

Doctrina teológica

Constitución jerárquica de la Iglesia. En las cartas de San Ignacio ya aparece claramente estructurada la jerarquía de la Iglesia. Distingue –dentro de la jerarquía entre obispos, presbíteros y diáconos. Al frente de cada comunidad de fieles hay un solo obispo[3]; el conjunto de los presbíteros es como su senado. La existencia de una neta jerarquía en el año 107 implica que es de institución divina: ya del Señor por sí mismo, ya del Señor por medio de los apóstoles[4].San Ignacio explica ampliamente las funciones de los tres grados de la jerarquía. Del obispo dice que tiene el lugar de Dios, y todos han de someterse a él como al Señor. El obispo puede actuar a se, sin los sacerdotes; y todo lo que se haga en su territorio ha de hacerse con su beneplácito: bautizar, casar, celebrar la Eucaristía, etc. El obispo tiene especialmente la misión de rechazar a los herejes, de poner paz, de cuidar de todos (viudas, esclavos, esposos, etc.) tanto espiritual como materialmente. Los presbíteros son el senado del obispo: han de estar unidos a él, ayudarle en sus funciones, animarle, etc. Los diáconos, inferiores a los sacerdotes, son como ministros o ayudantes. Los restantes fieles han de estar unidos por la fe y unidos a la jerarquía, especialmente al obispo.

El primado de Roma. La carta a los romanos es una muestra patente de la superioridad de Roma sobre las restantes comunidades. A éstas escribe en el tono de un igual o de un relativo superior (era como el primado de Oriente, sucesor de San Pedro); por esto, se permite darles consejos. A Roma, por el contrario, escribe con sumisión, no da consejos, y dice ser un esclavo, un condenado. Recuerda que Roma está fundada sobre Pedro y Pablo.Explica que la Iglesia de Roma está «puesta a la cabeza de la caridad»[5]. Esto no quiere decir que sea la más generosa, sino que está al frente de toda la Iglesia y preside toda la vida cristiana (ágape). También dice que esta Iglesia preside en la capital del territorio de los romanos; evidentemente, no se preside a sí misma, sino a las restantes comunidades cristianas. Además, les ruega que mientras que la Iglesia antioquena esté sin obispo, Cristo y ellos hagan de obispo.En esta carta habla de que la Iglesia es católica, universal: es la primera vez que se aplica este adjetivo a la Iglesia. Además, la llama «el lugar del sacrificio», haciendo alusión a la Eucaristía.

Cristología. Ya en su época corrían algunas herejías sobre Cristo. Los judaizantes pretendían que había que seguir practicando el judaísmo para salvarse, haciendo así vana la Encarnación. Los docetas, por considerar mala la materia, sostenían que Cristo no había tomado verdadera carne, sino sólo una apariencia. San Ignacio los atacó duramente: enseña claramente que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre[6], hijo de Dios e hijo de María, impasible y pasible. Al hablar de la Eucaristía emplea la expresión «carne de nuestro Salvador Jesucristo».

La vida espiritual. Resume la doctrina paulina de la unión con Cristo y la de San Juan de vivir en Cristo, diciendo que hay que imitarle como Él imitó al Padre eterno. A los romanos escribe: «permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios». La disposición para el martirio es la perfecta imitación de Cristo[7]; por tanto, es la perfección cristiana y un verdadero ser discípulo de Cristo.Explica la inhabitación de Cristo en el alma. El vivir y ser en Cristo, el identificarse con Cristo, no lo entiende como algo abstracto, sino que se realiza cuando estamos unidos a la jerarquía y participando de los sacramentos; de modo muy especial mediante la recepción de la Eucaristía


[1] Texto 1

[1] «No os hagáis ilusiones, hermanos míos. Los que corrompen una familia, no heredarán el reino de Dios» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a los efesios 16).

[2] Texto 2

[2] «Yo te exhorto, por la gracia de que estás revestido, a que aceleres el paso en tu carrera, y a que exhortes tú, por tu parte, a todos para que se salven. Desempeña el lugar que ocupas con toda diligencia, de cuerpo y de espíritu. Preocúpate de la unión, mejor que la cual nada existe. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como ya lo haces. Persevera sin interrupción en la oración. Pide mayor inteligencia de la que tienes. Está alerta, apercibido de espíritu que desconoce el sueño. A los hombres del pueblo háblales al estilo de Dios. Carga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todos» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a San Policarpo 2).

[3] Texto 3

[3] «Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los de Esmirna 8, 1; citado por CEC 896).

[4] Texto 4

[1] «Necesario es, por tanto, como ya lo practicáis, que no hagáis cosa alguna sin contar con el obispo; antes someteos también al colegio de los presbíteros, como a los Apóstoles de Jesucristo, esperanza nuestra, en quien hemos de encontrarnos en toda nuestra conducta» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los de Tralia 2).

[5]

[5] Texto 5 SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los Romanos, 1, 2

[6] Texto 6

[6] «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf Jn 1, 13) nacido verdaderamente de una virgen… Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato… padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los de Esmirna 1; citado en CEC 496).

[7] Texto 7

[7] «Escribo a todas las iglesias y les dejo bien claro que voy de buen grado a morir por Dios, si es que vosotros no lo impedís. Os ruego que no tengáis conmigo una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios. Trigo soy de Dios y he de ser molido por los dientes de las bestias para que resulte puro pan de Cristo» (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los romanos 4; citado parcialmente en CEC 2473).«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…» (Idem, 6; citado en CEC 2474).

Videos con alegría

Os presento este video  que me ha gustado especialmente  por su sencillez y la alegría que comunica, pero es bueno que sepáis que forma parte de un grupo de 25 videos que podéis ver en esta dirección http://es.youtube.com/videosopusdei

Publicado en on Marzo 10, 2008 at 4:44 pm Comentarios (0)
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San Clemente Romano

San Clemente fue el cuarto obispo de Roma, después de Pedro, Lino y Cleto. Su pontificado duró desde el 92 al 101, según narra San Ireneo en su Adversus hæreses. No se sabe apenas nada seguro de su vida. A partir de sus escritos y de algunos pocos datos externos, se conjetura que era un judío helenista, con un buen conocimiento de las Escrituras y cierta formación filosófica. Tradicionalmente se le ha puesto en relación con los Flavios, la familia de los emperadores Tito y Vespasiano. Algunos suponen que estuvo al servicio de esa familia, pues eso explicaría el detallado conocimiento que San Clemente tenía de la vida militar, y su respeto y preocupación por las instituciones y autoridades romanas.

Conoció y trató a San Pedro. La Iglesia lo venera como mártir: narra una antigua tradición que primero fue desterrado al Quersoneso, y luego condenado a morir ahogado, atándole al cuello un ancla de hierro y arrojándolo al mar.

Epístola a los corintios

Es la única obra que conservamos de San Clemente. Se trata de una carta bastante larga, que consta de 65 capítulos. Fue compuesta poco tiempo después de la persecución de Domiciano (95-96), es decir, hacia los años 96-97 o, como muy tarde, en el 98. Al igual que la Didaché, es anterior a los últimos escritos del Apóstol Juan y gozó de alta estima como lo avala las citas numerosas del CEC[1]

y de la Liturgia de las Horas. Efectivamente es un texto de notable importancia para la historia del papado y, además, es de gran calidad literaria. Hay otras cartas atribuidas a San Clemente, pero no son auténticas.

El motivo que provocó esta carta fueron las disputas surgieron entre los cristianos de Corinto. El papa Benedicto XVI nos presenta esta Carta de su amado “Obispo de Roma” del primer siglo

Contenido: La carta se divide en cuatro partes.

i) Presentación (caps. 1 a 3): describe el estado floreciente de la Iglesia en Corinto[2]

y las virtudes de esos cristianos; pero señala también la existencia de recientes rencillas internas, nacidas de la envidia, que trastornaron su floreciente paz.

ii) Los males de la envidia y el bien de la humildad (caps. 4 a 36): sirviéndose de ejemplos del Antiguo Testamento (Caín, los hermanos de José…) y de la reciente ejecución de San Pedro y de San Pablo[3]

, señala San Clemente el carácter destructor de la envidia y mueve a sus lectores a la penitencia, a la obediencia, a la hospitalidad, a la humildad y a la mansedumbre, como medios para superar los males que engendra la envidia. No sólo se sirve de ejemplos tomados de las Escrituras, sino del mismo universo inanimado, que guarda el orden impuesto por Dios y sigue sus mociones. La parte final de esta sección se detiene en consideraciones sobre la santidad de vida del cristiano y la esperanza de la resurrección.

iii) Necesidad de conservar la unidad (caps. 37 a 61): aludiendo al caso concreto de Corinto, San Clemente hace ver la necesidad de la unidad, basada en la caridad fraterna y exhorta a cada uno a cumplir su misión en el lugar que se le ha designado. Para reconquistar la unidad, insiste San Clemente en la penitencia por los pecados y en la abnegación por el bien del prójimo y la “gran oración” por las autoridades, aunque sean perseguidores, como Cristo nos enseñó.

iv) Recapitulación (caps. 62 a 65): resume en pocas líneas el contenido de la carta y manifiesta el deseo de que pronto alcance el efecto para el que fue escrita.

Enseñanzas: la Epístola de San Clemente –además de la riqueza de sus enseñanzas morales– aporta datos decisivos para la historia de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un testigo ocular. Dice que Pedro vivió en Roma, que allí predicó y murió mártir. De San Pablo dice que estuvo en España predicando. Narra la persecución de Nerón, detallando que murieron muchos cristianos, entre ellos bastantes mujeres, y que además fueron sometidos a tortura.Uno de los puntos más interesantes de la carta es el relativo a la jerarquía y al primado.

Expone explícitamente la doctrina de la sucesión apostólica[4]

: la comunidad no puede deponer a los presbíteros, ya que el poder de la jerarquía no viene del pueblo, sino de Dios a través de Cristo y de los Apóstoles, no de los demás fieles.

En la tercera parte señalada, se tratan cuestiones relativas a la administración de los sacramentos, distinguiendo claramente entre jerarquía y laicado. Dentro de la jerarquía sólo se mencionan los episcopoi (supervisores, jefes) y los diaconoi (ministros, ayudantes). Dentro de los primeros estarían incluidos tanto los obispos como los presbíteros, pues es claro que la terminología que utiliza aún no está acuñada definitivamente. Pide también oraciones por todas las autoridades y contiene extensas plegarias eucarísticas.


[1] Texto 1

[1] «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los Corintios 7, 4; citado por CEC 1432).

[2] Texto 2

[2] «Pensad ahora quiénes son los que os han desviado y han hecho disminuir el prestigio de vuestra celebrada fraternidad. Queridos: es en extremo vergonzoso e indigno de vuestra conducta cristiana que se diga que la firmísima y antigua iglesia de Corinto, por un par de fantoches, se ha sublevado contra los presbíteros. Tal noticia no sólo ha llegado a nosotros, sino también a quienes disienten de nosotros, de manera que por vuestra insensatez, se blasfema el nombre del Señor y os ponéis a vosotros mismos en peligro» (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los corintios 47, 4-7).

[3] Texto 3

[3] Miremos a los buenos apóstoles. Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se fue a su lugar de gloria designado. Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente. (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los corintios 5, 4-7). 

[4] Texto 4

[4] «Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen: Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo. Una y otra cosas, por tanto, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la Resurrección del Señor Jesucristo, y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos –después de probarlos por el Espíritu por obispos y diáconos de los que habían de creer» (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los corintios 42).

Didaché

El título latino de esta obra es Doctrina apostolorum. A veces, se le da un título más completo: Instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles, que parece ser el primitivo. Fue descubierta en el siglo XIX, y publicada por primera vez en 1883. Es un medio insustituible para conocer la primitiva Iglesia.

Esta obra es un breve resumen de la doctrina católica, con indicaciones litúrgicas y disciplinares. Contiene, entre otras cosas, lo que debían saber los catecúmenos antes de bautizarse. Siempre gozó de gran autoridad, aunque no sea considerada escrito canónico.

Autor: no es toda del mismo autor, aunque sí la mayor parte. Se nota la presencia de algunas añadiduras. El nombre del autor es totalmente desconocido.

Fecha: Se ha discutido mucho sobre la fecha de su composición. Se puede tener como seguro que fue escrita entre los años 80 y 100. Es, pues, anterior a los últimos escritos del Nuevo Testamento.

Contenido: tiene 16 capítulos, divididos en tres partes y una conclusión

Capítulos 1 a 6: esta primera parte es una catequesis moral, que contiene el modo de instruir a los catecúmenos. Expone la doctrina siguiendo una imagen tradicional entre los judíos y los griegos: las dos vías, una del bien y otra del mal.[1] El segundo capítulo trata del el amor a los demás[2].

Capítulos 7 a 10: esta parte es una exposición de los sacramentos. Habla del bautismo, que se solía administrar por inmersión, aunque excepcionalmente se hacía por infusión. Exige el ayuno antes de bautizarse y, en general, los ayunos de los miércoles y viernes, en oposición a los judíos, que ayunaban los lunes y jueves. Incluye las preces eucarísticas más antiguas que se conservan; habla de la Eucaristía como manjar y como bebida y dice textualmente que es sacrificio. Sobre la penitencia explica que hay que confesarse antes de recibir la Eucaristía [3]. (cfr. caps. IV,14; IX,5; XIV,1).

Capítulos11 a 15: esta tercera parte es un conjunto de normas disciplinares. Trata de las obligaciones respecto a la jerarquía, a los apóstoles y a los predicadores. Por ejemplo, indica que hay que darles el diezmo de todo. Pone en guardia con­tra los pseudo profetas, que quieren aprovecharse de la buena voluntad de los fieles. Enseña los deberes de la verdadera caridad: socorrer al necesitado, atender al peregrino, etc. Insiste especialmente en que todos deben trabajar.

Respecto a la Iglesia, muestra claramente que no sólo es el conjunto de personas que se reúnen los domingos para rezar y celebrar la Eucaristía, sino que es un pueblo único y santo, que llega «hasta los confines de la tierra» (caps. IX,4 y X,5). Señala también cómo se han de elegir los obispos y explica el contenido y necesidad de la corrección fraterna que los fieles han de vivir entre sí[4].

iv) Capítulo 16: a modo de conclusión figura un último capítulo, en el que se habla de la venida del Señor y de las señales del fin del mundo, y exhorta a la vigilancia[5].



[1] Existen dos caminos, entre los cuales, hay gran diferencia; el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte. He aquí el camino de la vida: en primer lugar, Amarás a Dios que te ha creado; y en segundo lugar, amarás a tu prójimo como a ti mismo; es decir, que no harás a otro, lo que no quisieras que se hiciera contigo. He aquí la doctrina contenida en estas palabras: Bendecid a los que os maldicen, rogad por vuestros enemigos, ayunad para los que os persiguen. Si amáis a los que os aman, ¿qué gratitud mereceréis? Lo mismo hacen los paganos. Al contrario, amad a los que os odian, y no tendréis ya enemigos (Didaché, cap 1)

[2] He aquí el segundo precepto de la Doctrina: No matarás; no cometerás adulterio; no prostituirás a los niños, ni los inducirás al vicio; no robarás; no te entregarás a la magia, ni a la brujería; no harás abortar a la criatura engendrada en la orgía, y después de nacida no la harás morir. No desearás los bienes de tu prójimo, ni perjurarás, ni dirás falso testimonio; no serás maldiciente, ni rencoroso; no usarás de doblez ni en tus palabras, ni en tus pensamientos, puesto que la falsía es un lazo de muerte. Que tus palabras, no sean ni vanas, ni mentirosas. No seas raptor, ni hipócrita, ni malicioso, ni dado al orgullo, ni a la concupiscencia. No prestes atención a lo que se diga de tu prójimo. No aborrezcas a nadie; reprende a unos, ora por los otros, y a los demás, guíales con más solicitud que a tu propia alma.( …) «Hijo mío: huye de todo mal y de cuanto se asemeje al mal. No seas iracundo, porque la ira conduce al asesinato. Ni envidioso, ni disputador, ni acalorado, pues de todas estas cosas se engendran muertes. Hijo mío, no seas codicioso, pues la codicia conduce a la fornicación. Ni deshonesto en tus palabras, ni altanero en tus ojos, pues de todas estas cosas se engendran adulterios (…). No seas mentiroso, pues la mentira conduce al robo (…). No seas murmurador, pues la murmuración conduce a la blasfemia (…).Sé, en cambio, manso, pues los mansos heredarán la tierra. Sé paciente y compasivo y sincero, y tranquilo y bueno y temeroso en todo tiempo de las palabras que oíste (…). Recibirás como bienes los acontecimientos que te sobrevengan, sabiendo que sin la disposición de Dios nada sucede» (Didaché, cap. 3)

[3] En cuanto al domingo del Señor, una vez reunidos, partid el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro. Todo el que mantenga contienda con su compañero, no se reúna con vosotros hasta que se reconcilie, para que vuestro sacrificio no se profane. Pues a éste hay que referir lo dicho por el Señor: «En todo lugar y en todo tiempo me ofreceréis un sacrificio puro, porque soy rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre los pueblos  (Didaché, XIV,1).

[4] Para el cargo de obispos y diáconos del Señor, elegiréis a hombres humildes, desinteresados, veraces y probados, porque también hacen el oficio de profetas y doctores. No les menospreciéis, puesto que son vuestros dignatarios, juntamente con vuestros profetas y doctores. Amonestaos unos a otros, según los preceptos del Evangelio, en paz y no con ira (Didaché, XV,1).

[5] Velad por vuestra vida; procurando que estén ceñidos vuestros lomos y vuestras lámparas encendidas, y estad dispuestos, porque no sabéis la hora en que vendrá el Señor. Reuníos a menudo para buscar lo que convenga a vuestras almas, porque de nada os servirá el tiempo que habéis profesado la fe, si no fuéreis hallados perfectos el último día.

Publicado en on Marzo 7, 2008 at 1:27 pm Comentarios (0)
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